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Un retrato del Obispo González de Mendoza

 

Nos hacemos eco, en este modesto trabajo, del reciente hallazgo de un cuadro que, sin gran valor artístico, encierra una cierta curiosidad con respecto a la historia de la ciudad de Guadalajara. Regalado por su fundadora al Convento de Jerónimas de Nuestra Señora de los Remedios, se mantuvo durante varios siglos en poder de esta comunidad. Con ellas fue al ser trasladadas al destartalado convento de la plaza de San Esteban, y, ya en nuestros días, cuando marcharon a Brihuega, regalaron el lienzo al heredero más directo de su fundador, el actual duque del Infantado, quien en espera de poder colocarlo en sus habitaciones particulares del palacio de su nombre, actualmente en restauración, lo ha dejado depositado al cuidado de la comunidad de religiosas carmelitas descalzas de San José, también en Guadalajara, donde lo hemos visto y fotografiado.

No saldrá pues, este cuadro de nuestra ciudad, para la que fue concebido, y mostrará todavía por mucho tiempo el recuerdo de unas figuras y una institución que hicieron más grande y henchida la historia del Renacimiento en esta orilla del Henares.

Representa el lienzo a la Virgen María en su  advocación de Nuestra Señora de la Misericordia o de los Remedios, con gran manto extendido que ángeles sostienen sobre variadas figuras que la imploran. En este caso son un hombre y tres mujeres estrechamente relacionados con la institución religiosa por la que fue pintado. No conocemos nombre del autor, ­y por fecha podemos dar cualquiera del siglo XVII, a cuya centuria indudablemente pertenece. A la derecha de la Virgen, arrodillado, orante y con su mitra en el suelo, revestido de los más lujosos ornamentos, aparece don Pedro González de Mendoza, obispo de Salamanca, fundador de la casa. A su izquierda tres mujeres, que con su ardor y, entusiasmo levantaron la institución por él fundada cuando a punto estaba de hundirse, y pusieron comunidad de monjas jerónimas en Guadalajara. Es a sus fundadoras, doña Clemencia Ponce de León, doña Teresa de Mendoza, y Bracamonte y otra linajuda compañera de piedades a las que con gran probabilidad pertenecen esas figuras oferentes. En su época, mediados del siglo XVII, sería pintado este gran lienzo, no pudiendo decirse, pues, que sea retrato auténtico el del obispo Mendoza, muerto casi un siglo antes, aunque si podemos afirmar son muy mendocinas sus facciones, con calva amplia y barba cerrada, que recuerda bastante a su tatarabuelo el gran Cardenal  de España.

Nació nuestro personaje en la ciudad de Guadalajara, hacia el fin del primer cuarto del siglo XVI. Fueron sus padres don Iñigo López de Mendoza, cuarto duque del Infantado, y doña Isabel del Aragón. Entre la numerosa prole que consiguieron estos dos nobles, fue don Pedro González uno de los más ilustres y más afamados. Tenía de quien heredar el talento, y el amor a las letras, pues su padre don Iñigo, revoltoso y comunero en sus años jóvenes, se dedicó siempre a las tareas intelectuales, incrementando  la biblioteca de su antepasado el marqués de Santillana, editando en una imprenta que hizo montar en su propio palacio el libro titulado “Memorial de cosas notables”, escrito por él mismo en 1564, y dando protección en su corte alcarreña a cuantos poetas y escritores se lo pedían.

El futuro obispo de Salamanca destinado por sus padres desde el primer momento a la profesión eclesiástica, recibió los arcedianatos de Guadalajara, Hita y Brihuega, de que disfrutaban siempre los Mendozas curas, y marchó a estudiar a Alcalá y, Salamanca junto con sus hermanos Pedro Laso y Hernando, a los que mantenía de sus propias rentas. Ya crecido e ilustrado, le fueron concedidas nuevas prebendas, que le dieron poder y riqueza: el arcedianato de Talavera, en el cabildo toledano, y las abadías de Santillana y Santander.

