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Los cartujos en Guadalajara

 

Hemos estudiado en ocasión anterior (1) y con gran detenimiento, el asentamiento en la provincia de Guadalajara de las diversas órdenes religiosas que en la historia de la religión cristiana han sido, examinando avatares de su fundación y desapariciones o describiendo su presencia en forma de ruinas y de erectos monasterios o conventos.

Pero entre las muchas órdenes estudiadas, hay una que brilla por su ausencia: la que fundara San Bruno y que, aun no habiendo estado demasiado extendida por España, estuvo siempre rodeada de un aura de intensa admiración y devoción populares, guiadas por la austeridad, el recogimiento, la soledad y el silencio en que las vidas de ‘los monjes blancos transcurrían. Me refiero a la Orden de los Cartujos, fundada a fines del siglo X y que en 1084 vio fundar su primera casa en las agrestes montañas de Mont‑Sant, en Tarragona, dando lugar a lo que sería famosa Cartuja de Scala Dei. Fue su fundador Alfonso I, rey de Aragón.

En Castilla tuvieron estos monjes cartujos su primer asentamiento en el monasterio de El Paular. Decidió su construcción el primer Trastamara, Enrique II, quien, según refiere la leyenda, tanto pesar tuvo de haber destruido y quemado una cartuja en sus guerras contra Francia que dejó dispuesto en sus últimos deseos que se construyera casa para esta Orden en Castilla. Fue su hijo, Juan I, quien, en 1390, hizo buena esta fundación, dando a los monjes un amplio terreno que él usaba para el placer de la caza, entre los bosques de las altas montañas de Guadarrama, en un angosto pasaje del alto curso del río Lozoya. Lugar hermosísimo y de aspecto salvaje, donde en seguida se comenzó a elevar casa religiosa y, al mismo tiempo, palacio real donde el monarca satisficiera sus deseos de descansar, ir de caza y tener cerca a unos santos varones que por él orasen a Dios.

Los siguientes Trastamaras, Enrique III, Juan II y Enrique IV, colmaron de mercedes y concesiones a los cartujos de El Paular. Así, Juan II les concedió el uso y disfrute total del río Lozoya (2), y comenzó la construcción de la iglesia, siendo su hijo Enrique quien la completó y colmó de obras de arte (3).

La Orden cartuja no tuvo ningún monasterio propio en tierra de Guadalajara, pero sí que consiguió a lo largo de los siglos un apretado y magnífico repertorio de posesiones en la vega del Henares, lo que hizo tener abundantes relaciones, tanto desde el punto de vista de contratos como desde el consiguiente de los pleitos, con los alcarreños. El hecho de que los cartujos de El Paular tuvieran amplias posesiones en los términos de Fontanar y Málaga del Fresno nos hace deducir que éstas fueran donación de los poderosos Mendozas, señores de gran parte de todo el valle del Henares, al mismo tiempo que dueños de la cuenca entera del Lozoya.

La presencia de los, cartujos en estos dos puntos concretos de nuestra provincia la tenía recogida de hace tiempo por la tradición popular, que aún recuerda cuáles eran las tierras y pagos de los monjes serranos. También en Fontanar persiste la que llaman «Casa‑Cartuja», en la calle principal del pueblo, y que se trata de una magnífica mansión rodeada de alto valladar, ancho patio y un edificio interior, ya muy modificado por los años, pero que aún guarda el sabor de su época de construcción en los siglos del Renacimiento.

Pero el motivo de estas líneas es haber encontrado algunos documentos, aunque desperdigados y sin valor individual notable, que juntos vienen a decir lo importante y denso de las relaciones de los cartujos de El Paular con las gentes de Guadalajara y el Henares, a las que daban en arrendamiento sus tierras del Henares. Una docena larga de documentos contractuales he hallado en el Archivo Histórico Provincial (4), todos ellos del año 1566, en que figuran arrendamientos de tierras y otros contratos entre los cartujos y vecinos de Málaga del Fresno y de Fontanar.

En este último pueblo, donde, como digo, tenían la que llaman aún «Casa‑Cartuja», poseían también diversas tierras y una granja. Esta última la cuidaba en 1 566 Simún Montero y Diego de Foronda. En ‑este año, también, Sebastián de Taracena y su mujer, María de los Santos, vecinos de Fontanar, aparecen pagando al monasterio de El Paular la cantidad de 19 ducados por un buey bermejo de cinco años de edad.

En Málaga del Fresno tenían aún más movimiento, quizás por ser mayores sus posesiones. Así, encontramos este documento que dice:

«Sepan quantos esta carta de arrendmtº e obligaçión bieren como yo, diº de amorse vzº del lugar de malaga jurºn de la ciudad de guª otorgo e conozco que arriendo e tomo a renta del manesterio de nrª señora del paular e muy magnífico e muy Rdº pror e monjes e convento del, un buey de tierras de sembradura de las tierras que el dcho monesterio tiene en dezmería de malaga de la su heredad q allí tiene q es el buey de tierras que solía labrar Alonso montero el viejo vezino de malaga en las piezas y del caber y en las partes siguientes…»

Y sigue larga lista de pequeñas parcelas que componían, al menos en parte, la rica heredad de los cartujos. Otros documentos nos dicen cómo, también en 1566, Andrés Romerosa arrienda «un buey de tierra» en la granja que el convento de El Paular tiene en el término de Málaga. Un matrimonio de este pueblo toma a censo una casa con corral que en él poseían los cartujos. Y aun el vecino de Málaga, pero gran personaje de Guadalajara, don Pedro Pecha Calderón, deja en arriendo a Juan de Buytrago las tierras que él previamente había contratado labrar con la Cartuja serrana.

Muchos otros documentos irán apareciendo de este tema, pero la primera visión de la concreta presencia de los cartujos en Guadalajara está ante nosotros, y lo que parece quizás leyenda vemos que es una tangible realidad histórica, confirmada documentalmente.

(1) Herrera Casado, A.: «Monasterios y conventos en la provincia de Guadalajara». Guadalajara, 1974.

(2) Quadrado, J. M., y Fuente, V. de la: «España, sus monumentos y artes… Madrid y Toledo». Reedición dé 1977.

(3) Brans, J. V. L.: «El Real Monasterio de Santa María de El Paular». Madrid, 1956.

(4) A. H. P.: Protocolos notariales de Gervasio Pérez. Legajo 110‑2.

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