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Hombrados (Notas de su historia)

 

Sobre la paramera molinesa, incluido en el antiguo Señorío que fundara, allá por el siglo XII, don Manrique de Lara, y dentro de la sesma del Pedregal, asienta el caserío de Hombrados, antiguo como todos sus vecinos, pues debe datar su existencia de cuando se realizó la repoblación del territorio, a costa de castellanos viejos y de vascos, en los siglos XII y XIII. Cercano al pueblo está el castillo de Zafra, sobre unas prominencias rocosas, en un escorzo de bella estampa y honda historia, y del que ya hemos tratado en ocasión anterior. Ese castillo de Zafra, que sobre la aguda espina de la serrezuela del mismo nombre otea las vertientes de Tajo y de Ebro, en uno de los lugares más altos de España, fue levantado posiblemente por los árabes y luego incluido entre los bienes propios de la casa condal de Molina, registrando sus cercanías el hecho sonoro del cerco a que sometió el rey Fernando III al conde don Gonzalo Pérez de Lara, al que en parte mermó sus atribuciones feudales.

La etimología del nombre de Hombrados es poco clara; quizás pueda aludir a su situación baja respecto a las serrezuelas que le rodean, en lugar hondo, umbrío. Pero esto no casa, al menos hoy, con su geografía, que es de apariencia desnuda, abierta al sol, a los vientos, y que deja ver el caserío desde largas distancias. Para el viajero que por primera vez llega a Hombrados es un gozo contemplar sus calles bien distribuidas, su plaza mayor magnífica y aseada; sus casonas venerables, con recio sillar construidas; su iglesia parroquial en lo alto del caserío, y algunos escudos distribuidos por muros y sobrepuertas. Un monumento bellísimo, destacable en todos los contornos, es la ermita de la Soledad, situada a la salida de la villa, hacia el norte: se trata de una magnífica construcción de estilo barroco, en cuya portada se ve un escudo que lleva tallada una cruz con los anagramas IHS‑MAR a sus lados, y la fecha de 1698, en que, indudablemente, fue construida. De una sola nave, remata en un amplio crucero, que al exterior revela su planta cuadrada, y, en lo alto de sus esquinas, sendas carátulas como de indios o extraños guerreros, añadiendo la fecha de 1798 en que en estos detalles fueron terminados. Viene a abarcar estas dos fechas el siglo XVIII completo, que se reveló, por construcción de monumentos y por personajes famosos aquí nacidos, como el más próspero y fructífero para Hombrados.

Tras unos años o siglos de lenta agonía, la historia de este pueblo molinés ha venido a cambiar por obra de un buen puñado de entusiastas hijos del pueblo, que han trabajado, y siguen haciéndolo con alto interés y entrega, en la tarea de renacer la vida de Hombrados, creando un centro de convivencia ejemplar, con actividades socio-cultrales muy numerosas y dando un empuje suficiente para cambiar la faz y el pálpito del pueblo. El viajero que hasta aquí llegue va a notar, sin duda, ese aire de renovación, que, de todos modos, nunca llega a apagar lo que de «viejas esencias» y «viejas presencias» muestra su caserío: las casonas y las callejuelas; iglesia y ermitas; el castillo y la plaza mayor, son parte vital de Hombrados y, en simbiosis perfecta con el hoy vivo, permanecen y adelante marchan.

Para el curioso buscador de lo viejo será, quizás, lo más sorprendente el palacio que preside la plaza mayor de Hombrados: de oscuro sillar y rectangular trazado, con vanos pequeños y un portalón arquitrabado sobre el que asienta un balcón, y aún encima un escudo tallado en pálida piedra, muy bien conservado, que nos habla de antiguos linajes y personajes esforzados. Perteneció la casona y escudo a una hidalga familia molinesa, la de los González Chantos y Ollauri, que la construyeron en el siglo XVIII. De ese linaje fue la más ilustre figura la de don Diego Eugenio González Chantos y Ollauri, que en Hombrados nació, el 15 de noviembre de 1931, siendo sus padres don Tomás González y doña María Chantos, ésta de Campillo de Dueñas. A los catorce años comenzó sus estudios en el Colegio de la Escuela Pía de Daroca, pasando luego a estudiar durante dos años la Teología con los dominicos de Teruel, pasando, en 1750, al Colegio de San Antonio, de Sigüenza, tomando aquí los tres grados-el de Bachiller, Licenciado y Doctor-en Teología, desempeñando cátedra en varias ocasiones y haciendo con gran lucimiento oposiciones a la Magistral y a la Lectoral de la catedral y cabildo seguntino, pasando luego a ampliar estudios en el Colegio Mayor del Arzobispado, en Salamanca, llegando en 1772 a la dignidad de Maestrescuela del Cabildo de Sigüenza. En 1784 fue presentado por el rey para el deanato de dicho cabildo, y con este cargo, de gran importancia eclesiástica y aun social, pues suponía una intervención directa e importante en los asuntos públicos de la ciudad y Señorío de Sigüenza, alternó su cátedra de Vísperas de Teología en la Universidad seguntina.

