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marzo, 1977:

Tradición universitaria. Los estudios de Medicina

Ahora que caminamos, con los seguros visos de realidades próximas, hacia una recuperada «Universitas Complutensis» que dejará oírla voz de la ciencia nuevamente en las riberas del Henares, bueno será que procuremos ir trayendo al recuerdo tantas y tantas cosas como a nosotros, los de Guadalajara, nos unen con esta tradición del saber universitario alcalaíno. El hombre que fundó este emporio de pasión humanística, primara llama que desde la Edad Media se elevó al tiempo moderno, fue el cardenal Ximénez de Cisneros, quien durante varios años se empapó de Alcarria por sus eclesiásticos destinos en Uceda y Sigüenza, y aun por haber ingresado, en la Orden franciscana en el convento  peñalvero de La Salceda. Mucho del rumor alcarreño llevaría en sus oídos y venas Cisneros cuando acometió la renovación de los estudios posmedievales desde comienzos del siglo XVI. La «Biblia Políglota» sirvió de arranque a esta corriente ancha que, ahora, nuevamente, quiere volver a dar su fruto. Podría, incluso, servir también de empuje a la renovación total de la dormida manera de enseñar que hoy gasta la Universidad española. Dependerá, como siempre, más de las personas que de los nombres o títulos de las, instituciones.

Aunque Alcalá empezó como núcleo de escrituraria, conjunción de filólogos y teólogos en orden a la empresa de la Políglota, enseguida extendió su dedicación a otras ramas del saber. La medicina fue una de ellas, ya digo que desde muy pronto. Y también de inmediato comenzaron a afluir los estudiantes alcarreños a esta facultad del arte curativo. Fue uno de ellos Cristóbal de Vega, nacido en Peñalver, y que si no hubiera sido por tener la Universidad cerca de casa, quizás nunca hubiérase lanzado al estudio. Hubiera perdido España uno de sus varones más doctos e insignes. Nacido en. 1510, sabemos que ya en 1530 tenía el título de bachiller en medicina. Alcanzó enseguida el de doctor, y en 1545 ganó, todavía en plena juventud, la cátedra de medicina en la Universidad Alcalaína. Eran entonces sus compañeros otros tres doctores, y todos ellos se dedicaban a lo mismo: al comentario público de textos hipocráticos y galénicos, tenidos por clásicos en esto de la medicina.

La personalidad docente, uni­versitaria del doctor Cristóbal, de Vega, se manifiesta en muchos, aspectos de lo poco que se conoce de su biografía. Ha sido de siempre un clínico efectivo, un sanador reconocido: doña María, de Mendoza, Alvar Gómez de Castro, y otros personajes de la cortesana ciudad de Guadalajara, declaran haber, sido tratados y curados por el doctor Vega. La proximidad de nuestra ciudad a la sede de la recién nacida Universidad, apuntaba  estas ventajas de poder usar de los servicios de grandes personalidades Médicas.

Pero el doctor Vega añade a su aspecto clínico, y Aun a pesar, del poco tiempo que, por atenciones a sus enfermos, le restaba, una pasión difícil de, superar por el estudio y la investigación. Sabemos que fue eminente conocedor de ­las lenguas latina y griega. La sed humanista de conocer todo el saber antiguo bebiendo en las originales fuentes, alcanzó también a los médicos. Se olvidan las tradiciones medievales, plagadas de errores, y se acude a la ordinaria fuente del saber: griegos sobre todo serán investigados a fondo, Hipócrates especialmente vuelve a ponerse de moda. En este aspecto inició también el doctor Vega sus publicaciones: el «Líber Progriosticorum Hippocratis», que le publicaron en Lyon en 1551, era una suma de comentarios a lo que él mismo había previamente traducido del griego, añadiéndolo «curri praeclaris Expositionibus» y completándolo con Anotaciones y Comentarios a Galeno. Años después editó otro comentarios a los Aforismos de Hipócrates, siempre puestos bajo el severo mirar de, su capacidad exegética y conocedora del idioma griego, muy en la línea de lo que el renovado saber  alcalaíno supuso para la ciencia española, toda.

No pasó ahí la actividad, publicadora de Cristóbal de Vega, el alcarreño profesor de Alcalá: en esta misma ciudad se, imprimió en 1554 el «Commentarius de Urinis», sobre los más variados aspectos del método príncipe en el diagnóstico médico durante varios siglos: la orina, de cuyo aspecto, olor, cantidad, densidad, sabor y otras particularidades, obtenían los médicos antiguos cuantos datos necesitaban para conocer el mal del enfermo. Con esta obra accedía Vega al punto de la actualidad científica, que iba a completarse, y quedar sancionada con su obra diez años después aparecido en primera edición, el «Liber de arte medendi», que constaba de tres libros: repaso general a la constitución del cuerpo humano; preceptos para conservar la sal y modos de curar las enfermedades». Como se ve, un auténtico manual dedicado, no sólo al estudiante, sino a todo aquel interesado por los más modernos conocimientos del arte médico. Con estas obras nos’ queda bien clasificado el profesor Cristóbal de Vega, como hombre sabio que es capaz de poner al día cuantos conocimientos ha ido atesorando la humanidad a lo largo de los siglos, con un sentido exquisito de la didáctica. Su fama, que día a día fue creciendo incansable, dando categoría por sí a la cátedra de Medicina de la Universidad Complutense, llegó a tanto en el siglo XVII, que en el año 1626, unos 50 después de muerto, se publicaron sus «Obras Completas», en Lyon, en un magnífico tomo en folio de 894 páginas, a dos colores, pieza magnífica que hoy guarda la Biblioteca de la Facultad de Medicina de Madrid, a donde iría, no cabe duda, desde esta de Alcalá en la que Vega fue catedrático y a cuyo recuerdo devoto se dedicaron muchas personas a lo largo de los siglos, queriendo ser este recuerdo nuestro de hoy la rememoración de esta que fue una de las primeras figuras de la enseñanza médica en Alcalá.

