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San Julián: mito y folclore

 

Según el antiguo santoral católico, el día 12 de febrero, se celebraba en la Iglesia universal la festividad de San Julián. Tras la revolución que en las nóminas celestes introdujo el Concilio Vaticano II, a San Julián se le ha trasladado de fecha, y ahora le celebramos el día 16 de este mismo mes. En todo caso, estos próximos días han de ser de recuerdo para este curioso personaje del cual, y por lo que respecta a la vertiente folklórica que de su culto ha derivado en nuestra provincia, haremos ahora una breve glosa.

Trae su aventura biográfica, entre otros santorales, el «Breviario Seguntino» del siglo XIII, que le sitúa en el primer siglo después de Cristo, haciéndole natural de la región del Bierzo, aunque el «Romancero español» le supone hijo de padres españoles, pero nacido en Nápoles. Está claro que su origen es totalmente legendario. Cristianización, incluso, de algún mito pagano anterior, del que no sería ejemplo muy lejano el de Edipo, como parricida contra voluntad, y por insoslayable hado. Hijo de poderosos señores, perteneciente a, la alta nobleza, un día perseguía en su caza a un grande y hermoso ciervo, que, viéndose acosado por Julián, se le volvió y le habló, anunciándole que con su propia mano mataría a su padre y a su madre. Asustado, Julián huye lejos de su casa para no cometer semejante atrocidad. Llega a un lejano país donde se casa con una princesa y vive feliz. Pero sus padres le buscan, y, guiados de unos y otros, llegan al palacio donde vive, encontrando sólo a la esposa de Julián. Esta les brinda, su hospitalidad y les cede la misma habitación que usa el joven matrimonio. Vuelve Julián que, ignorante de la buena noticia de la llegada de sus padres, encuentra que en su habitación, en su propia cama, duerme un hombre junto a una mujer que piensa es su joven esposa. Ciego de ira, los mata. Reconoce entonces que ha cumplido, con su propia mano, la profecía del ciervo: ha sido parricida. Para rogar el perdón de Dios se va a los caminos, peregrino errante, y alberga y cuida a los enfermos y a los leprosos en un hospital de su fundación. En el transcurso de los siglos, especialmente a partir de la Baja Edad Media, San Julián se torna el prototipo del caminante, y del caballero. Se le representa en hábito galante, con atributos de caza, con espada y daga, incluso con un halcón sobre la mano izquierda. También como monje, o caminante, u hospitalero recibiendo leprosos. Los caballeros le toman por su patrón. Los caminantes también, y es frecuente en las veredas que cruzan España en la Edad Media, oír esta frase que se dirigen mutuamente los polvorientos viajeros: «Ayúdeos San Julián» ó «Válgaos San Julián». El mito del parricidio acaba cristianamente, con el perdón de Dios que le es enviado a San Julián por boca de un ángel. Encarna, de todos modos, dos arquetipos del género humano: el caballero, y el caminante.

Hay dos cofradías de origen antiquísimo, en la actual provincia de Guadalajara, que toman a San Julián por su patrón: la de «la Caballada» de Atienza, de fines del siglo XII, y la de «los Caballeros» de Doña Blanca, en Molina, del siglo XIII. En Atienza se constituyó la cofradía exclusivamente en honor de San Julián, pues así se apelaba el hospital de la villa, y además la hermandad la constituían los «arrieros» de ella, gentes de camino perenne, que tomaban por abogado celestial a tan gran caminante. Las constituciones escritas del S. XIII nos muestran a esta cofradía de «la Caballada» bajo el título de la Santísima Trinidad y San Julián, olvidándose poco a poco este último apelativo. Ha habido incluso quien ha querido, hilando demasiado fino, unir la advocación del santo caminante a la idea del parricidio en conexión con el hecho de que los arrieros atencinos habían salvado la vida del Rey niño Alfonso VIII del mal deseo de su tío el leonés rey Fernando, que le quena matar. Dejémoslo, pues, en la simple advocación a un santo que, en el momento de constitución de la famosa cofradía, era el abogado por excelencia de los caminos y las gentes que en ellos se ganaban la vida.

Molina de Aragón nos muestra la otra vertiente de este tema: el Cabildo de Caballeros de doña Blanca, fundado por esta señora en el siglo XIII con cien hombres nobles de a caballo de su alta y fortificada villa, se hizo «en honor de la Santísima Trinidad, Santa María y San Julián». En este caso será la advocación mariana la que permanecerá, con el título de Nuestra Señora del Carmen, perdiéndose los otros dos. Pero el culto a San Julián por estos caballeros molineses fue intenso durante varios siglos. Valgan estos ejemplos comprobados históricamente: el día del santo, en el mes de febrero, celebraban todos una convivencia y una misa cantada. Aunque las reuniones y nombramientos de cargos se hacían el día de la Asunción, el prioste salía elegido ante la puerta de la Iglesia de Santa María la Vieja, que pertenecía a los Caballeros Templarios. Los cofrades regalaban ese día un hermoso caballo para la fábrica de la iglesia. En ella había un viejo retablo dedicado a San Julián, que aparecía en diversas pinturas vestido de caballero, seglar, con un azor en la mano. Aún es de constatar el dato de que cuando los caballeros molineses entraban a luchar en alguna batalla, invocaban a gritos a su patrón San Julián.

De seguro que habría en nuestra provincia, y aun en otros lugares de España, otras cofradías y hermandades dedicadas a este simpático santo, en una y otra de sus acepciones arquetípicas. El hecho de encontrar dos en nuestra tierra, tan clásicas y conocidas, aunque todavía poco aclaradas en este común origen de su advocación a San Julián, es lo que nos ha hecho glosar este tema en las páginas, coincidiendo con la próxima celebración de la festividad de este poblador del cielo.

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