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diciembre, 1974:

El Prado de Santa María en Brihuega

 

En uno de los lugares de nuestra provincia en que más densa se hace la historia, y más consistentemente se palpa el arrastrarse de los tiempos pasados, es el Prado de Santa María, en Brihuega, lo que antiguamente fuera recinto exterior del castillo de la villa, y hoy es un umbroso parque de presencia recoleta.

En ese lugar han paseado, su rigor y su nostalgia desde los reyes moros de Toledo, hasta el monarca castellano Alfonso VI, a quien Al‑Mamún regaló el lugar y fortaleza. Sin olvidar las estancias sucesivas de los arzobispos toledanos, sus señores, y de los reyes de Castilla, viajeros por sus dominios y aquí alojados.

Se cierra el recinto casi totalmente por la muralla del patio exterior del castillo, y se abre por fa moderna «Puerta de la Guía», que atraviesa la gruesa muralla por septentrión. Especialmente orientados al Norte y al Oeste gruesos muros y torreones le da su recia presencia guerrera. Al NE del Prado se enclava el castillo. Casi con seguridad puede afirmarse su primitivo carácter de reducto, celtibérico,  pasando, luego a ser ocupado de romanos y visigodos, y más tarde de árabes que fortificaron la «Peña Bermeja» y dieron a este enclave un carácter de recinto guerrero y residencial. Ya en poder de Alfonso VI, el conquistador de Guadalajara y Toledo, fue  reforzado notable ente, siendo en las manos de le Sr. arzobispos toledanos, a las que pasó en 1086, en las que vino a tomar su grandeza y su definitiva prestancia.

En el castillo de la Peña Bermeja, pues, tiene su asiento don Juan obispo, don Pedro Tenorio, don Gil de Albornoz, pero es sobre todo a don Rodrigo Ximénez de Rada, canciller del reino con Alfonso VIII y su Hijo Fernando III, gran historiador, hábil político y diplomático, adornado de todas las virtudes que el hombre enérgico, inteligente y valeroso del Medievo podía acaparar, a quien se debe el engrandecimiento definitivo de este castillo, y con él, de todo el entorno que hoy le rodea. El fue, don Rodrigo, quien levantó, en el segundo cuarto del siglo XVII, la capilla gótica, de puro estilo nórdico, que aún se conserva imbuida en la torre mayor del castillo, que no es otra cosa que el relieve que hace al exterior el ábside de esta capilla. Capiteles vegetales, nervaduras pétreas, y un zócalo pintado con tracerías y dibujos de tradición mudéjar, completan ese recinto hoy en necesidad perentoria de restauración.

Al Prado de Santa María, el castillo da con un muro cubierto de hiedra, una plazoleta donde se ha instalado una fuente y un busto en bronce de D. Jesús Ruiz Pastor Serrada, gran benefactor e impulsor del desarrollo de Brihuega a lo largo de la década de los años 60.

Siguiendo la muralla en dirección Sur, nos encontramos, doblando el muro mediante cilíndrico cubo, una puerta de arco semicircular, moderna, que da paso a la capilla de la Vera Cruz, antigua dependencia del castillo, cubierta de larga bóveda de cañón, y que hoy es sede de los paso de Semana Santa y diversas imágenes. Junto a la puerta, una placa, obra del ceramista Chacón, puesta al final de septiembre de 1973 en, recuerdo y homenaje a los hermanos Durón, Diego y Sebastián, naturales de Brihuega, y afamados músicos en los finales del siglo XVII. En un rincón, una sencilla basa de piedra, sostiene cruz metálica recordatoria de unas Misiones.

Más al Mediodía, nos encontramos con la puerta, moderna, que da acceso al actual recinto del cementerio, y que en tiempos pasados fue patio de armas de la fortaleza. Entre el silencio albo de las tumbas, aún parecen oírse el discurso de la historia, con el color púrpura de los mantos y el lucido brillar de las armaduras por contorno.

