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noviembre, 1979:

Breve apunte histórico de Molina

 

Situado en las altas parameras de las sierras ibéricas, que dan aguas a las cuencas del Tajo y Ebro, usando así del privilegio de ser la tierra o comarca habitada más elevada de España, el Señorío de Molina se asienta sobre una geografía inhóspita, de clima extremado, de escasa producción agrícola, de bosques antaño abundantísimos y hoy esquilmados, y sobre unas áridas parameras que se contienen entre las cuatro paredes de Sierra Menera, Sierra Molina, Aragoncillo y serranías del Ducado. Un sol de justicia en el verano, o un cierzo helado y sutil en el invierno le confieren una luz una anchura de horizontes, una palabra de altura inigualable. Los escasos habitantes que allí quedan son valientes herederos de un pueblo sacrificado y muy trabajador, que supo arrebatar a la remisa tierra los frutos más difíciles. Es este territorio hispano, recóndito, lejano, silencioso y hermosísimo, lo que el viajero se dispone con un bagaje de pasión y esfuerzo, a conocer con detalle. Su historia densa, sus paisajes múltiples, su folclore rico, sus monumentos irrepetibles, saldrán al paso en cada esquina. Es necesario antes, como una guía breve, concisa, escueta, pararse ante los límites de esta tierra y, en tono monocorde, recordar en breve apunte, la historia dé este solar y sus paredes.

Diversos pueblos celtas asentaron en su territorio, habiendo quedado leves rastros (necrópolis, restos de poblados, toponimia) de su paso. Luego fue muy breve y tímida la romanización de estas alturas, y de la época árabe sabemos que algunos jerarcas y jerarquillos moros tuvieron alcázar en Molina y, quizás, en otros pequeños asentamientos de la tierra. Todo ello breve y sin importancia. La leyenda dice que Abengalvón, rey moro de Molina, atendió y hospedó al Cid Campeador y a su familia en las ocasiones que cruzaron (de Castilla a Valencia) este territorio.

Fue en 1129 que quedó definitivamente incorporado a los distritos de los reinos cristianos, siendo expulsada la morisma para siempre. ¿Castilla o Aragón sus primeros conquistadores?

Quizás ninguno de ellos, sino un aventurero con valor y estirpe: don Manrrique de Lara, alto dignatario en la corte de Alfonso VII de Castilla, quien en calidad de señor feudal del territorio se erigió en Conde y primer Señor de Molina. El fue quien limpió el terreno de la poca habitación árabe que tenía por limpiar. El fue quien, sobre un habitáculo anchísimo y vacío puso gentes, castellanos viejos, de Vizcaya y León; de las tierras de Lara en Burgos; del valle de Mena; de la Galia Narbonense; de Rioja y Castilla la Vieja. El fue quien comenzó a levantar la nueva ciudad de Molina, su alcázar imponente sobre la roca dominando el manso vallejo del río Gallo; él fue, en definitiva, quien en 1154, al conceder y rubricar el Fuero para la Villa y Tierra de Molina, puso las bases del engrandecimiento posterior, de su autonomía y gobierno tan peculiar. Don Manrique, primer señor, primer legislador. De su mano surgió la más vieja piedra, el más antiguo plano y corazón de esta tierra.

El señorío, independiente, y con carácter de behetría, que creó en Molina, fue heredado por su hijo don Pedro Manrrique de Lara. Decía el Fuero que el pueblo mismo había de elegir a su señor, siempre que lo hiciera entre miembros de la familia fundadora. Así fue y el tercer señor, hijo del anterior, fue don Gonzalo Pérez de Lara, quien se ocupó en engrandecer el Señorío, levantando iglesias, palacios y completando el sistema de distribución de tierras entre todos aquellos colonos y pobladores que desde el norte de la Península venían a ocupar este territorio difícil pero prometedor.

Ya en tiempos de este tercer señor surgieron problemas con el Rey de Castilla, de quien teóricamente el Lara era un vasallo, aunque poderosísimo. Quizás algunos actos de desacato o simple encono cabezota de los que tanto se daban entre los señores feudales y el monarca, hizo que don Fernando III Rey de Castilla se acercara en son de guerra al Señorío molinés, y en 1222 cercara a don Gonzalo Pérez, que hubo de resguardarse en su castillo, -fortísimo- de Zafra, entre Hombrados, Cubillejo y Campillo. El cerco guerrero cesó pocos días después, concertándose las paces («la concordia de Zafra») de tal modo que la hija del molinés, doña Mafalda, a la que no correspondía su herencia por línea normal, se casó con don Alfonso hermano del rey. De este modo aunque Molina siguió en calidad de Señorío independiente sus señores quedaban fuertemente ligados por multitud de intereses, e incluso de lazos familiares con la corona castellana. Esté cuarto señor, don Alfonso Infante de Molina, fue bravo guerrero y Capitán General de los ejércitos castellanos, siendo caballero destacado de la Orden calatrava, pasando sus días en continua pelea de reconquista frente a los moros, ayudando a la corona en sus campañas andaluzas.

