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El palacio mendocino de Tamajón

 

El viajero y amador de las tierras los pueblos y las historias de Guadalajara, debería haberse acostumbrado ya al encuentro frecuente con un apellido: Mendoza, y, a una presencia, la verde­-roja y dorada de sus armas nobiliarias. Por cualquier camino alcarreño que tomemos, surgirá la sombra mendocina, el arco de iglesia, el recuerdo, de una batalla, de algún duque del Infantado, de conventos o palacetes por ellos erigidos.

La historia de España tendrá entre nosotros su pie más grande, porque entre nosotros tuvo vida y latido esta familia.

Pero la sorpresa siempre aguarda benéfica. Y es recibida con alegría. Nos, ha asaltado un día de lluvia y viento en Tamajón. En la calle principal’ del pueblo desembocando en su plaza mayor: es la presencia dorada, nobilísima, altiva incluso, a pesar de su tristeza, de lo que fue palacio de los Mendoza, señores de esta villa; y hoy ya ínfima ruina que nuestra sociedad debe tomar resueltamente en su defensa.

No demasiadas noticias sobre Tamajón hemos podido reunir. Y no es porque el pueblo, serrano no posea una historia rica y abundante. Su archivo municipal, digno de atento estudio, así lo proclama. Desde el siglo XIII figura en los privilegios del los Reyes de Castilla. En 1289 era su poseedora la infanta Isabel, hija de Sancho IV el Bravo.

Otros reyes dieron, y luego confirmación, a Tamajón sus derechos a llevar a pastar sus ganados en tierra de Ayllón, sin objeción alguna de pagar impuestos. Dejando libres también a sus habitantes, trajineros, comerciantes o arrieros, de pagar portazgos por sus mercancías en cualquier lugar del reino por donde viajaron.

La poderosa familia Mendoza tomó en su ­pertenencia la villa y su región serrana. En los repartimientos del marqués de Santillana, en el siglo XV, suena ya en su larga lista de pertenencias. Y el auge de la familia alcanza su cima en la centuria siguiente: don Diego de Mendoza ayudará mucho a la villa, y doña María de Mendoza, y de la Cerda llegará a fundar, en 1592, un, gran monasterio de religiosos franciscanos, del que aún quedan sus ruinas calladas.

Fue esta señora, sin duda, quien elevó el palacio mendocino en el centro del pueblo, pues sobre la puerta de entrada, en amplio medallón de plateresca raigambre, se ven nítidas las armas de los apellidos Mendoza y Cerdá, junto a  leyenda y fecha ya borrosas, aunque confirmatorias de estos años últimos del siglo XVI. Incluso en esos momentos Tamajón ve acudir a varios acaudalados y nobles familias que, en esa danza cortesana que los Mendoza arrastran allá donde van, dejan talladas sus casonas y plantados sus recuerdos en forma de pías fundaciones parroquiales.

En la iglesia de la villa queda la capilla de los Montúfar, acabada en 1596, fundada por don Alonso de Montúfar, natural de Tamajón, y su esposa doña Olalla Martínez. Y aún por las rectas y armoniosas calles del pueblo se ven portones de sillería recia, escudos y balconadas que muestran lo que fue Tamajón en  aquella época de esplendor.

De ella nos ha sido legado el importante recuerdo de este palacio mendocino. Y nuestra responsabilidad por salvarlo se acrecienta al mismo ritmo en que los elementos y los siglos que tiene de vida tratan de desparramarle le por el suelo. Se trata hoy solamente de la fachada del palacio, pues por lo visto hace ya años, y siendo entonces sede del Ayuntamiento de la villa, se le dejó impasiblemente venir al suelo en ruina irreparable. Un gran patio de arco semicircular servía de única entrada al edificio, todo él tapizado de buena piedra dorada de la tierra, en bien cortados sillares colocada. Sobre la puerta, un escudo redondeado que en poca pasada fue machacado concienzudamente, negándonos cualquier posibilidad de identificación. Queda en mejores condiciones el gran escudo de Mendoza y la Cerda ya citado, que se enmarca de una hornacina sujeta de dos balaustres y rematada en friso de elegante traza plateresca. Ventanas sencillas de la poca componen el resto de la fachada, que constituye un ejemplar magnífico de la arquitectura civil plateresca, hasta ahora sistemáticamente ignorado en todos los tratados y guías sobre el tema, y que no podemos, ni por lo más remoto, pensar en la posibilidad de perderlo.

Y esta posibilidad es, hoy por hoy, y desgraciadamente, la más real de cuantas se le ofrecen al edificio. A raíz de la ruina de su estructura, la sola fachada superviviente ve aparecer grietas cada día, y alterarse peligrosamente la verticalidad de su muro. En el pueblo se pensó incluso en dejarla caer, pues se trata de un auténtico peligro urbano. O derruirlo sistemáticamente. El alcalde actual, hombre de sano y recto juicio, piensa en que lo más acertado es salvarlo. De la manera que sea. Pero evitar a toda costa su desaparición. Porque es consciente de su valor y no sólo para el pueblo, sino para la provincia y la humanidad toda.

Y es aquí que surge nuestra llamada de atención hacia este monumento. Uno más, valiosísimo, de los que semignorados existen en la provincia de Guadalajara. No diremos aquí las invectivas que se acostumbran contra «el abandono de las autoridades, la desidia de las gentes, el encogimiento de hombros de quienes, debieran velar por ello». Es un monumento bello, común, enriquecedor de la vida pretérita provincial. Y, sinceramente, honradamente, cuantos puedan hacer algo por ello, deben sin tardar tomar sus posiciones. La voz está dicha. Sin acritud. Pero con firmeza.

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