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julio 21st, 1979:

Leyendas y tradiciones de Peralejos de las Truchas

 

Hemos llegado al enclave serrano de Peralejos de las Truchas, escondido entre los altos riscos y los densos boscales del alto Tajo, y ya hemos contemplado cuanto, en punto a bellezas paisajísticas y a interés monumental, nos ofrece esta parcela de nuestro querido Señorío molinés. Al amor de una lumbre, en la posada del pueblo, un domingo de octubre en que gruesos copos de nieve caían sobre el poblado y los serrijones próximos, hemos escuchado algunas interesantes leyendas de labios de recios peralejanos que, con un gracejo especial, saben contarlas. Y no podemos resistir la tentación de darles aquí en refundida prosa.

Una de las más queridas y conocidas leyendas de Peralejos es la que hace alusión a su Virgen de Ribagorda, patrona del pueblo y muy querida incluso a través de las distancias, por los peralejanos. La imagen de la Virgen se conserva un año en la iglesia parroquial, y otro en la ermita. Esta se encuentra a unos 4 kilómetros al sureste del pueblo, sobre un amplio prado al pie de La Muela, y suelen acercarse las gentes del lugar en romería, hasta tan paradisíaco lugar en ocasión de la Pascua de Pentecostés. Es muy curiosa la tradición que refiere su hallazgo. Se centra el relato en la Baja Edad Media. Un cabrero que andaba guardando su rebaño por los riscos y las intrincadas asperezas del término, se percató de que le habían desaparecido un par de cabezas, de las más pequeñas y tiernas del rebaño. Aunque el día estaba ya concluyendo, y tras guardar el conjunto principal de animales, se fue a buscar las perdidas. Bajó como pudo, siguiendo el curso del arroyo Ribagorda, por la gatera de Las Llanás, casi cortada pico sobre el roquedal enhiesto, y siguió avanzando por entre la vegetación espesísima de la zona, hasta encontrarse ante una cueva profunda y capaz como iglesia, en cuyo fondo, atónito, pudo contemplar que había un rústico altarcillo, formado por peñas y troncos de pino, sobre el que la imagen románica de Nuestra Señora de Ribagorda era iluminada por la tenue luz de un candil de barro. Junto a ella, tendido sobre un lecho de hojas y retamas, se hallaba el cadáver de un hombre, barbado y escuálido, que tenía junto a sí una armadura mohosa y muy antigua. Junto a la momia del personaje, un papel en castellano antiquísimo que decía: «Yo, Ruy Gomez, antiguo gerrero y primer ermitaño de esta cueva, habiendo despreciado mi nobleza de origen y laudos conquistados con mi espada por amor a la Virgen Maria, oculté esta imagen a la furia de los infieles, construí este rústico santuario en su honor y aquí muero, tras de haber dedicado gran parte de mi vida a defender la Religión y la Patria, a rezar por Nuestra Señora, ya que tan cruelmente la ofendieron las mesnadas agarescas». El cabrero corrió al pueblo a contar su hallazgo. Al día siguiente, varios aldeanos subieron hasta la gruta, viendo ser verdad cuanto decía, y procediendo a enterrar al tal Ruy Gómez. Cogiendo la imagen de la Virgen, la subieron al alto y al cruzar el prado que existe al pie de los riscos de la Muela (que es donde hoy asienta la ermita de la patrona de Peralejos) los pies de los aldeanos se negaron á andar, quedando todos como clavados, y diciendo que aquel prodigio era claro indicio de la soberana voluntad celeste de que allí se levantara una ermita para que los siglos futuros venerar a la Virgen de Ribagorda. La tradición, encantadora, muestra una vez más las constantes explicativas del hallazgo (dentro de una cueva) y razón del asentamiento de una ermita (milagro sobre los hombres que no saben donde ponerla).

De generación en generación ve pasando esta leyenda entre los peralejanos, que gustan de referirla, con mil y un detalles, a quien les interroga sobre ella. Pero no menos interesante es la que refiere los hechos antiquísimos ‑en los que el amor y la religión, la venganza y el temor se mezclan‑ ocurridos en el castillo o torreón de Saceda, del que aún pueden verse restos de sillares ciclópeos sobre una montañuela que otea el barranco del Rincón, al que llegan las aguas que descienden desde el prado de La Lobera. Junto a los restos de la torre, se ven aún mínimas huellas de edificaciones y habitáculos. El conjunto recuerda la posible existencia de un castro ibérico, que fue luego utilizado por romanos y conquistado definitivamente por los árabes. La leyenda refiere que estando de capitán de la guarnición de esa fortaleza un príncipe moro llamado Abendarráez-Alí, tenía viviendo con él a una hermana, llamada Zahara, de gran belleza. La torre dominaba las tierras y barrancos vecinos, protegiendo con su mole el pequeño poblado. Ya estaba Molina en poder de los cristianos, y los Laras constituidos como condes y señores del territorio. En una de sus batidas por los todavía inexplorados caminos del alto Tajo, dieron vista al castillo de Saceda, enterándose que un joven y valiente mahometano era su dueño y señor. Uno de los caballeros molineses, más atrevido que sus compañeros, se acercó hasta el castillo y poblado, viendo a la bella Zahara, de la que quedó enamorado, y tras hablar, y escribirse con ella, la pasión se hizo mutua y el ánimo de unirse para siempre crecido y vigoroso quedó en sus corazones. Sabido ello por Abedarráez‑Alí, encerró a su hermana en la más oscura y apretada sala de la torre, prohibiéndola cualquier relación con el cristiano. Pero éste logró comunicar con ella, y una noche escaló por cuerdas el torreón, llegó hasta donde estaba Zahara, y con ella a las espaldas emprendió la huída, bajando con dificultad y riesgo por la escala que a lo largo del muro ciclópeo, colgaba hasta lo profundo del barranco.

Cuando ya muy poco faltaba para alcanzar la meta, alguien desde arriba cortó la escala, cayendo los cuerpos de los amantes, en alarido de dolor sobre los afilados bordes de las rocas, destrozándose juntos al fondo del precipicio. Una carcajada escalofriante sonó arriba. El Príncipe maldito había vencido. Dicen que, desde entonces, las almas de los enamorados habitan en las pequeñas grutas del barranco, y que en las noches de tormenta suenan sus quejidos lastimeros, mezclados al fantasmal alarido de alegría que entre las ruinas del torreón de Saceda surge, como un eco del brutal gesto del moro Abendarráez.

La leyenda que cuentan los peralejanos, y que a la vista del paisaje, de los serrijones y ruinas de Saceda, piensa el viajero que bien pudiera haber sido cierta, y que, en todo caso, le pone un sabor de misterio, un marco de escalofrío al entorno donde uno piensa que la leyenda, como el pino o la retama crece sola.