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Algunos recuerdos sepulcrales

En la mente de todos está la idea de una inmortalidad del hombre. En cualesquiera religión o sistema filosófico se ha atendido siempre al problema del más, de la trasvida, que es  ese otro estado misterioso que se abre, oscuro y vastísimo, inmediatamente detrás de la muerte. EI premio o el castigo por la vida realizada es, de todos modos compartido, incluso por los ateos: aquellos que hicieron buenas obras se salvarán, en cualquier caso, en la memoria y el respeto de cuantos les recuerden. Los hombres mueren, pero sus obras grandes o pequeñas, excelsas o ruines, les señalan una eternidad para, cada uno variable.

En  todas las épocas, ante esa angustia del desaparecimiento total se quiso proclamar un grito de permanencia, Sobre los cuerpos cremados y encerradas sus cenizas en vasijas; sobre los cuer­pos enteros e inhumados en su parca resistencia, los hombres dejaron escritos sus nombres, sus títulos, sus deseos más íntimos. Así han quedado, repartidas por la tierra, lápidas y enterramientos, laudas y cenotafios que son siempre una valiosa ayuda para el conocimiento de la historia. También en nuestra provincia de Guadalajara han sido esas piedras, labradas, escritas y esculpidas, los testigos fieles, de pasadas existencias. Muchas quedan aún desconocidas, ignoradas y aún deseo sal de salir ala luz. El relato completo de esas gotas cristalizadas de vida que son las lápidas y enterramientos, está aún por hacer.

Decimos esto muy especialmente an­terior de haber sido recuperada, para el acervo cultural alcarreño, de una curiosa lápida sepulcral de época romana, de una antigüedad que se remonta por lo menos al siglo III d. de C. y que apareció hace algunos años en las márgenes del río Henares, en la zona de Benalaque por donde cruzaba nuestra tierra la Vía Augusta que de Roma llevaba a Mérida. Hallada por los padres dominicos, que actualmente, poseen el terreno, fue por ellos custodiada y, tras las gestiones de algunos buenos alcarreños, ha sido recientemente traída al Museo Provincial de Bellas Artes de Guadalajara, donde aguardará la creación de esa tan necesaria sección de Arqueología que se proyecta.

Incompleta en su texto, pues falta una parte importante de su lado izquierdo, aún se pueden transcribir algunas de sus líneas: «DIS MANI / MMESSIOABASCAN, / SEGONTIO / IVLIA SCINTI.. A ‑MARITO / PIENTISSIMO ‑ ET ‑ SIBI». Difícil de traducir en su totalidad por la mencionada falta de una parte del texto, sí podemos afirmar que, conforme al rito de la religión romana, la, lápida está dedicada a los dioses buenos del hogar, los «dis manibus», que protegieron al sujeto en vida, y ahora se les pide lo hagan en su muerte. El recordado es un tal Meddio Abas, y su cargo público, que en la lápida sólo reconocemos por la primera sílaba, «Can», podría tratarse de un canciller o tribuno de la plebe (Canuleius) de la ciudad de Sigüenza, o también de un escribano o cantor natural o ejerciente de la romana Segontia. La lápida la colocó su mujer, Julia Seintilla, quien declara tenerle por marido, y luego figura un panegírico breve del difunto, también incompleto.

Otras lápidas de este tipo se han ido encontrando a lo largo de nuestra provincia, tanto en la vega del Henares como en la del Tajo, Tajuña y otros lugares, fundamentalmente junto a los antiguos caminos, donde los hispano­-romanos gustaban de enterrarse y quedar en la memoria perenne de todos los viajeros.

La religión cristiana, que dona a la muerte un nuevo sentido, hace  evolucionar estas costumbres y junta los cuerpos inertes de sus fieles al edificio sagrado de la religión, como vemos en esa infinita cantidad de lápidas, de laudas sepulcrales, de enterramientos, de mausoleos, incluso, que los hombres se construyen en el intento desesperado, de sobrevivir a la materia.

Sería verdaderamente curioso, ejemplar y utilísimo recolectar cuantos monumentos de este tipo abundan en la tierra de Guadalajara. Desde la lápida sencilla puesta en el suelo, a la entrada de la iglesia de Balconete, que el cura Crespo, en el siglo XVI, quiso dejar como recuerdo de su persona, y tapadera de su cuerpo, hasta las exquisiteces y desplegadas glorias del panteón de la condesa, de la Vega del Pozo, donde la muerte se destila en el bello mármol y la rizada, forma neorrománica.

Lápidas sencillas, como las que en Budia, en Brihuega, en Jadraque, en Valdeavellano y en cientos de pueblos más cobijan los muros de sus iglesias. Enterramientos de gótico sabor y renacentista brillo, como los que en la catedral de Sigüenza pueblan paredes y dan tema de estudio a los historiadores del arte. Y en fin, esos cientos de lápidas, blasonadas y turbias, cubiertas de la humareda de los pasos y, los, desconocimientos que en multitud de iglesias quieren damos su palabra, su mensaje social, su, querencia última.

Cuando el cura de Cobeta, en el siglo XVIII, decía, al referirse al generalizado uso de las sangrías entre los enfermos de su pueblo y con ellas “unos sanan y otos entablas las Iglesias”, parecía referirse a esos templos de Hita o de Cubillo de Uceda, en los que sobre todo este último, las lápidas sepulcrales cubren por completo el suelo del templo. En Hita, tras la restauración en los años cuarenta de la iglesia de San Pedro, todas las lápidas, en buen estado de conservación se colocaron en forma de zócalo en el templo, reuniendo así un gran acopio de documentación biográfica y heráldica sobre los habitantes de Hita en los siglos XVI y XVII, tema sobre, el que actualmente trabajamos, Hay otras, como las que en la iglesia de Santa María:, en nuestra capital, están rotas y desgastadas, pero que, como un precioso recuerdo del pasado, se han colocado ante el altar mayor. Esta es la tarea de cuantos en los pueblos se interesan por, las huellas del pasado: buscar lápidas abandonadas; limpiarlas lo mejor posible, cuidarlas y colocarlas, en lugares donde puedan ser contempladas y admiradas por todos. El lenguaje de las piedras es tan fundamental como el de la prensa o la radio, pues la civilización y la vida asoma en cada resqui­cio de realidad y de materia.

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