Quinta señora, hija del anterior, fue la renombrada doña Blanca de Molina, mujer en la que según los cronistas recayeron todas las virtudes que la raza atesora, pues era bella, valerosa, enérgica, amable, inteligente y sufrida. Levantó iglesias, fundó monasterios, formó su Cabildo o Compañía de Caballeros, repobló zonas del sur del Señorío perfeccionó su alcázar molinés, y dejó un testamento que es modelo de sabiduría y ejemplo de magnanimidad señorial. Heredó el Señoría su hermana doña María de Molina, quien al casar con rey don Sancho IV de Castilla, transmitió el territorio y su cabeza rectora al monarca. Entró así,-era el año 1293-el Señorío de Molina en la nómina de nobles títulos del Rey de Castilla, en cuyo cómputo aún hoy permanece.

Zona de guerras, en la Baja Edad Media, entre Aragón y Castilla, el fratricida de Montiel, don Enrique II de Castilla, como señor y dueño de Molina, la entregó en regalo al general o aventurero francés que tanto le había ayudado: Beltrán Duguesclin; pero como esta donación comportaba la retirada del Fuero y el cambio de señor no aprobado por el Común de la Villa y Tierra de Molina, sus gentes se levantaron en armas decidiendo finalmente, en 1366 entregarse al Rey de Aragón don Pedro IV quien aceptó en 1369. Nuevas guerras de Aragón contra Castilla, y los molineses, como siempre, justamente en el centro de las desavenencias. La paz llegó en 1375, cuando el infante don Juan, hijo del Rey de Castilla, casó con doña Leonor, infanta de Aragón, entregando esta como dote a su marido el Señorío molinés. Aunque solamente seis años permaneció esta tierra en poder del reino aragonés, su sobrenombre no abandonó ya nunca, y así hoy es el que conserva.

Otra vez, ya en el siglo XV, un rey castellano (Enrique IV) entregará al Señorío de Molina a un magnate de su Corte: el favorito don Beltrán de la Cueva. Por no saber de Historia, el monarca sufrió un nuevo descalabro, pues el territorio entero se levantó en armas, protestando por ese «toma y daca» con que el Rey quería entretener sus ocios y sus necesidades de pago a quien le dirigía la voluntad y el reino. Vuelto el Señorío a la corona castellana, tras una guerra heroica y empañada de sus gentes, los molineses obtuvieron de la reina Isabel la Católica la promesa y el privilegio de que ya nunca más el Señorío sería apartado del reino castellano, como así ha sido.

A partir de entonces, comienzos del siglo XVI, comenzó el auténtico crecimiento de riqueza de esta comarca impar. Un auge increíble de sus reservas ganaderas, una explotación racional de su riqueza forestal y agrícola, hizo que la inmigración especialmente de las entonces empobrecidas tierras vasco‑navarras fuera muy intensa, ganando el Señorío molinés en habitantes, en fortuna y en prosperidad.

Tres instituciones reveladoras marcaron en muchos momentos el rumbo histórico del Señorío. Tres instituciones creadas al unísono del territorio, al amparo de su Fuero, en los años claves de su propia soberanía: el Común de Villa y Tierra de Molina, el Cabildo de Caballeros de doña Blanca, y el Cabildo Eclesiástico molinés: sus hombres dotados siempre de un talante democrático, honrado, valiente y esforzado, marcaron el rumbo de esta tierra impar y magnífica.

En ocasiones posteriores este mismo pueblo tuvo que demostrar su carácter de bravura y su ansia de libertad. En 1811 aguantó la ciudad de Molina un terrible ataque de las tropas napoleónicas, que dejaron reducido el burgo a casi sólo cenizas. El año siguiente, cuando en Cádiz surgía la primera Constitución española, los diputados de Molina hacían sonar su voz de infatigable deseo de autonomía y libertad. Incorporada al territorio de Cuenca, fue luego reconocido el Señorío como por de la provincia de Guadalajara, pasando finalmente a ser incluido dentro de esta demarcación geográfico administrativa. Modernamente se han hecho intentos de recuperar, en parte esos ribetes de peculiaridad que, a lo largo de los siglos, han ido conformando el irrenunciable y maravilloso ser del Señorío de Molina.

Los arzobispos toledanos, señores de la Alcarria

 

Viene hoy a este rincón de los recuerdos alcarreños, una página múltiple, amarillenta ya, que rememora aconteceres, nombres y lugares de la Edad Media en nuestra tierra. Página que nos habla del feudalismo de castillos, de arzobispos enérgicos, de batallas. Envejecida crónica que quiere unificar las sueltas noticias que de los arzobispos toledanos, en trasiego de señoríos y mandatos, aún restan en viejos librotes o en pergaminos ajados.

La tierra de la Alcarria cae suavemente declinando -llana meseta horadada por los barrancos o valles de arroyos que corren hacia el Tajo- en dirección NE‑SO, y es en alguno de sus anchos valles (el Jarama, el Henares o el Tajuña) camino seguro y fácil para pasar de una a otra Castilla. La Edad Media, época de luchas constantes, ve esta región como un punto clave para el control de la península. Y así es que en ella la historia -la de las batallas y los guerreros- se densifica y rezuma nombres y fechas. Tras la reconquista a los árabes de esta comarca, parte de ella queda bajo el control señorial de un imperio feudal castellano, cual fue el de los arzobispos de Toledo. Tres lugares clave en esa senda que comunica las dos Castillas y Aragón, pasaron a poder de estos señores: Uceda (sobre el Jarama), Alcalá (en el Henares) y Brihuega (sobre el Tajuña). De algunas de estas posesiones veremos ahora datos y detalles.

