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enero, 1978:

La artesanía del vidrio en Guadalajara

   

Valga esta breve nota para traer al recuerdo de mis lectores, y al conocimiento de cuantos en alguna manera se interesan por la pretérita imagen de nuestra provincia, un arte que ya es olvidado y muy escasamente apreciado: el del vidrio, del que en algunos lugares del mundo Bohemia, Sevres, Murano, etc.), se producen hoy en día verdaderas joyas artísticas. En España hubo, en tiempos pasados, lugares de abundantes y magníficas manufacturas cristaleras: la Granja de San Ildefonso poseyó una fábrica de protección real donde se realizaron piezas de vidrio que hoy figuran en los museos y en las co­lecciones más valiosas.

La actual provincia de Guadalajara tuvo en siglos pasados varios centros de elaboración artesana del cristal; de los que si apenas queda un leve recuerdo. El más conocido de todos fue la villa de El Recuenco, en el partido de Sacedón, entre grandes peñascos. Por lo menos desde el siglo XVI produjo abundante material en, diversos hornos de la localidad. De cinco vidrieros, cada uno con su horno propio, tenemos noticia en el siglo del Renacimiento. Y ello porque fue en el Recuenco donde se produjo la más importante partida de vidrio con destino a las ventanas del monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Aparecen en cuentas, durante los años 1582 y 1583, cinco maestros vidrieros que, sirvieron al Real Monasterio las siguientes cantidades de vidrio: Andrés de Graos, 335 vidrieras; Juan García, 300 vidrieras; Martín Prieto, 600 cuadros de vidrios; Pedro Moreno, 624 cuadros de vidrio, y Pedro Martín, 296 cuadros de vidrio para la iglesia. Pero el más importante de los maestros vidrieros que en el siglo XVI trabajaron en El Recuenco, fue el veneciano Guillermo Carrara, a quien vemos activo entre 1582 y 1592. Entre los años 1582 a 1585, sirvió para la iglesia y otras dependencias de El Escorial un total de 4.848 placas de vidrio. En 1587 contrató la producción del material de la farmacia monasterial, encargándose de hacer 500 alambiques de vidrio para la destilación dé la botica. Des años después sirve 26 arrobas y 14 libras de vidrio labrado en alambiques y redomas para la botica, y en 1592 sirve todavía 15 arrobas y 9 libras de «alambiques de vidrio para tener las aguas que se destilan en la botica» (1).

Durante todo el siglo XVII continuaron produciendo grandes cantidades de vidrio los hornos de El Recuenco, vendiéndose sus productos por toda Castilla, en competencia abierta con las manufacturas de Cadalso. En los comienzos del siglo XVIII, el Rey Felipe V fue enterado de la calidad del cristal de El Recuenco, ordenando que allí se hicieran las jarras para el vino y los albarelos y alambiques de su real farmacia. Toda la Corte, en su misa imitación, se apresuró a adquirir vasos, jarras y platos para confituras, por lo que hacia mediados del XVIII, la industria cristalera de El Recuenco alcanzó su máximo esplendor, cayendo luego lentamente.

Se producía en sus hornos un vidrio de tono verde azulado, más bien oscuro, que se trataba de corregir y aclarar soplando los productos, hasta conseguir una extrema delgadez y finura, que los hacía muy ligeros de peso. En la mayoría de las piezas se estiraban y pellizcaban los bordes, dándoles forma octogonal. Los filamentos del vidrio se hacían más patentes hacia el borde de la pieza, así como en el collar o base. Aunque estos filamentos que decoraban espiralmente a los vasos, jarras, etc., tenían normalmente el mismo color verdusco, en ocasiones se les daba otro tinte más claramente azul, con lo que aumentaba su belleza. También se conocen piezas de cristal de El Recuenco de notoria imperfección y con abundantes burbujas. Había hornos y, maestros de distintas competencias (2).

