Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

julio, 1976:

Música en Buenafuente

 

A veces es difícil dar una noticia, cuando el tema a tratar tiene un ancho ramaje de entrañas cordiales que fuerzan a que la noticia, escueta y simple, explosione en canto y se haga henchido manar de añoranzas. Así me pasa ahora con la tarea que me he propuesto de cronicar el acto que el pasado sábado 3 de julio tuvo lugar en el monasterio de la Madre de Dios de Buenafuente del Sistal, junto a Huertahernando, en el partido de Cifuentes, de nuestra provincia. Consistió en la actuación del guitarrista universal Narciso Yepes, sentado en el presbiterio de la iglesia monacal, rodeado de cientos de amigos que no pudieron evitar lanzarle sonoros aplausos al terminar su actuación. Y supuso un acto primero, un acto único, una tarde inolvidable en la que el arte, la amistad, la firma de una institución viejísima que renace, y el sentido más auténticamente cristiano de sentir la vida se dieron cita y poblaron las horas.

La vieja iglesia románica, olorosa de piedra gris y musgos por los muros, estaba llena a rebosar de público. La luz en la, caída de una tarde gris y lluviosa, tiritaba de mansedumbre el poblado, y la mole del monasterio, cisterciense, ocho veces centenario. Dentro del templo, sobré las cabezas atentas y alegres de los asistentes ‑jóvenes en abultada mayoría- la penumbra cayendo de la alta bóveda picuda, dorando levemente el retablo mayor, los altarcillos laterales, donde la Madre de Dios, San Benito y San Bernardo ponían su barroca madera en atenta espera de la música. Sólo en el centro, iluminada bruscamente su leve, figura, su gran guitarra de diez cuerdas, Narciso Yepes, las manos seguras y portentosas de Narciso Yepes, el corazón medido y tenso de nuestro universal artista. Abierta sacristía, coro bajo y capilla de la buena fuente del Cristo de la Salud: rebosante todo de: público hasta el increíble extremo de no caber ya una persona más.

El recital fue largo y variado. Se dejó, ya de entrada, el protocolo y los oficialismos. Aquello era, simplemente, una reunión de amigos. De los «amigos de Buenafuente», con la carga de sinceridad y entrega que eso conlleva. El guitarrista fue explicando con detalle cada pieza. Vida del autor, significado de la pieza, técnica del instrumento, anécdotas,… con una carga humana que desbordaba la línea escueta del recital. Sonaron composiciones de todas las épocas y estilos: desde marchas militares inglesas, más antiguas aún que los muros del monasterio, a galantes canciones renacentistas hispanas. La Suite Española de Gaspar Sanz y tres composiciones de Bach. Piezas de Rameau y Scarlatti junto a canciones populares catalanas. Albéniz, Granados y Falla finalmente. Y aún después, porque afuera llovía mucho, y esperando a que escampara, dos temas de Bacarisse Y uno final de Albéniz. Triunfo total del virtuoso, del maestro, del guitarrista español que ha puesto su genial arte interpretativo en todos los países del mundo.

Al final, y dado que la noche continuaba, empapante de celestiales aguas y sonora de truenos, se dio de comer y beber ‑vino y magdalenas‑ a los peregrinos de Buenafuente, que con el respeto debido al lugar en que se encontraba, se dieron los parabienes mutuos bajo las cúpulas medievales del templo cisterciense.

Pero la crónica podría ir aún mucho más allá de cuanto hasta ahora hemos periodísticamente expuesto. El acto tuvo demasiados puntos de reflexión, o es que, quizás, ya el solo viaje hasta Buenafuente supone un acto de íntima búsqueda. El monasterio de la Madre de Dios está, ya todos lo saben, sobre las trochas vírgenes del  alto Tajo: entre bosques de sabinas y grises roquedales, batido de todos los vientos. Su historia es ancha y viejísima. Lo fundaron unos caballeros-­monjes venidos de Francia en el siglo XII y luego, poco después, fue poblado de monjas cistercienses, que aún lo habitan. Allí va quien quiere, y siempre es bien recibido Pero allí, van, con más frecuencia y un latido distinto al del mero turista, «los amigos de Buenafuente», y van a la amistad, van al encuentro de Dios de la paz, de la oración en común. Van a comprobar que la tarea de Buenafuente continúa viva: que el testimonio de las mojas, del, cura Ángel y de quienes ayudan a que aquello no muera, sigue latiendo. No es ninguna secta secreta, ninguna élite de cursis damiselas, ningún empeño de torcidas intenciones políticas o económicas. Los «amigos de Buenafuente» son simplemente eso: un grupo, numerosísimo ya, de gentes varias que aman una misma cosa, y que se han dado cuenta de lo que esas viejas piedras significan en esta época de desatinos. Y se unen, en el rezo, en la charla, en la comida, en el viaje, en el recuerdo, con ese común denominador que el cristianismo de hoy tiene: el de la salvación común de los Creyentes.

Otra tarde entera me estaría escribiendo ‑recordando, en suma‑ detalles y sugerencias de esta «Música en Buenafuente». Decir, por ejemplo, dé las manos de Yepes, que; parecían oficiar un sacrificio de tesón e inteligencia, de trabajo y dominio sobre las yertas cuerdas.

Esbozar la idea de que volvieron nacer, vírgenes, nuevas, las músicas de Falla, de Albéniz, de Sanz, de Bach y de Gr­anados. Sonaban por vez primera estas piezas, tan conocidas, entre los muros de la antigua iglesia románica. Y ello las daba el carisma de neonatas para mis oídos. Multiplicado escalofrío.