En el extremo sur del Prado, aparece, por fin el templo parroquial de Santa María. Iglesia de transición del románico al gótico, con una magnífica puerta de acceso, bajo tejaroz, orientada al norte, con arcos apuntados cuajados de puntas de diamante y decoración vegetal, y unos capiteles con escenas marianas, muy curiosos. En su interior, de una equilibrada y bellísima arquitectura gótica, con aditamentos platerescos puestos en el siglo XVI por el cardenal Tavera, cuyo escudo luce sobre la puerta occidental, se conserva la imagen románica de la patrona de la villa, la Virgen de la Peña. La tradición dice que fue en ese mismo lugar, en la «Peña Bermeja», sobre la que se asienta el castillo, donde la Señora de los Cielos se apareció a la princesa. Elima, hija de Al‑Mamún de Toledo.

Una verja circunda el extremo del Prado, dan a la vista una panorámica inigualable sobre los cercanos huertos, el Tajuña discurriendo manso entre las arboledas del fondo del valle, que se pierde en la lejanía, y las fronteras parameras de la Alcarria, que cierran el horizonte por el Sur. En ese pequeño rincón extremo, una Cruz de piedra recuerda el sacrificio de cuantos cayeron en la guerra de 1936‑39, defendiendo el auténtico ser de España.

A Occidente del Prado de Santa María, un edificio pesado y sin particular interés arquitectónico le cierra. Se trata de lo que, a comienzos del siglo XVII, fue convento de frailes franciscanos, fundado por don Juan de Molina, en .unos pequeños cuartos anejos a la muralla. Luego creció la fundación, fue habitada de frailes de la reformar hecha por San Pedro de Alcántara, y al fin, en 1835, al ser exclaustrados los religiosos, se convirtió en Hospital de la Villa. Hoy se dedica a Escuelas Nacionales.

Continuando este sector de cerramiento del Prado de Santa María, aparece nuevamente la muralla, en la que se abre el arco del «juego de pelota», flanqueado por dos voluminosos y recios torreones. Una casa ocupa el ángulo N.O. de esta zona, y unas huertas y jardines rellenan el resto.

La conjunción de monumentos civiles y religiosos, de plazas, cruces y veletas, de gruesos árboles, de vistas al valle, de recuerdos históricos y alucinante sosiego, dan al Prado de Santa María, en Brihuega, un carácter y una fuerza de atracción como muy pocos otros lugares en nuestra provincia. Es un rato inolvidable el que tú, lector amigo, puedes pasar recorriendo de un extremo a otro los mil y un recovecos sentimentales y artísticos de este entorno.

Presencia judía en Guadalajara

 

Esa raza fértil, inteligente y elegida por Dios que es la hebrea, en triunfo resonante sobre el cercano oriente, durante los antiguos tiempos, y luego en dispersión total por el mundo en los últimos dos mil años, ha dejado en España las huellas de su paso en multitud de recuerdos, monumentales y en gran cantidad de hechos históricos. Desde su llegada en los siglos del cristianismo, hasta su expulsión intencionalmente, definitiva en el siglo XV por los Reyes Católicos, los judíos se, asentaron también en las tierras de Guadalajara.­

En numerosas  localidades de nuestra, Provincia tuvieron organizado asiento los hebreos, por medio de aljamas o comunidades, que era el único modo en que se acostumbraban a vivir. Así es segura su existencia en las localidades de Sigüenza, Guadalajara. Hita, Alcocer, Mondéjar, Jadraque, Atienza, Brihuega, Torija, Pastrana,  Almoguera, Cifuentes y Tendilla (1). De algunas de estas villas y ciudades, quedan recuerdos más abundantes que de otras. Así, Por ejemplo, en Hita, se sigue llamando «el Mulatar de los Judíos» a una parte del pueblo en que se dice habitaron. Su aljama fue muy numerosa e importante, viviendo en ella celebrados personajes, incluso algún médico famoso (2). En el propio castillo de Hita tuvo el judío Samuel Leví, tesorero ma­yor del rey Pedro I de Castilla, sus depósitos y recaudaciones,

También Atienza tuvo judería enclavada en un altozano al Este de la población de la que hoy sólo quedan ruinas y murallones. Se encontraron en ella, hace tiempo, huesos de sus habitantes, que eran enterrados allí mismo, y monedas de cuño hebreo.

