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La alfarería en Guadalajara

 

Desde hace algún tiempo, es actualidad continua la alfarería de nuestra provincia. Alfarería que, por otra parte, ha desaparecido completamente en cuanto a su producción y evolución. Se refiere, no quedando de ella sino el resto arqueológico (moderno, pero fósil al fin y al cabo) de las piezas que se elaboraron hace años en los diversos alfares de la provincia, y que ahora, ya faltos de uso, cada vez son más raros de encontrar.

La actualidad de esta alfarería se ha basado, por una parte, en un interesantísimo libro que ha editado la Institución Cultural «Marqués de Santillana» y cuya autora es la conocida etnógrafa Eulalia Castellote Herrero. Y, por otra parte, en la magna exposición que los estudiosos madrileños Domingo Sanz y Seve Delgado han montado durante el mes de febrero de este año en la Galería «Adobe» con numerosas piezas de la extinguida alfarería de nuestra provincia. Precisamente, esta artesanía resume nuevamente al plano de la actualidad, pues el lunes próximo, día 14, en la Sala de Exposiciones de la Caja de Ahorro Provincial de Guadalajara, de la calle Amparo, esta muestra artesana quedará abierta a la admiración de los alcarreños, en su propia casa.

Uno y otro hecho, uno y otro comentario, y, en general, esa preocupación que a todos los niveles ha crecido en los últimos meses respecto a las viejas artesanías y oficios de nuestra tierra, se fundamentan en la progresiva concienciación de las gentes por cuanto atañe a su patrimonio cultural, y el ansia que les invade de conocer y proteger sus elementos. En el caso de las artesanías, se llega tarde, pues la inmensa mayoría de ellas han desaparecido, al menos en su fase productiva y sólo como un resto histórico, como piezas museísticas, pueden tratarse. Pero es indudable que la protección hacia aquellas artesanías que aún restan vivas o con posibilidad inmediata de resucitar, debe ser llevada a cabo con rapidez y voluntad por parte de autoridades, organismos y asociaciones que tengan posibilidad de exponer su palabra y arrimar el hombro.

Para cuantos gustan de este tema, y en la semana próxima piensan visitar la exposición comentada de Alfarería extinguida de Guadalajara, recordamos hoy algunos datos breves y elementales sobre esta artesanía en la tierra de la Alcarria. Aunque no sólo en ella estuvo, sino que también se extendió por sierras, campiñas y el Señorío de Molina. Precisamente en el libro de Castellote aparece un plano provincial en el que encontramos hasta veintitrés lugares en donde, a lo largo del siglo XX, se hizo cerámica, más el enclave de Auñón, que ella no menciona, pero que también produjo cacharros. De estos lugares hemos de destacar Zarzuela de Jadraque, donde todos los habitantes vivían de esta industria, y utilizaban medios técnicos primitivos; y, por otra parte, los alfares de Málaga del Fresno, Lupiana y Anguita, como los de mayor supervivencia y adelanto técnico. Del de Guadalajara capital, que no ha llegado a mostrar sus piezas, se sabe que fue en los siglos antiguos (XV al XVIII) de los más importantes de España, y todo un barrio (la Alcallería o Cacharrerías) se dedicó alrededor de su parroquia de San Julián a fabricar innúmeros cacharros y cosas.

Como más significativo de la alfarería de nuestra provincia, siempre se recurrirá a Zarzuela de Jadraque (Zarzuela de las Ollas también la llaman las gentes serranas), pues siempre se dedicó su población a este ancestral menester. Hace poco tiempo estuvimos allí y aún alcanzamos a ver notables y numerosas huellas de esta artesanía. Por una parte, destaca la bella arquitectura popular del lugar, su enclavamiento en altas praderas preserranas, con construcciones de madera, piedra gneis y pizarras. Las gentes de Zarzuela muy amables, le cuentan al visitante cuanto saben y recuerdan de la industria que les dio vida. Y alcanzamos a ver un antiguo alfar que constaba de una «rueda» de madera, muy baja, que se hincaba en el suelo por medio de un pico agudo y encima quedaba el torno con incisión para colocar el dedo y dar vueltas al artilugio con fuerza, aprovechando sus rápidas vueltas para moldear el barro húmedo puesto en su centro. Cuando paraba el torno, nuevamente a darle impulso, y a aprovechar su velocidad. La tenacidad que requiere este sistema es ingente, y su antigüedad se explica con decir que éste era, exactamente, el sistema que tenían en Mesopotamia, cuatro mil años antes de Cristo, para hacer su alfarería.

El artesano serrano que, hasta hace pocos años, usaba este sistema en Zarzuela, era realmente un fósil con latido. Después vemos en el mismo pueblo el horno comunitario, en las afueras del lugar, que está perfectamente conservado y es una bella pieza de arquitectura popular. Es de planta de semicírculo irregular. Por fuera se construye de piedra pizarrosa y, por dentro, está «embarrado», careciendo de cubierta, y mostrando, además de la abertura superior, dos huecos de acceso: uno situado en la parte baja, que sirve para cargar la «hornilla», y otro superior por donde se introducen los cacharros. También nos muestran las gentes de Zarzuela numerosos cacharros fabricados en el pueblo, y hoy ya sin uso. Los quieren vender a cuantos llegan, y en algunos casos nos enseñan las feísimas bandejas de hojalata con flores y gatitos que algunos avispados madrileños les han ofrecido a cambio de sus piezas cerámicas. Algunas grandes, hermosísimas, nos ponen a la puerta de una casa y aprovechamos a hacerlas algunas fotografías. Son éstas que el lector ve junto a estas líneas. El general de las piezas muestran un marcado arcaísmo, con paredes muy gruesas, formas antiguas y una gran variedad y riqueza en todo cuanto les caracteriza. Si los cántaros de gran panza son muy hermosos, quizás los botijos sean los más sorprendentes, con incisiones a peine en ondas, zig‑zag» o simples rayas. Muchas otras piezas, como encellas, macetas, pucheros, cazuelas y tarros de varios usos aún se ven por allí.

Aunque toda la antigua alfarería de Guadalajara ofrece caracteres muy singulares y sorprendentes, destaca también la llamada pelaya del alfar de Anguita, pieza entre adorno y utilitaria, creación personal del artesano Bruno González. Se trata de una «botija de pega», y representa la figura de una mujer, coincidiendo el cuerpo de la botija con el de dicha mujer, y la boca de ésta hace de pitorro, llenándose de agua por el moño. Todo el cuerpo iba pintado de blanco, y la cabeza de negro. Representaba esta figura a la mujer de Huertapelayo, pueblo del alto Tajo. El horno de Anguita, que Castellote reproduce en su libro con gran fuerza gráfica, es también curiosísimo y merece la pena una visita.

Son tantos los detalles, unos vividos y otros aprendidos, de este variopinto mundo de la alfarería provincial, que nos ocuparían hoy gran extensión el recordarlos aun en síntesis. Quede la tarea para ocasiones futuras, pero ahora quiere ir la recomendación viva y urgente de visitar la exposición que pasado mañana nos abre sus puertas, y la de leer el libro que toca con amplitud y detalle estos temas. Nuestros lectores que tal hagan seguro que han de agradecérnoslo sinceramente.

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