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Es necesario salvar: archivos y documentos

La huella más fiel, más numerosa y cantarina del pasado, la constituyen esos documentos apergaminados y polvorientos que entre los basares de madera apolillada de sacristías y concejiles despachos, aún esperan decir su mensaje de honda sabiduría. El contacto durante mucho tiempo con esos queridos y olorosos pergaminos y legajos me ha llevado a profesarles un cariño tal, que, ahora deseo rendirles ese homenaje que merecen a su callad a y brumosa existencia, pidiendo al mismo tiempo para ellos, el respeto y la protección que necesitan para su futura supervivencia.

Cuando aún no existían ni los modelos oficiales de impresos, ni mucho menos los recopiladores cibernéticos de datos, los hombres de Estado, los administradores de propiedades particulares, los escritores concejiles, procuradores conventuales y otros profesionales de la escritura se dedicaban el día entero a copiar pacientemente las fórmulas rigurosas que precedían y arropaban a las donaciones, com­para-ventas y de bienes, o bien se dedicaban a ir traspasando, con el rasgo fino del cálamo, sobre el papel fuerte y vigoroso, la tradición oral o escrita referente a historias y sucesos de las ciudades y las personas. Con esos documentos, generalmente escritos con letra hermosísima pero muy difícil de descifrar hoy en día (letra francesa, gótica, procesal, etc., que fue evolucionando a lo largo, de los siglos) los historiadores molernos han podido ir reconstruyendo, a base de sintetizar numerosísimas informaciones, la historia de las ciudades, de las regiones, de las instituciones humanas que han ido modelando nuestro actual momen­to.

Pero, desgraciadamente, el respeto de la gente no ha sido paralelo al de la importancia que estos documentos tienen. He visto personalmente en algunas casas y comercios, cómo se han hecho decorativas, lámparas con la piel dura y tapizada en tintas y colores, de antiguos pergaminos, sacrificando su infinito valor histórico al ruin y perecedero de lo decorativo. Detalles como ése, llenan de vergüenza a cualquier, persona que se considere amante del pasado. En guerras y revoluciones (la de la Independencia contra los franceses, la bolchevique de los años treinta, etc.), también se, arremetió contra los viejos e inofensivos papeles que guardaban celosamente la palabra no dicha del pasado, perdiéndose así unos conocimientos y unos datos que hubieran hecho, a su modo, mucho más rica a la nación española. Incluso fuera de esos radicales disturbios sociales, el tranquilo y en apariencia pasar de los días, a través del cedazo de manos y mentes atrasadas, ha ido consiguiendo que muchos libritos manuscritos memorias y recopilaciones de tradiciones orales, e incluso archivos enteros de municipios e instituciones religiosas, hermandades, conventos, etc., se hayan dispersado en propiedades particulares y aún hayan desaparecido del todo, sin provecho para nadie. Un ejemplo de todo ello puede llegarnos en la letra del «Inventario» de los bienes pertenecientes al convento de carmelitas de Budia, hecho en ocasión de la Desamortización de Mendizábal, en el siglo pasado, y ‑que se publicó en el Boletín Oficial de la provincia, de 8 de mayo de 1837. Decía así: «Libros de la Biblioteca: una librería compuesta de siete estantes de pino con más de ochocientos, libros viejos, que por estar estropeados y de mal uso con las invasiones de los enemigos, no sirven para otra cosa que para papel viejo». Con semejantes patrones de comportamiento, no es raro que se hayan perdido incunables, relaciones valiosísimas y hasta algún que otro «Beato, de Liébana», como por ejemplo el que constaba existir, a comienzos del siglo XVII, en la biblioteca del convento franciscano de la Salceda, entre Tendilla Y Peñalver.