Brihuega surge sobre las bermejas peñas, en la orilla derecha del curso medio del Tajuña; a sus pies, rientes huertas, pobladas alamedas, y en lo alto, sobre los cuestarrones resecos la meseta alcarreña, pletórica de cereal granado (1). Poblado ya en los tiempos prehistóricos, fue de los árabes en su época de dominación, y allá, en su esquina reducta, levantaron embrión de astillo. En la segunda mitad del siglo XI, el rey toledano Al‑Ma­mun donó aquel enclave a su migo Alonso, huido de la corte castellana, de la que llegará a ser monarca con el título de Alfonso VI. En 1085 conquistará éste a Toledo y su comarca. Al año siguiente, a los quince de las calendas de enero de 1086, el monarca dará a la Iglesia de Toledo y a sus arzobispos, esta que ya entonces llama villa, para que fueran señores de ella (2). En realidad, se trataba de un aislado castillete sobre el valle, pero tan fuerte y útil que los arzobispos decidieron poblarlo y fortificarlo, dándole vida y siglos (3). Así, será el tercer obispo toledano, don Juan, quien «ensanchó el logar a los pobradores, e pobró el barrio de San Pedro», teniendo nacimiento, en siglo XII la villa de Brihuega como tal (4). En 1207, el arzobispo don Martín López de Pisuerga hospedó, en su castillo de Brihuega al rey don Alfonso VIII. Pero el momento de empuje y auténtico crecimiento es el que le hace vivir el famoso arzobispo don Rodrigo Ximénez de Rada, quien obtuvo de los reyes diversas mercedes beneficiosas para los pobladores y nuevos vecinos. Así en 1215, Enrique I concedió el permiso de celebrar feria el día de San Pedro. Este prelado, que engrandeció Castilla con su colaboración a la corona y su ingenio y su capacidad organizativa, gustó de pasar largas y frecuentes temporadas en su castillo de Brihuega. Consta que su asistencia a la villa alcarreña fue asidua entre 1224 y 1239. Hacia 1242, o poco antes, concedió un fuero propio a Brihuega, clave de su posterior desarrollo (5). Y proporcionó los medios necesarios para la construcción de tres nuevas iglesias (la de Santa María de la Peña, San Miguel y San Felipe), que marcaron, con su característico sello artístico, el estilo de transición del románico al gótico, en una simpleza decorativa y pureza de líneas muy propia de lo cisterciense (6). Incluso en su castillo consta que hizo construir una sala (que hoy se conoce como «capilla del castillo») de altas nervaturas góticas por cierre, rasgados ventanales y decoración en los muros de claro signo mudéjar (7). Todavía serán otros arzobispos del siglo XIII los que, con su cariño y afición al enclave alcarreño, marquen su prosperidad y crecimiento. Así, hacia 1256, el arzobispo don Sancho y su hermano, el rey Alfonso X, permanecieron una larga temporada en su castillo. En esa fecha, concretamente, es cuando se convino en señalar a Brihuega como sede de los concilios provinciales, en los que tomaban parte, junto a los primados, los obispos de Palencia, Segovia, Sigüenza, Osma y Cuenca (8). Otro obispo llamado don Sancho este hijo de Jaime el Conquistador, gustó de acudir a su dominio del Tajuña, y del arzobispo don Gonzalo García Gudiel (1280-1299) consta que benefició mucho a su villa alcarreña, obteniendo del Rey Sabio unos privilegios para los ballesteros briocenses (9). Del mismo modo, los siguientes prelados toledanos tuvieron clara querencia por Brihuega.

El cardenal don Gil Carrillo de Albornoz -figura señera en los anales de la mitra toledana y aun en la historia del papado pues fue quien consiguió quebrar el Cisma de Avignón, trasladando a Urbano V a su sede vaticana-, que subió al arzobispado en 1339, tuvo también un especialísimo cariño por este verde pedazo de Castilla. En 1340, fundó una iglesia en honor de San Blas, en el lugar cercano de Villaviciosa, poniendo allí monjes‑canónigos de San Agustín y tomando aquella atalaya sobre el Tajuña como refugio frecuente para sus estudios y meditaciones. En aquellos parajes, quizás en algunas de las ermitas monasteriales junto al río, en Covatillas o Palazuelos, dijo su misa de despedida antes de salir, sin regreso ya, de sus dominios, rumbo al exilio franco‑italiano (10).

En el siglo XV, fue el arzobispo don Juan de Cerezuela quien se dedicó a mejorar la villa levantando nuevas casas de canónigos junto al templo de San Juan. Y en la siguiente centuria por allí pasaron el cardenal Cisneros, quien descansó en Brihuega el verano de 1503; don Juan de Tavera (11), dedicado el año 1539 a mejorar y ampliar la iglesia de Santa María (le puso coro alto, puerta a poniente, y torre nueva). A fines de esta centuria, la villa fue enajenada, como tantos otros bienes arzobispales, monasteriales y de las órdenes caballerescas, pasando a la Corona. Pero en 1607 volvió a Brihuega «a donde solía», y el cardenal Sandoval y Rojas, reintegrada la villa a sus dominios con cedió unas favorables ordenanzas para el buen gobierno del pueblo y de su tierra. Mediado el siglo, en 1653, fue el cardenal­arzobispo don Baltasar de Moscoso y Sandoval a residir una temporada en su villa alcarreña, supliendo con su caridad muchas necesidades de sus vecinos (12). Aún en 1725 recordamos las nuevas ordenanzas que proclamó el arzobispo don Diego de Astorga y Céspedes.

