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Molina: la tierra, los pueblos, los caminos

 

Para el caminante de España, llegar a este recóndito enclave del Señorío, alto y recio en el corazón de Hispania, puede resultar sorprendente porque junto a vastos campos de cereal, suaves ondulaciones sobre el mesetario erial, se ven los barrancos profundos, rocosos, revestidos de exuberante verdor por donde discurren ríos cargados de límpidos líquidos surgidos de la hondura. El territorio molinés es, en frase descriptiva y geográfica de uno de sus mejores conocedores, el Profesor Julián Alonso Fernández, una llanura esteparia, sin casi agua, de clima durísimo y de aspecto desolador. Esta paramera molinesa estuvo antes cubierta, en buena parte, por pinares que fueron descuajados por el hombre, para destinar a cereales un suelo que hoy a todas luces está resultando improductivo. Como testigo aparece actualmente, salpicando el paisaje algún sabinar aislado, o, simplemente, alguna sabina. Si los campos inacabables de Tortuera, de Tartanedo o de La Yunta pueden parecer monótonos, la exuberancia paisajística de Chequilla, de Buenafuente, de Peralejos, de Villel de Mesa y tantos otros, acuden a ganar una partida que, de todos modos, resulta claramente favorable para el bando de los paisajes hermosos, de las presencias inolvidables de esta tierra multicolor y anchísima.

Sabrá el viajero, en primer lugar, que el Señorío de Molina se divide en Sesmas: seis partes tuvo el territorio cuando allá por la primera mitad del siglo XII lo fundó don Manrique de Lara. Era ese un modo práctico de iniciar el reparto de las tierras. Cada sesma poseía fragmentos, llamados consiguientemente veintenas, en cada una de las cuales colocó un pueblo. Y cada veintena tenía cinco guiñones que homogéneamente, y por calidades de terreno, dividían el naciente municipio. De Las Sesmas, dos se incorporaron a las Comunidades vecinas de Daroca y Albarracín, por lo que con cuatro nos encontramos al repasar y patear el actual Señorío: el Sabinar, la Sierra, el Pedregal, y el Campo. Bellos nombres que son como el título de un cuadro en el que se muestra la alegría o el pesar de una tierra.

El Sabinar nos da su gris imagen en la que salpican las viejas plantas de aromática madera sobre el duro pavimento rocoso. Al norte de ella se alza majestuoso el pico Aragoncillo, adusto y reseco, mientras los barrancos van profundizando y dando herida a la tierra: así el del río Mesa, con rumbo a Aragón, o el Arandilla que va por el santuario de Montesinos a caer luego en el Tajo, foso profundo donde se mira el Señorío por el Sur. Destacan de sus pueblos el linajudo Selas; Cobeta con su torre medieval, Canales con su Peña Escrita, y Corduente con todos los pueblecillos de su entorno, en que la naturaleza surge esplendorosa, verde, radiante. El Monasterio de Buenafuente, en donde las piedras destilan historia, y los amantes del arte y de la espiritualidad encontrarán su gozo y recogida. O diversos santuarios como el de la Virgen de Montesinos, en un precioso barranco junto a Cobeta, y el de la Virgen de la Hoz, bello sobre toda ponderación.

La Sierra presenta las mayores alturas del Señorío, los más intrincados vericuetos, caminos y rincones. Junto a extensiones abundantes de pinos se desbordan los roquedales oscuros e inhóspitos. La Sierra Molina que llamaron los antiguos, representa la sesma más meridional del Señorío, la más pobre también pues posee paisajes, sí; pinares, pero poco más. De sus poblaciones destacan Peralejos de las Truchas, en la orilla derecha del Tajo; y Checa con Orea, ambos pueblos grandes y de antigua tradición ganadera, de gentes trashumantes y sacrificadas, Alustante es la puerta de la Sierra viniendo desde las tierras de Teruel: el arte increíble que encierra su iglesia parroquial es también para ser tenido en cuenta; y entre los enclaves típicos, no olvidaremos a Terzaga, con una colección impresionante de rejas antiguas; o a Megina, Traid, incluso los paisajes más bellos del Señorío.

El Pedregal muestra su cara sobria, reseca, también, surcada de la sierra de Zafra que como una espina la centra. A un lado y otro de ella, los suaves campos de cereal, y algunos barrancos que van profundizando, en derechura del Gallo, que recorre entera la sesma. Destacan también los serrijones colorados de Sierra Menera, donde el hierro aflora cada día en estallido de riqueza. Como un murallón inexpugnable, estas alturas cercan por el sur y levante el Pedregal. Y en su resumida geografía, los nombres de Setiles, reducto castillero y palaciego de la familia Malo; o Tordesilos pletórico de casas, de arte, de recuerdos de una pasada grandeza y Anquela de Seca; de Tordelpalo sobre una roca, o de Castellar de la Muela, en su empinguruchada atalaya; de Hombrados, dispuesto a no morir, y siempre en animación que se contagia al viajero, o Prados Redondos, lugar de nobles piedras y magníficos caserones nobiliarios. Como una bandera, el Pedregal se centra con la altiva frente del castillo de Zafra.

El Campo, en fin, al norte del Señorío, ceñido de las gargantas de los ríos Mesa y Piedra; volcado hacia Aragón en voluntades geográfica e histórica. De su páramo monótono y productivo poco cabe decir, si no es el encomio de ser granero generoso del Señorío. El cereal pugna por salir, y las distancias son dilatadas, azules, inalcanzables casi. Solamente leves elevaciones que van subiendo hacia el Aragoncillo o la Sierra de Zafra. Y en sus hondonadas saludable, los pueblos más grandes del territorio: Milmarcos, Tartanedo, Hinojosa, Fuentelsaz, Concha, La Yunta, Embid, Tortuera…, y tantos otros en los que magníficos ejemplares de iglesias, de casonas, de arte por todas partes hace razón mas que suficiente para acercarse a ellos y con tranquilidad mirarlos.

Y en el centro la capital. La Molina de Aragón, amparada por las rojizas torres de su castillo medieval, poniendo con su historia, su arte y su expresión urbana el sello inconfundible de una tierra diferente a todas, con una clara conciencia de su sentido histórico, de su dimensión humana, de su ser cordial con respecto al Señorío que en apiñada urdimbre le rodea.

Tierra, pueblos y caminos de Molina: para vagar por unos y otros buscando la huella perdida de los pasados siglos; la frase sabia de sus gentes; el pálpito renovado de sus campos. Tierra, pueblos y caminos molineses, justa meta para quien desea entrar en esa España lejana, nueva de tan vieja y desconocida, pulcra en su aislamiento, sorprendente siempre, y siempre querida y añorada.

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