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noviembre 25th, 1978:

La fuente de abajo, en Fuentelencina

 

La tarde serena, aunque fría, del otoño, invita al viaje. Horas, y aún días antes, el viajero ha estado hablando con sus amigos de la necesidad de conocer aún mejor su tierra, de tener presente, como en un retablo gigantesco, la presencia total de sus gentes, de sus tierras, de sus cosas todas. Han, terminado en la charla arrellanados en los hondos sillones de un despacho, con el tema de la necesaria, de la imprescindible catalogación de unas y otras muestras del pasado, antes de que por cualquier motivo se pierdan, o adulteren.

Fue a recaer la conversación en el tema de las fuentes. ¡Cuántas fuentes de, severa presencia pé­trea han desaparecido, en lo que va de siglo, en nuestra provincia! Testimonio eran todas de una for­ma de vida; cargadas estaban de recuerdos; con el agua brotaban historias, horas idas y devueltas, milagrosos colores y sonidos. La llegada del agua corriente a las casas, ha ido arrinconando, ha ido dejando inútiles a las grandes fontanas de las plazas, a los enormes muestrarios de vida y agua de las afueras de los pueblos. En ellas charlaban las mu­jeres, se daban noticias, se cru­zaban miradas. ¿Por qué, quién las ha dejado destruir? Debería estar hecho ya un libro con su imagen, con sus leyendas, con el caudal que arrojan; debería te­ner cada pueblo un respeto in­menso hacia sus viejas fuentes. Pero estos son lamentos, ideas, proyectos y súplicas que caen en el vacío.

El viajero y sus amigos, en la tarde serena y fría del otoño, se han lanzado a la Alcarria a ver fuentes. Han ido recordando la de Albalate, todavía portento de un anónimo ingeniero renacentista, con su tallado escudo al frente; y la Blanquina de Brihuega, avasallador caudal de doce caños; la de Yela, magnífica y recia, o. la de Budia en su plaza mayor, hasta con detalles artísticos del plateresco estilo; también hubo quien recordó la fuente de Valdeavellano, en un solitario camino abandonado, auténtico monumento del tesón humano, y la de los Cuatro Caños en Pastrana, con su gran tazón barroco resoplando cristal continuo. Pero al fin llegan a Fuentelencina, y tras meter a su automóvil por un camino de no fáciles características, arriban a lo que es para ellos todo un descubrimiento, aunque lleva más de cuatrocientos años en funciones: la gran «fuente de abajo», uno de los conjuntos más bellos y merecedores de ser conocidos que guarda la Alcarria entré sus pliegues.

Cuando en 1575 se reunieron los hombres de Fuentelencina a redactar la «Relación» que su Rey Felipe el segundo les pedía, dijeron «como dicho es, en esta villa no hay ríos, ni en el asiento de ella fuente, ni pozos, ni genero de agua; pero en lo bajo de la vega hay dos fuentes, la una fuente suso, ques a tiro de arcabud; la otra la fuente de la Canal, ques a tiro de piedra, de donde copiosamente se proveen de agua los ganados e vecinos; y del agua dellas se riega la vega hasta el fin de la alameda, ques casi a media legua, y se sirven los lagares del aceite que están allí cerca, é se hace el servicio de las tenerías». Y es a esa «fuente de abajo», o «fuente suso», la que está a un tiro de arcabuz desde la villa, la que ahora visitamos. Se halla en la todavía suave hondonada que forma el arroyo que desde Fuentelencina, desde la misma meseta alcarreña, se va hundiendo hacia el Arlés. Allí donde se juntan los caminos que vienen de Alhóndiga y de Valdeconcha. Toda la Alcarria está llena de caminos, aún transitados y vivos, al modo antiguo. Su nombre es ése «el camino». Y en ese cruce, en un rellano de la pequeña vega, aparece el monumento. La fuente es un elemento más del conjunto. Porque en realidad se trata de un gran rectángulo, de unos 50 metros de largo por otros 20 de ancho, resguardado de alta barbacana de piedra, con grandes bolones tallados en las esquinas. La entrada a este recinto está donde precisamente se juntan los caminos, en el lado poniente del conjunto. Es simplemente un hueco en el todo de la barbacana, y a sus lados se levantan dos florones de piedra tallada. Dentro del espacio, al frente de la entrada, una pared de piedra sillar, de un gris oscuro, casi negro, constituye el muro de la fuente, del que en su parte baja brotan, por seis caños sujetos en las bocas (le otros tantos tallados y melenudos leones, seis chorros de agua clarísima, que van a dar sobre un ancho enlosado, y de ahí, por reguerillos tallados, al gran pilón, que es de unos 15 metros de largo por uno de ancho. Luego baja el agua por diversas conducciones y estanques hacia el gran lavadero, y desde allí, en altivo caudal se va a la vega, a regar la tierra. En medio del espacio se yerguen dos gruesas, viejísimas, inconmensurables olmas que dan una sombra total al conjunto en verano, y, ahora, en este otoño tranquilo cubre de amarillo crujiente el suelo.

Este recinto de la fuente de abajo de Fuentelencina tiene un don de paz, un aliento incógnito que serena el espíritu. Una mujer lava, a pesar del frío y de ser domingo por la tarde. «Es que no me acostumbro en otro sitio», nos dice. Otro agujero, la costumbre, por donde se nos va el aliento y las posibilidades. Pero lo importante es que ahí está la fuente, todavía, Se oye el agua caer por todas partes; las hojas rotas bajo nuestros pies. Unos chicos gritan lejos. La niebla, en jirones, se va rompiendo por lo alto. Sentiríamos luego el deseo de caminar a Valdeconcha, a Alhóndiga. Ya es tarde. Descubrir este entorno tan bello, tan inmaculado en su conservación, tan sugerente de antigua vida, ha agotado por una tarde nuestra capacidad de asombro.

Y nos volvemos, con el espíritu tranquilo de haber conocido algo nuevo, y, sin embargo, tan viejo.