De tan larga y multisecular estancia de Brihuega en el señorío de los arzobispos toledanos, son recuerdo no sólo el apuntamiento veraz y frío de la historia, sino la huella pétrea de esos templos maravillosos (San Miguel, Santa María de la Peña, San Felipe) que muestran lo grandioso de su pasado. Incluso, ya desde muy antiguo, quedó esta feudal dominación marcada en el escudo de armas de la villa, que en documento del siglo XIV mostraba estar integrado por un castillo de tres torres, más alta la central, y entre ésta y las latera les sendos báculos arzobispales, sobresaliendo de las almenas, apareciendo encima una imagen de la Virgen María con el Niño en brazos y frase laudatoria en latín (13). Sin duda debió la villa de Brihuega su crecimiento, fortificación, cuidado y progreso a su condición de lugar mimado y muy querido de los señores arzobispos toledanos.

Estos tuvieron también desde muy temprano la posesión en señorío de Alcalá de Henares, la antigua Complutum de los romanos, clave también en el camino de Castilla a Aragón, y centro de una rica campiña que allegó a los graneros toledanos miles de toneladas de grano.

Pero sigamos en la Alcarria de Guadalajara. Y cerca de Brihuega nos encontramos con otro enclave, más recóndito pero no menos fuerte y valioso: el de Fuentes, que en principio perteneció al concejo de Atienza y luego quedó como aldea de Hita, pasan do finalmente, en 1255 a poder de los arzobispos de Toledo, por cambio realizado entre el prima do don Sancho y su hermano el Rey don Alfonso X. Este entregó el reducto alcarreño y recibió de aquel el castillo de Suferruela, cerca de Calatrava. También recibió Fuentes un Fuero propio otorgado por el arzobispo don Gonzalo García Gudiel y en poder de estos prelados estuvo, villa y castillo, alzados en retadora estampa sobre el profundo barranco del río Ungría, que le rodea, hasta finales del siglo XVI, en que fue enajenado por la corona, y vendido a la familia de los Barrionuevo de Peralta (14). Sobre la orilla izquierda del río Jarama, que aún joven e impetuoso baja de la Somosierra, álzase desde muchos siglos atrás el enclave de Uceda, que en los tiempos de la reconquista de esta baja meseta castellana fue codiciada presa, por lo estratégico de su situación, de moros y cristianos. Su conquista definitiva es de 1085, cuando Alfonso VI la puso bajo el escudo del león y el castillo. Y a comienzos del siglo XIII, el rey Fernando el tercero, tal como lo había prometido, la entregó a su hijo, el arzobispo‑infante don Sancho, para que a él y a sus sucesores en la archidiócesis de Toledo perteneciera la Villa, el castillo y la tierra toda que en forma de Común la rodeaba, sobre la meseta cereal que va del Jarama la Henares. Los arzobispos cuidaron con mimo este señorío. Como en otros lugares de la Alcarria ya había hecho, don Rodrigo Ximenez de Rada cuidó de fortificar la villa, reparar el alcázar y mejorar el habitáculo de Uceda, levantado a su costa la Iglesia de Santa María de la Varga, obra magnífica de transición entre los estilos románico y gótico, con el aire inconfundible de lo que en otros lugares, con su personal atención y cuidado, había mandado edificar. De esta iglesia quedan hoy sus cuatro muros y la cabecera compuesta de tres semicirculares y extraordinarios ábsides (15). El castillo de Uceda fue núcleo de un poder férreo, y, como decía una antigua crónica «era una fortaleza de importante y muy buena», que mandaba largas murallas en torno de la villa toda. En ella se encerró el arzobispo Carrillo, violento enemigo de los Reyes Católicos, y en ella encerró este arzobispo a Ximénez de Cisneros, encarcelado una temporada por contrariar al señor omnipotente. En el siglo XVI, las enajenaciones masificadas que realizó Felipe II dieron con Uceda en la faltriquera de la Corona, que la vendió a don Diego Mexía de Ovando, pasando luego a otras manos legas y banales este señorío de tan añeja memoria (16).

La presencia de los arzobispos toledanos en la Alcarria, a título de señores y alentadores de una repoblación y un empuje social indudable, nos ha servido para rememorar nombres y hechos, lugares y fechas que pudieran resultar de interés y utilidad para algunos.

NOTAS:

(1) Bejar, Fr. Francisco de: Historia de la milagrosa imagen de Nuestra Señora de la Peña, patrona de la villa Brihuega, Madrid 1733; Pareja Serrada, A.: Brihuega y partido, Guadalajara 1916; Herrera Casado, A.: Brihuega, Jardín de la Alcarria, Zaragoza, 1974

(2) Biblioteca Nacional de Madrid; sección manuscritos; colección del Padre Burriel, tomo DD 41.

(3) Layna Serrano, F.: Castillos de Guadalajara, 3ª. ed., Madrid 1962.

(4) Alfonso X el Sabio, Crónica general de España. Tomo V de la Nueva Biblioteca de Autores Españoles; Madrid 1906.

(5) García López, J.C.: El Fuero de Brihuega, Madrid, 1888.

(6) Layna Serrano, F.: La arquitectura románica en la provincia de Guadalajara, 2ª. Ed. Institución Marqués de Santillana Guadalajara, 1971.

