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Una corrida medieval (Se celebró en Hita el pasado día 5)

 

Un año más, la villa y cerro de Hita ha servido de canaladura hervorosa donde meter en cintura a las viejas tradiciones que, desmandas por libros, por leyendas y carcomidos relieves, se quieren escapar de nuestras manos. Y, como en años anteriores, aunque bajo distintos cauces formales, los protagonistas han sido los de otras veces: el arcipreste de Hita y la villa en la que dejó su aliento; el pueblo, grande y variopinto, capaz de todas las dimensiones, que puebla a España; y don Manuel Criado de Val, incansable alentador de esta jornada.

El Festival Medieval de Hita, que nació de unas cuantas manos alcarreñas hace ya algunos años, cuenta hoy con todos los espaldarazos oficiales: incluido en el programa de los Festivales de España, varios ministros y personalidades le avalan desde sus puestos en el «Patronato Arcipreste de Hita», que le rige. Encaminado a glosar la obra y la figura del poeta Juan Ruiz, en la villa alcarreña de laque tomó su título arciprestal, ha usado para ello de otros varios recursos, alejados en el tiempo y en el espacio, y ha sabido integrarlos en un programa, cada año vario y siempre sabroso, de espectáculo salvífico.

A los torneos, justas y juegos medievales que en anos anteriores ocuparon la arena del palenque de Hita, en esta ocasión ha sustituido una corrida de toros medieval que ha supuesto el aliciente fundamental de esta jornada que comento. Se pretendía con ello poner en movimiento una serie de antiguos modos del más castizo festejo hispano, ya perdidos y olvidados. Entre los de la lidia a caballo, el alanceamiento. Y entre los de a pie, la suerte de la azcona.

Adentrada la fiesta brava, el culto al toro, su reto y su victoria en el alma del pueblo hispano desde muy antiguos tiempos, es en el siglo XVI cuando aparecen algunos textos literarios, como el de Argote de Molina, «Discurso de montería», en que se describen con minucia los diversos modos del juego con los toros. Luego aparecen en el arte peninsular, castellano más concretamente, algunos ejemplos en el siglo XV, que perfeccionan el conocimiento de esta costumbre durante aquellas remotas épocas. Se ha querido, pues, revitalizar, en un experimento arriesgado y, nobilísimo, estas faenas. El toreo a caballo, tarea de nobles, junto a la lidia a pie, ejecutada por sirvientes de los caballeros o simplemente asalariados por el pueblo. Jinetes y peatones se convertían en Hita en exponente de un culto y un pasatiempo que enraizaba con lo más profundo del alma española.

De la lidia a caballo bajomedieval tenemos un ejemplo, pintado, en el artesonado del claustro bajo del monasterio de Santo Domingo de Silos. Es obra del siglo XV. Consiste en ciertas maneras de toreo con capa, desde los jacos elegantes y hábiles, y el alanceamiento o intento de dejar clavado sobre el morrillo del toro una corta y brillante lanza que el caballero porta sobre largo mango. En fin, y apoyado el intento, sobre descripciones literarias también antiguas, la manera de contar el lidiador con un «padrino» o compañero que, sin quitarle su categoría protagonística, le ayuda en su trabajo.

El sábado, en Hita, cumplieron con estas intenciones los magníficos jinetes Curro Bedoya y Luís Miguel Arranz. Luchando con toros de Victorino Martín, el primero hizo estallar su rejón en verdes y rosas sobre el lomo del gris astado, luciéndose en una difícil suerte entre las tablas y haciendo bonitos juegos con el toro. Sus dos lanzas se rompieron, matando luego bien. Más afortunado en la suerte del alanceamiento, y exquisito en sus gestos y florituras, estuvo Arranz. A ambos les fueron concedidos el rabo y las orejas de sus enemigos.

