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noviembre 11th, 1978:

La iglesia de Valdesaz

   

Aunque el arte pretérito de nuestros pueblos nunca es noticia, las pocas veces que se con­vierte en protagonista es para su desgracia. Ahora nos viene la no­ticia en torno a la iglesia parro­quial de Valdesaz: porque la ha destruido el fuego, en ciego arre­bato.

Otras veces habíamos dado alguna línea explicativa sobre esta iglesia; sobre San. Macario, que en ella tenía su altar; sobre su fiesta. Repasaremos brevemente este tema, tan d olorosamente actualizado: se encuentra Valdesaz en plena Alcarria, en lo hondo de uno de sus diminutos y encantadores valles; el del río Ungría, que tan magníficamente cantó en literatura García Marquina. Ahora, en el otoño, el hondo surco del río se acompaña de un vivo matiz amarillento que pone contrapunto al azul intenso del cielo.

Era la iglesia parroquial de la Asunción el único monumento notable de la villa de Valdesaz. Aunque no queda ni un solo documento en su archivo, sabemos que la villa fue declarada tal por Felipe II y a renglón seguido se construyó el templo. Es, pues, de la época del Renacimiento tardío, aunque con detalles arquitectónicos y monumentales muy del gusto pasado, góticos y aun del primer plateresco. En los altos y lisos muros de su nave única, se adosaban semicirculares columnas rematadas en capiteles de sencilla molduración gotizantes, y la bóveda se formaba ‑Por simples nervaturas. El aspecto del templo era, pues, de una severa simplicidad; sencillo, ‑pero elegante.

El retablo mayor estaba dedicado a la Purísima Concepción, y es del más puro estilo churrigueresco, una exageración del barroco último. Su parecido con el gran altar mayor de la iglesia de los jesuitas de Guadalajara (hoy parroquia de San Nicolás) es notable y resaltaba inmediatamente a los entendidos. El taller del que ambos salieron nos es desconocido todavía, pues sus archivos están quemados y nuestras investigaciones aún no han llegado a esta época, indudablemente de fines del XVII o comienzos del XVIII. Este retablo se ha conseguido salvar en gran parte, aunque la cúpula que lo remata ha sido pasto de las llamas.

En la llamada capilla de San Macario, en el lado izquierdo de la nave, incrustada, había también un pequeño altar barroco, de peor calidad y arte que el mayor, pero donde se centraba la devoción y el peregrinaje de los hijos del ‑pueblo y aun de numerosas gentes de la Alcarria. Presidía el altar una sencilla talla de San Macario, difícil ‑de ‑ precisar en su estilo y época por las ropas que le cubrían. Quizás de época gótica. A sus pies, en una vasijilla, se conservaba un poco de avena, ofrenda que tradicionalmente se le hacía al santo en los días de su festividad. La tradición, incluso, afirmaba que el ‘ santo abad descansaba enterrado en el suelo de esta capilla, y que en cierta ocasión que se levantó la losa para contemplar sus restos, el ambiente se cargó de un perfume dulcísimo que a todos manifestó estar allí los restos del santo. La tradición, incluso, elaboró una vida de eremita y milagrerías para este San Macario, del que decían que había sido abad benedictino y se había retirado a vivir en las espesuras de la Alcarria, viniendo finalmente a, quedar en estas soledades de Valdesaz, donde murió y fue enterrado levantando en ese lugar la iglesia del pueblo.

Tan hermosa leyenda, tan vivida devoción por los alcarreños, ha quedado herida lastimosamente en el dato material que centraba las miradas. A esta iglesia de Valdesaz acudían romeros los cojos y tullidos de estas tierras, porque era devoción ir hasta el santo a pedirle curación. Reumas y tumores blancos sólo veían ya como solución a San Macario, en Valdesaz. Y éste, con su carita sonriente de niño cumplidor, desde su altar, recogía sus deseos.

Ahora, en la noticia que se resiste a ser creída, la nota escueta de que la iglesia ha ardido y el santo, el altar, las techumbres ya no existen.

Viaje al pasado: Chilluentes

 

Aún quedan, en los últimos rincones del Señorío de Molina, sorpre­sas que nos esperan a los que siempre buscamos el último dato, el descu­brimiento de un nuevo paisaje, de una piedra, que, por mínima que sea, nos hable del pasado y de él nos dé testimonio.

Fue hace algunos veranos, en días de tórrido calor, un amanecer fresco y trans­parente como suele haberlos en el Señorío de Molina, que con un buen amigo mío, Teodoro Alonso, nos lanzamos, desde Tartanedo, a la búsqueda de lo que, en viejos papeles y en hablas populares, deberían ser los restos mínimos de un pueblo molinés que, hace ya siglos, quedó abandonado. Se trataba de Chilluentes.

