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mayo 13th, 1978:

Aires culturales en el Ayuntamiento

 

En las últimas semanas, un aire cultural parece haber soplado en el salón de sesiones de nuestro Ayuntamiento, que es tanto como decir, hoy por hoy, en el pecho generoso y comprensivo de nuestros munícipes. Dato éste que quisiéramos desmenuzar con alguna atención, y tratar, desde él, de acudir al difícil juego de las profecías, a la pizarrosa cartela de las ilusiones.

Dos hombres de Guadalajara, salidos de sus, carnes arcillosas y en ellas amamantados en reciedumbre e hidalguía, han venido a ocupar, por recientes designaciones del Concejo, sendos cargos de relieve cultural. Primero fue Alejandro Luís Ortiz Navacerrada, severo en la figura y tiernamente humano, en la palabra y la amistad, que ha recibido el nombramiento de cronista, de la ciudad de Guadalajara. Poco después ha sido José Ramón López de los Mozos, buen conocedor de los pretéritos avatares de nuestra ciudad, y un fino catador de sus rincones sugerentes sus historias escondidas, quien a venido a llenar el hueco que el veterano señor Pradillo Moratilla ha dejado en la regiduría del Archivo Municipal. Dos nombres para la tarea cultural de esta nuestra querida ciudad de Guadalajara. De ambos esperamos con seguridad, y en sus parcelas respectivas, sazonados frutos y labores.

Y es que ahora que, a raíz, de estos datos, nuestra imaginación se ha echado a volar, y hemos pensado que a la cámara concejil le ha entrado el prurito saludable, primaveral  de ponerse a cultivar con hondura y derecha mano, el huerto seco de la cultura municipal. Una tarea, que, de seguro, están ya inquietos por comenzar, es la creación de una Hemeroteca municipal. Una sala ‑que no necesita de más preocupaciones que poner estanterías, luz y una mesa con sillas ‑ dedicada a recoger todo periódico, revista y folleto de aparición preestablecida, editado en Guadalajara o con tema alcarreño preferente: sería la recogida sistemática y definitiva de tantas y tantas publicaciones, de tantos y tantos periódicos y revistas que desde hace más de un siglo han visto la luz en nuestra ciudad, y que, por los imperativos de la moderna vida, son ya, hoy por hoy, base documental imprescindible para los historiadores fu­turos.

Por otra parte, la fecha del año 1985, que parece aún lejana, pero que ya está ahí mismo, no se despega de la frente de nuestros ediles. Se conmemorará entonces el noveno centenario de la Reconquista de nuestra ciudad por Alvar Fáñez de Minaya, y será momento clave en el que el Concejo arriacense dará la medida de su ilustrado proceder. Publicada ya por la Institución Provincial dé Cultura «Marqués de Santillana» de la Diputación Provincial, la Historia de Guadalaxara, del padre Hernando Pecha, que es la historia de la ciudad más antigua que se conserva, el Ayuntamiento podría dar su «do» de pecho editando (todavía hay tiempo para hacerlo bien) esa otra «Historia de Guadalaxara» que aún queda inédita y manuscrita: la del licenciado don Francisco de Torres, escrita en 1647, y que contiene una buena dosis de curiosas e inéditas noticias sobre nuestro burgo.

Pero en este momento d e renovados aires culturales, las fuerzas del Ayuntamiento van a cuajar, estamos seguros de ello, en otros caminos varios. Por ejemplo: en el de la defensa del patrimonio artístico de la ciudad. Va a decidirse a limpiar el entorno de dos monumentos tan característicos como son la Puerta de la Muralla que llaman de Alvar Fáñez o del Cristo de la Feria, y también el Torreón del Alamín, junto con el puente de las Infantas y el antiguo lavadero construido en el siglo XVI. Se va a comprometer a respetar, en, todos los planes de su extensión urbana, y aún del alfoz que gobierne, los yacimientos arqueológicos que estén documentados, o aquellos otros que puedan descubrirse. Va a impedir con todas sus fuerzas que se, derribe un monumento tan ilustrativo del pasado de la ciudad, y tan bello arquitectónicamente, como es el palacio de los Guzmán, en la calle del Dr. Creus. Va a entregarse a fondo para la puesta en valor del palacio plateresco de los Dávalos, en la plaza de su nombre.

Va a pedir a los organismos nacionales correspondientes la restauración cumplida del panteón de los Mendozas, en el Fuerte de San Francisco, cuyo estado constituye hoy una de las mayores vergüenzas de nuestra ciudad. Va a devolverle a las calles más características sus populares y seculares nombres, aquéllos que en el habla de las gentes tienen con sagrada toponimia: la calle mayor, el paseo, de las cruces, el parque de la Concordia, la Carrera, el Jardinillo, la plaza de Santo Domingo. Y hasta, quizás, va a intentar, porque la causa es justa, restaurar la capilla de Luís de Lucena, que si en los años de la Desamortización de Mendizábal, allá por los años de 1835, se salvó de la ruina, ha visto en 1978 hundirse su escalera interior, mientras las pinturas se deshacen por la humedad, lo mismo que los muros, y ésta, que es joya del arte español, agoniza inasistida mientras la plaza que la rodea, arreglada hace 10 arios, vuelve a cambiar de vestido.

¿Será verdad que todos estos aires, vendavales casi, de atención hacia el patrimonio artístico y cultural de la ciudad, se van a fundir en, la fragua de nuestro Ayuntamiento? Principios quieren las cosas. Y las trazas, con esos dos hombres que son Ortiz Navacerrada y López de los Mozos, en vanguardia de nuestras edilicias escuadras, son optimistas. Esperamos.