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Nuestras viejas piedras: el torreón del Alamín

 

Uno de nuestros más antiguos y representativos monumentos, es el llamado Torreón del Alamín, cubo de la muralla que se alza junto al barranco del mismo nombre, frente al barrio árabe también así denominado. Este torreón es uno de los escasos restos de la muralla fortísima que rodeaba por completo la ciudad, y equivale a la puerta de septentrión de la misma, como auxiliar de la principal de esta vertiente, que era la de Bejanque. Viene a ser también una huella aunque mínima, de la primitiva organización social de Guadalajara que en el siglo XII se constituyó en Comunidad de Villa y Tierra con otros cincuenta pueblos de la Campiña y la Alcarria. Como cabeza de Común, Guadalajara ciudad estaba completamente rodeada de murallas, presentando en principio cuatro grandes puertas, defendidas por torreones, y orientadas a los cuatro puntos cardinales. Aunque, la primitiva muralla y portones fueron construidos por los árabes, posteriormente a la reconquista de la ciudad por Alvar Fáñez, en tiempos de Alfonso VII, se reconstruyeron.

Uno de esos elementos tan consustanciales con el urbanismo de Guadalajara como ciudad comunera, fue este torreón que ahora comentamos, y que en principio recibió el nombre del barrio junto al que estaba, el Alamín, sirviendo para la entrada un arco que tenía junto a sí, y que permitía el acceso a los viajeros que procedían de Aragón, o bien a los que subiendo desde el río, habían rodeado a la ciudad por el camino salinero. Para cruzar el barranco, no profundo en ese lugar, existía un puente levadizo. Ya en el siglo XIII en sus finales, las infantas Beatriz e Isabel, hijas de Sancho IV el Bravo, rey de Castilla, que tenían a la ciudad de Guadalajara en Señorío, mandaron construir un nuevo puente, para pasar cómodamente al convento de monjas bernardas que se había levantado extramuros. Al puente nuevo le llamaron «de las Infantas», y ese nombre tomó la puerta y torreón anejos. Más tarde, recibió el nombre de «puerta Postigo», y al final, cayó derribada, como toda la muralla de su entorno, quedando tan solo el puente y la torre albarrana que se forma por tres pisos con bóvedas de ladrillo, y muros fortísimos de sillar esquinero y mampuesto de fuerte grosor, rematando arriba con curiosas ventanas de ladrillo y restos de matacanes. En los siglos pasados sirvió este torreón de hospital de peregrinos, y finalmente de perrera.

El destino de este venerable monumento no ha podido ser más triste. Su representatividad en cuanto hace a la historia y el ser de la ciudad de Guadalajara, es tan grande, que se impone, ya, estudiar las posibilidades de su rescate. El y el torreón de Alvar Fáñez han sido, durante muchos años, las «ovejas negras» del patrimonio histórico de nuestro burgo. Deben ser rescatados de su olvido, y puestos en valor para uso ciudadano. Una restauración no muy costosa, un adecentamiento del entorno, un acondicionamiento mínimo del interior, y algo de imaginación al asunto: ¿centro cultural, sala de exposiciones, museo municipal, casa de la juventud, un restaurante incluso? El caso es salvar aquello, y que cobre vida nuevamente entre los arriacenses.

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