En Tartanedo, en Concha, en Pardos y Aragoncillo me hablaron de él. Las gentes de Molina, que guardan siempre un caluroso amor entrañable hacia su historia y su pasado, decían de la torre y las ruinas de Chilluen­tes. En medio de las serranías de Aragoncillo, entre bosques de encinas y trigales, sin caminos posibles de acceso, salvo el caminar constante, de­bería aparecer el antiguo poblado.

Algunos antiguos testimonios escritos encontré a este respecto. Sánchez Portocarrero, el cronista molinés del siglo XVII, y don Gregorio López de la Torre y Malo, en su libro impreso en 1746 sobre la «Corográfica descripción del … Señorío de Molina», hablaban de Chilluentes. Este úl­timo decía así: «Chilluentes es un pueblo reducido a nada, haviéndose despoblado el año de 1620. Está al pie de la sierra de Aragoncillo: tiene una atalaya y una iglesia dedicada a San Vicente Martyr; lo han equivo­cado con Chilluerentes, que era un despoblado el año de 1479, el que es­taba a donde llaman el «Campo de la Torre» en la Ermita de San Pedro; pues Chilluentes consta siempre haver sido lugar poblado con bastantes vecinos, por los libros de la iglesia de Concha y por otros papeles jurí­dicos».

A este casi mítico rincón llegamos con relativa facilidad en automóvil. El lugar, en cuanto a paisaje, una maravilla: asienta en hondo valle, por cuyo fondo pasa un arroyo, casi seco en el verano. Al norte sólo le pro­tegen algunos altillos de carrascas y encinares. Al sur se levanta alta serie de montañas, las que por allí llaman de Aragoncillo, con bosques escuetos de robles y encinas; algún pino y altas praderas verdes y jugosas. En el fondo del valle, trigo y cebada. No se utiliza el regadío.

Sobre una eminencia del terreno, orgullosa sobre el valle, se alza la torre que fue fortísimo bastión defensor del pueblo. Sólo quedan tres pa­redones, habiéndose derrumbado, hace ya muchos años, el cuarto. Pero lo que queda es tan alto y tan fuerte que su presencia sobrecoge. Venía a tener el torreón unos cinco pisos de altura. El aparejo de la basa, en talud puesto, con sillarejos cruzados en zig‑zag, muestra inequívocamente su origen altomedieval. A partir del segundo piso es construcción posterior, medieval, con algunos ventanales y un remate de almenas. En derredor de la torre, abundantísimas piedras, caídas de ella misma, y provenientes de otras construcciones adosadas, y de casas incluso.

El otro resto visible, por milagro salvado del antiquísimo pueblo de Chilluentes, es la iglesia parroquial, hoy ermita abandonada, de San Vi­cente mártir, y rodeada de pálido cereal y algunas zarzas. Presenta hun­dida toda su parte orientada a poniente, en la que iría la espadaña o to­rrecilla de las campanas. El hueco de ese hundimiento ha sido tapiado posteriormente, en un elogiable afán del dueño del terreno por conservar el pequeño monumento. La ermita es de una sola nave, de cubierta de teja sobre armazón de madera de sabina. Los muros, fuertes, de aparejo simple, con sillares bien tallados en las esquinas. El ábside es semicircu­lar, con someros modillones lisos sosteniendo el alero. En su centro surge el detalle más sorprendente, esperado por el viajero, culminación de sus deseos: un ventanal aspillerado y de vano semicircular, en cuyas jambas se ven grabadas tres grandes figuras geométricas, como estrellas diferentes inscritas en círculos, obra indudablemente románica, con visos de clara influencia de ese estilo.

Se pasa al interior por un pequeño portón de arco semicircular, en el muro norte. Dentro, aún surgen las sorpresas: los restos de la pila bau­tismal, románica también, de copa tallada en múltiples molduraciones, apa­recen dispersos por el suelo, y aun formando parte del aparejo de los muros. Aquí, también, y en un bancal corrido que se adosa a todo lo largo de nave y ábside, se ven algunas lápidas o estelas funerarias, de tipo me­dieval, con círculos de piedra en los que van inscritos y tallados cruces y círculos varios. Son piezas curiosas y, por supuesto, de alto valor histórico.

