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junio, 1978:

El siglo XIX alcarreño

 

En el diario trato con los temas del pasado de nuestra tierra, con la historia de sus gentes, con el estudio y defensa de sus huellas, monumentales, van surgiendo temas diversos, apasionantes’ todos, que requieren y merecen una atención detenida. El arte románico rural de nuestra provincia de Guadalajara; la magnífica presencia del Renacimiento en Sigüenza; la interpretación honda de lo que la familia Mendoza significó en este territorio; los datos arqueológicos de variados lugares… en fin, un largo acopio de temas que un buen puñado de personas estudian y dan, a conocer a todos para su apreciación cabal y su defensa. Pero en esta empresa ha quedado siempre un poco soslayado un momento de la historia alcarreña que, quizás por haber sido el menos brillante, ha importado poco: me refiero al siglo XIX que en Guadalajara significó un momento crucial de pobreza, de desánimo, de despoblación y atraso. La devastación de la francesada redujo a ruinas gran parte de nuestros pueblos y ciudades. Poco a poco, y en medio de un decaimiento económico agudísimo se fueron levantando edificios, barrios, conjuntos urbanísticos que, surgidos en un momento determinado de la historia, son ahora ejemplo vivo de ella, muestra irremplazable de una época.

Sin querer ahondar en esta ocasión en el estudio y la apreciación exhaustiva de algunas de estas muestras del arte del siglo XIX, sí podemos recordar algunas de ellas y brindarlas a cuantos deseen colaborar en esta polivalente tarea de la defensa del pasado histórico‑artístico, para que la estudien, las den a conocer, y las defiendan.

Artísticamente, el siglo XIX, una vez superado su idilio con el neoclasicismo a ultranza y la imitación del «imperio» francés, se desenvuelve en un sugestivo eclecticismo que da pie a interpretaciones curiosas de pasados estilos. De ese eclecticismo artístico es muestra monumental, de las más destacadas de España, el Panteón de la Condesa de la Vega del Pozo, junto al resto de los edificios que esta señora construyó en su torno. Un aire románico de inspiración italiana se cierne en el edificio gigantesco del mausoleo: arcos, planta, cúpula y multitud de detalle que quieren devolver la gloria de un momento medieval en la tallada piedra del siglo XIX. El edificio central de lo que se planeó para asilo y hoy se utiliza por, las religiosas adoratrices para la en­señanza, imita fidedignamente el plateresco español, recordando en su estructura y ornamentación a la fachada de la Universidad de Alcalá de Henares. El claustro de este edificio es obra magnífica que imita al románico. Y la iglesia, muy poco conocida, es un dato arquitectónico en el que revive el arte mudéjar con sus más valientes galas. Los planos, las ideas, las ilusiones, la distribución de los edificios, su simbolismo, sus ornamentos, todo, en fin lo que guarda de mensaje para nosotros, debe ser estudiado detenidamente para que a los hombres de hoy nos diga algo.

Otros muchos edificios o conjuntos deben. de ser tratados, en este sentido: el palacio de la misma condesa de la Vega del Pozo, con su aneja iglesia de San Sebastián, hoy ocupados por los religiosos maristas, son también piezas fundamentales para calibrar el eclecticismo artístico del siglo XIX alcarreño su estructura que remeda los grandes palacios de la nobleza arriacense en el siglo XVI, y la iglesia u oratorio tratada en su fachada como uno de los más delicados monumentos platerescos, al tiempo que su airosa torreta expone líneas románicas bien definidas. Debe ser abordado su estudio en el aspecto constructivo, ornamental y simibólico-­funcional. Y en una tarea que, más que por parte de los historiadores del arte, quizás por arquitectos interesados en estos temas, al tiempo que dotados técnicamente de una preparación óptima.

