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En el Centenario de Tomás Camarillo

 

Se cumple en este año el centenario del nacimiento de uno de los más ilustres (por trabajador y enamorado de su tierra) alcarreños que durante el presente siglo han realizado una tarea cultural de cierta entidad y peso. Se trata de don Tomás Camarillo Hierro, que aunque en su vida particular, y tras muchos avatares difíciles, vivió del comercio, destacó y ha quedado blasonada su figura por las actividades que como pionero y maestro de la fotografía ejerció en Guadalajara. En este sentido, podemos decir que don Tomás Camarillo recorrió todos los caminos de la provincia (los practicables y los que no lo eran tanto) con su cámara fotográfica a cuestas (y entonces una máquina fotográfica pesaba muchos kilos), retratando tipos populares, paisajes, plazas y palacios, retablos, cálices, molinos y un sin fin de cosas que él dejaba eternizadas en la placa ancha y dura de su primitiva cámara oscura. Colaboró íntimamente con el renombrado cronista provincial doctor Layna Serrano, en la publicación de algunos libros comunes, en exposiciones magníficas de la riqueza monumental provincial, (en Madrid y en Guadalajara, y se dedicó, en fin, a la publicación de algunas obras literarias suyas, que en intención autobiográfica o de simple excursión por el campo de la descripción de paisajes y excursiones, él mismo se costeó y editó

La vida de Tomás Camarillo resultó ser en sí misma una auténtica aventura, un tanto al estilo de las que Dickens elaboraba en su forzada visión de penas y alegrías conjuntadas. Nuestro personaje cuenta su peripecia humana en un librito titulado «Memorias de mi Vida», sacado a luz en 1950, y con una portada curiosísima, pues muestra una acuarela de la antigua fachada del Ayuntamiento de Guadalajara, y que viene a corroborar la presunción que manteníamos de ser un curioso edificio renacentista con detalles mudéjares. Camarillo nació en una casa humilde de la plazuela de San Juan de Dios frente al antiguo convento‑hospital del mismo nombre luego Escuela Normal, y hoy ya desaparecido. Era el 29 de diciembre de 1879. Su padre tenía un modestísimo taller de carpintería. A poco, murió el padre, y la familia, que contaba con otros hermanillos también de corta edad, se las vio muy mal para subsistir. Tomás Camarillo se fue a Madrid a ganarse la vida, ocupando puestos tan variados como repartidor de una tienda de ultramarinos, escribiente en un Juzgado, trabajador en el periódico «La Región» y mil más, variados y siempre mal remunerados, hasta que, deseoso de volver a su ciudad natal, con el capitalillo reunido a base de grandes sacrificios, instaló un kiosco en «el jardinillo», frente a San Nicolás: cuatrocientas pesetas le costó la broma: trescientas en instalación y cien en género. Era el año 1909, y con lo que sacaba de vender chucherías (los precios eran de 5, 10, 20 y 30 céntimos) y allí había desde pipas y caramelos hasta calcomanías peones, pelotas, bolas de cristal y tebeos, más unas tareas de «memoralista» («se hacen instancias para solicitar destinos y otros asuntos en oficinas públicas») y las de liar y cerrar cigarrillos de encargo, «a peseta la libra», la familia de Tomás Camarillo iba viviendo. Con ahorros suficientes, más lo que por entonces comenzó a obtener con un negocio adicional de alquiler de pianos (de los que llegó a tener hasta 35, distribuidos por los pueblos de la provincia) consiguió en 1920 poder instalar, en la Calle Mayor alta, un flamante comercio de objetos de regalo, discos, música y material fotográfico. Y de allí pasó al éxito y la comodidad.

Aún mucho más variadas fueron las actividades comerciales de Camarillo. Pero aprovechando unas y otras, y sus desplazamientos a los pueblos, él consiguió ir realizando su máxima ilusión, como era la de plasmar en grandes y magníficas fotografías toda la riqueza artística, paisajística y costumbrista de Guadalajara. Cuando, en 1944, se inauguró en Madrid, en el Círculo de Bellas Artes de la calle Alcalá, la exposición fotográfica de Guadalajara, inaugurada personalmente por el Ministro de Educación, Ibáñez Martín, y en el transcurso de la cual se sucedieron actos culturales, conferencias, etc., don Tomás Camarillo pasó los días más felices de su vida, viendo reconocida al más alto nivel, su obra laboriosa. Y ese reconocimiento llegó, por supuesto, de todos los estamentos de la sociedad, que no cesaron en acudir en masa a contemplar las maravillas de la provincia tan magníficamente plasmadas. Ahora hace (puesto que estuvo abierta esta exposición del 2 al 20 de junio de 1944) justamente 35 años del acontecimiento. Poco después, en 1948, y con la colaboración en el texto del cronista Layna, se publicó un bello libro con las mejores fotografías de la exposición, y de la vida toda de Camarillo: «La Provincia de Guadalajara» se llamaba la obra, hoy agotada completamente.

Todo el archivo de negativos, y muchos positivos colocados en álbumes, así como su máquina fotográfica, la Cruz de Alfonso X el Sabio, y otros recuerdos personales, fueron cedidos a su muerte a la Diputación Provincial, donde se guardan, aunque no con el celo debido. En este aniversario, centenario de la vida y la figura de Tomás Camarillo, la provincia le debe un homenaje de recuerdo que, como siempre he insistido, en esta clase de homenajes lo mejor que puede y debe hacerse es dar a conocer la obra realizada por el hombre: sus fotos, sus álbumes, su gran dedicación al conocimiento y divulgación de las riquezas y maravillas de Guadalajara. Sabemos que la Agrupación fotográfica de Guadalajara proyecta realizar una exposición-homenaje en esta fecha. Que debería llegar a los pueblos de la provincia. Y, por otra parte, no estaría de más que la propia Diputación Provincial se encargara de poner, de una manera definitiva y digna, toda la colección de fotografías en forma que pueda ser admirada por cuantos lo deseen. Una magnífica ocasión podría ser la de, una vez terminada la restauración de la Capilla de Luís de Lucena, dedicarla a Museo Fotográfico Provincial, con la presencia viva de los jóvenes artistas, y el recuerdo perenne de la obra de nuestro primer y magnífico fotógrafo Tomás Camarillo Hierro.

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