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Arte en Lupiana

 

Llega él viajero a Lupiana, en lo más hondo del pintoresco y ahora verdeante valle del Matayeguas y busca ávido los detalles de arte e historia que le lleven a siglos pasados. Todo pueblo está orgulloso de aquellos elementos que, por su unicidad y relevancia, le hacen destacarse sobre otros, confiriéndole un rango y un volumen en ese cajón voluminoso, y, honroso, de la historia. Se admira en Lupiana su plaza mayor, amplio recinto rodeado por una parte de edificios vetustos, y de otra por alta barbacana de piedra tallada. En su costado norte aparece el caserón del Ayuntamiento, con su atrio, y galería, y una curiosa torrecilla para el reloj construida en ladrillo, obra todo ello del siglo XVIII. Y, en fin, al centro del plazal, se yergue la picota altiva, símbolo de autonomía y villazgo, que desde el siglo XVI aparece sobre alta gradería de piedra con su columna de estriado fuste y un remate piramidal escoltado de cuatro dragones de fiero aspecto.

Trepando por las callejas se llega a lo más alto, donde surge el monumental edificio de la parroquia. Es obra del siglo XVI. Se procede de una escalinata de piedra que asciende a un amplio salón circuido de barbacana de tallada sillería. El aspecto exterior es sólido, y en él se destaca la presencia de la torre, obra fechada en 1676, y que consta de cuerpo prismático y remate en bolas. En el muro del sur, se coloca la portada, obra magnífica de estilo plateresco, muy desgas­tada ya por los elementos atmosféricos: consta de, una puerta de medio punto, escoltada por columnas estriadas que apoyan en gruesos pedestales decorados con borrosa iconografía, y rematadas en bellos capiteles de grutescos, cabezas de angelillos y calaveras. Sobre ellos, un friso de prolija decoración plateresca, y en las enjutas sendos medallones representando las figuras de San Pedro y San Pablo en medio relieve y de exquisita factura. Encima del conjunto, una hornacina hoy vacía. Sobre el muro de poniente, otra pequeña puerta de adovelado arco semicircular, muy sencilla.

Después de diversas inquisiciones y búsquedas, encontramos al párroco, que con su enorme llave nos abre el recinto sagrado que admiramos a nuestro gusto, sorprendidos por su maravilloso aspecto, recomendarnos a, cuantos aprecian el arte renacentista en nuestros pueblos. En es­te interior, al que se pasa a través de una cancela con buenos ejemplares de fallebas y piezas de forja popular, se admira la equilibrada arquitectura de sus tres naves, que forman un armónico conjunto de inspiración gótica, pues las pilastras que les separan son conglomerados de columnas adosadas, con basas gotizantes y remates en collarines de talla vegetal, que sostienen arcos apuntados, atravesados de otros escarzanos en el tramo de los pies del templo. Rematan los muros laterales en un breve friso de estuco con grutescos, y la nave central se cubre con grandioso alfarje o artesonado de madera, con detalles de lacería mudéjar en tres almizates o harneruelos centrales. La cabecera del tem­plo consta de gran arco triunfal semicircular, escoltado de haces de columnillas rematadas en pequeños capiteles de decoración foliácea, que da entrada al presbiterio, de planta rectangular, compuesto dé dos tramos sucesivos, cubiertos de bellísimas nervaturas góticas y terminando en las esquinas con sendas veneras. Los bordes del recinto presentan cenefas y frisos de estuco en re­lieve con prolija decoración plateresca de roleos y grutescos, obras todas del siglo XVI. A ambos lados se presentan, en la nave de la Epístola, una capilla sencilla, que comunica con el presbi­terio a través de arco de piedra, y en el lado del Evangelio un amplio recinto de cúpula semiesférica apoyada en machinas, que sirve de sacristía.

Buscamos en ella entre los libros del archivo, aquellos que, entre las cuentas de gastos, nos pueden dar alguna luz sobre el autor o autores de esta magna obra artística. Nada de nada. No existen libros de cuentas de fábrica del siglo XVI, por lo que ya parece casi imposible poder llegar a desentrañar la identidad del artista que diseñó y construyó este templo. Gente que trabajaba en Guadalajara hacia 1550 pudiera ser el buscado. Pero su hallazgo sorprenderá al rebuscador de otros archivos, nunca al de Lupiana, en el que con seguridad, nada se explica.

De todos modos, la obra está ahí: su imagen ingente y bellísima, su equilibrio, sus detalles, ponen a quien contempla la iglesia parroquial de Lupiana un escalofrío, en el espinazo que es dato seguro de ‘ser una obra capital, inolvidable, de nuestro riquísimo acervo artístico.

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