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Última morada de los señores molineses

 

Hunde sus raíces el Señorío de Molina cargado de historias y de prosapias, en la remota Edad Media. Y vienen los ecos de su conquista, de la fundación de un gran señorío, de la erección de sus múltiples castillos, de sus pueblos y el incansable evolucionar de sus instituciones. Si la historia de este territorio sigue interesando todavía, y muy en especial a sus habitantes, es por lo que de irrepetible tiene, por lo que de especial y único muestra al ser comparada con otros lugares o comarcas hispanas. El Señorío de Molina, cuya modalidad política fue la behetría, mantuvo su independencia durante dos siglos, y fue regido por seis señores independientes, seis condes que llevaron la titularidad de antiquísimos privilegios, y pusieron a su dinastía de Lara entre las más relevantes de Castilla, y aún pareja de la real en muchas ocasiones.

Cuando evocamos los nombres y las hazañas de los Condes de Molina, durante los siglos XII y XIII en que fueron independientes de otro poder superior, y rigieron su ancho territorio por Fueros y costumbres autóctonas parecen surgir sus figuras de medieval reciedumbre junto a sus nombres sonoros, envueltos en la leyenda o en la nebulosa historia de sus hechos, de las batallas en que brillaron, de los edificios que mandaron construir.

Una razón muy cierta de su paso por la tierra, viene a ser ahora la presencia de sus tumbas. Significativa la coincidencia de que todos los señores molineses, junto a sus respectivos cónyuges, descansaron al fin de sus días en varios monasterios de la Orden del Cister. Distribuidos por Castilla la Vieja, o por el Aragón meridional los cenobios de la reforma bernarda fueron brotando al compás de la repoblación de los territorios ricos y fértiles. Los señores de uno y otro lugar, especialmente los más adinerados, protegían el brote de estos monasterios. Los Lara propiciaron y fundaron varias casas de frailes y monjas cistercienses. De este dato, y de su particular reposo eterno, son testimonio las siguientes notas, relativas al lugar de enterramiento de todos y cada uno de los señores feudales de Molina.

El primer señor, el Conde don Manrique de Lara, gran señor en la corte del rey castellano Alfonso VII, su alférez mayor, señor de grandes territorios en Castilla; de diversas ciudades en la Extremadura y capitán valeroso en las guerras contra moros, murió en 1164, peleando junto a Huete frente al jefe de la casa de los Castro, su mortal enemigo. Don Manrique fue primeramente enterrado en el monasterio de monjas benedictinas de Santa María de Ausón, cercano a Burgos, que él había fundado y dotado. Dan esta noticia Sandoval en su «Historia del Emperador don Alfonso» y Alfonso Núñez de Castro en su «Historia de Alfonso VIII». Este monasterio fue trasladado a comienzos del siglo XVII a la ciudad de Burgos. Muchos siglos antes, el cuerpo de don Manrique había sido trasladado al monasterio cisterciense de Santa María de Huerta, en la actual provincia de Soria, y que en un principio formó en la frontera norte del Señorío de Molina. La esposa de don Manrique, doña Ermesenda, también fue enterrada en el Monasterio de Huerta.

El segundo señor, el conde don Pedro Manrique de Lara, hijo del legendario don Manrique, fue también bravo luchador, protector del asentamiento de gentes y crecimiento de riqueza en su feudo molinés. Decidió fundar y erigir un monasterio de la Orden del Cister dentro de su señorío en el corazón del mismo: en la dulce dehesa de Arandilla. Allí proyectaba crear un gran cenobio que fuera, al mismo tiempo, panteón familiar de los Laras; casa para el albergue definitivo de los cuerpos cansados de los condes de Molina. El proyecto no pudo llevarse a cabo, y el segundo conde don Pedro, muerto en 1202, fue también enterrado en el monasterio de Huerta, en el claustro destinado a los Caballeros.

