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D. Iñigo López de Mendoza, cuarto duque del Infantado

 

Si la historia de la familia Mendoza es interesante por muchos aspectos, tanto por su influencia en la política medieval, como por la protección que extendieron en sus mejores tiempos hacia las artes, o incluso por el cúmulo de curiosas biografías que logra reunir entre los personajes más destacados de sus mayorazgos y principales líneas nobles, hay entre ellos un interesante elemento que merece que nos detengamos unos instantes en su torno. Se trata de don Iñigo López de Mendoza, quien hace el cuarto lugar en el turno de los duques del Infantado, y con el que más de un historiador se ha confundido al coincidir su nombre con el de su ilustre tatarabuelo, el marqués de Santillana; con el de su abuelo, el constructor del palacio del Infantado; con el de otro bisabuelo, el conde de Tendilla; con su propio nieto, también duque, y con algún otro miembro de la familia, en la que siempre existió tradición de nombre tan querido.

Nació nuestro don Iñigo en Guadalajara, en el ya concluido palacio que su abuelo decidiera levantar unos años antes. El 9 de noviembre de 1493, y era hijo del tercer duque don Diego Hurtado de Mendoza, y de su mujer doña María Pimentel, hija del conde de Benavente. En su palacio alcarreño recibió la educación que a los Mendozas proporcionaban una serie de ayos y nobles: en su caso, esta enseñanza le vino de un caballero talaverano, don Francisco Duque de Guzmán, quien debió de poner en el muchacho el interés sincero y apasionado por los sabe res más variados de su tiempo. Aunque no pasó en sus estudios del latín y las humanidades, salió muy aficionado a la cultura, realmente ilustrado en todo, y con un afán continuo y perdurable de estudio y protección a sus manifestaciones: una prueba más de que los títulos que manan de la Universidad no son muchas sino meros papeles sin sentido.

Ya en su juventud se dio una circunstancia que puso de manifiesto su carácter y su formación. En 1520 se suceden los acontecimientos en toda Castilla con la revolución y alzamiento de las tradicionales Comunidades frente al poder imperial que quiere asentar Carlos de Austria, rey legítimo de Castilla, pero que viene a esta tierra a coger impuestos y a modificar su organización y secular forma de vida. En Guadalajara ocurre una muy sonada revuelta, en la que los sublevados se acercan al palacio ducal, penetran en él, y amenazan al duque (el tercero de la serie, don Diego Hurtado de Mendoza) para que éste interceda ante el emperador y respete las instituciones tradicionales castellanas. Entre los comuneros, figuran gente del pueblo, carpinteros, albañiles, algún letrado, y sobre ellos, como director y cerebro, el doctor Francisco de Medina, hombre sabio y prudente, pero castellano hondo que quiere llegar hasta el final. Lo verdaderamente curioso es que entre todos eligen como abanderado y cabeza visible-y él acepta-de la revolución comunera en Guadalajara, al propio hijo del duque, el conde de Saldaña don Iñigo López, quien no consigue otra cosa que el monumental enfado de su padre, y su destierro a tierras de Alcocer. Y hasta es curioso consignar que en el camino desde Guadalajara a la Hoya del Infantado, la mujer de don Iñigo que estaba va muy adelantada en su embarazo, tuvo que dar a luz precipitadamente en el monasterio de Lupiana, naciendo allí el que luego sería -con el nombre de Pedro González de Mendoza- obispo de Salamanca, y una de las mentes más lúcidas del Concilio de Trento.

La revuelta pasó, y en 1531, a la muerte de su padre, don Iñigo accedió a ocupar el puesto de duque, cuarto, del Infantado. En esos momentos, el título español que más poder y riquezas confería. Poseía más de 80.000 vasallos, centenares de pueblos, comarcas enteras de su posesión, desde las orillas del Tajo hasta la costa cantábrica. Nuestro don Iñigo, sin embargo, y siguiendo en sus ideales castellanistas, siempre quedó apartado de la corte, sin andar nunca en buenas relaciones con el emperador Carlos (que alguna vez, a su paso por Guadalajara, se aposentó en el palacio) y mucho menos con su hijo, el rey Felipe II, que para humillarle nombró señora de Guadalajara a su tía Leonor, viuda de Francisco I de Francia, decidiendo el duque irse a vivir fuera del palacio, a las casas viejas de la Plaza de Santa María.