La colonia judía de Brihuega fue notable. En el siglo XV, concretamente en 1436, su señor, el arzobispo, de Toledo dictaminó una orden en la que imponía el respeto y la protección hacia los judíos, y don Pedro Tenorio puso luego en miércoles el mercado, para que acudieran a él sin dificultad de celebrar sus ritos religiosos, (3). Por entonces, tenían los judíos briocenses, una importante sinagoga, cuyo recuerdo ha quedado hoy en la llamada «calle de la Sinagoga». El templo de San Simón, de estilo mudéjar, fue también sinagoga hebrea, según Amador de los Ríos (4), erigida en el siglo XVI por la poderosa al­jama judía, de Brihuega, que en 1474 era tan rica como las de Madrid y Ciempozuelos (5). Otros autores más modernos, han desechado esta teoría, creyendo que en realidad se trató del ­templo mahometano (6).

La ciudad de Guadalajara contó, siempre con abultada colonia hebrea. Cuando Alvarfáñez entró en la ciudad, halló que en esta moraban juntos moros y judíos, sin problemas. Y lo mismo que a los árabes, permitió a los hebreos, que continuaran viviendo y teniendo su sinagoga (7). Precisamente, en los siglos de la Edad Media, ya de dominio cristiano en la ciudad, fue cuando loa judíos vivieron más cómoda y ricamente en Guadalajara.

Cuatro fueron los templos hebreos en la ciudad del Henares. Cuando en 1492 se hizo relación de los «bienes comunes que los cabildos e cofradías e aljamas de los judíos de la ciudad de Guadalajara tenían e dexaron», se citan entre otras cosas «las lámparas de las sinagogas».

La Sinagoga  mayor de Guadalajara parece ser que estuvo en el centro de la zona judaica, en lo que hoy son calles de Francisco Cuesta, Teniente Figueroa, Inge­niero Mariño y Benito Hernando, siendo el nombre de la actual «calle de la Sinagoga» un recuerdo de aquélla, que fue cedida por los Reyes Católicos a la  familia de Labastida (8), y más tarde, derribada para construir el convento de la Piedad por doña Brianda de Mendoza, en los alrededores del palacio de su tío, don Antonio de Mendoza. Desde mucho antes, ya en el siglo XII, era, este el barrio judío. En se centro fue colocado el, convento de Santa Clara, y a estas monjas le vendieron casas y huertas anejas algunos judíos, como Samuel Camhy, quien en 1290 vende a las clarisas «unas casas de la colación de San Andrés, lindantes con las de Fernando, Pérez, y otra casa que fue sinagoga».

Las otras tres sinagogas de Guadalajara, de menor importancia que la anterior, fueron «la sinagoga vieja de los Matutes», mencionada por don Zulema – Asayel, en un documento de 1490, en el que dice «en nombre de la synoga que disen de los Matutes…  e de  los onbres que disen  orasión en   élla». Las otras se llamaban sinagoga de Midrás y Sinagoga de los Toledanos (9). Esta última debía andar por la actual cuesta de Calderón, y fue cedida en 1492, por los Reyes Católicos al Monasterio Mercedario de San Antolín, para que en ella pusieran un pequeño hospital. Dice así el documento de donación… «para reme­diar tan grande necesidad como teníades, vos fiziésemos merced de la Sinoga, que se llama de los Toledanos, que los judíos de la dicha Ciudad (de Guadalajara) dexaron, al tiempo que salieron destos nuestros Reynos, donde pudierdes fazer casa de enfermería para que los dichos religiosos se curasen…» (10). Pocos años antes, en 1472, el comendador de dicho convento­ suscribía censo de unas casas de Guadalajara, propiedad del cirujano hebreo don Huda Correr (11). El cementerio hebreo estuvo situado en frente de la puerta de Feria o torreón de Alvarfáñez, al otro lado del barranco de San Antonio. Lo llamaban «Castil de judíos». Hubo también importante aljama en Sigüenza. Dado que en 1415 se mencionas unas casas situadas «en el arrabal, y judería nueva» de la ciudad, situadas, fuera de la muralla, es lógico que hubo un barrio judío más antiguo situado en el interior de la población. El Cabildo mantuvo siempre relaciones comerciales con los hebreos quienes compraban y vendían casas a los clérigos (12).