Recorriendo este panorama nos vienen a la cabeza varios otros edificios y conjuntos singulares: el poblado de Miraflores, en el borde, de Monte Alcarria, que se levantó a fines del siglo pasado como lugar ideal de explotación agrícola, incluyendo un gran palacio, una capilla de romántico entorno, un Par de molinos, un gran silo cilíndrico con palomar y una serie ordenada de casas y almacenes, hoy todavía muy bien conservado y en uso; la colonia residencial, junto a los amplios talleres y almacenes, que en la segunda mitad del siglo XIX surge en él recinto del «fuerte de San Francisco», hoy afortunadamente íntegra, es de gran interés; la serie de edificios militares que servían de espalda a la Academia de Ingenieros, destacando el conjunto que se erigió sobre las antiguas murallas, imitando un castillo almenado, Incluso con torres, y que se edificó en 1879; la portada y ábside del santuario de la Virgen de la Antigua, hecho en perfecta imitación de la arquitectura mudéjar arriacense (recordar la importancia del neo – mudéjar madrileño del siglo Pasado); el, palacio de la Diputación Provincial, construido de 1880 a 1883 sobre el solar que dejó el palacio de los Gómez de Ciudad Real y la parroquia de San Ginés, es obra más impersonal, pero con una fachada interesante de remedo renacentista, y un patio central curiosísimo en estilo neo ‑ mudéjar; el mismo Ayuntamiento es obra interesantísima, construida a finales del siglo XIX, inaugurada en 1906, y que presenta en su fachada abundantes elementos del estilo plateresco que vienen a estructurarse en un peculiar y curios, eclecticismo; también, es, de considerar el edificio, conjunto interno y cerca del Mercado de Abastos en la plaza de la Antigua, obra finisecular en la que entran en juego los armazones de hierro como elemento artístico a finales del XIX, siguiendo el movimiento que poco antes iniciara, la torre Eiffel de París; y, en fin, el edificio monumental y ejemplo de eclecticismo basado en la Baja .Edad Media, de la Cárcel Provincial, que muestra una planta, de perfecta cruz latina con giran cúpula central, al, estilo de los antiguos hospitales bajo medievales, más una fachada rematada en barbacana almenada, coronada del escudo de la ciudad, y una estructura general que convierten a este edificio en un monumento singularísimo de este siglo XIX alcarreño que, como se ve, conserva abundantes muestras, suficientes como para justificar un estudio amplio, unificado, de la época, la sociedad y los construc­tores de todos ellos…

Lo que, mientras llega este estudio sistemático, debemos hacer cuantos nos afanamos en defender el patrimonio histórico‑artístico de Guadalajara, es señalar la existencia de estos edificios, de estos conjuntos monumentales, que son ya parte irrenunciable de la vida de esta ciudad y que deben ser, aparte de estudiados y divulgados en sus múltiples aspectos valorativos, hechos querer por todos los alcarreños y defendidos unánimemente contra aquellas circunstancias que les, puedan ser lesivas.

La cruz procesional de Uceda

 

En búsqueda continua de nuevas piezas de orfebrería, aún inéditas en nuestra provincia, y que de seguro habrán de enriquece el estudio completo de esta faceta del arte hispano, hemos llegado hasta Uceda:, donde sabíamos de la antigua existencia de «un cruz muy buena y original, del mismo siglo XV de planchas repujadas, con asuntos de pasajes bíblicos y el apostolado» (1) pero que ignorábamos si permanecía todavía, después de los avatares diversos que todas estas piezas sufrieron durante los años del enfrentamiento bélico en España.

Sí estaba, y gracias a la amabilidad del actual párroco de Uceda, hombre verdaderamente en cariñado con su parroquia, y recto entendedor de las cosas que en ella se contienen, pude estudiarla con tranquilidad. Se trata de una magnífica cruz procesional de comienzos del siglo XVI en plata repujada, en bastante buen estado de conservación, que aporta una notable referencia para el conocimiento de la orfebre a, de esa época en la comarca del valle del Jarama, hasta don llega la influencia toledana, pues la marca y punzón que, con cierta dificultad, se puede ver en esta pieza, demuestran haber salido de un taller de platería de Toledo, y ser su autor Abanda, platero del que no he logrado hallar otro dato adicional, pero que en esta ocasión demuestra ser un extraordinario artista.

