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Castillos del Señorío de Molina (IV)

 

Molina de Aragón, la capital del Señorío más noble y auténtico de España, está encabezada por uno de los castillos más hermosos y genialmente dispuestos del país. Relatar su historia seria, exclusivamente, relatar la de sus señores y vasallos. Desde que a comienzos del siglo XII creó el Señorío molinés don Manrique de Lara, dando Fuero al pueblo y tierras de su contorno, comenzaron a levantarse murallas, torres y almenas, como expresión máxima de un poder sobre las ondulaciones pinariegas y los cursos bravíos de los ríos.

Don Manrique fue quien, trasladando la ciudad de Molina desde su viejo emplazamiento, que ya tenía desde la época romana, junto a Rillo de Gallo, la colocó en el lugar actual, y sobre ella comenzó a levantar la fortaleza, que es, por tanto, de construcción totalmente cristiana y occidental. A pesar de su aspecto arabizante alcazareo y rojizo de lunas desérticas el castillo de Molina de Aragón es concepto y masa nacida de manos castellanas

Es muy probable que fuera primeramente levantada la llamada «torre de Aragón», fortificación que corona la ladera norte del pueblo, y que, asomándose hacia la cuenca del Jalón lejano, domina amplísimas extensiones de terreno. Probablemente fuera el rey don Ramiro de Aragón quien iniciara esta construcción, con idea de fortificar y dominar el paso de su reino al de Castilla, pues sólo con ese edificio bastaba para sus fines. El conde don Manrique, sin embargo, y a tenor de su asentamiento definitivo como Señor de Molina, comenzó a levantar torres y murallas con un afán de hacer eterno su bien ganado dominio.

Sus descendientes, los condes don Pedro, don Gonzalo y doña Blanca, se dedicaron a reforzarlo e ir completando detalles. Esta última, quinta en la lista de los señores molineses, puso su energía bien patente en muchas actividades de la ciudad del Gallo. Fundó templos y construyó monasterios. Peleó cuando hizo falta y no cejó en la tarea de engrandecer a Molina y su territorio por todos los medios su alcance.

De doña Blanca es indudablemente, la iglesia que en él recinto del alcázar molinés, junto a la llamada «torre del reloj», hubo durante siglos. Al siglo XIII pertenecen, sin lugar a dudas, los restos que de este templo netamente románico se han encontrado recientemente en las excavaciones llevadas a cabo en el castillo molinés. La planta de nave única, alargada, con ábside semicircular tras breve presbiterio, y grandes basas de haces de columnas nos dan, aunque ligera, suficiente idea de lo que fue esta iglesia castillera.

También creó ‑aunque perfeccionando lo ya fundado por su padre don Alfonso, el infante de Molina‑ el Cabildo de Caballeros de doña Blanca, pequeña corte de nobles que escoltaban a la señora, la ayudaban en guerras y custodiaban su castillo y el cinto de las murallas. Por ellos tomó Molina su auténtico sobrenombre «de los caballeras» que debería recuperar, y de este Cabildo tomó herencia la actual Cofradía de El Carmen, que con sus uniformados miembros, desfila aún por las calles de la ciudad el 16 de julio.

Tomada Molina por la Corona de Castilla, al casar su última señora, doña María, con el rey Sancho IV el Bravo, cuando Enrique «el de Trastamara» le regalaba el Señorío al francés Beltrán du Guesclín, la ciudad entera se rebeló, y el alcaide del castillo, que entonces era don Diego García de Vera, ofreció el Señorío al Rey aragonés Pedro IV, quien, al mando de 500 hombres, penetró en la fortaleza por la puerta de la muralla norte, que desde entonces se conoce como «Puerta de la traición». Entonces cambió Molina el apelativo nuevamente, siendo llamada «de Aragón», por pertenecer a la Corona aragonesa. Poco tiempo estuvo en tales manos y en 1375 pasó a Castilla mediante una indemnización al rey don Pedro y su correspondiente tratado familiar.

Seguimos señalando vicisitudes guerreras del Señorío molinés, porque en todo son coincidentes con las acciones más importantes ocurridas en el castillo mayor. Revueltas del reinado de Enrique IV, el alzamiento de las Comunidades en 1520, la guerra de Sucesión, ganada por los Borbones, y la de la Independencia, en que el Empecinado puso cerco, con éxito, al edificio, fueron breves ocasiones, aunque siempre probatorias del esforzado ánimo de sus hombres, para el lucimiento de la silueta bravía de este castillo.