Se conocen pocas piezas de esta procedencia alcarreña: junto a estas líneas aparece dibujado un vaso, en forma de urna, de cristal azul verdoso, procedente de El Recuenco, que se conserva con el número T/367 en el Museo de la Hispanic Socilety of América. Algún otro ejemplar posee el Museo Provincial de Guadalajara, en sus fondos que constituirán la sección de Etnografía y folklore, todavía en formación.

En el siglo XVIII, hacia 1720, el Sr. Goyeneche fundó el pueblo o sitio de Nuevo Baztán, en la baja Alcarria, hoy provincia de Madrid. Allí se hizo construir de Churriguera un magnífico conjunto de iglesia y palacio, y una factoría de cristal bajo la protección de Felipe V. No fue un éxito, y esto, unido a la disminución de las reservas de combustible en las cercanías del Nuevo Baztán, forzó a Goyeneche a trasladar sus hornos productores de vidrios a la villa serrana de Villanueva, de Alcorón, en la actual provincia de Guadalajara, donde durante todo el siglo XVIII se produjo vidrio ordinario, muy similar en formas y composición al del Recuenco.

También en» la Alcarria, la villa de Brihuega, tuvo cierta producción vidriera. Conocemos uno de estos artesanos, José Bermejo, por el contrato que hizo en 1731 con la iglesia parroquial de Mondéjar, para servirle, por valor de once mil maravedises, tres vidrieras, y colocarlas (3). Pero no se conoce producción más fina de la cristalería briocense.

Finalmente es preciso anotar la existencia, también en la serrana villa de Tamajón, de industria cristalera. En tiempos pasados se hizo, mucho y bueno, en la llamada «fábrica de cristales del convento» pues en principio estuvo a cargo de los franciscanos que los Mendozas asentaron en un gran monasterio en este lugar. Todavía se encuentran en el pueblo algunos notables ejemplos de vasos y floreros del cristal intensamente azulado que Tamajón producía. El edificio de la fábrica está aún en pie, y se habló no hace mucho de revitalizar en él esta interesante artesanía.

Sirvan, pues, estas breves líneas de recuerdo, y, quizás, de inicio en el estudio de este tema para algunos, con lo cual se abriría uno más en los muchos caminos que todavía quedan por pisar, en la investigación del pasado histórico de nuestra tierra.

NOTAS:

(1) Cf. Andrés, Gregorio de, «Inventario de documentos sobre la construcción y ornato del Monasterio del Escorial existentes en el Archivo de su Real Biblioteca», Madrid 1972, pp. 97, 104, 105, 106, 113, 114, 126, 136, 167, 182, 197.

(2) “The Hispanic Society of America” Hanbook, Museum and Library Collections», Nueva York, 1937, pp. 162‑163.

(3) Archivo Parroquial de Mondéjar. Libro de Fábrica número 3, cuentas del bienio 1731­1732.

Antiguos gremios de Molina

 

Es tema actual el de los sindicatos y las asociaciones profesionales, en que las gentes se agrupan para la defensa de unos intereses comunes. Pero no es, ni mucho menos, cosa de ahora, sino que tiene sus raíces en muy antiguos tiempos, concretamente en los siglos de la Baja Edad Media, y, en nuestra región castellana, a partir de la repoblación tras la conquista de la zona a los árabes. La Campiña a fines del siglo XI; Molina a comienzos del XII, y la Alcarria a finales de esta centuria, son reconquistadas, y en ellas va asentando el régimen de tipo feudal imperante en la época, en el que las villas grandes, cabezas de comarca y capitales de señorío, ven surgir las clases, de artesanos y comerciantes que serán, siglos más tarde, el germen de otro cambio social más profundo, en el que ahora estamos inmersos.