El 15 de febrero de 1496, tras la expulsión, el Cabildo seguntino, que quedó en automática posesión de los bienes de los judíos, in­tentaba vender «la sinagoga» a Pero Laso. En septiembre de ese mismo año, tomaba posesión de una parte del edificio el licenciado Villena, notario de, la. Inquisición en Sigüenza. En los años siguientes, el Cabildo la arregló y retejó, y, finalmente el 19 de diciembre de 1498, la vendió al Señor Doctor (el médico del cabildo), en 20.000 maravedíes (13). El lugar donde estuvo situada esta sinagoga es difícil de concretar actualmente, pues, mientras un documento del Archivo Catedralicio, de 1343, la dice situada en la calle de San Vicente, actualmente existe en Sigüenza un calle que se llama «de la Sinagoga», que sube desde la Travesaña alta en dirección a la iglesia del patrón y al castillo. Según don Aurelio de Federico, este nombre es moderno pues antes se llamaba «calle de Judas», tal vez por Judíos, que habitaban en ella. En esa zona alta, de tojos modos, tuvieron su centro social, los hebreos de Sigüenza.

Por el resto de la provincia, se asentaron, a veces en plan de trashumancia, otras en forma de residencias habituales, los judíos. Algunas huellas tangibles de de su paso nos han quedado, como son las marcas de cantería de algunos edificios, entre los que recordamos ahora la iglesia de Pinilla de Jadraque, y el mismo Palacio del Infantado lo que supone que trabajaron en los menesteres manuales, y esa exalfa o estrella de David, símbolo perenne del pueblo hebreo que aún vemos en el aljmez de las ventanas absidiales de la iglesia de Santa Colomba, en Albendiego.

NOTAS

(1) Catalina García J. «La Alcarria en los dos primeros siglos de la reconquista”, tercera edición Institución “Marqués de Santillana” 1973, p. 53.

(2) Cantera, F. y Carrete Larrondo, C. “La judería de Hita” Sefarad, XXXII (1972), f. 22

(3) Catalina García, J. “El Fuero de Brihuega”, 1887.

(4) Amador de los Ríos, R. “La Sinagoga Mayor de Brihuega” La Ilustración Española y Americana, Spt., 1903, p. 171.

(5) Amador de los Ríos, R. “Historia social, política y religiosa de los judíos de España y Portugal”, t. II, p. 53.

(6) Cantera Burgos, F. “Sinagogas españolas”, Madrid 1955, p. 179

(7) Torres, F. de “Historia de la nobilísima ciudad de Guadalaxara”, manuscrito en la Biblioteca Nacional.

(8) Pareja Serrada, A. “Guadalajara y su partido”, 1915, p. 59.

(9) Cantera Burgos, F. op. Cit., pp. 225.227.

(10) “Donación que hizieron los Reyes Católicos a los Frayles de la Merced, de la Sinagoga de los Judíos, para hacer enfermería en Gudalaxara”, al fol. 11º del manuscrito de fr. Juan Talamanco, sobre noticias del Convento de S. Antolín en Guadalajara.

Arte recóndito: Santamera

 

En el partido de Sigüenza, ahondando su frágil existir en la rocosa encrucijada de un paraje maravilloso, se encuentra el pueblo de Santamera, muy poco visitado todavía por el problema de comunicaciones que posee. Desde la carretera que comunica Atienza con Sigüenza, parte un pequeño y pedregoso ramal hasta las salinas de Gormellón, donde un hombre montado en una carretilla mecánica arrastra sal y enarbola su disgusto por tener que ceder un paso de su propiedad para el tránsito de vehículos y personas hacia el cercano pueblo, con cuyos habitantes no debe mantener, a tenor de sus declaraciones ­acaloradas, muy buenas relaciones. Pero seguimos adelante, junto al río Salado que ahora viene desbordado y embarrado de anteriores lluvias, sin posibilidad de ser cruzado a la entrada del pueblo. Por estrechos y escarpados caminos nos lleva el vehículo, atravesando un puentecito inestable, hasta las rocosas callejas de Santamera.