(7) Torrés Balbás, L.: La Capilla del Castillo de Brihuega y las edificaciones de don Rodrigo Jiménez de Rada, Archivo Español de Arte (1941) pp.  279 y s.s.; García López, J.C.: Pinturas murales recientemente descubiertas en el castillo de Brihuega, «El Arte de España», VII (1868) pp. 48-49.

(8) Biblioteca Nacional de Madrid; sección manuscritos; colección del Padre Burriel, tomo DD 56.

(9) Ídem, tomo DD 121.

(10) Porreño, 8: Vida y hechos hazañosos del Cardenal don Gil de Albornoz, Cuenca 1626; Herrera Casado, A.: Monasterios y Conventos en la provincia de Guadalajara, Guadalajara, 1974, pp. 264‑271.

(11) Salazar y Mendoza, Crónica del Cardenal Tavera.

(12) Jesús María, Fr. Antonio de: Don Baltasar de Moscoso y Sandoval, Madrid, 1680; Passano de Haro, A.: Ejemplar eterno de prelados. Toledo, 1670

(13) Benavides, Historia de Fernando IV.

(14) Memorial Histórico Español, Tomo XLI, Madrid 1903, pp., 326 y s.s.

(15) Layna Serrano F.: Arquitectura románica…

(16) Layna Serrano, F.: Castillos…

Un general guerrillero: EL EMPECINADO

 

Entre las muchas y curiosísimas figuras que participaron en la Guerra de la Independencia contra Napoleón -guerra civil velada por el odio al frarcés- y entre esos límites que son el cura Merino o Agustina de Aragón, el general Palafox y Goya, cada uno haciendo a su aire la contienda, aparece la figura gallarda y llamativa de Juan Martín Díaz, a quien por su apodo de «El Empecinado» se le conoce en todas las historias y tradiciones que sobre él todavía ruedan, de labio en labio, por las tierras de la Alcarria. Se ha escrito mucho sobre tal personaje, más en plan legendario que real, a pesar de que su auténtica línea biográfica es una permanente y apasionante secuencia de aventuras. En las escalas del ejército español ascendió hasta el grado de general, pero su guerra fue particular, independiente, pues si empezó de guerrillero, así continuó a pesar de todos los nombramientos que Juntas y Consejos le hacían. Guerrillero genial, verdadero maestro de una estrategia intuitiva (1), añadía a su sabio guerrear una gran nobleza de comportamiento, una bravura sin par, y una increíble fuerza física. Nombrar al Empecinado entre los franceses de comienzos del siglo XIX, era nombrar a España bravía e indomable, a la España que, como se demostró, jamás se dejaría vencer por nadie. Sólo su presencia infundía terror. Con el uniforme de general le retrató Goya (hoy se conserva este cuadro en el Museo del Ejercito, en Madrid) y resalta de su poderoso gesto-incluso en una cabeza cuadrada, bajo un revuelto y oscuro pelo, tras unos mostachones espesísimos- el destello resuelto de quien sabe unir la cazurrería a la experiencia, el ánimo noble a la llaneza.

La vida de Juan Martín Díaz fue de continua lucha, militar muchas veces, política otras (2). Recordaremos aquí solamente, tras los obligados paréntesis de sus orígenes y sus postrimerías, la pelea que mantuvo contra el ejército napoleónico en tierras de la Alcarria, donde quedó marcado con el sello de la leyenda. Porque si de él se cuentan muchas cosas irreales, también es cierto que una breve relación de sus hazañas ciertas no alcanza siquiera a dar su dimensión auténtica de guerrillero tenaz, que no descansó un solo día mientras olfateó en la distancia el olor del enemigo.

Nació Juan Martín en Castrillo de Duero (Valladolid), en 1755, y ya fue valiente soldado en el Rosellón luchando contra las tropas napoleónicas. Al estallar la guerra de la Independencia contra los franceses, pasó a constituirse, junto con otros camaradas de su pueblo y comarca, en guerrilleros dispuestos a hostigar, a molestar, a no dar paz a las huestes invasoras. Adoptó su nombre, al parecer, de un arrollo o pecina que pasa cerca de Castrillo, su pueblo natal. Pronto adquirieron por extensión el nombre de empecinados todos cuantos luchaban junto a Juan Martín, quien llegó a reunir un auténtico cuerpo de ejército en su torno, con algunos miles de hombres a sus órdenes. Entre ellos figuraron gentes como su propio hermano, Antonio Martín, y destacados guerrilleros que luego destacarían en el ejército por unos u otros motivos: Nicolás Isidro, Diego de Ochoa, Vicente Sardina, Saturnino Albuin «el Manco», José Mondedeu y otros muchos. Algunos de ellos traicionaron al Empecinado en los momentos más difíciles, pasándose al enemigo y creándole problemas que casi le costaron la libertad.

Comenzó Juan Martín luchando en territorio de Castilla la Vieja y León, en las cercanías del Duero. Pero en septiembre de 1809 fue llamado por la Junta de Guadalajara, que enterada de sus valentísimas y útiles acciones, quiso contar con su presencia guerrillera en tierras de la Alcarria. El día 11 de septiembre de 1809 entró el Empecinado procedente de Soria, en tierras de Guadalajara, pasando el 16 por Cogolludo y teniendo el 17 un encuentro con una columnilla francesa junto a Fontanar, desbaratándola. En noviembre de este año, entró el Empecinado, con 200 de los suyos, en la ciudad de Guadalajara, que los franceses habían dejado sin guardia. Al día siguiente, el ejército imperial les tiende una emboscada: guarda los caminos, controla desde el exterior las puertas de la ciudad, y ataca con gran número de soldados para destrozar dentro al guerrillero y sus huestes. Con un valor sin límites, estos se deshacen del enemigo, salen por la puerta de Bejanque tras dura lucha cuerpo a cuerpo, matando él mismo al comandante de caballería.