Joven aún, entró en la corte de Felipe II, quien le llevó consigo a Inglaterra, cuando en 1554 a desposarse con María Tudor. También, y por encargo del rey, que ya le conocía y apreciaba, se llegó hasta Roncesvalles con su padre, a recoger a la «princesa de la paz», Isabel de Valois, que llegaba a casarse, ya en tercera intentona, con el pálido rey Felipe, teniendo lugar la boda en el palacio guadalajareño, donde el duque empeñó su hacienda a costa de desplegar el lujo más inaudito que había, visto el mundo.

Ocurría esto el 31 de enero de 156o, y tres meses después el rey nombraba a. D. Pedro González de Mendoza obispo de Salamanca, con una renta anual de cuatro mil ducados. Quiso el nuevo prelado ser consagrado en su ciudad natal, y a tal fin vinieron, el 29 de septiembre de ese mismo año, los obispos de Cuenca y Sigüenza para realizar tan solemne ceremonia en la iglesia de San Miguel de Guadalajara, hoy ya desa­parecida.

Hombre recto, culto y austero renunció a todos sus anteriores cargos para ocuparse del nuevo puesto encomendado. Por Felipe II fue designado entre los prela­dos españoles que  habían de ir a Trento, para defender en su Concilio las líneas básicas Í de la Contrarreforma  Allí se distinguió don Pedro, desde 1561 a 1564, como ilustre teólogo y orador convincente, escribiendo como resumen de su actuación una obra titulada «Lo sucedido en el Concilio de Trento desde el año 1561 hasta que se acabó, por don Pedro González de Mendoza, obispo de Salamanca:. Y los pareceres que dio en las cosas que se propusieron en él, en las Congregaciones que hubo, desde que entró en Trento, que fue a 30 de noviembre de dicho año», de gran interés para la historia del Con­cilio, y que permaneció inédita hasta hace poco que fue edi­tada en Alemania.

Varios, años más permaneció al frente de su diócesis, aunque siempre abrigó el deseo de legar su fortuna a la ciudad de Guadalajara, por medio de alguna fundación pía. En 1568 redactó testamento, y aparte algunas mandas menores, dejaba su hacienda para la creación y erección de un colegio de doncellas, a instalar frente al palacio de su padre, la gran casa del Infantado, en terrenos adquiridos al marqués de la Vala Siciliana. Es curiosísimo el cúmulo de disposiciones en que estructura el colegio, al que deseó poner bajo la Advocación de «Nuestra Señora de los Remedios» Lo ordenó de manera que hubiera el mayor número posible de doncellas, regidas por una rectora “que sea hidalga e de hedad de zinquenta años por lo menos», poniéndolo todo al cuidado espiritual de doce capellanes, y bajo el patronato del prior del monasterio jerónimo de Lupiana, y de su amigo el chantre de Salamanca y arriacense de natura, don Luis de Alcocer. En 1571 vino don Pedro González por Guadalajara a contemplar el proceso material de su fundación, que consistía en amplio edificio paica residencia, y una iglesia de primorosa traza renacentista, que afortunadamente hoy se conserva, y ha sido restaurada recientemente. Los pleitos en que sus familiares metieron al colegio, hizo que éste se empobreciera, y en 1656 tuviera que ser transformado, por la intervención del prior de Lupiana, en convento de monjas jerónimas.

El día 10 de septiembre de 1574 falleció el obispo don Pedro González de Mendoza en su sede de Salamanca. Fue primeramente enterrado junto a sus antepasados, en el convento de San Francisco de Guadalajara, pasando unos años más adelante a ocupar el puesto que él había elegido, en el presbiterio de la iglesia de su fundación dónde de todos modos, no se le llegó a hacer estatua yacente como el quisiera.

De este interesante e ilustre personaje, y de su fundación ya desaparecida, es recuerdo, ahora vivo y coloreado, el gran cuadro que para la historia de Guadalajara se conservado, y aquí hemos brevemente comentado.

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