No es este lugar para hablar de ventajas concretas, de, soluciones prácticas que nuestra ciudad y provincia ha de dar y debe recibir en este momento de la creación, -recreación debería decirse ­de la Universidad de Alcalá de Henares. ­Creo que indicar este breve, y parcial, ejemplo de la tradición universitaria de nuestra tierra, que ha sido capaz, por circunstancias parecidas a las que ahora se trata de crear, de dar hombres de la categoría de Cristóbal de Vega, supone un nuevo punto para ese examen de conciencia, para ese «concienciamiento», que es palabra tan de moda ahora, que los alcarreños todos, gentes y autoridades, debemos hacer ante esta hora de partidas, de arranques, de trabajos que hagan de nuestra sociedad un cúmulo de auténticas civilizaciones. Bonita tarea, en último lugar, la que aquí brindamos para el primer doctor que de esta nueva Universitas Complutensis salga recibido: una tesis sobre la obra toda, y su auténtica significación, del peñalvero Cristóbal de Vega, catedrático de Medicina en Alcalá durante el comedio del siglo XVI. 

 

Cifuentes se restaura

 

Hoy podemos nuevamente, y esto nos alegra de una manera sincera y muy especial, dar noticia de un lugar de nuestra provincia en que se tiene en cuenta el arte y la cultura; en que se respeta la huella del pasado, y se trabaja por evitar su hundimiento, su pérdida y olvido. Este lugar es Cifuentes, en hondón de Alcarria mansamente prendido, enrolado ágil y decidido en la vida actual, pero con la conciencia clara dé su historia y sus tradiciones, y la pasión de enaltecer su arte y su costumbrismo siempre viva.

Decimos esto a raíz de dos acciones que el Ayuntamiento cifontino ha emprendido recientemente, y que deben ser conocidas, reconocidas de todos. La estampa derrotada, envejecida, tristemente acrobática de la espadaña del convento de Santo Domingo, que se ha paseado en los últimos años por fotografías y viajeras retinas, en ese estado de ruina amenazante de total exterminio en que una bomba la dejó hace cuarenta años, ha cambiado recientemente gracias a la colaboración habida entre el Ayuntamiento de Cifuentes y la Dirección General de Bellas Artes. Un arquitecto, don Santiago Climent, ha llevado a cabo la tarea dignísima de restaurar esta espadaña, que ya luce íntegra, y como desde su construcción en 1645 lució silueta y gallardía.

La plaza alta de Cifuentes es, hoy por hoy, uno de los rincones más bellos de la provincia. Lleva su nombre: «Plaza de la Provincia», y en ella hay de todo un poco: un crucero de ‑caliza piedra; una barbacana que se abre sobre la plaza mayor y tiene de interlocutor bravío al castillo de don Juan Manuel; una casona bla­sonada ‑la de «los Gallos»‑ del siglo XVI; una parroquia, con nombre del Salvador, torre fortificada y portalada románica de lo mejor de la región; y un convento. Éste de los padres dominicos que llevó por advección la de San Blas, y que desde el siglo XVII asienta en este altozano su digna presencia de dorada piedra, cada vez más raído y triste, pero todavía su estructura general conservada.: una puerta de paso a lo que fue convento, con el escudo de la Orden y esta frase: «Predicatorum parenti ac primo Inquisitori D. Dominico Guzmano Anno 1625`. Una iglesia amplia y ‑elegante, de planta de cruz latina, con gran portada occidental ‑está que hoy, sobre la teoría de líneas y hornacinas, escudos  y arquitrabes, luce su renovada gollería de piedra ‑, y otra portada meridional, cobijada por arco semicircular y escudo del obispo de Sigüenza, don Fray Pedro de Tapia, que antes de obispo fue fraile dominico, y dejó para esta fundación alcarreña alientos y dineros. Ese conjunto de talladas piedras, de sonoras sombras y galpantes sentimientos que al viajero le circundan en esta plaza cifontina, no pasa al olvido fácilmente. Es un lugar que ahonda con garra en la vena de quien busca el meollo y los, ayeres de la Alcarria. En esta hora viene de recobrar algo de su vieja estampa, de rescatar sobriamente el pasado para este hoy que tan escaso anda de preocupaciones de este tipo.

Y es aquí mismo, en Cifuentes, pero al otro extremo de la villa, donde el mismo Ayuntamiento, su grupo de munícipes en estas cosas preocupados, donde otra reliquia del pasado histórico ha sido rescatada y dignificada: la picota, o rollo, u horca que así se llama por diferentes lugares de la tierra, y que venía a significar el grado de villazgo independiente, ha sido, trasladada desde un desmonte a las afueras del pueblo y colocada, en el centro de una nueva plaza, en el camino ya de Trillo, realzada sobre unas gradas de piedra, y dando esbeltez de símbolo auténtico a lo que para muchos es simple piedra carcomida. Bello ejemplo de picota renacentista, esta de Cifuentes, con cabeza capitelina y estriado fuste, señal de un regimiento y una autonomía que dieron razón y aliento a la vida villariega durante varios siglos. Justo lugar y afecto el que su Ayuntamiento actual le ha dedicado. Y justo también, por merecido, el aplauso que mandamos a Cifuentes, a regidores y pueblo todo, por estos dos, rasgos que demuestran su sensibilidad y cultura. Ojalá que en  esto surja la emulación de otros lugares de Alcarria.