El año de 1810 será pleno de acciones del Empecinado por la tierra alcarreña. A mediados de marzo, cerca de Sigüenza, en los altos de Mirabueno, con unos cuantos hombres se enfrentó a un millar de franceses que venían de la ciudad mitrada con un importante cargamento de trigo. Entre mayo y abril, estuvo Juan Martín destacado en la provincia de Cuenca, puesto bajo el mando del Comandante general de aquella provincia, pero ello impidió que su gente militar libre y espontánea diera sus frutos tradicionales. En mayo volvió a las alcarrias de Guadalajara. Una gran partida francesa, formada por 300 de a caballo y 500 infantes, dio una batida por Trillo, Valdeolivas, Salmerón y Alcocer a mediados de este mes, recogiendo trigo de la cosecha anterior a los agricultores de la zona. Cuando, el día 16, este grupo regresaba a Guadalajara, el Empecinado los atacó junto al puente del Tajo, propinándoles una derrota y haciéndoles huir, forzándoles a encerrarse en la fábrica de paños de Guadalajara. Le ayudaron en la acción los voluntarios de Molina, y los coroneles Gastón y Orea. El mismo mes, el día 23, el Empecinado atacó a la columna volante del Tajuña, francesa, obligándoles a encerrarse, y destruyéndoles en parte, cerca de Brea.

Tanto hostigaba Juan Martín a las tropas francesas, especialmente a lo largo del camino real de Madrid a Zaragoza, con una técnica de sorpresa y castigo continuo, que en julio de 1810 llegó a la Alcarria el general Hugo, con unos 5.000 soldados a su mando, para acabar con él de la manera que fuese. Distribuyó el francés a sus hombres por Guadalajara, Brihuega, Jadraque y Sigüenza, poniendo cañones y fortines en los lugares estratégicos. Estaba en esos días el Empecinado en el grado más alto de su fama, con 1.500 hombres tras sí. Tuvo encuentros con los franceses el 19 de julio, cerca de Trillo, y el 24 de julio, en las cuestas de Mirabueno. Su tarea de hostigamiento continuó dando por resultado el abandono de la ciudad de Sigüenza por los franceses, en septiembre, y su inmediata ocupación por el Empecinado. Aunque en octubre es llamado por el Consejo de Regencia para que se ocupe en el ataque y alarma continua de Madrid y su contorno, el Empecinado aún realiza algunas notables acciones en la Alcarria: el 18 de ese mes obtiene la importante victoria de «las alcantarillas de Fuentes», haciendo huir y refugiarse tras las murallas de Brihuega a la fuerza del general Hugo. Poco después, ataca otra vez Guadalajara, derrotando y obligándole a rendirse al general suizo Preux, con 800 soldados imperiales. Pocos días más tarde, en el puente de Auñón, sobre el Tajo, infringe sonada derrota al comandante Luís Hugo. El hermano de éste, el famoso general padre del poeta Víctor Hugo, envía unas cartas al Empecinado, proponiéndole pasarse al enemigo, reconociéndole grados y garantizándole ascensos. El Empecinado contestó al francés con tal dureza, que Hugo le atacó, en Cogolludo, donde se hallaba a la sazón Juan Martín. Este tuvo que huir hacia Atienza (era diciembre de 1810) y perdió varios de sus guerrilleros. Enterado que los franceses tenían el grueso de su fuerzas en Jadraque, y allí custodiados a sus compañeros, atacó la villa mendocina, obligando a la guarnición francesa a encerrarse en el Convento de los Capuchinos, y liberando a sus compañeros. Fue a final de este año cuando la Junta de Guadalajara llamó al Empecinado con objeto de someterle a un juicio de residencia, por supuestos desacatos e irregularidades en el ejército de su cometido militar. Él protestó enérgicamente, incluso por considerar que era improcedente el nombramiento que la Junta había hecho de Sardina, Albuin «El Manco» y Mondedeu al grado de capines.

Durante el año 1811 continuó el Empecinado y su tropa cosechando éxitos frente al invasor. Durante los meses de junio a agosto atacaron varias veces Alcalá de Henares. En octubre tomó la villa de Molina de Aragón, y pocos días se le rindió la de Calatayud. Nuevamente el 1812 ve acciones del Empecinado por nuestra provincia: el 7 de febrero tiene un fuerte encuentro con los franceses en el Monte del Rebollar, cerca de Mirabueno. Juan Martín sufre una derrota, que casi le cuesta la libertad, y tras de la cual cae gravemente enfermo. En aquella ocasión le atacó el general francés Duye, auxiliado por más de 600 españoles renegados, entre los que iba el joven Villagarcía, ayudante de caballería, que había sido uno de sus más valerosos guerrilleros, de quien se dice pasó al enemigo por no soportar el fuerte genio de Juan Martín.