Esos artesanos se reúnen en gremios desde el siglo XII, con plena autonomía en cada lugar, y van adquiriendo formas diversas a lo largó del tiempo, pues desde un interés meramente profesional se pasa a la institución ligada a la religión, en forma de hermandades o cofradías, para posteriormente, en el centralismo político del Renacimiento,  ser gobernados por disposiciones emanadas del poder central. En nuestra provincia hay ejemplos preclaros de estas hermandades o gremios, como «La Caballada», que los arrieros de Atienza instituyeron, y muchas otras.

Hoy nos detenemos en Molina, la de los Caballeros, feudo de los Lara, que va creciendo desde el tercer decenio del siglo XII al cobijo de su gallarda y elegante fortaleza.

Allí comenzó, en el momento de la repoblación la creación de gremios. En una sociedad de nítido corte clasista, en el que los Nobles y Caballeros dominan el territorio y los bienes todos, surge bajo la protección de una Condesa, Doña Blanca de Molina, en 1284, el Cabildo de Ballesteros, en el que forman parte hombres de a pie del estado llano o pechero. En su primitiva relación encontramos ya las ocupaciones de estas gentes, profesionales y artesanos de la Molina del siglo XIII: Juan Martínez, pellejero; Jayme, cuchillero; Martí, cuchillero; Domingo, carpintero; Domingo Pérez, cerrajero; Pascual Martínez y Martín Páez, zapateros; Martín López, odrero…

La asociación de estas gentes se reflejaba no sólo en una actividad corporativa y de defensa de sus intereses y productos. Generalmente se llevaba este aspecto asociativo al extremo de agruparse en zonas de la villa, en calles y barrios concretos. En una antigua relación de calles molinesas, nos encontramos con estos nombres: la calle de Tejedores, que corría desde la puerta de Valencia hasta San Pedro, y la calle de la Viñadería, paralela a la anterior, pero en la parte alta de la cuesta. Hubo también una calle de la Albardería, y otra de la Zapatería que se transformó con el tiempo en la calle de las Tiendas, nombre que ha pervivido hasta nuestros días. Aún queda el recuerdo de la calle de los Manteros, que iba desde San Gil al Albollón.

Otro aspecto de los gremios de Molina eran las actividades extralaborales de sus miembros. Por una parte, las religiosas, cuajadas en múltiples cofradías que luego veremos. Por otra, las festivas y mundanas, que consistían en formar rondallas, grupos de bailes y representaciones de cuadrillas graciosas. Es lástima que nada de estas actividades haya quedado en concreto. Tenemos el testimonio de que el año 1534, cuando vino a Molina la mujer del emperador Carlos V, doña Isabel de ‘Portugal, salieron a recibirla, entre otros grupos, todos los oficios, cada uno con su danza y Invención, entre ellos sacaron en unos carros unos Molinos moliendo las Muelas. Esto viene a darnos una idea de que la actividad festiva de estos, gremios llegaba a montar carrozas con alusiones a sus oficios.

Otros cronistas del siglo XVI hacen, referencia a los plebeyos que, con su trabajo de cada día, y su habilidad, hacían próspera a la sociedad, molinesa. Así dice de ellos Núñez en el Capítulo 25 de su «Historia de Molina»: Hay mercaderes muy Ricos, que con su comercio y grangería enriquecen a la República y la hacen abundar de mercaderías necesarias y también que hay oficiales muy primos en sus artes.