Afortunadamente, no todo ha sido del mismo cariz calamitoso, y han logrado salvarse importantísimas colecciones de documentos, ‘que hoy conservan con cariño y total veneración en multitud de Archivos. Sin ‑ pretender agotar. la relación de lugares donde puede encontrarse hoy en día lo más numeroso e importante de la documentación referente a  la historia de los lugares, las instituciones y las personas relacionadas con Guadalajara, es preciso, mencionar el Archivo Histórico Provincial, localizado en el Palacio del Infantado de Guadalajara, en el que una inacabable colección de documentos, procedentes de los protocolos notariales de la ciudad, lleva en sus páginas el discurrir de Guadalajara desde el siglo XVI hasta nuestros días. Lo mismo cabe decir, a nivel de actividad concejil, con el Archivo del Ayuntamiento de la capital, en el que hay documentos desde el siglo XIII.

Otro lugar de importante riqueza documental lo constituye el Archivo de la Catedral y Cabildo de Sigüenza, con multitud de datos acerca de la ciudad y su obispado, donaciones reales, libros becerros, etc., procedentes de antiguos monasterios y conventos, así como de iglesias, fueron llevados a Madrid, a finales, del siglo pasado, gran cantidad de documentos, que hoy se conservan en el Archivo Histórico Nacional, sección clero, y entre los que recordamos ahora rica aportación de datos acerca del monasterio de Lupiana, de Villaviciosa, de Santa Clara en Guadalajara, etc. También en ese mismo Archivo Nacional, secciones de Osuna y del Consejo de Ordenes, hay enorme cantidad de documentación relacionada con la provincia de Guadalajara, así como do la familia Mendoza, habitadora en ella durante varios siglos.

Repartidos por la provincia, aún quedan bastantes lugares en los que el papel el viejo y apolillado de los legajos y pergaminos se ha sabido respetar y se conserva en buenas condiciones de estudio: los Archivos de protocolos de Pastrana y Molina, municipales de Cogolludo, Cifuentes, Almonacid de Zorita, Atienza, Almoguera, etc., en los que se guardan además muy bellos documentos con los sellos rodados de reyes e infantes, en los colores brillantes con que hace ocho siglos, fueron dibujados. Instituciones religiosas, co­mo la Cofradía de la Virgen de la Antigua, en Guadalajara, la Ca­ballada de Atienza, y otras varias; incluso algunos monasterios, toda­vía vivos, como el cisterciense de Buenafuente, el más rico y valioso de cuantos archivo4 monasteriales se conservan en nuestra tierra, o los de monjas benedictinas de Valfermoso de las Monjas, el de las concepcionistas de Almo­nacid y otros varios. Lo que ya no existen, son archivos meramente particulares, como por ejemplo el de don Juan Catalina García, que fue cronista provincial a principios de siglo, y cuyos riquísimos fondos documentales y bibliográ­ficos se han perdido.

De todos estos archivos citados, no creo menester encarecer su importancia y necesidad de cuidado a las personas que actualmente los cuidan, pues todas ellas son, además de profesionales, verdaderos amantes del valor que custodian. Es hacia ese otro grupo, no citado pero existente de pequeños archivos parroquiales, concejiles e incluso particulares, que aún quedan desperdigados por toda la provincia, a los que se dirige mi llamada. Cualquier papel viejo tiene importancia; cualquier libro antiguo, por desgualdramillado y húmedo que se encuentre, debe ser celosamente cuidado y archivado. En mis viajes por la provincia he encontrado a veces interesantes piezas arrumbadas en estanterías, o incluso tiradas por el suelo, cubiertas de polvo y olvido. Lo mismo que entonces dije a los responsables de su cuidado, quiero ahora decir a todos los que lean estas líneas: respetadlo todo, conservadlo y, si acaso no comprendéis el valor o. el significado de lo que tenéis, decídselo a alguien entendido y entusiasmado en los viejos papeles. Que os lo interprete, que de a conocer lo que entre sus páginas se guarda, y que, luego, se venere el libro, el documento cómo lo que es: un pedazo de historia y un puñado de latidos humanos que se han quedado aquí, en la tierra del incesante rodar, a ser testigos de unas y otras actitudes. Que las vuestras sean las mejores

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