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Las marcas de cantería

 

Hay una faceta de la historia y el arte de nuestra provincia alcarreña que es sistemáticamente ignorada por cuantos lo estudian, o admiran. Problemática que se extiende al restó del país y aún diríamos que de Europa, donde aún no se ha abordado con seriedad y rigor este tema. Que por otra parte, es verdaderamente sugestivo, misterioso, quizás clarificador de muchas parcelas de la sociología y la cultura medievales hasta ahora oscuras. Se trata de las marcas de cantería que, observando atentamente, se ven en todos los monumentos levantados durante los siglos de la Edad Media. Son unas casi im­perceptibles líneas, círculos o di­versas figuras trazadas sobre la piedra sillar de los edificios, unas veces repetidas monótonamente; otras, muy variadas en su forma. Desde la catedral de Sigüenza al monasterio de Monsalud, y desde las iglesias románicas de Molina hasta el palacio del Infantado en Guadalajara, por toda la provin­cia se extienden estas marcas. Quisieran ser líneas, al mismo tiempo que, de divulgación de un tema poco conocido, heridoras de una curiosidad, y capaces de entusiasmar a quienes podrían llevar a cabo, en una labor plena, de sugerencias, el «corpus» general de las marcas de cantería en la provincia de Guadalajara, paso previo para poder comenzar a elaborar teorías acerca de su significado.

Este es el tema más difícil, quizás, de la interpretación del arte medieval. Más oscuro aún que el de la iconografía de los «bestiarios», de los capiteles románicos de fondo mitológico oriental o del orden de los ventanales en los paramentos de las catedrales. Hasta el íntimo significado de las marcas de cantería, tanto en un orden general, como en el particular de cada monumento, nadie ha llegado. Fue don Andrés Pérez Arribas quien, en nuestra provincia, primero publicó un trabajo sobre este tema. Estudiaba y anotaba por épocas y monumentos las marcas de cantero de diversas edificaciones románicas y góticas del sur de la provincia: iglesia de Alcocer, monasterio de Monsalud, parroquia de Millana, etc. Aportaba algunas ideas acerca de su interpretación que no carecían de interés. Muchos otros autores, con anterioridad, se habían preocupado del tema: Cruzada Villamil, Mariategui, Martínez, Salazar, Pamo, Simancas y Viriato  Pérez‑Díaz, en España, y gran cantidad de extranjeros también lo han hecho, como, Didrón, Ainé, Kletz, Forrester, Raczyrisky y Bernardo Lopes. Hubo una época, en los finales del siglo pasado, en que el tema apasionó, y muchos historiadores del arte se lanzaron a las suposiciones. Para Viriato Pérez-Díaz estaba clarísimo el significado franc‑masónico de estos signos, pues muchos coincidían con letras del abecedario de estas sectas, y aún podían encontrarse los mismos signos en edificios de cualquier parte de Europa, lo que sería confirmación de haber intervenido en ellos gentes de una misma Hermandad o secta.

Quien ha hecho más modernamente el más cabal y desapasionado estudio del tema de las marcas de cantería, da sido el arquitecto español don Vicente Lampérez Romea, quien ha dado un repaso completo a su historia, localización y posibles significados. En realidad, la costumbre de marcar con algún signo las piedras sillares de los edificios, es antiquísima y ya usada por los caldeos, egipcios, persas y romanos. En las murallas de Tarragona he visto personalmente algunos grandes signos grabados. En la Edad Media se generaliza su uso, coincidiendo con el auge de los gremios y corporaciones obreras. Son los siglos XII al XV los que más abundancia muestran de ellos, y en el XVI prácticamente han desaparecido. De su posible significado no queda más que decir algunas de las principales, teorías que sobre ellas se han dado. Es la primera la que los cataloga como signos de un claro sentido esotérico y mágico, pues frecuentemente aparece la cruz esvástica, el macrocosmos o, sello de Salomón, el microcosmos o figura pitagórica, etc. Vemos muchos de éstos en las paredes del monasterio de Buenafuente, monumento construido en el siglo XII por canónicos franceses, que podían haber traído consigo sus propios albañiles, canteros y constructores. Si es cierto su entronque y pertenencia a logias masónicas constituidas por los canteros (no olvidar que el nombre de masón proviene del francés «maçon», que significa albañil, hombre que casas, «maisons») estos signos o marcas serían puestas por sus miembros como prueba de su existencia y mensaje perpetuo de su actividad. Más fácil es admitir otras posibles teorías. Así, la que propone sean estas marcas como firma de cada cantero o cuadrilla de ellos, para así justificar su trabajo y cobrar luego por el sistema de destajo: tantos sillares tallados, tanto se cobra. De todos modos, es difícil admitir esto, pues en todas las construcciones donde vemos estas marcas, en unos sillares aparecen y en otros no. De todos modos, existen incluso documentos que prueban haberse usado de este sistema de trabajo y cobro, y es la teoría más lógica.

Otras explicaciones para estas marcas de cantería podrían ser las que las explican como señales que faciliten, posteriormente a su talla, la colocación en los muros del edificio a que se destinan. Serían marcas de asiento en los sillares. En algunos casos, sin embargo, está demostrado que las marcas se tallaban cuando Ya la pared estaba colocada. De todos modos, aún pueden considerarse a estos signos como marcas personales de un obrero (inicial de su nombre; monograma), como relativo a sus creencias o, devociones, al estado social o profesional que, tiene aparte del de cantero, (una ballesta, una bota, unas tijeras), etc. Incluso podrían ser, en otros casos, explicativos de la persona que mandó labrar el edificio, del donante o fundador de un ‑templo o monasterio. En algunos edificios gallegos vemos confirmada esta teoría. Lo que sí es muy claro, tras estudiar muchas marcas de cantería de toda España, es que éstas no sirven para clarificar las épocas de construcción de los monumentos, pues marcas idénticas aparecen en construcciones de muy dispares cronologías e, incluso, estilos artísticos.

El repaso y colección de las marcas de los edificios de la provincia de Guadalajara, insisto, sería una tarea de verdadero interés para cuantos gusten de estas investigaciones. Como aportación inédita, facilito aquí la serie de marcas que aparecen en un edificio de nuestra ciudad, que se sale un poco de las corrientes normales en que se estudian estas marcas. Tanto por su época tardía de construcción (finales del siglo XV) como por su destino civil, el palacio del Infantado es un ejemplo curioso como poseedor de estas marcas. Junto a estas líneas se reproducen las que aparecen en los sillares inferio­res de la fachada.

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