La cruz mide más de un metro de longitud y es enormemente: pesada. Presenta una macolla o manzana original, aunque muy deteriorada, que se constituye a base de frisos y doseletes, pináculos y hornacinas, todo en estilo gótico, con algunas imágenes pequeñas de apóstoles. La pieza de la cruz propiamente dicha es la de estructura latina, es decir, con el palo inferior de mayor longitud que el superior y los horizontales. Esto le confiere un avance estilístico que la desprende del gótico, y la hace introducirse en el plateresco. Los ele­mentos ornamentales que cubren sus brazos y el reborde de lo mismo, es también netamente renacentista, pues se forma a base de roleos y formas vegetales. El resto de la decoración lo constituyen unas planchas de plata, que en el centro de la cruz son cuadradas y grandes; en sus extremos son tetralobuladas, y en el interior de los brazos, circulares. Todas ellas presentan anima­dos motivos de iconografía religiosa, con numerosas figuras y escenas de recargado simbolismo, talladas a mano, labradas sobre la plata, con un movimiento sugestivo y una belleza plástica muy notable. El hecho mismo de ser piezas únicas, hechas directamente por el orfebre‑escultor Abanda para esta cruz, le confiere a ésta un altísimo valor dentro de la orfebrería de la época, y comarca, dando al artista, una categoría que le ha de rescatar del  olvido en que hasta ahora estaba.

El Programa iconográfico que se desarrolla en sus medallones es muy completo y elaborado, ganando en solidez descriptiva y conceptual a otras cruces semejantes en la provincia (2). En el anverso, aparece al centro un gran Cristo crucificado, obra de magnífico tratamiento escultóri­co; sobre los medallones de los extremos, aparecen escenas relativas a la Pasión de Cristo, que complementan su imagen central, cumbre del sacrificio: la Oración en el, Huerto, el Lavatorio de manos de Pilatos, Cristo juzgado y ultrajado con una caña en la mano, y arriba la Virgen María. Los medallones circulares de los brazos, en este anverso, muestran al buen Ladrón y al mal Ladrón, también crucificados, atados con cuerdas, a ambos lados de Jesús, y arriba y abajo de éste, dos símbolos cristológicos, uno de ellos el pelicano alimentando a sus crías y el otro el águila del Evangelista Juan.

En el reverso, centra la cruz una gran escena de La Piedad, cuadrada. En los extremos aparecen, arriba, otra escena de la Pasión, el camino del Calvario con la cruz a cuestas; los otros, tres, son relativos a la infancia de Jesús: la Anunciación, la Natividad y la Epifanía. En los medallones circulares de los brazos aparecen, la Magdalena penitente, y los otros tres emblemas evangelistas: el ángel de Mateo el león de Marcos y el toro de Lucas. Son una serie de representaciones de la entrada y salida del mundo de Jesucristo, en las que asienta su esencia humana y divina, acompañadas de símbolos, que de una u otra manera le han situado ante nosotros (pelícano, evangelistas).

De  lo que no cabe duda es que estamos ante una interesantísima obra de arte, pieza del siglo XVI, de la que podemos decir se conserva íntegra y conocemos su autor y el lugar de fabricación. Ello enriquece de modo notable el patrimonio artístico de Gua­dalajara.

NOTAS

(1) Sáinz de Baranda, J., y Cordavias, L. «Guía arqueológica y de Turismo de la provincia de Guadalajara», 1929, p. 13.8.

(2) Ver las cruces de Ciruelas y Valfermoso de Tajuña, en Herrera Casado, «Orfebrería  antigua de  Guadalajara», Revista Wad­-al-hayara, núm. 4.1977, páginas 24, 30, 39 y Láminas XIIXII; XXXIV ‑ VI.

Arte en Lupiana

 

Llega él viajero a Lupiana, en lo más hondo del pintoresco y ahora verdeante valle del Matayeguas y busca ávido los detalles de arte e historia que le lleven a siglos pasados. Todo pueblo está orgulloso de aquellos elementos que, por su unicidad y relevancia, le hacen destacarse sobre otros, confiriéndole un rango y un volumen en ese cajón voluminoso, y, honroso, de la historia. Se admira en Lupiana su plaza mayor, amplio recinto rodeado por una parte de edificios vetustos, y de otra por alta barbacana de piedra tallada. En su costado norte aparece el caserón del Ayuntamiento, con su atrio, y galería, y una curiosa torrecilla para el reloj construida en ladrillo, obra todo ello del siglo XVIII. Y, en fin, al centro del plazal, se yergue la picota altiva, símbolo de autonomía y villazgo, que desde el siglo XVI aparece sobre alta gradería de piedra con su columna de estriado fuste y un remate piramidal escoltado de cuatro dragones de fiero aspecto.