Veamos finalmente la forma en que los gremios fueron transformándose en cofradías religiosas, perdiendo luego, poco a poco, su primitivo carácter profesional y quedando diluidos en una actividad religiosa y humanitaria muy general. El origen clasista de estas cofradías es claro, fiel traducción de la sociedad en esos siglos: es de notar que en los Cabildos del Santísimo Sacramento y de San Blas, no podía admitirse gente plebeya o que tuviera oficio servil o mecánico. Y, sin embargo, en otros se prohibía, en principio, la entrada a quien fuera ajeno a determinada profesión o actividad manual, para luego, con él transcurso del tiempo, quedar relegada esta imposición a la obligatoriedad de ser del oficio solamente a los miembros rectivos, piostres, etc. y luego quedar totalmente abiertas a todos. Una de las más antiguas cofradías de carácter gremial en Molina era la de San Mateo o de las Ánimas, que se sabe existía a comienzos del siglo XIV. Era «el cabildo de los Texedores» y se imponía que sólo a este oficio podían darse los cargos de alcaldes, oficiales y piostre de la Cofradía. Abierta ésta en el siglo XVI volvió a formarse nuevo cabildo en exclusividad para los tejedores: el de San Joaquín y Santa Ana, con sede en el templo de San Martín, y cuyas constituciones fueron aprobadas en 1586. En ellas se estipulaba, que sólo pudieran ser sus miembros oficiales de dicha artesanía, y que sus fondos se obtendrían con las tasas que se recaudaban en los exámenes para entrar en el oficio.

Noticias del siglo XVI tenemos de varias otras cofradías, quizás más antiguas, de otras profesiones: en el Cabildo de San José se encuadraban los carpinteros: sus constituciones fueron aprobadas eh 1590. En el de San Miguel estaban inscritos tan sólo los peinadores y cardadores, siendo sus constituciones de 1571. Reservado para los zapateros era la cofradía de San Crispín y San Crispiniano, con sede en la iglesia de San Martín, y su fecha de renovación, el año 1585. La cofradía se reservaba las dos terceras partes de las tasas de exámenes para el oficio y, aunque luego se admitió a gentes diversas, el cargo de piostre lo debía ocupar siempre un zapatero. Finalmente, los sastres fundaron el Cabildo de San Pedro, llamado «de los Viejos» pava diferenciarlo de otro «de los Mozos» que se constituyó posteriormente.

Muchos otros oficios existían en Molina en siglos pasados, pues la capitalidad de un ancho y poblado territorio proporcionaba trabajo a gran cantidad de gente en los más variados oficios. Los relacionados con la lana y los tejidos eran los más abundantes. De arrieros, canteros, hortelanos, albañiles, etc., también sabemos había gran número, pero de ellos no nos ha llegado noticia de su afiliación en gremios o Í asocia­ciones. Quede, pues, este tema co­mo uno más que vaya perfilando el interesante aspecto convivencial de la Molina de viejos tiempos­

Carreras de caballos en Molina

 

Con variados motivos se celebraban estas carreras de caballos, cuyo aliciente principal era la velocidad desarrollada por los corredores, ven­ciendo el primero en llegar a la meta. Participaban los caballeros moline­ses y, muy en especial, los de la Cofradía o Hermandad de Doña Blanca, que eran señalados por su capitán y que llevaban libreas de sedas de colo­res especiales para ser distinguidos de los demás. Quizás por la protección y favor que siempre gozaron en Molina, gracias a su Fuero, los caballeros, se explica el que hubiera muchos vecinos que sustentaban caballo y armas. Los mismos cien miembros de su Cabildo de Caballeros también lo hacían, y muchos otros, llegados de Vasconia, de Andalucía y otras partes. En documentos antiguos se comprueba cómo era uno de los más frecuentes contratos entre sus habitantes la compra­-venta de caballos, todos ellos de seleccionada raza.

Muchas eran las fiestas en que se hacían las carreras de caballos. Princ­ipalmente se limitaban, en el siglo XVI, a las Carnestolendas o fiestas de Carnaval, celebradas con desfiles de disfraces, encamisadas y otras diver­siones; también el día de San Antón, el de San Roque, la fiesta de la Virgen del Carmen, y los días de San Juan, San Pedro y Santiago, se aprovec­haban para celebrar sonadas y divertidas carreras.