El tercer señor de Molina, el Conde don Gonzalo Pérez, prosiguió la obra de sus progenitores. Este protegió muy especialmente otro gran monasterio cisterciense en los límites nororientales de su territorio: el de Piedra. Murió el 24 de agosto de 1239, y fue enterrado en el claustro de este maravilloso cenobio, junto a uno de sus hijos, bajo lápida sencilla y sin detalle escultórico ninguno. A dicho sepulcro le llamaban en Piedra «el de los Gonzalos». Su mujer, doña Sancha Gómez, fue fundadora de uno de los más característicos y aún vivos monasterios molineses: el de Buenafuente, dedicado también a la Orden del Cister, y regido por monjes de la misma. Allí se enterró esta señora, en el centro de la iglesia románica del Convento, y en preeminente lugar prosiguió hasta, por lo menos, el siglo XVIII.

Cuarta señora de Molina fue doña Mafalda, hija tercera del anterior Conde, y heredera del señorío en virtud de la «Concordia de Zafra» y del carácter de behetría del señorío molinés. Murió en 1248 y se enterró, junto a su madre, en la nave del templo de las monjas de Buenafunte. Estuvo casada con el infante don Alfonso, hermano del Rey Fernando III. Este caballero, que también fue, en calidad de consorte, señor de Molina, murió en 1272, en Salamanca, y fue enterrado en la iglesia del convento o casa mayor de la Orden de Calatrava, en La Mancha. Ni que decir tiene la íntima relación, a lo largo de los siglos, de los calatravos con el Cister. En largos epitafios latinos se decía algo de la azarosa vida, y pródiga en violencias y sobresaltos, de este infante.

Quinta señora fue doña Blanca Alfonso, la más querida y representativa figura de los señores independientes de Molina. En su período de mando se levantaron pueblos, se pobló densamente el territorio, creció el número de habitantes, surgieron sus más preclaras instituciones y alcanzó renombre multisecular la tierra molinesa. Había fundado en la capital del Señorío un monasterio de franciscanos, que en siglos sucesivos llegaría a alcanzar gran desarrollo. En su testamento, redactado el año de su muerte (1293), dispone ser enterrada en la iglesia del mismo. Y en su nave central fue colocada. Según antiguos cronistas, se trataba de un gran sepulcro de tipo románico (al estilo de los que albergan los cuerpos de Alfonso VIII y su esposa en las Huellas de Burgos), con labor ornamental propia y una serie de escudos heráldicos de la señora tallados y policromados sobre la piedra. En ellos se veía el emblema de doña Blanca: un rojo león rampante sobre fondo de plata, y rodeándolo todo ocho castillos. El marido de esta señora, el infante don Alonso Fernández apodado el Niño, hijo de Alfonso X el Sabio, fue sepultado en el monasterio de Mantallana, en Tierra de Campos.

La sexta señora de Molina, hermana de la anterior, y por quien el territorio y sus títulos pasaron a los monarcas castellanos fue doña María de Molina, esposa de Sancho IV et Bravo. De larga y muy interesante biografía, doña María murió en Valladolid, en 1322, y allí se enterró, en suntuoso sepulcro gótico en medio de la capilla mayor del Real Monasterio de las Huelgas de Valladolid, de la Orden del Cister, que ella fundó y dotó generosamente.

Estas han sido las rápidas pinceladas con las que he querido pintar el aspecto, poco tratado hasta ahora, de los enterramientos de los primeros señores independientes de Molina. Ello nos ha servido para evaluar, por un lado, su apego a la institución religiosa de la Orden monástica del Cister, su celo por fundar y dotar monasterios, y su empeño por descansar entre los límites de su territorio molinés, objetivo casi siempre conseguido. Tras muchos siglos de historia, sepulcros y escudos, epitafios y estatuas han desaparecido. Pero el recuerdo de los Laras, de don Manrique, de doña Blanca, de doña Mafalda y todos los demás queda perenne en el ánimo de cuantos sienten y quieren  y sienten a Molina en lo más profundo de sus pechos.

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