Trepando por las callejas se llega a lo más alto, donde surge el monumental edificio de la parroquia. Es obra del siglo XVI. Se procede de una escalinata de piedra que asciende a un amplio salón circuido de barbacana de tallada sillería. El aspecto exterior es sólido, y en él se destaca la presencia de la torre, obra fechada en 1676, y que consta de cuerpo prismático y remate en bolas. En el muro del sur, se coloca la portada, obra magnífica de estilo plateresco, muy desgas­tada ya por los elementos atmosféricos: consta de, una puerta de medio punto, escoltada por columnas estriadas que apoyan en gruesos pedestales decorados con borrosa iconografía, y rematadas en bellos capiteles de grutescos, cabezas de angelillos y calaveras. Sobre ellos, un friso de prolija decoración plateresca, y en las enjutas sendos medallones representando las figuras de San Pedro y San Pablo en medio relieve y de exquisita factura. Encima del conjunto, una hornacina hoy vacía. Sobre el muro de poniente, otra pequeña puerta de adovelado arco semicircular, muy sencilla.

Después de diversas inquisiciones y búsquedas, encontramos al párroco, que con su enorme llave nos abre el recinto sagrado que admiramos a nuestro gusto, sorprendidos por su maravilloso aspecto, recomendarnos a, cuantos aprecian el arte renacentista en nuestros pueblos. En es­te interior, al que se pasa a través de una cancela con buenos ejemplares de fallebas y piezas de forja popular, se admira la equilibrada arquitectura de sus tres naves, que forman un armónico conjunto de inspiración gótica, pues las pilastras que les separan son conglomerados de columnas adosadas, con basas gotizantes y remates en collarines de talla vegetal, que sostienen arcos apuntados, atravesados de otros escarzanos en el tramo de los pies del templo. Rematan los muros laterales en un breve friso de estuco con grutescos, y la nave central se cubre con grandioso alfarje o artesonado de madera, con detalles de lacería mudéjar en tres almizates o harneruelos centrales. La cabecera del tem­plo consta de gran arco triunfal semicircular, escoltado de haces de columnillas rematadas en pequeños capiteles de decoración foliácea, que da entrada al presbiterio, de planta rectangular, compuesto dé dos tramos sucesivos, cubiertos de bellísimas nervaturas góticas y terminando en las esquinas con sendas veneras. Los bordes del recinto presentan cenefas y frisos de estuco en re­lieve con prolija decoración plateresca de roleos y grutescos, obras todas del siglo XVI. A ambos lados se presentan, en la nave de la Epístola, una capilla sencilla, que comunica con el presbi­terio a través de arco de piedra, y en el lado del Evangelio un amplio recinto de cúpula semiesférica apoyada en machinas, que sirve de sacristía.

Buscamos en ella entre los libros del archivo, aquellos que, entre las cuentas de gastos, nos pueden dar alguna luz sobre el autor o autores de esta magna obra artística. Nada de nada. No existen libros de cuentas de fábrica del siglo XVI, por lo que ya parece casi imposible poder llegar a desentrañar la identidad del artista que diseñó y construyó este templo. Gente que trabajaba en Guadalajara hacia 1550 pudiera ser el buscado. Pero su hallazgo sorprenderá al rebuscador de otros archivos, nunca al de Lupiana, en el que con seguridad, nada se explica.

De todos modos, la obra está ahí: su imagen ingente y bellísima, su equilibrio, sus detalles, ponen a quien contempla la iglesia parroquial de Lupiana un escalofrío, en el espinazo que es dato seguro de ‘ser una obra capital, inolvidable, de nuestro riquísimo acervo artístico.