El paisaje supera todo lo imaginable en cuanto a grandiosidad y colosalismo. Enormes paredes grises, afiladas en su remate, caen en vertical sobre las casas, algunas de las cuales se excavan en el duro elemento. Escaleras talladas en la piedra forman las calles del pueblo, por las que corren, ahora, inflados, algunos arroyos. Árboles ya secos, en cada esquina del paisaje, y un trozo de cielo que, muy alto y lejano, da luz a este mínimo habitáculo de nuestra provincia. «En primavera ‑nos dijo una vecina de Santamera ‑ esto se pone que da gloria verlo». Nosotros prometemos una nueva visita para entonces.

Pero nuestro objetivo ahora, es otro: es explorar la huella del genio español, del poder creacional de nuestra raza, en los siglos pasados en los que toda la tierra hablaba en nuestro idioma. Ese arte recóndito, para nosotros casi insignificante pero pletórico de las más puras esencias del genio humano. Y lo hemos encontrado. Callado y sumiso, expresivo en su plena oscuridad.

La iglesia de Santamera, maciza y agrisada como por reflejo del paisaje circundante, está situada en lo más alto del pueblo. Se abre, su puerta al mediodía, sencilla y con una ornamentación de bolas en la arquivolta única. Nave única también, con el presbiterio coronado por arquería nervada. Obra del siglo XVI, con, reparación final en el año 1957.

Lo más destacable de esta iglesia es su retablo. Sorprende al viajero encontrarse, en este apartado, y humildísimo lugar, la riqueza pictórica y ornamental que suponen 19 tablas pintadas al óleo, representando escenas de la vida de Jesucristo, en no mal arte de comienzos del siglo XVI. No es extraño, por otro lado, este encuentro. Teniendo en cuenta el extraordinario florecimiento que en esa época tuvieron toda clase de artes en la ciudad, de Sigüenza, núcleo religioso, cultural y artístico en la España de Carlos V, muchos pintores seguntinos, y aun otros extranjeros afincados en la ciudad mitrada, se dedicaron a realizar trabajos, algunos de gran envergadura, para las iglesias de los pueblos cercanos. Recordemos, entre otros, los estupendos retablos de Bochones, Bujarrabal, Pelegrina, Riosalido, y, en fin, este mismo de Santamera. Su paternidad, es desconocida, y de sus características se nos hace difícil hablar por, la total, oscuridad en que se halla sumido este templo. Las tablas, que como digo, representan escenas diversas de la vida y Pasión de Cristo, van separadas entre sí por jambas columnas y frisos cubiertos de grotescos policromados. Las más altas rematan en sendas veneras, y la central, con representación de Dios Padre, se culmina frontoncillo y todo ello haciendo un conjunto muy característico del retablo renacentista en nuestra región. Presidiendo el conjun­to, una imagen de la misma época, talla de Santa María Magdalena.

Por razones que desconocemos, se quitó de este retablo el Sagrario que lo completaba, todo él cargado asimismo de grutescos y pequeñas tallas de santos en hornacinas, teniendo un relieve de la Resurrección de Cristo, en su puertecilla. Si conserva, de todos modos, en la sacristía, junto a una magnífica tabla, también del XVI y de la misma mano que el retablo, en que patéticamente se refleja la escena del Calvario, en colores todavía muy vivos, y estupendo es­tado de conservación.

Otras obras de arte, también de sumo interés, son el altarcillo dedicado a San Roque, obra del siglo XVII, con diversas tallas de santos y apóstoles, así como la Cruz procesional, en plata repujada, trabajada exactamente en 1551, pues así lo confirma la fecha que lleva grabada en sus ador­nos, y de la que se desconoce el autor que la elaborara.

Allí anduvo con el viajero don Daniel Muñoz, hombre caviloso y sentenciador, anciano amante de su pueblo y las cosas que en él quedan, que se entretuvo en rememorar algunos viejos dichos de Santamera.

Afuera, en la urdimbre cenicienta del día otoñal, lluvia y viento se columpian de las rocas. El arte recóndito lo era un poco menos, y el viajero sentía latir, aún más viva y sonora, la palabra majestuosa del pasado de España. Que en el lugar más inesperado, como aquí en Santamera, surge poderosa y clara.