Preguntar,  preguntarse uno mismo el porqué de aquello. De tan numerosa reunión, silente cuando el ascua, de luz del guitarrista ponía un aire neto de religiosidad al ambiente. Saber, en fin, que no otra cosa que un acto de religión era todo aquélla. Silencio, emoción, creencia. Al final, todos cantaron el Salmo 8 « ¡Cuán magnífico es tu hombre en toda la tierra!», sorprendidos, una vez más, de haber nacido, de estar vivos, de testimoniar un mundo hermoso en el que poder dar algo propio y mejor.

No hubo autoridades en el acto. No acudieron a la invitación cursada. Fueron amigos, simplemente. Y Dios entre todos. Más que suficiente.

Sigüenza… y al fin las almenas

 

Las del castillo, sí, que ya se alzan nuevamente, como un resorte de continuada vida, frente al azul inacabable y los horizontes rojos que siempre tuvieron para diálogo místico y guerrero. Será en estos días que hacen mediar al año de gracia de 1976 cuando el castillo-fortaleza que dio silueta y solera, cuando no pálpito y coraza a la ciudad de Sigüenza, se ponga en marcha nuevamente y dé su timbre neto de servicio y testimonio, ahora en forma de Parador Nacional, de albergue suntuoso, confortable y dignísimo para cuantos vengan a visitar esta ciudad inigualable, este burgo increíble y sorprendente que es y será por los siglos Sigüenza.

Aquí, ante su mole grandiosa, teñidas puertas y murallas del color rosado, del rubor vigoroso de la sangre que circuló por la vena común y mayor de los siglos medievales, nos paramos a rememorar sus pasos y vicisitudes. Con el ánimo sencillo de prestar al viajero una emoción, una inquietud por sentirse grano y bandera, sonoridad de trompeta que devuelvan amplificadas las altísimas almenas, y un hilo leve pero suficiente por donde enlazar su paso y su mirada a la corriente multisecular, ya eterna podríamos decir, de la vida de este castillo.

Aquí los romanos, sí, que situaron su castro en estratégica altura, vigilante de un valle como el del Henares que fue asiento, desde aquí hacia arriba, hacia Medinaceli, de importantes núcleos de población ibérica, y lugar de tránsito para cruzar de una meseta a otra, traspasando este alto, duro y frío corazón de España que son las sierras de Barahona, Pila y Guijosa. Aquí, quizás, un núcleo visigodo, vigilante también, mínimo, capaz de garantizar su poder tambaleante, traspasado a los árabes, que no dieron en ningún caso excesiva importancia a este roquedal parduzco.

Sigüenza nace, se hace, y canta para siempre, desde que en 1124 don Bernardo, obispo y guerrero, todo un signo y un emblema, se posesiona de este peñón. Alfonso VII hace donación de la alcazaba a él y a sus sucesores, y pocos años después, toda la ciudad riente, al borde del río, es ya patrimonio de la naciente mitra.

Un pequeño reino surgiría de ese grano, antiguo. Un caudaloso borbollón de vida y sueños y pétreas, contundentes realidades, El señorío episcopal de Sigüenza ha sido un golpe de historia que ha llenado siete siglos con fuerza tal que ahí se mantiene, hoy de nuevo al viento como un reto, su testimonio. Los obispos seguntinos hicieron en el castillo, dominando ciudad y vega, caserío y pinares, su palacio residencial, Arsenal y sala de justicia, fortín y cámara secreta. El castillo de Sigüenza es el sello ejemplar de una historia que fiel nos reclama: los nombres de don Cerebruno, don Rodrigo, don Joscelmo y don Martín. Jinetes y predicadores, frailes de todas las órdenes, aristócratas, santos, maquiavélicos, intrigantes, generosos, conquistadores, déspotas, sabios, capitanes, diplomáticos, escritores… el más abigarrado cuadro de personajes, el centenar más dispar y rico de figuras eclesiásticas que pueda reunir en la gavilla de una mitra episcopal la iglesia española, tuvo en este castillo su alta sede.

Pormenorizar sería interminable, y requeriría un buen rimero de cuartillas y una pausa larga en que asentarse. Los nombres de unos y otros, sus escudos timbrados de verdes borlas y capelos, sus recuerdos ligados a un portón, a un cubo, a una sala, o a un pozo, verá el viajero a cada paso que dé por el recinto de este castillo. Que sepa, eso sí, que aquí, entre estas docenas requebradas de paredes imperturbables, se ha fraguado mucha historia de España. Que un arroyo de recuerdos vivos brotan de sus almenas, y que, desde la lejanía, la silueta altiva de esta mole habla sin parar del señorío que en Sigüenza tuvieron unos hombres que fueron sus obispos.

Girón de Cisneros, González de Mendoza, López de Madrid y Díaz de la Guerra, en avanzadilla episcopal de una época pasada; la recluida doña Blanca de Borbón, que tanta leyenda dio a Sigüenza, y hasta dejó su nombre en legado a una sala del castillo; el doctor Layna Serrano y otros entusiastas que con él y como él lucharon, cuando el vacío parecía ser su consecuencia, por recuperar para todos y para siempre este edificio sin par; Fraga Iribarne, Sánchez Bella y Martín Gamero, ministros del Estado para el turismo, dados sinceramente a esta tarea; Martialay, con todos los más caros adjetivos, y Picardo, finalmente, el arquitecto… Sigüenza, en fin, y España toda, por las altas almenas de este castillo tienen puesta su bandera mejor, su voz más verdadera.