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Don Bernardo, conquistador y obispo

 

La figura de don Bernardo de Agen ha sido siempre venerada en Sigüenza como la de un valeroso y benemérito varón que dio a la ciudad el sesgo de reciedumbre y de categoría que desde entonces ha tenido. Aunque natural de lejanas tierras norteñas, su vocación apasionada de guerrero y fundador le hizo viajar a la Meseta, con otros hermanos y compañeros suyos, donde desarrollaron la lucha Contra el moro, y pusieron las bases de un empeño socio‑cultural de cristiana razón.

De don Bernardo queda hoy cumplido recuerdo en la catedral de Sigüenza: sobre el muro de la girola, iniciando su recorrido desde la nave del Evangelio, entre las puertas de la sacristía menor y la de «las cabezas», se ve un sepulcro tallado en pálido mármol, donde se contienen sus restos, aparece su imagen yacente, y se lee larga frase relativa a su vida y obra. No es contemporánea de don Bernardo esta sepultura. En dos lugares diferentes reposó su cuerpo, uno de ellos en la capilla de San Agustín, una de las absidiales del primitivo templo románico, que desapareció al abrir la actual girola. De allí se trasladó a este lugar, siendo ‑ realizada su estatua y sepulcro por Martín de Lande en 1499, y luego, en 1579 retocada por Luís Usarte.

Es un nicho de la pared, sin base ni peana, enmarcado por dos pilastras que sustentan un arco escarzano, con intradós de casetones. Bajo la estatua se ven tres arquerías ciegas, de florido gótico, con sendos escudos nobiliarios en los extremos. El obispo va revestido con dalmática, casulla y capa, escasas de adorno, excepto la tira central de la casulla, que desarrolla un tema ornamental de entrelazos que recuerdan a una de las arquivoltas de la puerta románica de la catedral. Las manos cruzadas, en la izquierda porta manípulo, y en la derecha el anillo episcopal en forma de roseta. Apoya la cabeza, con mitra decorada vegetalmente, sobre un par de almohadones, más grande el inferior. A sus pies aparece un perro, signo de la fidelidad. Sobre el fondo o tímpano de ese arco que le cobija, vemos una curiosa y mixtilínea composición en relieve, en la que, encuadrada por sendos angelillos de rudo estilo renaciente, portando la cruz y el cáliz, vemos un encantador Calvario de tono gótico tardío, con un breve Cristo crucificado a cuyos pies dos angelillos sostienen un paño. A su derecha aparece la Virgen y a la izquierda San Juan, con su evangelio en la mano.

La leyenda, en caracteres del siglo XVI, dice lo siguiente:

«Aquí yace don Bernardo, natural de la ciudad de Aquino, del reino de Francia, fue capiscol de Toledo, y des / pues que España se restauró de los moros cuando el Rey don Rodrigo la perdió, fue el primer obispo de Sigüenza. Ennobleció y cercó esta ciudad. Reedificó y bendijo esta iglesia en el día de San Esteban del año 1123. Instituyó en ella pila y canónigos seglares de San Agustín. Hízoles donación con otras muchas / de los diezmos de esta ciudad, siendo Sumo Pontífice Calixto Segundo, reinando en Castilla y León, don Alfonso / VII que fue el llamado emperador. En esta era estaba de la otra parte del Tajo ocupada de moros / y por tradición antigua se refiere que este prelado fue a la guerra y dejó ordenado que si en ella muriese le traxesen a esta iglesia y en ella le enterrasen en la forma que lo hallasen muerto. Falesció / siendo electo arzobispo de Santiago año de 1143. Hallose en su antiguo sepulcro la cabeza hacia oriente y de la misma manera se trasladó y se puso aquí en el año 1598, siendo pontífice Clemente / VIII reynando en España don Felipe III deste nombre y siendo obispo y señor desta ciudad / Fray Don Lorencio de Figueroa y Córdoba y en este mismo año sé acabó la obra de este trascoro» Debajo de ella hay dos fragmentos mucho mas antiguos seguramente traídos de su primitivo enterramiento, en los que se lee, respectivamente: «El obispo don / Bernardo», y «su madre del obis / po don Bernardo»

La biografía, escueta de este hombre precisa corregir algún error de dicho epitafio, y así podemos saber que nació hacia el año 1080, en la ciudad de Agen, por entonces perteneciente al ducado de Aquitania, unido a la corona de Aragón. No era, pues, un extranjero. Su tío ocupó la silla episcopal de Segovia. Sus padres residieron en Castilla, donde otro hijo, don Pedro, ostentó la diócesis de Palencia, y la hermana de ambos obispos, doña Blanca, fue casada con un tal Sancho de Peñaranda, luego, señor de Moratilla y Séñigo.

Comenzó su carrera eclesiástica don Bernardo como capitular de Toledo, en su calidad de chantre. Nombrado obispo de Sigüenza en 1121, cuando aún estaba gobernada por gentes árabes, que desde Cuenca se asomaban por las serranías del Tajo y del Ducado hasta esta orilla del Henares, peleó junto, al rey Alfonso VII durante unos años, hasta que en 11124, el día de San Vicente, culminó su propia, ofensiva conquistando de manera definitiva la ciudad que a partir de ese momento, regiría espiritualmente. Años después,  en 1138, el mismo emperador Alfonso daba a don Bernardo el señorío y gobierno de la ciudad baja, añadiéndole el de la alta, con su castillo, en 1146, con lo que desde entonces los obispos vinieron siendo auténticos señores de toda la ciudad de Sigüenza y grandes territorios a ella anejos.

La obra de este prelado fue inmensa, dedicándose desde un primer momento en construir una catedral digna, comenzada pues en severo estilo románico; también desde el primer momento se ocupa en fundar y organizar el cabildo de hombres que le asistan y ayuden en tan difícil empresa. Y es en 1144 cuando la institución cobra un matiz de ascética vida religiosa, al aceptar por suya la regla de San Agustín. Incluso el mismo don Bernardo confiere todas sus posesiones a este naciente Cabildo de reglar contextura. A diversos concilios, españoles y europeos, asistió el prelado, y nunca cesó de conseguir donaciones para la ciudad, de dictar normas urbanísticas y comerciales para hacerla más rica y más habitable. Dice la tradición que murió en el lugar de Huertahernando, junto al Tajo, aún peleando contra los árabes. El hecho ocurrió en 1552, y desde entonces su cuerpo y su recuerdo reposó entre los pardos y fríos muros de esta catedral seguntina que él iniciara. Su recuerdo, símbolo de un par de fuerzas, militares y religiosas, común a la Edad Media hispana, prevalece aún entre nosotros.

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