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noviembre 1st, 1978:

Juan Creus y Manso, un cirujano alcarreño

 

Se cumplen en estos días, 150 años del nacimiento de un ilustre alcarreño, cuyo recuerdo ha pa­sado desapercibido entre noso­tros, y para el que queremos des­granar, en estas líneas de home­naje, con brevedad algo relativo a su vida y a su obra.

Cuando en 1928 se celebro su centenario, lo fue con solemnidad en Granada, ciudad en la que ejerció su profesión durante mu­chos años, y donde recibió sepul­tura. Se editó un libro con el ho­menaje de sus discípulos y ami­gos, y, en Guadalajara, el Colegio de Médicos colocó una placa de mármol en la fachada de la casa donde nació don Juan Creus, en la antigua calle de Budierca, hoy señalada con el nombre del ilus­tre doctor.

Fue don Juan Creus y Manso una de las figuras más señaladas de la Cirugía española en el si­glo XIX. Pionero en muchos cam­pos de la actuación operatoria fue su misión la de ir introdu­ciendo cuantas novedades surgían en la cirugía mundial del momen­to, e incluso modificar técnicas y crear algunos procedimientos ori­ginales. Esta época «heroica» de la cirugía hispana, con rudimen­taria anestesia y balbuceos de an­tisepsia, fue dirigida por hombres como Federico Rubio y Galí, Ale­jandro San Martín y Satrústegui José Ribera y Sans, Salvador Car­denal y Juan Creus. Tras de ellos se abrió el capítulo de la cirugía contemporánea española, que tan alto significado y valor ha tenido y aún tiene en el conjunto univer­sal de este arte.

Nació don Juan Creus y Manso en la ciudad de Guadalajara, el día 1 de marzo de 1828, y fue bau­tizado dos días después en la cercana iglesia de Santa María. Su familia era originaria de lejanas y diversas tierras como ahora ve­remos, pero llevaban instalados en la ciudad del Henares desde tres generaciones antes, habien­do sido todos sus antepasados empleados y obreros de la Real Fábrica de Paños de Guadalajara. Su padre se llamaba don Juan Creus, y su madre Doña María Francisca Manso. Sus abuelos pa­ternos eran don Juan Creus, natural de Barcelona, y doña Fran­cisca Castellanos. Los abuelos ma­ternos eran don José Fernández ­Paiba Manso, portugués, natural de Cadabixo, en la provincia de Coimbra, y doña Francisca Espi­nosa, natural de Argecilla, en el alcarreño valle del Badiel. En el bautismo actuó de padrino don Agustín Fierro y Manso, primo de la madre del recién nacido, y bi­sabuelo del que fue alcalde de Guadalajara, también descendien­te de holandeses obreros de la Fá­brica de Paños, don Miguel Flui­ters.

Durante su infancia y primera juventud, don Juan Creus residió en Guadalajara, y aunque pronto salió de esta ciudad para realizar sus múltiples estudios, siempre guardó hacia la ciudad del Henares un amor entrañable y volvió a descansar en algunas ocasiones, a visitar a su familia, y a operar a una monja del monasterio de San Bernardo. En algunos de sus escritos, recuerda con nostalgia las fiestas y otros detalles entra­ñables de la Guadalajara de la primera mitad del siglo XIX, y salen a relucir temas como la bo­targa que corría los febreros arriacenses, y otros detalles folclóricos, que ahora no son del caso recordar.

Creus realizó sus primeros es­tudios de Metafísica, Lógica y Filosofía en el Seminario de Si­güenza, revalidando sus títulos de Humanidades en la Universidad de Toledo. Obtuvo el grado de bachiller en 1846, y el de Licenciado en Medicina y Cirugía, tras los es­tudios en el Colegio o Facultad de San Carlos, en Madrid, el año 1852. Cursó también estudios de Comercio y varios idiomas durante aquellos años de su juventud, que fueron plenamente aprove­chados. De la larga relación de méritos científicos y profesiona­les, merece destacar la obtención del título de doctor en Medicina a los 24 años, y poco después, en 1854, a los 26 de su edad, ganaba por oposición la Cátedra de Patología Quirúrgica en la Universi­dad de Granada, al tiempo que era nombrado académico corres­pondiente de la Real de Medicina de Madrid. Comenzó pronto su tarea de escritor médico, apare­ciendo en 1861 la primera edición de su «Tratado de Anatomía me­dicoquirúrgica» que fue declara­do de texto en las facultades de Medicina, y alcanzó segunda edi­ción en 1872. Muchas otras publi­caciones, en libros, folletos y re­vistas, fueron dando la dimensión científica de Creus, al tiempo que su fiabilidad y decisión quirúrgi­cas le convertían en una de las figuras más prestigiosas y solici­tadas del reino. En 1877 por con­curso de méritos, accedió a la Cá­tedra de Patología Quirúrgica en la Universidad de Madrid, siendo nombrado Rector de la misma en 1884. Jubilado, por motivos de salud, en 1890, se retiró a Granada, donde murió el xx de xx de 1897.