Muchos años vivió don Iñigo López. Moriría, tras llenar con su presencia todo el comedio del siglo XVI alcarreño, en 1566. Le llamaron por eso «el duque viejo». Por supuesto que lo mejor que hizo en su vida fue rodearse de buenas gentes, de hombres sabios, de rectos consejeros. Una de las primeras cosas que hizo al iniciar el gobierno de suS estados, fue nombrar a Francisco de Medina, el viejo comunero, letrado de su tribunal y consejo. También hizo venir a Guadalajara a muchos escritores, artistas y poetas, dando a todos asilo en su palacio, manteniéndoles y animándoles a trabajar cada uno en su parcela. Con un mecenazgo generoso y a la antigua usanza, consiguió don Iñigo formar en su palacio una corte nutrida de intelectuales y artistas, y ganar para Guadalajara el título de «la Atenas alcarreña» que entonces más que nunca mereció con creces. Entre los escritores protegidos, encontramos el ya conocido Luís Gálvez de Montalvo, poeta y novelista que tomó los fundamentos de su obra «El Pastor de Filida» entre los personajes que poblaban la corte del duque: personificados en pastores, faunos, señores y duendes, y escondidos tras nombres inventados, desfilan en valiente retrato muchos elementos de aquella sociedad alcarreña del siglo XVI. Publicó Gálvez de Montalvo su libro en 1580. También al historiador Francisco de Medina y de Mendoza protegió el duque. El padre del científico, también llamado Francisco de Medina, había sido capitán de los comuneros en Guadalajara, cuando el joven duque se dio a esta aventura. Luego, llegado éste al poder, protegió a la familia Medina, y al joven Francisco le ocupó en investigar las glorias familiares mendocinas, tarea de la que resultaron varios tomos en su mayor parte hoy perdidos: los «Anales de la ciudad de Guadalajara», la «Genealogía de la familia Mendoza», la «Vida del Cardenal don Pedro González de Mendoza» y un buen resumen biográfico del Cardenal Cisneros, que sirvió para que otro protegido del duque, el humanista toldado Alvar Gómez de Castro, escribiera su magnífica biografía, en latín del purpurado regente. Este escritor excelso dedicó al duque, en prueba de afecto y agradecimiento, varias de sus mejores obras. Así, sus «Cartas de Marco Bruto», traducidas del griego en romance, y sus «Obras de Epicteto» traducidas de la versión latina del Policiano. Refería Gómez de Castro a su amigo Juan de Vergara que en muchas ocasiones entablaba largas conversaciones con el duque sobre asuntos literarios e históricos, y en diversos momentos le califica de «príncipe sapientísimo». Otros autores fueron protegidos del duque. Así, Pedro Núñez de Avendaño, de ilustre familia arriacense (era sobrino de Luís de Lucena) dedicó al duque su libro «Aviso de Cazadores y Caza» y el biólogo campiñero Antonio de Aguilera ofreció en 1571 una obra médica por él escrita al magnate que le había protegido.

Pero la muestra más elocuente del humanismo que protegía don Iñigo López de Mendoza en su palacio de Guadalajara, nos la ofrece el hecho de que él mismo escribiera y publicara en él un extraordinario libro que le sitúa en la nómina de los humanistas hispanos más esclarecidos. De sus lecturas múltiples, de sus charlas largas con los sabios, de su curiosidad y tesón por aprender, le vino la erudición que permitió elaborar una obra en la que, al modo de las paralelas biografías de Plutarco, él fue poniendo «paralelos fastos» del mundo antiguo y contemporáneo, obteniendo una visión singular, erudita y valiosísima de su propio mundo. Merece el libro de López de Mendoza, duque cuarto del Infantado, un estudio a fondo y detenido que todavía no se ha hecho. Lleva por título «Memorial de cosas notables» y fue impreso en Guadalajara, en las salas bajas del propio palacio ducal, a donde don Iñigo hizo traer maquinaria, planchas, y todo ello dirigido por los impresores alcalinos Pedro de Robles y Francisco de Cormellas, en 1564 fue dado a luz tan singular escrito. Muy escasos ejemplares existen de esta obra, y es, por lo tanto, poco conocida. Una reedición de la misma colocaría, indudablemente, a su autor, el duque del Infantado, en el justo lugar, en el sillón merecido del humanismo español del Renacimiento.

Quizás de todo su libro aprovechemos ahora tan sólo unas frases. Lo que en el prólogo dedica a su hijo, al conde de Saldaña don Diego Hurtado, que, todavía joven, moriría accidentalmente, heredando título y estados el nieto también llamado Iñigo López, que sería el reformador del palacio guadalajareño, y el patrocinador del programa pictórico tan interesante de las salas bajas, cubiertos sus techos de historias, de mitologías y de fastos mendocinos. El germen, de ese manierismo post-humanista, el deseo de glorificar el linaje poniendo sus hechos más notables en los techos del palacio, alternando y conjuntándose con historias romanas y mitologías, surgiría de la obra del cuarto duque, del intelectual don Iñigo. Recordaremos aquí, como justificación de los hechos, las palabras puestas por éste en el prólogo de su libro: » No es liviana carga la que el hombre bien inclinado, ponen los exercicios virtuosos de sus antepasados: especialmente de los que no contentos con la común medida de sus yguales, quisieron senalarse más que ellos». «En tiempo de nuestros mayores, quando nuestra nación tenía la guerra continua en casa contra valientes y rezios adversarios, enemigos nuestros y de nuestra religión: el exercicio de los hombres de estado, era solo el de las armas. En este por la mayor parte se venía a rematar, todo el valor y estimación de sus personas. Este les parecía que bastava, para servir a Dios y a su rrey: socorrer a su patria, y ganar honra para si, y para sus descendientes: los quales procuravan, de no quedar atrás, en aquel mismo menester». De esas palabras, que encubren muchas claves para la comprensión de los hechos y las obras de los Mendozas alcarreños, surgirían como digo los techos del palacio, y muchas de sus historias pintadas están antes prefiguradas en las páginas del «Memorial» ducal.

Fue don Iñigo López, cuarto de los duques magnates de Guadalajara, una de las figuras que sobresalen con luz propia en la serie dilatadísima de los Mendozas alcarreños. Entre los que, si muchos destacan por su gallardía en las armas, otros por su valiosa presencia en la política, y aun algunos por su rematada tontería, este don Iñigo brilló como digo por su cultura y su protección decidida y continuada a las artes y a las letras. Durante sus últimos años de vida sufrió una enfermedad que puso a prueba su paciencia y serenidad. Completamente llagado, murió el 18 de septiembre de 1566, siendo enterrado junto a sus mayores, en el presbiterio de la iglesia del convento alcarreño de San Francisco. Como ellos, escogió a su muerte una empresa alegórica, que él compuso con una esfera y una letra en su centro. Según el padre Hernando Pecha, en su «Historia de Guadalajara y de los Mendozas» fue don Iñigo «alto de cuerpo, airoso, hermoso de rostro, de aspecto grave, semblante alegre, modesto, discreto, entendido y de grande maña en cuanto ponía la mano». Una figura más para nuestra galería de alcarreños ilustres.

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