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Meditación en Molina

 

El viajero ha llegado a Molina, la de los Caballeros, aquellos que rodearon a su primer señor y conde don Manrrique, aquellos también que hicieron, en centenar, guardia de honor y de guerra a su señora la condesa doña Blanca. Un aspecto encontrado luce sobre el horizonte: un castillo rojizo y señero, alto y vibrante, se enfrenta a un poblado hondo, tranquilo, de oscura pintura, y a ciertos edificios desmandados y disonantes. Van surgiendo, en su caminar, esbozos leves del pasado: un puente de moldeada piedra, suave, a la pisada del peregrino; una iglesia conventual de ábside románico, donde se escucha pálido el cantar de las monjas; algún caserón barroco, de escudos el frontón cuajado, sus interiores olorosos a humedades y a madera; un ancho plazal sobre el que bullen las torres de la iglesia antigua de Santa María, y el Ayuntamiento, y el palacio de los marqueses de Embid; un paseo por el Adarve, en la tarde triste de invierno; un casino a tope de antiguos molineses que juegan a las cartas, toman café y charlan de pensiones; y  entre las calles hondas, oscuras, frías, se van dando la mano las sastrerías y las iglesias, alguna delegación oficial y muchas casas vacías..El viajero, al caminar por Molina, la antigua de los Caballeros, se estremece y medita.

Porque esta ciudad silenciosa y recoleta, es la capital de una comarca con una extensión de algo más de tres mil kilómetros cuadrados, noventa núcleos de población, una altura media de 1300 metros, y poco  más de 18.000 habitantes para toda ella de los cuales alrededor del 10 % solamente son menores de 14 años. Una tierra cargada de historia, de caminos, de montes, y monumentos, pero que se puede considerar casi despoblada (6 habitantes por kilómetro cuadrado) y en la que falta la risa y el empuje de los niños.

El viajero ha oído contar de los 850 años que lleva en marcha su historia, fecunda y magnífica. De la creación de un Señorío independiente por parte de un gran magnate castellano: Don Manrrique de Lara, quien Poseyendo el territorio en calidad de «señorío de behetría» lo dejó a sus descendientes hasta que una tataranieta suya casó con un rey de Castilla (María de Molina con Sancho IV) y pasó la tierra entera a este reino poderoso. Y ha oído, también del valor de sus habitantes, de las figuras insignes que de sus pueblos han salido dando lustre a muchas parcelas de la realidad  hispana. Y ha aprendido las formas de vivir, los modos de gobernarse, escuchando de algunos el recuerdo de los Fueros que su primer señor, en el lejano siglo XII, concedió con ventajas para fomentar el asentamiento. Ha pasado el viajero sus botas y sus retinas por todo el Señorío molinés: ante los viejos castillos de Embid y Zafra ha soñado peleas irreales; ante las hoces tenebrosas y bellas del Gallo y el Tajo ha sentido el poder inmenso de la naturaleza; y en el páramo libre de Tortuera y de Tartanedo se ha estremecido de frío ante la ventisca, volviendo luego al calor de los hogares de Checa, de Hinojosa, de Corduente, cuando la ventisca se estrella en los esquinazos de brillante sillar, y los viejos cuentan historias de guerras, de ayudas, de ideas que tuvieron y no han sido realidad.

En este revoltijo que, al fin, se le forma en la cabeza al viajero, emergen algunas ideas que ahora danzan en las bocas de los molineses, y aún en los papeles de la provincia a que pertenecen. Y junto al tema de lo necesario que sería ayudar a la instalación de explotaciones agrícolas, forestales y ganaderas, en tradición auténtica de la región, escucha el tema de implantar una Junta Provisional de Gobierno, con bandera propia y petición  de antiguos, de medievales fueros. Se mezcla la cabal petición de auténticas, de reales oportunidades para que el trabajo de estos hombres pueda poner en marcha nuevamente una comarca riquísima, con la idea flotante y bizca de una autonomía que, apoyada en pergaminos medievales, la llevaría ni se sabe a qué triste y marfileño encastillamiento.

El viajero, que siempre intentó meterse bien dentro de esta tierra única, de captar sus mil reflejos, de propagar sus infinitas posibilidades, piensa que el camino es otro. Que si una integración de siglos con la Castilla fuerte no le ha hecho sino restar posibilidades, sólo en el planteamiento serio y digno, de una cooperación con la Patria toda conseguirá levantar de una vez por todas a Molina. Que en el regionalismo responsable está la solución, y no en el separatismo de pandereta.

Y con estas ideas el viajero sigue su camino, Con un escalofrío en el espinazo, y un cálido latido en el corazón. Molina volverá a crecer, está seguro, porque así lo quieren todos sus hijos, y ellos son la sal mejor de aquella tierra

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