Durante casi cincuenta años ocupó en la catedral de la ciudad mitrada un puesto de canónigo en el coro. Su actividad espiritual, en el púlpito y misional, alternó con su empleo de catedrático de Teología, y aun con su pasión preferida en torno a los temas históricos, hasta el punto de que fue en este campo en el que González Chantos y Ollauri nos dejó escritos de gran utilidad, impresos, unos, y manuscritos y ya perdidos, otros. Su permanencia en el archivo de la catedral de Sigüenza le permitió consultar muchos y antiguos legajos, entre los que perdió, un año tras otro, la vista. Pero sacó datos suficientes como para escribir un libro en torno a la historia y la leyenda de Santa Librada, cuyo largo título no resisto a transcribir aquí. Es éste: “Santa Librada Virgen y Mártir, patrona de la Santa Iglesia, Ciudad y Obispado de Sigüenza; vindicada del manifiesto error y supuesto falso de que por los años de 1300 traxo de Italia el cuerpo de la Santa el Obispo Don Simón, y le colocó en esta iglesia; como también de las falsedades que en el siglo XVII se interpolaron en su rezo, apoyadas y creídas por las ficciones del supuesto Arcipreste Julián Pérez y sus hermanos Cronicones. Y una Disertación al fin sobre qual de los dos Obispos de Palencia Don Arderico y Don Tello fue el tío carnal de San Pedro González Telmo”. Fue impreso en Madrid, en 1806, y consta de 191 páginas, en cuarto. Es libro curioso y con algunas noticias inéditas y de interés, en especial en lo referente al monasterio benedictino de Valfermoso, en el valle del Badiel. De otras obras de González Chantos, de las que nos han llegado referencias muy concretas, nada queda, pues sólo los manuscritos existían y éstos volaron a desconocidos paraderos. Era una el «Resumen de varias correcciones y advertencias que a vista del archivo de la Santa Iglesia de Sigüenza se deben hacer sobre el Cathalogo Nuevo de los Obispos de ella que dio a luz Dn. Diego Sanchez Portocarrero o del Cathalato Seguntino, que publicó Dn. Josef Renales, con otras varias noticias sueltas pertenecientes a la dicha iglesia, ciudad y obispado», de 58 hojas, en cuarto, y que a principios de este siglo paraba en la biblioteca particular del señor Rodríguez Tierno, magistral de Sigüenza.

Otro breve manuscrito suyo, en el que reproducía varias inscripciones y epitafios de la catedral seguntina, y cronología de los obispos de la ciudad, regaló don José Barba y Flores a don Manuel Pérez Villamil, habiéndose perdido también su paradero. Otros escritos totalmente perdidos de González Chantos y Ollauri fueron la “Descripción de los baños romanos de Mandayona”, «Ilustración de varios capítulos de Tito Livio sobre la historia de España» y una “Colección de varias noticias históricas y topográficas de Sigüenza». Fue él, según afirma, quien descubrió en el camino entre Mandayona y Aragosa, junto al río Dulce, en el lugar que dicen «La Hoya de la Argamasa», un amplio y bellísimo conjunto de mosaicos romanos pertenecientes a alguna villa, de las muchas que, sin duda, existieron en las orillas de los valles del Dulce y del Henares.

Historiador y arqueólogo, don Diego Eugenio González Chantos y Ollauri es una de las más sobresalientes figuras del ambiente cultural de nuestra provincia en el siglo XVIII. Llegada la invasión napoleónica, y tras ella la crudelísima guerra de la Independencia, nuestro personaje se refugió primeramente en el pueblecito de Renales, donde coincidió con el dibujante Luís Gil Ranz, quien retrató al canónigo de modo magistral, rodeado de libros, tinteros y plumas, apoyada la mano sobre sus obras manuscritas y acompañándole su escudo de armas. Luego se retiró a Rata del Ducado (hoy Santa María del Espino), donde murió el 27 de marzo de 1812, y allí en su iglesia parroquial quedó enterrado.