A pie compitieron Manuel del Olmo y Gómez Jaén. Ataviados, lo mismo que los caballeros, a la usanza de la baja Edad media, pusieron en práctica, aunque muy breve y tímidamente, la suerte de la azcona. Documentada gráficamente en una de las sillas de la catedral de Plasencia, talladas por Rodrigo Alemán a fines del siglo XV, esta suerte con la «azagaya» o «azcona» consiste en lanzarle al toro, a corta distancia, un dardo que debe clavarse en su costado o lomo, engañándole al tiempo con la franela blanca que el torero arrolla en su brazo siniestro. Un gran bicho negro le tocó a del Olmo, quien tiró con fortuna sus dos azconas y clavó un par de banderillas de laurel. El resto de su faena, dentro del estilo taurino del siglo XX, en el que no entro a opinar. Mató pronto y bien. Gómez Jaén anduvo más flojo en su actuación, la última del cuatrunvirato. Ganas de triunfar, algún pase de rodillas, varios sustos y airoso final, con los máximos trofeos, co­mo su compañero.

Se cumplió, en definitiva, con el fin propuesto. Quizás le quitara un tanto de autenticidad al espectáculo los anuncios comerciales instalados en las barreras, la chunga dulzaniera que más de una vez se fue por la fácil canción comercial, coreada entusiastamente por las palmas unánimes, del público. Ese choque continuo que se palpaba, del festejo medieval con las más vivientes manifestaciones de la sociedad actual: la música, las banderitas de colores, la propaganda, la televisión y el deseo de ver algo nuevo, algo que, aunque salido del pasado, se precipita y cuaja en el futuro, es lo que le dio una categoría de validez, de solubilidad, a la tarde de Hita.

No podemos decir lo mismo de la segunda parte del programa, que sorprendió por su mala organización y su absoluta carencia de autenticidad. En la Plaza Mayor del pueblo, ante un público que no sabía dónde colocarse, se repitió nuevamente el combate entre don Carnal y doña Cuaresma. Actuó de coordinador en este espectáculo, como ya es tradicional, el señor Toro‑Garland. Don Carnal y doña Cuaresma, en compañía de sus correspondientes cortes de bichos alusivos, se retan y pelean. Los textos eran del arcipreste, y la técnica del sonido no sabemos de quién sería, pero sorprendió por su ineficacia. No se oyó nada, no se entendió nada, no se vio ‑excepción hecha de los que cogieron primera fila y unos cuantos que treparon al árbol de la plaza- nada absolutamente. Sólo al final, colgado de una horca, se balanceó tripudo y sonriente don Carnal. Se ve que llevó las de perder. Fuera ya del espectáculo, un joven alto y de clara voz, de la sufrida corte de espectadores se permitió exhibir esta frase, rotunda y restallante: « ¡Viva el español, dirigido e interpretado por españoles!». Debía de ir dirigida contra alguien determinado, porque tuvo que salir corriendo como alma que lleva el diablo.

Sólo una palabra final sobre la complementaria exhibición de botargas serranas que se hizo en Hita el pasado sábado, día 5. Dentro de la general “fanfarria” medieval desfilaron las de Aleas, Arbancón, Montarrón y otra desconocida y absurdamente tocada con un gorro montañero de lana con los colores nacionales. Hasta hace poco, las botargas de nuestros enclaves serranos, de puro populares, eran elementos cultistas del folklore recóndito de España. Por una excesiva divulgación de estas figuras -y yo soy el primero en entonar el “mea culpa”‑ se han convertido en paisaje ramplón del Festival de Hita. Especialmente un par de estas botargas usó con tanto exceso de un aire entre chulesco y rocanrrolesco en sus movimientos por las calles del pueblo, entre los coros de aficionados a la muñeira, y al ton y son de la gente, que me permito proponer, si de verdad queremos que esta costumbre de la botarga se salve y continúe pura, no vuelvan a venir a Hita y se limiten a dar su tono, entre religioso y diabólico, en los pueblos de los que han salido.

Es ya, en fin, esperada esta manifestación de medievalismo para el próximo año, en el que podría intentarse, como reconstituyente a su fisiológica madurez, un cambio de escenario. ¿No tenemos en Guadalajara pueblos en los que bulle el Medievo en cada portalón y en cada esquina? Será cuestión de repasar el mapa: Atienza, Cogolludo, Palazuelos, Tamajón…

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