El lugar del juego era la Plaza Mayor, sobre todo después que, hacia fines del siglo XVI, se derribara en ella la iglesia de San Juan del Concejo y quedara la plaza grande del lugar como hoy se nos presenta de ancha y abierta. Delante del ayuntamiento corrían los caballeros, tomando su salida en la esquina de la iglesia de Santa María del Conde. El motivo de la diversión era el juego de cañas a caballo, o, aún más frecuente, la ca­rrera de velocidad, que entusiasmaba al pueblo espectador, haciendo bandos por unos y otros caballeros. Se ponían estacadas a ambos lados del lugar de la carrera, para proteger al público, y del lado del ayuntamiento se hacían unos tablados, adornados de paños de seda y doseles de seda y brocado, en los que se colocaban, por un lado, la Justicia y Regidores y, por el otro, los jueces de la villa.

En variadas ocasiones se dieron desgracias sonadas; en los casos de carreras, al atravesarse críos pequeños en el trayecto de los caballistas, y, en los casos de juego de cañas, al chocar frontalmente los justadores. Corriendo estaba su carrera, en 1594, Hernando de Medina Mexía, cuando se le atravesó el niño Gaspar Fernández, que quedó atropellado y muerto. En 1570 ocurrió también que el caballo de Juan de Aguilera Sarmiento se asustó y fuese sobre el público, pisoteando a varios espectadores, matando a uno llamado Miguel Bechio y quebrándose él la pata, por lo que allí mismo lo hubieron de matar.

En los juegos de caña se recuerda cómo uno de los buenos justadores de Molina, el hidalgo Juan Rodríguez Rivadeneyra, señor de Rinconcillo, no pudo hacerse con un brioso caballo, yendo a chocar contra la esquina del Ayuntamiento: dicen que rompió un bellísimo cuerno de plata con que adornaba la testa de su caballo y él quedó permanentemente lisiado de un hombro. Y aún cosas peores pasaron. Que por finales del siglo XVI, don Velasco Ruiz de Molina, señor de La Serna, mató con la lanza, jugando a las cañas, a su cuñado, García de Ayllón Vellosillo, y el escribano Juan Núñez Jufre, también justando, le saltó un ojo al oponente Antonio Álvarez.

Pero estos desaguisados eran, afortunadamente, poco frecuentes. Las alegres gentes de Molina lo pasaban en grande con estos espectáculos, que desde muchos días antes eran esperados y preparados con ilusión. Todo el pueblo se juntaba en las mañanas luminosas de las fiestas veraniegas o en las más frías de las Carnestolendas, llenando con su vocerío el hueco ancho y luminoso de la Plaza Mayor molinesa.

Casas y cosas de Molina

 

Posee Molina de Aragón, capital de un multisecular señorío, la gracia y el misterio de una ciudad vieja por los cuatro costados, latiente en todas sus esquinas la historia, y el monocorde recitar de los pergaminos junto al tono noble de sus costumbres y el ir y venir de sus trabajadoras gentes. En su enmarañado cruce de callejas hondas y estrechas, aún sic pueden admirar algunas casonas que sobrevivieron a los múltiples y siempre desgraciados avatares de la historia, en que por unas u otras causas fueron cayendo sus mejores monumentos y ejemplares, artísticos. Fue el más grande hachazo la invasión e incendio por parte de las tropas francesas el 2 de noviembre de 1810. Después fueron las modernizaciones y ensanches las que se encargaron de ir desnudando, a Molina, de sus más recios y castizos ejemplares de casonas. De aquellos palacios y mansiones que albergaron a la nobleza numerosa de Molina, queda hoy todavía un ejemplo notabilísimo: el palacio que don Fernando Valdés y Tamón, asturiano que durante diez años gobernó las islas Filipinas, y que construyó a finales del siglo XVIII, siendo hoy conocido como «el palacio del virrey de Manila» o «la casa pintada».