En ese mismo mes de febrero, la partida del Empecinado sufrió un nuevo revés cerca de Tamajón, siendo apresado Saturnino Albuin, el Manco, que días después, renegado, figuraba ya como uno de los capitanes de compañía franca de húsares de Guadalajara. La primavera de 1812 fue nuevamente de marcados éxitos para los guerrilleros. Mientras que Mondedeu derrotó a los franceses cerca de Cogolludo, el Empecinado siguió atosigando a Guadalajara y Brihuega. El verano lo pasó Juan Martín hostigando Madrid y sus cercanías, hasta que, ya liberada la capital por Wellington, el 13 de agosto entró el Empecinado en Alcalá, recibiendo un clamoroso homenaje. Tres días después, llega a Guadalajara, que se le rinde, apresando a 775 franceses y a muchos españoles renegados, entre ellos a Villagarcía.

Pero aún no estaba terminada, ni mucho menos, la cruel guerra que destrozó a España. El 31 de marzo de 1813, una partida de empecinados, al mando en esa ocasión de Antonio Martín, hermano del jefe, derrotó a sablazos, en Talamanca de Jarama, a un gran número de franceses. En abril seguirá el Empecinado hostigando a los galos: primero en Meco, luego por Alcalá y retrocediendo tácticamente hasta Armuña y Horche, el 22 de mayo dio la definitiva batalla en Alcalá: allí se situaron los españoles, en la orilla izquierda del Henares, entre los barrancos y las cuestas de Zulema y Villalbilla haciendo huir tras larga refriega a los franceses, que ya abandonaron definitivamente la comarca. En recuerdo de esta hazaña memorable, Alcalá puso el nombre del Empecinado a una calle, levantándole incluso una estatua.

Pero la historia de este hombre, siempre a caballo entre la leyenda y la realidad, no terminó ahí. Restablecida la monarquía borbónica en España, tras el regreso de Fernando VII al trono, el Empecinado–hombre liberal como el que más-pidió al rey el restablecimiento de la Constitución de 1812, lo que motivó su traslado y destierro a Valladolid. Secundó luego el levantamiento constitucionalista de Riego, en 1820, y tras ello fue nombrado gobernador militar de Zamora, combatiendo desde ese puesto a los restos de absolutismo en la comarca. Restaurado éste, huyó a Portugal, aunque pronto pidió permiso para volver a España, lo cual le fue concedido, asignándosele Aranda de Duero para residencia. Pero al pasar por Roa, una orden del corregidor absolutista de ese pueblo dio con los huesos del Empecinado en la cárcel de esta villa castellana. Allí acumuló un inmerecido calvario, pues era sacado en una gran jaula de madera, los días de mercado, a la plaza Mayor, donde la gente se mofaba de él, insultándole. Dos años duró el encierro, hasta que finalmente condenado a muerte, en el momento de ser llevado a la horca se revolvió con su fuerza extraordinaria, soltándose de sus ligaduras, arremetiendo contra sus guardianes, a los que intentó coger su pesadísima espada; pero tomándola por el filo, se cortó algunos dedos, cayendo entonces derribado por una manta tirada por el público. Los guardianes aprovecharon para acribillarle con las bayonetas. El cadáver fue puesto, a continuación, colgado de la horca, Terrible muerte-era el 19 de agosto de 1825-para un hombre valiente que había dado su vida entera por lo que él siempre creyó como más justo para su Patria y sus gentes. Su memoria, o la huella de su valentía.

(1) Marqués de Lozoya, Historia de España, Salvat, 1966. Tomo V, página 460.

Gómez Arteche, Guerra de la Independencia: Historia militar de España de 1808 a 1814, Madrid 1891; Vida y hechos del Empecinado, por un admirador de ellos, Manuscrito de 1814; García López, J.C.: Diario de un patriarca Complutense en la guerra de la Independencia, Madrid 1894: Rodríguez Solís, Los guerrilleros de 1808; Hardman, F.: El Empecinado visto por un inglés, Austral, 1943; Pareja Serrada, A.: Brihuega y su Partido, Guadalajara, 1916.

Berninches y el Collado

 

En el corazón de la Alcarria, metidos como en un guante, en el valle del río Arlés, están Berninches y el Collado. La piedra y la historia se mezclan con la hospitalidad de sus gentes, y el viajero que quiere encontrar restos del pasado de su tierra y amistad de gente viva, no saldrá de allí decepcionado. Algunos libros nos hablan, muy de pasada, de estos núcleos de población, de sus historias antañonas, de su arte escaso, de sus costumbres (1). Pero el viaje hasta ellos, la conversación con el paisanaje, el pateo metódico de sus caminos, es lo que en definitiva dan valor a su conocimiento.

Hoy vamos a pasar un poco por encima al pueblo de Berninches, con su pintoresca situación colgado de un monte, sus recurvadas y pinas callejas, su gran iglesia parroquial dedicada a la Asunción, en la que el estudioso del arte renacentista ha de encontrar fachadas, retablos y artesonados que serán de su gusto. Vamos a tomar un agreste caminillo que parte de la zona baja del pueblo, y entre feraces huertas, antiguos y venerables nogales, y una densa bosqueda de carrascos y frutales, vamos a ir bordeando por su margen derecha el río Arlés, hasta dar, tres o cuatro kilómetros aguas abajo, en la antiquísima estancia del Collado, uno de los enclaves primeros que tuvo la Orden de Calatrava por tierras de la Alcarria.

Son ruinas solamente lo que queda de lo que fue poblado y caserío. Pero hasta hace pocos años relativamente se mantuvo en pie todo el conjunto. El abandono de las gentes hizo venirse al suelo la techumbre de la iglesia y otras dependencias. Y ahora, cuando un nuevo entusiasmo recorre la médula de los alcarreños de Berninches, se está pensando en reconstruir aquello y en inyectarle nueva vida.