Un curiosísimo documento, ya perdido, y cuya copia he podido consultar, viene a decirnos ampliamente cuáles fueron los orígenes de esta familia de los González Chantos y Ollauri, que residieron en Hombrados en el siglo XVIII. Se trata de la Certificación de Armas de dichos apellidos que en 1779 extendió el Cronista y Rey de Armas don Julián José Brochero, describiendo los blasones que a dichos apellidos correspondía usar, sus causas y orígenes, y certificando la hidalguía de don Diego Eugenio y la de sus hermanos, sobrinos y demás familiares allegados. El apellido Chantos lo describe el cronista como originario de Inglaterra, descendiente del tronco de la familia Brugges, en la que brillaron diversos capitanes, políticos y eclesiásticos. Desde luego, en el Señorío de Molina asentaron los Chantos desde casi los comienzos del territorio, en el siglo XII, y tuvieron solar en Castellar, Prados Redondos, Tordellego, Cillas, Morenilla y, por supuesto, en Hombrados. Los Ollauri provienen del lugar del mismo nombre, junto a Briones en la Rioja Alta. Llegados a Castilla, los que asentaron en el señorío molinés procedentes de la Merindad de Arratia. en Vizcaya, fueron tronco diverso de los que en Guadalajara y Alcalá de Henares crearon también fuertes y acrisoladas familias. De uno y otro apellido da el cronista Brochero pormenorizada razón a don Diego Eugenio, y por ser interesante el documento, aun a riesgo de hacerme pesado, me animo a transcribirlo en parte, pues de una manera clara nos da una visión de lo que la heráldica y el lenguaje de las armas, de los símbolos y los colores podía expresar, en tiempos antiguos. La descripción de las armas de los apellidos Chantos y Ollauri coincide, por supuesto, con las que, talladas en piedra, se ven sobre el balcón central del palacio de esta familia en Hombrados. Dice así Brochero:

Chantos: «El blasón de esta casa se compone en campo de oro una banda murada, o almenada, y contramurada, y en la parte alta un león, gules, rapante, que trepa sobre sus almenas».

Ollauri: “Trae sobre rojo torre calzada de plata, sobre ondas de azul y plata, y sobre éstas y a la puerta un león pardo andante”.

Y continúa explicando el simbolismo de estas armas y sus colores: “Son los escudos de Armas un generoso aliento que conmueve a los descendientes a imitar las gloriosas acciones de sus pasados, cifradas en ellos con misteriosas figuras de colores y metales, de que haremos exposición según los Autores Heráldicos de más crédito; pues en el oro se representa Nobleza, riqueza, poder y sabiduría; en la plata, limpieza de sangre, pureza y verdad. En el color rojo, ardor, coraje, atrevimiento, valentía y derramamiento de sangre propia o enemiga. En el color azul, celo, amistad, dulzura y fidelidad. En el color negro, o pardo de que es el León, se demuestra devoción, sentimiento, luto y muerte. El león es símbolo de valerosos y fuertes capitanes en defensa de la fe católica, su rey y Patria. La banda murada y contramurada es expresión de haber algún hijo de esta Casa de Chantos escalado o asaltado algún castillo, torre o muralla, con escalera, bastida u otro instrumento bélico. La torre es representación de haberla ganado, defendido o sydo Alcayde de ella con gran peligro de la vida, que es lo que representan las ondas de azul y plata sobre que está puesta. El morrión que cubre al escudo mirando al flanco derecho de él en señal de su legitimidad con tres grilletes en la visera, de acero bruñido claveteado de oro y surmontado de plumas de varios colores, representan éstas como aquél los diversos guerreros pensamientos de los hijos de estas dos casas de Chantos y de Ollouri, que proyectó la cabeza y ejecutó el brazo».

Y acaba señalando quiénes y en qué ocasiones pueden usar tales armas como representantes elocuentes de su apellido, de su linaje y de su hidalguía: «De cuyas armas podrán y deberán usar como nobles hijos‑dalgo de sangre, en quieta y pacífica posesión, según el mencionado testimonio de Juan Antonio Martínez, nuestros interesados don Diego González Chantos de Ollauri, natural del lugar de Hombrados, Dignidad de Maestre Escuela de la Santa Iglesia de la ciudad de Sigüenza; su primo don Diego González Chantos de Ollauri, vecino de Castellar, y su hijo llamado también don Diego González Chantos de Ollauri, don Vicente Chantos, natural de Tordellego, Prepósito de la Congregación de San Felipe Neri de Molina, y su hermano don Bartolomé González Chantos, haciéndolas grabar, esculpir, bordar y pintar en sus respectivos sellos, anillos, reposteros, tapices, alfombras, casas, portadas, sepulcros, epitafios, cenotafios, plata labrada y demás partes acostumbradas; entrar con ellas en torneos, alcancías, estafermos, cañas, sortijas, asambleas y demás actos de honor permitidos a solo los caballeros hijos­dalgo de estos Reynos de España»

Son éstas las antiguas palabras que, al viajero de hoy, harán revivir nombres y hazañas antiguas. Para Hombrados es un timbre de honor contar, en su plaza mayor con el tallado símbolo de unas gentes que fueron ilustres, no sólo por su cuna, sino por sus actividades y trabajos. En definitiva, hemos podido conocer un poco mejor, y arrancar palabras, a las mudas piedras que, desde hace siglos, presiden, en Hombrados el comunitario, ir y venir de sus nobles y trabajadores vecinos, hoy más que nunca unidos y en la conciencia segura de su común destino.

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