El significado de la obra de don Juan Creus y Manso, dentro del contexto de la cirugía española del siglo XIX, es amplísimo y no podemos ahora examinar deteni­damente.

Como maestro de generaciones enteras, durante 36 años se en­cargó de formar a jóvenes apren­dices en la materia quirúrgica, creando así una amplia y bien consolidada escuela en este que­hacer, siendo sus predilectos y continuadores los doctores García Solé, Olóriz y Ribera. Glosaba és­te, en uno de sus múltiples escri­tos, la calidad docente de Creus: Hombre de pocas palabras, pero con la virtud esencial del maes­tro, que es la de saber infundir en sus discípulos el entusiasmo por la materia que enseña.

Como escritor nos ha dejado una amplia producción, repartida en un gran espectro de temas, to­dos conglomerados dentro del ar­te quirúrgico. Su más conocida obra es el «Tratado de Anatomía Quirúrgica», publicado en 1861, que fue declarado de texto para las Facultades de Medicina espa­ñolas, y reeditado en 1872. Con abundantes ilustraciones, se ocu­paba de la anatomía humana fundamentalmente, con aplicaciones a la cirugía.

Otra de las grandes obras que alentó fue la traducción españo­la, en 8 gruesos tomos, de la «En­ciclopedia Internacional de Cirugía», del Dr. Ashhuret, que él pro­logó, organizó, y en la que inclu­yó siete amplios escritos suyos, entre ellos los de «enfermedades infecciosas en general», «trauma­tología», y «heridas por asta de toro», siendo considerado Creus a partir de entonces el creador de la «Tauro-traumatología» pues nadie hasta entonces se ha­bía ocupado, científicamente, de estudiar este tipo de lesiones. También publicó abundantes ar­tículos, en varias revistas científicas españolas y en los Anales de la Real Academia de Medicina de Madrid.

Como cirujano reúne las con­diciones de un auténtico virtuoso y de iniciador en muchos campos inéditos. Es fama que la talla perineal la realizaba en un instante y que su rapidez y limpieza nadie la igualaba. Sabía hacer frente a todo imprevisto, y se preciaba de operar sin apenas hemostasia. Dos son, fundamentalmente, los campos en que se distinguió el doctor Creus: la cirugía ósea y el campo que hoy abarcan los otorrinolaringólogos, ampliado a la cirugía cérvico‑facial. En el pri­mer aspecto se distinguió en el tratamiento por exéresis de difí­ciles tumores óseos, y fue de los iniciadores en el uso del periostio para cerrar amputaciones. En el otro aspecto, se ocupó de los pro­blemas de la cavidad oral: epite­lioma de lengua y gomas ulcera­dos en la misma; en la rinofarin­ge, fue de los primeros en extraer los llamados pólipos nasofarín­geos; realizó traqueotomías en la difteria. Como cirujano cérvico­facial, realizó intervenciones muy arriesgadas y con éxito: resección de neoplasias de parótida; resec­ción de una neurisma de la arte­ria carótida interna; intervencio­nes labiales por epiteliomas, la­bios leporinos y traumatismos de cara y suelo de boca; resección de abundantes tumores en maxi­lares superior e inferior, etc. To­do ello, sin olvidar, por supuesto el resto de la economía humana haciendo desde cirugía ortopédica hasta intervenciones ginecológi­cas, pasando por la cirugía vascu­lar, todavía muy incipiente, y tra­tando todas las novedades de téc­nicas, anestesia y antisepsia, que en la época se fueron dando.

Sean estas breves notas el recuerdo que la gran figura del Dr. don Juan Creus y Manso, alcarre­ño y una de las glorias de la cirugía española, se merece en esta hora en que se cumplen los 150 años de su nacimiento en nuestra ciudad. Ya no quedan discípulos directos ni quien recuerde su fi­gura de maestro y de cirujano. Pero los que nos ocupamos en re­pasar los anales que a Guadalaja­ra, entre unos y otros, han ido confirmando en su ser, e identifi­cándola, no podemos por menos de exhibir aquí esta ilustre figu­ra, y refrescar las mentes olvida­dizas de nuestros paisanos.