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La fábrica de paños de Brihuega

 

En ese cúmulo de torres, de abiertas plazoletas y’ hoscos soportales que a la Alcarria le ha nacido con el nombre de Brihuega, hay una institución que se balancea entre la sinrazón volátil de la historia y el contundente dato pétreo y martilleante. Es la antigua fábrica de paños, el redondo coto industrial que centró la atención fértil de la tierra del Tajuña, durante los siglos XVIII y XIX, y por cuyo tamiz pasé el ser o no ser de Brihuega, quedando al fin su gesto retratado en algún que otro párrafo evocador, como quiere ser esta líneas que siguen.

A la actividad del barón de Riperdá se debe el nacimiento de la afamada factoría de paños de la ciudad de Guadalajara, que muy pronto creció y precisó en su desarrollo de crear sucursales, como ésta de Brihuega, para atender algunos aspectos concretos y especializados del proceso de su fabricación.

El motivo por el que este tipo de industria se instaló en la villa de Brihuega, fue el de existir ya, desde el siglo XVI, pequeños núcleos, de categoría familiar y corto vuelo, dedicados a esto de las lanas: su tejido, teñido y comercialización. Felipe V de Borbón, al ver terminada felizmente para su dinastía la guerra de Sucesión, en la que tan relevante papel había jugado la villa de Brihuega, pensó que una manera de pagar a sus habitantes el valor que habían demostrado, podía ser ésta de concederles la instalación de una industria que les proporcionara medios de vida y posibilidades de inmigración a los pobladores de lugares cercanos. Fue, pues, este joven monarca quien creó la fábrica briocense de paños con categoría de aneja a la de Guadalajara. En 1750, en el reinado de Fernando VI, su ministro, el marqués de la Ensenada, dictó una reforma en esta clase de. instituciones, dejándosela en arriendo al gremio de tejedores, perfectamente organizado y con facultades de hacer y deshacer en su administración, hasta el punto de que, según los Estatutos que les regían, estaba estipulada la cuantía diversa de las multas que podían imponerse a los obreros que cometían cualquier error en el proceso de su trabajo.

Algo después, en el reinado de Carlos III, la fábrica de Brihuega adquiere su más alto rango. En 1767 vuelve al Patrimonio Real, se independiza de la fábrica de Guadalajara, centra las actividades de las de Vicálvaro y San Fernando de Henares, y se comienzan las obras de ampliación, que la van a con­vertir en eje primordial de una gran producción de manufacturas laneras, de las más importantes de toda Castilla. En esta época, la fábrica briocense daba ocupación, en sus 84 telares de paño, a más de 800 obreros, de ambos sexos y varia condición y categoría laboral, e incluso en muchos otros pueblos de la comarca, se ocupaba gente en ir hilando la lana para pasar al ‑último proceso de la fabricación de paños, bayetas y mantones.

En 1787, se completaba la construcción de los diversos edificios y dependencias de la fábrica, con sus dos grandes alas orientadas al Norte y al Este, con la portada principal en la primera, y un sencillo y neoclásico aparejo en piedra sillar que le servía de entrada. Lo que estaba construido, en primer lugar era la gran rotonda de fabricación, que asemeja plazal de toros desde la altura, y que le da una característica peculiar a la villa. Lo que en último término se levantaron fueron las naves del Norte, para poner allí las hilanderas, desmontadoras, perchas, perchadoras, tundidores y las oficinas de Contaduría. También se concluyeron los jardines de corte versallesco, que todavía conservan el murmullo borbónico, enclaustrado entre flores, pájaros y arrallanes, de sus primeros días. Era ministro de Hacienda don Pedro de Llorens, y superintendente de la fábrica don Ventura Argumosa, caballero de Santiago, tal como se lee al pie del escudo borbónico que, tallado en piedra, corona el patio primero de entrada a la fábrica, y que aparece junto a estas líneas.

Durante el reinado de Carlos IV, al tenor de la marcha general del país, la fábrica de paños de Brihuega vio disminuir su trabajo y productividad. Las condiciones de competencia de los paños procedentes del extranjero, hicieron perder interés a éstos fabricados en la Alcarria. Después, con la guerra de la Independencia, todo se derrumbó, administrativamente, llegando en varias ocasiones fuerzas napoleónicas y guerrilleras a llevarse los restos de lana que aún quedaban en sus naves, para elaborar con ella uniformes.

Al terminar el conflicto, Fernando VII depuso de su puesto de director de las Reales fábricas de Guadalajara y Brihuega a don Felipe González Vallejo, confinándole en Ceuta. En 1924, se decide nuevamente explotarla por el sistema de arrendamiento, ganando esta prebenda el marqués de Croy. Poco después, en 1828, la fábrica amenazaba ruina en algunas de sus partes, y era el propio gobierno el que acudía, aunque en precario a su arreglo. Esta fábrica sirvió, además, para fomentar la iniciativa privada, que se nutria de oficiales duchos en el oficio, establecidos por su cuenta, que ejecutaban primorosas labores en sus talleres propios. Otros tintoreros se dedicaban a poner de mil colores los paños fabricados.

Durante el siglo XIX fue muy intenso el proceso de producción y comercialización de los paños briocenses, quedando hoy reducido a la nada tras un largo y lento proceso de inanición. Sólo queda de todo aquello un vago recuerdo que aletea entre los habitantes del pueblo, y la presencia recia, grisácea y señorial de la fábrica, en lo más alto del pueblo, como una gigantesca máquina que se hubiera agotado en su danzar.

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