Desde un cerrete que surge al mediodía de lo que fue Chilluentes, los viajeros contemplan, todavía con el fresco aire de la mañana, las lejanías del Señorío molinés, que se extienden hacia el norte por Establés, Turmiel, Balbacil y Codes: los campos y montes de oscuras manchas desvencija­das, en las que la sabina alterna con el bajo matorral, con la encina y la piedra gris, se hacen poco a poco difusos e inabarcables. El aire resuena y vibra. Urracas y grajos, grillos y saltamontes, en toda la dimensión del planeta. Y ahí, abajo, sobre la ruina -un castillo y una iglesia románica- de Chilluentes, el silencio también, denso de historias humanas, de diluí­dos recuerdos… Merece el viaje; queda en el pecho este acercarse al pa­sado de la tierra molinesa, como un cofre viejísimo puesta ante nuestros ojos.

De Re Municipales. Viejos Ayuntamientos

 

Más que viejos, antiguos. Y cambio el vocablo porque algunos no se molesten. Que no voy a entrar en la cuestión electoral ni en el áspero tema de la permanencia de viejas estructuras. Daré una vuelta en torno a los edificios solamente, como el turista en Pisa, que circunda la torre y se entretiene en cavilaciones de diversa índole filosófica o arquitectural.

Las casas consistoriales de nuestros pueblos están que se caen de viejas. Muros de adobe, malas maderas, vientos y goteras que los van minando. En algunos lugares, los más pequeños, los ya abandonados, estos ayuntamientos han ido cediendo su estructura a la ruina hambrienta: en Hontanillas logré pasar a la Secretaría con riesgo de la vida, trepando por un muro derrumbado. En otros sitios, la piqueta ha tenido que intervenir, antes de que se viniese el concejil edificio sobre las buenas gentes: así, en Tendilla, en donde el reloj de la torre amenazaba con cantar las doce sobre los huesos de los vecinos. Hay otros, en fin, que tienen asegurada su vida y permanencia, con el vistoso traje de la tradición, por muchos lustros: así, Sigüenza, donde una labor magnífica de restauración ha sido puesta en práctica y rematada con éxito.

Pero la más abundante de las figuras de nuestros ayuntamientos es la del indeciso tambaleo, la de un descolorido paso de baile sobre la plaza desierta o frente a la filosófica metidtabundez de una vieja y gruesa olma. Ni están sanos, ni se mueren. Desconchones, suelos en precaria horizontalidad, color desvaído de su fachada. En la mayoría de los lugares, van tirando. Pero en otros, los más ricos, la posibilidad de hacer nueva sede para las edilicias tareas se plantea y aún se ve factible. Ojalá pudiera ser esto cierto para todos los pueblos de nuestra provincia. La vida concejil, el comunitario quehacer de las gentes, debería tener un lugar digno donde desarrollarse.

Y es, ante esta posibilidad de que en algunos de nuestros pueblos y villas se proceda a derribar el viejo ayuntamiento y a levantar otro nuevo conforme a cánones arquitecturales desconocidos y extranjeros, que levanto esta voz, ni fría ni airada, pero largamente meditada, en favor del resto hacia las maneras tradicionales de construir en nuestros pueblos. Podrían resaltar algunos ejemplos de digna aparición en este sentido: los edificios concejiles de Condemios de Arriba, de Jadraque o de Brihuega (de Almonacid es mejor no acordarse), están hechos conforme a clásicos cánones. Privó en ellos el cabal sentido de la tradición sobre el afán de un mal entendido modernismo. Y esa sensata querencia es, me consta, el ánimo común de todos nuestros pueblos. Pero a veces, ¡ay!, extraños hados se entremezclan y pueden dar al traste con todo tipo de buenas intenciones. No hace falta perderse en elucubraciones: cuando recientemente se ha tenido oportunidad de construir, en algunos de nuestros pueblos, un nuevo edificio para «Centro sanitario», no ha prevalecido, ni mucho menos, el sentido de la tradicional arquitectura. Ahí está, de angustioso ejemplo, el Centro Médico de Torija, blanqueado como un cortijo andaluz, cubierto de pizarra como en el Tirol, y puesto de pegote delante de un castillo con más de ocho siglos de antigüedad. Bofetadas de este tipo, está claro, aún se les pueden ciar a nuestros pueblos. Y es para evitarlo por lo que estas líneas se escriben.

Que los ayuntamientos están viejos… pues hagámoslos nuevos. Pero teniendo en cuenta que estamos en Guadalajara, en España, en el ente preautonómico Castilla la Nueva – La Mancha y no en un barrio periférico de Nueva York, como algunos se piensan. Y si no, darse una vuelta por la plaza de San Gil, o del Concejo, como se llama ahora, en Guadalajara capital: que van a ver lo que es un «Concejo» a la última moda.

Para morirse…