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La Flórula arriacense

 

Quisiera ser esta breve nota bi­bliográfica, un recuerdo para uno de los autores alcarreños de quien menos se ha hablado, y, sin embargo, de los que mejor y más entrañablemente han conocido la provincia de Guadalajara, piso­teada palmo a palmo, escrutada con la lupa en la mano, en una actividad de largos años, de den­so silencio, de apasionado amor por lo que de grande ‑campiñas, páramos, serrijones ‑ y de pe­queño ‑tomillares, amapolas, tri­gos ‑ hay en ella. Se trata de don Sergio Caballero y Villaldes.

Concibió este investigador una magna obra, en tres partes, que tratara de todo lo concerniente al mundo vegetal de la provincia, estudiando detenidamente no sólo las plantas de nuestra tierra, sino cobijado todo el trabajo en un ropaje de investigación histórica completo. Nada menos que diez tomos necesitaba Caballero para dar a la luz de la imprenta todo su trabajo. De ellos, sólo el primero llegó a las librerías, y, a pesar de ello, su visión panorá­mica de la flora (o flórula, como él la llama) de Guadalajara, es completísima, añadida con valio­sos documentos en que revive la presencia de lo vegetal a lo largo de toda nuestra historia.

Repasa Caballero las referen­cias que en libros, códices, docu­mentos, crónicas, etc. que se refieren a la provincia de Guadala­jara, aparecen nombrados algu­nas especies vegetales, o lugares y conjuntos arbóreos de los que hay memoria. Desde el siglo X aporta datos, haciendo gala de una erudición amplísima, pues ha repasado todo tipo de monumen­tos bibliográficos en su original búsqueda, haciendo a veces tra­bajosas investigaciones del texto.

Tras esta importante entrega de material histórico‑vegetal, Ca­ballero acomete el estudio de las regiones naturales de la provincia de Guadalajara, examinando igualmente antiguos relatos y documentos, concretando muy bien tres regiones, que incluso sitúa en un mapa, cual son la Alcarria, la Campiña y la Sierra, esta última abarcando los partidos de Cogolludo, Atienza, Sigüenza, Molina y gran parte del de Cifuentes, lo cual es a todas luces excesivo considerarlos como región única. La Alcarria y Campiña, sin embargo, quedan muy bien centradas y demarcadas, guiado fundamentalmente por los textos de las Relaciones Topográficas enviadas a Felipe II en el siglo XVI. A tenor de esta división, termina haciendo un breve esquema de «Geografía botánica» de estas regiones. Y lo completa con amplia bibliografía, entresacando capítulos, páginas, pasajes, en los que los autores que han tratado sobre Guadalajara en algún aspecto, lo han hecho más en concreto con su temática biológica y vegetal.

Sigue aún en este libro un «Catálogo de Flora arriacense prelinneana», localizando las diversas especies en las regiones provinciales, y acaba con un «Diccionario de los nombres vulgares de las plantas arriacenses prelinneanas». El libro, de 184 páginas en cuarto menor, es una verdadera delicia para el amante del campo alcarreño, y para todos aquellos que hacen del conocimiento profundo de la tierra de Guadalajara su afición favorita. Lástima que de este libro, editado en muy escasa cantidad el año 1924, no queden apenas ejemplares hoy en día.

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