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Uceda histórica

 

Esta villa antiquísima y cargada de historia, asienta en un alto llano, al borde norte de la meseta, de características alcarreñas, que también cortada por pequeños y poco profundos vallejos, media entre el Henares y el Jarama. Asomada por alta y agria vertiente al valle hondo de este último río, su situación muy estratégica fue utilizada y codiciada desde muy remotas épocas. Con seguridad fue asiento de pueblos primitivos y de celtíberos, y aun los romanos desde ella controlaron el paso por el valle, teniendo un castro o ciudadela que se ha querido identificar con la Vescelia de las crónicas. Los árabes, por supuesto, pusieron aquí población fortificada. De tal modo que durante los siglos medios de la Reconquista, los cristianos castellanos trataron en varias ocasiones de apoderarse de ella, haciéndolo Fernando I hacia 1060, y luego Alfonso VI, definitivamente, en 1085, en aquella campaña crucial en que cobró para Castilla los enclaves de Atienza, Hita, Guadalajara y Toledo, entre otros. Desde ese momento, la villa se repuebla intensamente: su castillo se reconstruye; se fortifica el poblado, con buena muralla. Los reyes amparan bajo su directo señorío a este lugar y le otorgan fuero propio, concediendo a Uceda un amplio alfoz o territorio de su jurisdicción. Comprendió éste las aldeas de Torremocha, Redueña, Venturada, Cabanillas, El Berrueco, Fuentelfresco, Torrelaguna, Valdesotos, Tortuero, Valdepeñas, Alpedrete, Casa de Uceda, Cubillo de Uceda, Villaseca de Uceda, Mesones, Matarrubia, Puebla de Valles, Viñuelas, Fuentelahiguera de Albatages y Valdenuño Fernández. Momentáneamente, en 1119, la reina doña Urraca cedió el señorío de Uceda, junto al de Hita y muchos otros lugares de la Transierra, a don Fernando García de Hita y a su mujer doña Estefanía Ermengot. Pero enseguida volvió de nuevo a la corona de Castilla. Fue en la primera mitad del siglo XIII que el rey don Fernando III lo entregó, tal como había prometido al comienzo de su reinado, al arzobispo de Toledo, regido a la sazón por su hijo el infante don Sancho. Ese mismo Rey, en 1222 concedió nuevos privilegios a Uceda, ampliando su Fuero. Pero aún en el señorío de los arzobispos toledanos, el Concejo de la villa fue muy fuerte y rico, manteniendo sus habitantes una próspera actividad de tipo mercantil y agrícola. Sostuvo dicho Concejo una serie de largos pleitos con los Mendozas, señores del frontero territorio o Común de Buitrago, así como con el de Guadalajara. El rey Juan II, en el siglo XV, visitó Uceda, fundando en ella la Congregación de Curas y Beneficiados del Común, así como una gran feria que duraba veinte días: los diez últimos de agosto y los diez primeros de septiembre. Ya en 1390, Torrelaguna había conseguido eximirse de la jurisdicción de Uceda y hacerse Villa por sí. Esto hizo que muchos de los vecinos de Uceda decidieran bajarse a vivir al más cómodo asentamiento del valle, dejando allí sus bienes e impuestos. Esto propició la decadencia de Uceda a partir sobre todo del siglo XVI.

En 1575, Felipe II que necesitaba recursos económicos abundantes con que hacer frente a sus numerosos conflictos bélicos, guerras de religión, de sucesión, etc. en que fue integrándose, decidió apartar numerosos bienes y propiedades de la Iglesia y las órdenes militares, y ponerlas a la venta. Esto hizo con Uceda y toda su tierra. La villa fue adquirida, en ese año, por don Diego Mejía de Ávila y Ovando, casado con doña Leonor de Guzmán. El rey le dio, por tanto, el señorío total de la villa, haciéndole Conde de Uceda. Pero los vecinos solicitaron ejercer el derecho de tanteo, realizando su propio rescate y exención. Esto ocurrió en 1593, quedando como villa exenta e independiente, solo sometida al poder real. Tuvo que sostener posteriormente varios pleitos con los herederos del primero y único señor, ya duque de Uceda. Y con los lugares de su antigua jurisdicción, ya exentos también, y declarados villas al mismo tiempo. Durante el siglo XVI, Uceda fue también cabeza de Partido (en orden a la recogida de alcabalas y rentas reales). Entraban en dicho partido, además de los lugares de su propia jurisdicción, las villas y tierras de Torrelaguna, Talamanca, Hita, Almoguera, Almonacid, Zorita, Brihuega y otras villas y lugares. La actividad de los vecinos fue siempre dedicada a la agricultura, muy especialmente hacia el secano de la meseta y el regadío del valle. Para mejorar éste, en 1775, un vecino de Madrid, don Pedro de Echauz, hizo construir una gran presa recogiendo las aguas de los ríos Lozoya y Jarama, para así ordenar los riegos de la vega de Uceda y Torrelaguna. La construyó el arquitecto don Vicente Tornels. Más adelante, en 1858, y con destino a almacenamiento de aguas para el Canal de Isabel II, se construyó en su término la gran obra del Pontón de la Oliva, una presa sobre el río Lozoya, encajonada entre altos riscos, y que aún hoy está en servicio y es curiosa de ver, Mide 27 metros de altura la presa, y su longitud de coronación es de 70 metros. Es una interesante obra hidráulica del siglo XIX.

El Castillo de Uceda es hoy solo una ruina, sombra pálida de lo que fue, pues su origen árabe es indudable. Presentaba su núcleo fuerte principal en una eminencia del terreno avanzada sobre el valle y cortada a pico en sus vertientes norte y poniente. El pequeño recinto poseía en un ángulo una torre pentagonal, y se rodeaba de un foso hoy ya casi cegado. Sus muros eran espesos, muy fuertes, construidos de argamasa bien trabada. Le rodeaba un amplio recinto del que aún se ven restos, y que se extendía por la meseta circundante: presentaba al Nordeste la Torre Herreña de la que aún quedan restos, de planta pentagonal, y junto a la cual había un complejo de puertas delante de las cuales aparecía un puente levadizo. Nada queda de la puerta Nueva, que se situaba entre dos fuertes torres. En esta gran fortaleza guardaban los arzobispos de Toledo sus tesoros y rentas dinerarias. En él se sublevó Alfonso Carrillo, junto a otros obispos castellanos, contra Enrique IV, y aquí padecieron prisión, entre otros, Francisco Jiménez de Cisneros, luego cardenal y regente (por orden del arzobispo Carrillo), el duque de Alba (por orden de Felipe II) y aun el propio duque de Uceda según mandó Felipe IV. Este poderoso baluarte sirvió para conferir a la villa de Uceda su propio escudo de armas pues según se ve en algún sello de cera de antiguos documentos, este escudo se componía de un castillo cerrado, con tres torres, y en la central una bandera, llevando en las laterales sendas estrellas, y alrededor esta frase: + SIGILLVM: CONCILII: VZETENSIS.

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