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Don Manuel Serrano Sanz

 

Llamaron a este hombre el «Menéndez Pelayo pequeño», por ser más joven que el sabio santanderino, pero también por ser, como aquél, una máquina de leer libros un incansable pensador e investigador, un escritor muy fructífero. La vida de don Manuel Serrano Sanz es de una sencillez pasmosa; su biografía contiene muy pocas fechas más aparte de las de su nacimiento y muerte. Como todos los hombres sabios y trabajadores, no tuvo tiempo de protagonizar escándalos ni de cosechar distinciones: su obra escrita es, sin embargo, tan inmensa que necesitaría un libro aparte para ser enunciada y brevemente comentada.

Alcarreño de pura cepa, nació el 1 de junio de 1866, en Ruguilla, cerca de Cifuentes, en el seno de una familia de terratenientes acaudalados, y cultos, allí afincada desde hacía bastante tiempo. Sus estudios los cursó, alternando, en el Seminario de Sigüenza (latinidad) y en el Colegio de los Escolapios de Molina de Aragón (bachillerato). Luego, ya trasladado a Madrid, hizo el doctorado en Derecho, iniciando posteriormente los cursos de Filosofía y Letras, que más tarde acabó, también con doctorado. Y mientras realizaba estos estudios, en 1888, y tan sólo a los 22 años de edad, preparó y sacó con gran éxito (el número 2 en una época de gran densidad competitiva) las oposiciones a Archiveros ‑ Bibliotecarios Arqueólogos. Tras ellas, fue destinado a la Biblioteca Nacional, en su Sección de Manuscritos, donde realizó una encomiable tarea de ordenación y donde pasó las horas más felices y fructíferas de su vida, investigando.

Pero, quizás a instancias de la familia (había casado en 1901 con Mercedes Ubierna Eusa, de familia originaria de Argecilla) preparó y ganó, en 1905, oposiciones a cátedra, siendo destinado a Zaragoza, a ocupar el estrado de Historia Antigua y Media, en la Facultad de Filosofía y Letras. Aquello no le resultó de gran satisfacción a Serrano, pues se vio obligado a abandonar el reducto donde en infinita cantidad tenía materia para su investigación histórica. En Zaragoza fue muy bien recibido, y queridísimo de todos mientras allí vivió. Admirado de alumnos y reconocido por la ciudad, Serrano sin embargo siempre aprovechaba vacaciones o paréntesis de cualquier tipo para viajar a Madrid e investigar en su principal acopio de datos. El, sin embargo, siguió escribiendo decenas de artículos y de libros, destacando ya como uno de los puntales de la investigación americanista. En 1911 fue nombrado académico correspondiente de las de Historia y de la Lengua. Y en 1931 recibió el preciado galardón de ser elegido Académico numerario de la Real de Historia, aunque no llegó a disfrutar el día de su toma de posesión, pues murió cuando preparaba el discurso de entrada en la Academia.

Siguió trabajando infatigablemente en Zaragoza. Los veranos los pasaba en Sigüenza, donde tenía una casa en el barrio barroco de San Roque, y allí compartía las jornadas vespertinas en la Alameda con buenos amigos seguntinos y alcarreños, pues era queridísimo de todos, por su afabilidad y grata conversación. En 1925, su pueblo natal le tributó un homenaje, sencillo y cordial, que don Manuel aceptó a regañadientes, en el que se le nombró Hijo Predilecto de la villa. Vino a jubilarse en 1929, regresando entonces a Madrid, donde pronto murió, en 6 de noviembre de 1932, cuando sin apenas descanso, seguía trabajando e investigando en temas de Historia americana. Después de la muerte, como siempre suele suceder, todo fueron alabanzas y homenajes póstumos por parte de sus paisanos: en 1935, la ciudad de Sigüenza así lo hizo, dedicándole una calle, poniendo una artística placa, con su retrato en bronce, sobre la casa en que pasó muchos veranos. El Núcleo Pedro González de Mendoza, con motivo del centenario de su nacimiento, le tributó otra solemne sesión académica en Madrid, el 14 de febrero de 1967, de la que resultó la edición de un interesante libro con artículos sobre la figura de don Manuel y con una completísima bibliografía (12 páginas ocupa) de su inmensa labor historiográfica.

Encarecer la sabiduría de este hombre no resulta difícil, pues su obra gigantesca habla por sí sola. Como inicial detalle, baste consignar que dominaba cinco idiomas vivos (francés, inglés, alemán, italiano, ruso) y otros tantos muertos (latín, griego, hebreo, árabe antiguo y sánscrito). A la historia ha pasado como el gran iniciador de los estudios americanistas, pues tocó en profundidad todos los temas relacionados con la América hispana, dejando cientos de artículos de investigaciones monográficas, sacadas de las bases de documentación inédita y de primera mano, y poniendo luego sus vastos conocimientos en gruesos volúmenes definitivos, de los que aquí bastará recordar sus «Relaciones históricas y geográficas de América Central», los «Historiadores de Indias», el «Compendio de Historia de América», los «Orígenes de la dominación española en América»,etc. En los últimos años de su vida, eran legión los investigadores, profesores y políticos iberoamericanos que, al acudir a Madrid, no dejaban de visitar a don Manuel Serrano, a quien se tenía al otro lado del Atlántico como el más sabio de los americanistas.

Fue también, nombrado por la Diputación de Guadalajara Cronista Provincial. Aunque fue minoría lo dedicado a su provincia natal, en el conjunto de su obra, aún dejó escritos estimables trabajos de investigación sobre algunos personajes alcarreños que tuvieron algo que ver con la dominación hispana en América. Recordamos así la «Vida y escritos de fray Diego de Landa», natural de Cifuentes, publicado en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos de 1897; «Pedro Ruiz de Alcaraz, iluminado alcarreño del S. XVI», en la misma revista, de 1903; «Don Diego Ladrón de Guevara, obispo de Panamá y Quito, y Virrey del Perú», que era también cifontino, en la misma revista de 1911 y 1914 y aun un interesante y muy documentado estudio sobre «Los orígenes de la capilla de Santa Catalina en la catedral de Sigüenza y la estatua sepulcral de don Martín Vázquez de Arce» en el Boletín de la Academia de la Historia, de 1926.

Quede aquí este recuerdo, sencillo y escueto, como su propia vida lo fue, de don Manuel Serrano Sanz, alcarreño ilustre, Cronista Provincial de Guadalajara, y sabio eficientísimo en la tarea de descubrir los hechos y los nombres que hicieron de América hispana un motor indudable de cultura.

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