No hizo el tal señor, al rellenar la fachada principal de su palacio con pinturas diversas y llamativas, sino seguir la costumbre que desde siglos antes existía en Molina de decorar de este modo, con abundantes pinturas, las fachadas de los palacios y casonas. Tenemos referencias de antiguos historiadores que en el siglo XVI escribieron (1) de cómo una de las casas más principales era la que ya entonces llamaban «la casa pintada», que era propiedad de don José Ygnacio de la Muela, y que poseía «una hermosa pintura» en su parte principal, así como la que a finales de dicho siglo XVI estaba construyendo D. Alberto Arias frente a San Juan de Dios. En viejos documentos que recientemente he consultado se encuentran abundantes y prolijas referencias a otras casas que en esta época, como en un contagiado furor de bellezas y magnificencias; se dieron a construir la nobleza molinesa.

En el año 1607, el Dr. Muela Fino de Leriz estaba construyendo su palacio en la plaza de San Pedro. Consta que para ello contrató con Miguel Pérez, «hazedor de yeso en la villa», 50 cahíces de dicho material, sacados del cerro de los Molinos, en término de Molina (2). En 1591 levantaba su casona molinesa D. Martín Vázquez. Tenía tres pisos, y toda la obra de carpintería fue contratada con el gran maestro del oficio Sebastián de Zaldivar, que por entonces llenaba la ciudad y el señorío todo de sus magníficas obras (3). Poco después, en 1602, era D. Diego Ruiz de Hermosilla quien en la plaza mayor de Molina levantaba su casa, en la que, sobre los dos primeros pisos, debía colocar un corredor de ventanas arqueadas y, sobre él, el tejado, al modo castizo que hoy muestra todavía el palacio de los marqueses de Villel, en las Cuatro Esquinas. La obra de Ruiz de Hermosilla fue contratada con el carpintero y, albañil Juanes de Gorostigui, quien la debía hacer similar a la casa de D. Juan Arias, para poder pintar la fachada. Colocaría tres chimeneas y un gran alero que volara sobre la plaza (4). Si otras muchas casonas desaparecieron (la de los citados Arias; la de los Obregón, los Velázquez, los Payro del Castillo), aún quedan otras, como las de los Montesoro, los Molina, los marqueses de Embid y las ya citadas de los marqueses de Villel y Virrey de Manila, que deben ser conservadas y cuidadas con verdadero mimo por cuantos sinceramente aman a la ciudad hidalga y antañona de Molina.

Otra de las tradiciones ya muy asentadas en el ánimo de la gente molinesa es el juego de la pelota. Recordando, porque la lectura de Una vieja crónica nos ha traído a la memoria (5), el frontón que delante de San Francisco había, podemos de él decir que, por lo menos, ya en e siglo XVI existía, y allí se jugaba con asiduidad a la pelota y a la barra. Tenía aquello de particular el que los gastos de conservación del frontón, y el beneficio que de él, se sacara, eran a cuenta de la Cofradía de las Ánimas del Purgatorio. Con las limosnas de los jugadores se reparaban los desperfectos, y, pues si la Cofradía había hecho los barrones para los aficionados, cada uno que llevaba el barrón entregaba una limosna para las ánimas. Esta tradición molinesa, enraizada en lo profundo del pueblo, desapareció un buen día porque a alguien se, le ocurrió hacer en el solar dé este tradicional lugar de reunión un edificio. Esperemos que pronto se restaure este frontón y este ancho plazal que nunca debía haber sufrido tal atentado. De casas y cosas dé Molina seguiremos hablando en próximas ocasiones.

(1) Núñez, Lcdo. Francisco de: «Archivo de las, cosas notables de Molina». Capítulo 20. ,

(2) Archivo Histórico Provincial de Guadalajara. Protocolo 1760. Escribano: Luís Manuel de Benavides.

(3) Archivo Histórico Provincial de Guadalajara. Protocolo 1759.

(4) Archivo Histórico Provincial de Guadalajara. Protocolo 1760.

(5) Núñez, Lcdo. Francisco de: «Archivo de las cosas notables de Molina». Capítulo 33.