Y ya descrita, aunque someramente, la razón histórica y biográfica del alcázar o castillo de Molina de Aragón, vamos ahora con algunas cosas que más tienen de anatomía castillera y cirugía alcazareña que de otra cosa. Lo que propiamente podemos considerar como castillo es un círculo de torres y muros almenados, defendidos en su altura por una barbacana que tiene unas dimensiones de 80 por 40 metros, lo que ya supone una grandiosidad desusada para lo que solía ser norma en el siglo XIII. En el muro de poniente se abre la puerta principal, coronada de arco de medio punto. El aspecto actual es, indudablemente, muy distinto del que presentaba al principio de su vida. Los muros han quedado muy bajos con relación a las torres, aún teniendo en su actual esencia la fortísima consistencia de la mampostería gruesa, de varios metros de anchura. De las ocho torres que tenía, hoy sólo restan, en relativas buenas condiciones, cuatro: entre ellas, la de «doña Blanca», «de caballeros», y de «las Armas». Los sillares esquineros, de un subido color rojizo dan una visión de incandescencia, de trepidante historia adosada a esas altas cintas, que transportan y hacen enmudecer a quien las contempla. Luego sus huecos aspillerados, algunos coronados por ventanal, completan la sensación de majestuosidad.

El interior del castillo molinés es hoy un recinto vacío. Adosado al muro norte estaba el palacio de los señores, de los condes de Molina, y en la parte sur se colocaban caballerizas, cocinas, habitaciones de la soldadesca, y los cuerpos de guardia, así como los calabozos, que es lo único que hoy subsiste, y que, especialmente el de la torre «de las Armas», conserva en sus techos curiosas frases palabras y animales dibujados, que claramente demuestran ser del siglo XV. El interior de las torres, muy transformado por obras en el siglo pasado, tiene aún, para sorpresa del viajero, una estrecha escalera de caracol que termina en la terraza donde siempre el viento saluda con su canción de hierro y de transparencia.

El recinto exterior del castillo es, todavía, mucho más amplio. Alargado de oriente a occidente, consiste en un largo discurrir de muralla, salpicado por varias torres ya desmochadas y rodeada de un foso que ya es poco profundo. Cuatro puertas tenía este recinto, que eran la actual de la torre del reloj, como entrada más practicada ahora. La puerta del Campo la puerta de la traición en el murallón norte, y la del puente levadizo en el mismo muro del castillo, frente á la torre de Aragón. En el interior de este recinto se encuentra la entrada, entre unas rocas, de la misteriosa «cueva de la mora», que aún no se sabe con certeza hasta donde va a parar, creyéndose que lo haga hasta alguna de las torres del castillo. Y además la iglesia románica del castillo, de la que hoy sólo podemos admirar su planta sencilla y típica, y el arranque de sus columnas. De este recinto exterior, aún continuaba la muralla en dirección a poniente y a levante, bajando hasta el Gallo, para cerrar con su rojizo abrazo el primitivo poblado molinés, siendo así uno de los más claros ejemplos de poblado y fortaleza feudales, que también en España, y durante su baja Edad Media, tuvieron amplias representaciones. En pocos lugares de España que es el país de los castillos medievales, se puede encontrar un ejemplo más bello, una estampa más bravía un escalofrío de autenticidad más profundo que ante la contemplación del alcázar de Molina,

Finalmente subiremos hasta la «torre de Aragón», fortín singular y señero que corona toda la población de Molina, y que en opinión de don Francisco Layna, es lo mas antiguo de todo el castillo, la más auténtica fortaleza. De pentagonal planta, apuntada hacia el norte, guarda tres altos pisos unidos por escalera y coronados por terraza almenada. Se rodea por un recinto externo que debe ser restaurado también, y se comunicaba con el castillo, por una sinuosa coracha o túnel, ya hundido y hoy con visos de trinchera. La torre de Aragón está abierta a los cuatro vientos y debería ser protegido su interior más adecuadamente.

La silueta inmensa, coloreada de rojizas turbulencias en cada una de sus mil esquinas de este alcázar medieval, es un estandarte magnífico que puede llevar nuestra tierra de Guadalajara por delante. Con orgullo y dignidad. Apliquémonos a su cuidado y su respeto.

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