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El castillo de Cifuentes

 

Entre los muchos proyectos que tiene la Institución de Cultura «Marqués de Santillana», va ya muy adelantado el de reeditar la «Historia de la Villa de Cifuentes», que hace unos treinta años escribiera el Dr. Layna Serrano. Hoy agotado este magnifico libro, que tanto ayuda para el conocimiento de la Alcarria y en especial de Cifuentes, las constantes solicitudes del pueblo cifontino han conseguido que esta Institución realice un, importante esfuerzo económico, y la saque de nuevo a la luz, esta vez editada con fotografías en color.

Uno de los detalles que más atraen al visitante de Cifuentes, y entre cuyas piedras radica en gran modo y densidad la historia de la villa, es el Castillo medieval, que en lo alto dé un cerro domina por el Este a la villa. Su estampa, aunque desmochados almenas y torreones, es todavía muy sugestiva de antiguas edades. En el interior aún quedan detalles de interés, pero sólo se podrán admirar si se tiene la suerte de dar con el guarda y clavero de la fortaleza, cosa nada fácil.

El espectáculo del castillo es de gran firmeza, con lisos y par­tidos muros sobre los que apare­cen valientes torreones esquine­ros. En el ángulo nordeste hay un cubo cilíndrico adosado, y en el  sureste se alza la torre del homenaje, de planta pentagonal, con una escalera empotrada en su muro que, a lo largo y alto de los tres pisos que posee, permite al visitante ascender hasta su terraza superior. En el muro de po­niente aparece la puerta principal escoltada de dos torreones, aunque es propiamente en el es­pesor de uno de ellos que se abre. Es una gran puerta adovelada, de arco semicircular, muy magnificente pero ya estropeada y como embutida en el muro principal del castillo. En ese muro surge, también muy destrozado, el escudo de armas del infante don Juan Manuel, constructor del castillo. Y poco más queda por admirar en este edificio, que es símbolo de una época, testimonio fiel de antiguas historias: algunos garitones ya muy destrozados en las esquinas de la torre del homenaje, y un par de puertas de arco apuntado, dando a lo que fue patio de armas del cas­tillo. Quedan también algunos restos de la cocina, y un portón para bajar a los subterráneos.

La historia de esta fortaleza alcarreña es rica en aconteceres, y sigue con fidelidad la propia historia de Cifuentes. Cosa lógica, pues si es construcción y símbolo del señorío, sus dueños y sus peripecias son los mismos que el devenir del pueblo. En principio fue de la tierra de Atienza, entonces dilatada y poderosa. Más tarde, ya en siglo XIII, el rey Alfonso X se la regaló a su ex – amante doña Mayor Guillén de Guzmán, constructora de la portada de Santiago en la parroquia de Cifuentes. Pasó después a su hija doña Beatriz, reina de Portugal, y más tarde a la hija de ésta, doña Blanca, que acabó sus días como abadesa del monasterio de las Huelgas en Burgos. Está última señora le vendió, villa y señorío, así como otros muchos lugares de la alcarria, al turbulento infante don Juan Manuel, perenne alborotador del reino, imagen típica del feudalismo en Castilla. Desde 1321, este hombre fue señor de Cifuentes, y en lo único que se ocupó en esta villa, como en muchas otras alcarreñas, de las que fue dueño, fue en construirse un grande y fuerte castillo desde el que poder hablar en voz más alta al Rey. De esa época (primera mitad del siglo XIV) y de tal señor, es obra esta fortaleza aún en pie.

Tras la muerte de don Juan Manuel, heredó Cifuentes su hija doña Juana Manuel, casada con don Enrique de Trastamara, y así pasó a la Corona de Castilla. Este don Enrique «de las Mercedes» había dado luego la villa cifontina al aragonés Marqués de Denia. De un hijo de éste, y de doña Juana, hija natural del Rey Enrique, nació el conocido infante don Enrique de Aragón, conocido en los Anales de la Historia por el «Nigromántico». Señor de Cifuentes, este misterioso personaje dejó grabado el castillo mayor de la Alcarria con su nombre y su leyenda. Desgraciado como todos los sabios, fracasó en su vida conyugal, en sus aspiraciones políticas, y allí encerrado, entre los multiplicados muros y torreones de la fortaleza cifontina, se dedicó a leer, a pensar, y a escribir de multitud de cosas. Poco después de su muerte, toda su obra fue quemada, y su biblioteca mal repartida, de lo que se quejaba Juan de Mena, sabiendo, en verdad, que don Enrique de Aragón había sido en realidad el primer hombre renacentista de España: hasta la época de su vida, comienzos del siglo XV, es necesario remontar este inicio en nuestra Patria. Don Enrique tradujo «La Eneida» y «La Divina Comedia» al castellano. Compuso un libro titulado «Libro de los trabajos de Hércules» y realizo otras varias obras sobre astrología y nigromancia: el tratado del aojamiento, la Fascinología, y el tratado del arte de cortar con el cuchillo, o «Arte cisoria», este último más bien terreno y decidor de los misterios gastronómicos del buen comer medieval.

Pasó después este castillo a poder de don Álvaro de Luna, quien se lo dio a su amigo don Juan de Silva, en cuya familia, luego nombrados condes de Cifuentes, seguiría muchos siglos. Pasadas ya las épocas de contiendas, de feudalismo, de temores y saqueos, el castillo alcarreño que como una nave varada otea desde su altura la llanura circundante es un ejemplo y un recuerdo del pasado de nuestra tierra.

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