Se sabe por la historia, que ya en 1199, cuando el Papa Inocencio III creaba la Orden militar de Calatrava, Berninches (como simple caserío) y el Collado ya figuraban entre las pertenencias de la Orden, que en esta comarca poseía el castillo de Zorita, los enclaves de Pastrana, Fuentelencina, Auñón, etc. En el Collado pusieron los calatravos una casa‑fuerte, algunos otros edificios auxiliares y levantaron con riqueza una iglesia. Su doble vertiente militar‑religiosa, en defensa de la Fe cristiana y de los Estados de la corona de Castilla, les hicieron siempre estar multiplicados en esa faceta ambivalente, portando cruz y espada, y erigiendo en sus reductos castillo e iglesia en íntima convivencia: recordar, si no, el caso del castillo de Zorita.

Aquí, en el Collado, ya nada que da del palacio o casa‑fuerte de los comendadores. En su solar se levantó un edificio muy sencillo, en el siglo XVIII, que es el que, ya medio arruinado, hoy persiste. Pero la iglesia primitiva aún muestra su osamenta, y habla con elocuencia a los hombres de hoy, de una pasada grandeza que ya anda por los suelos. El edificio es, indudablemente algo más que una simple ermita. Alargada de levante a poniente, orientada según la costumbre tradicional, sus muros son de fuerte aparejo de mampuesto y sillarejo calizo, con bien labrado sillar en esquinas y aleros. Estos se sujetan, en todo el circuito del templo, por buenos modillones románicos, de arista y lobulados. El muro norte apoya en tres contrafuertes muy recios, y sobre el de poniente se debía levantar la torre, que tuvo fama de altísima y rodeada de hiedra, de la que no queda hoy sino el suavizado y cubierto de tierra montón de escombros. Dos puertas tiene el templo. La principal mira al sur. Es de arco amplio, apuntado, formado por tres arquivoltas en degradación, de arista viva. Al norte hay otra puerta, más pequeña, también de arco apuntado y cenefa dentada. Sobre los muros de poniente y mediodía se ven algunos ventanales, estrechos y altos, de arco semicircular, de tradición románica. Y en la parte de levante se alza, todavía íntegro aunque en parte tapado por construcciones posteriores, el ábside del templo, semicircular, con ventana central, modillones, y todo el etcétera de detalles que nos lo sitúan  claramente como construido en el siglo XIII, a poco de asentarse en el lugar los caballeros calatravos.

El interior de este interesantísimo templo medieval es hoy ruina total. Cayeron (no hace más de cincuenta años) las techumbres, hoy cubiertas de zarzas y de hierbajos. Aún se ve que eran las bóvedas de tipo apuntado, gotizante. Pero aún se conserva cubierto todo el presbiterio y ábside, que remata por levante la única nave. Un gran arco triunfal, semicircular, permite la entrada al recinto clave de la iglesia. Este arco apoya en sendos capiteles de yeso. El ábside se cubre por cúpula de cuarto de esfera, y deja asomar bajo los desconchados del revoco, el limpio sillar que en algunos puntos lleva decoración pictórica. Pegado al muro del fondo del ábside, se colocó un retablo a comienzos del siglo XVII, obra sencilla de la época, con abundancia de columnas, nichos y frisos decorados. De él sólo queda la estructura y algunos relieves tallados en la predela. Se remataba con una talla magnífica de Santiago, quizás titular del templo, patrón de todas las caballerías militares, que fue robada hace unos años, y hoy en buenas manos (las de sus dueños) en Alhóndiga.

Durante varios siglos, la Orden de Calatrava siguió nombrando comendador del Collado, que ya en los siglos modernos quedó como mero título nobiliario. Así, los Guzmanes de Guadalajara, hasta el siglo XVII, fueron comendadores del Collado y Auñón. Hasta el siglo XIX, Berninches y el Collado estuvieron en manos de señores particulares: primero fue el tesorero real de Felipe II, don Melchor de Herrera, y su familia. Luego pasó a D. Pedro Franqueza, y más tarde, en 1614, quedó por D. Luís de Velasco, marqués de Salinas, presidente del Real Consejo, en cuyo mayorazgo llegó hasta el siglo XIX. Luego el Collado pasó a manos particulares, hasta nuestros días, en que su dueño ha cedido gentilmente la propiedad de la ermita a la Hermandad de Ntra. Sra. del Collado, de Berninches, para que sea restaurada y utilizada nuevamente como centro de oración y romerías populares.

Es ésta una historia, lector, como puedes ver, larga y movida. Vinieron los calatravos, se fueron los magnates del Siglo de Oro, pasó por manos de pobres y poderosos. Se alzó un templo, se derribó en un olvido. Y nuevamente la historia, latiente e imparable, cruza por el enclave del Collado, y le imprime vida. Aunque el camino está, todavía, nada más que regular, bien merece, para cuantos gustan descubrir la Alcarria en su médula, acercarse hasta el Collado de Berninches, y allí admirar la ruina venerable del Medievo, recordar historias de la tierra y sus hombres, respetar cuanto la voracidad del tiempo nos ha dejado y tratar de salvarlo.

(1) Tomás López: Geografía histórica de España, provincia de Madrid. Tomo 2º, 1788, pp. 269‑271. Juan Catalina García Memorial histórico español, tomo XLI, 1903, p. 23