Sigüenza, la sacristía de las cabezas (II)

sábado, 29 diciembre 1973 1 Por Herrera Casado

 

En este segundo trabajo sobre la Sacristía de las Cabezas de la cate­dral de Sigüenza, joya universal del arte plateresco, correspondo anotar la descripción y particularidades más no­tables de su belleza artística. De la que no sabemos por dónde empezar a hablar, tanta es la maravilla que en ella se contiene.

El esplendor lujuriante y, podríamos decir, agresivo de la ornamentación renacentista española, que en esta obra alcanza una de sus cotas más altas y señeras, ha hecho siempre olvidar un tanto la disposición total, conjuntada, de la sala en sí. Su traza, es indudable, fue dada por Alonso de Covarru­bias. Mide 22,61 m. de longitud por 7,50 de anchura. La altura desde el suelo hasta la cornisa que pasa sobre los capiteles es de 6,71 m. y hasta la bóveda, en su parte más elevada, de 10,5 m.» Esta bóveda, de medio cañón, majestuosa, es dividida en cua­tro sectores de idénticas dimensiones por tres arcos perpiaños, prolijamente decorados en sus tres caras: la infe­rior, con florones, y las laterales, con grutescos finísimos.

En el extremo de Levante aparece una ventana que hoy ilumina la estan­cia. En el opuesto se conserva, aún un alto y elegante rosetón, que hoy está cegado. En cada uno de sus muros se abren cuatro hornacinas, cubiertas por arco escarzano: las tres más ex­tensas (del lado de la ventana, nos referirnos) son de forma d e lucillos, con destino a albergar las cajonerías o aparadores del servicio de la sacristía. Las dos más externas sirven, respectivamente, de salida, a la girola del templo y de entrada a la capilla de las Reli­quias o del Espíritu Santo. Separando estos lucilos aparecen las columnas, de fuste estriado, apoyadas en sendos pedestales, que se recorren por tres fajas cuajadas de grutescos, hoy bastante deteriorados.

El total de columnas, todas ellas ado­sadas, es de diez, coronadas cada una por su respectivo capitel. Cuatro de ellas hacen, además, de rincón de La sala. Son esos diez capiteles los que alientan un colosal ritmo profano, briosamente renaciente, densamente mito­lógico y pagano. Son obra de nítida raigambre covarrubiesca, que, a pesar de haber sido labrados a partir de 1554, nos hacen pensar en el diseño personal del gran artista toledano, pues en ellos asoman las cabezas de carneros, los angelillos atléticos, los peludos viejos, las calaveras y los telajes que antes vimos en Lupiana y en la Piedad de Guadalajara, en el des­aparecido palacio arzobispal de Alcalá de Henares o en la Capilla de los Re­yes Nuevos de Toledo. Son estas diez piezas colosales del plateresco segun­tino merecedoras de un estudio mono­gráfico particular, que pensamos lle­var a cabo en próxima ocasión.

A todo lo largo del salón, y reco­rriendo sus cuatro costados, sobre los capiteles, aparece un friso de unos 30 centímetros de altura,, en el que bullen cientos de figurillas de tema totalmen­te clásico y pagano, con grutescos de la mejor tradición plateresca, cabezas de viejos, cubiertas o destocadas, ani­malejos mitológicos, etc. Por sí solo bastaría pana dar categoría universal a este monumento.

Otra parte interesantísima de esta Sacristía, en cuanto a ornamentación renaciente se refiere, son los medallones y temas adyacentes que se Insertan en las enjutas de los arcos escarzanos de lucilos y hornacinas. Estas enjutas son los espacios formados por el arco, la columna y el friso. En total aparecen 16 medallones, dos por arco.

En la pared norte, de fuera adentro, aparecen los siguientes motivos:

Primer arco: matrona (a la derecha) y un guerrero (a la izquierda). Segun­do arco: matrona, y viejo de doliente aspecto. Tercer arco: joven efebo y matrona, también joven. Cuarto arco (correspondiente a la capilla de las Reliquias): San Pablo (a la derecha) y San Pedro (a la izquierda, siempre del espectador)

En la pared sur, también de fuera adentro, y con las mismas posiciones derecha‑izquierda, aparecen los motivos siguientes:

Primer arco: matrona coronada de laurel y guerrero de fiero aspecto, con magnífico casco de prolija labor rena­centista. Segundo arco. Viejo doliente y matrona con el pelo curiosamente rizado en forma de serpientes. Tercer arco: joven esclavo sufriente y matrona (esta última aparece algo deterio­rada por las filtraciones de agua de esa zona). Cuarto arco (correspondien­te a la puerta de entrada a la Sacristía desde la catedral): San Juan Bautista y Santiago. Todos ellos son magníficos trabajos de talla que enmarcan a su autor con la etiqueta genial de lo mejor que se hizo en el plateresco cas­tellano. Mucho de Berruguete hay en ello, aunque siempre traslucen estas figuras un poso de tranquilo clasicis­mo, muy propio de la herencia dejada por Covarrubias en esta catedral. Para nuestro gusto, aun siendo muy difícil elegir, los cuatro mejores estudios son los de los santos mencionados, que, por desgracia, son los más difíciles de admirar, por la escasa Iluminación de la zona, interna del salón. Escoltando a estos medallones en sus correspon­dientes enjutas, una abigarrada fauna humana y mitológica se nos aparece en mil variadas formas: cabezas de ángeles, niños musculados, aves y vie­jos de cuerpo entero, arpías y sirenas, cabezas, alas sueltas, angelillos con cuerpos de pez o de demonios, etc.

Vamos ahora, finalmente, con la par­te ornamental que ha dado el nombre a este recinto y conquistado para él la fama universal: esas 304 cabezas de su bóveda, que, a manera de artesonado, pétreo, lanzan constante su ru­mor, su vago decir, su lento y blanco llorar de siglos sobre los admirados rostros de quienes hasta ellos llegan. Sin entrar en la literaturización que, por otra parte, merece esta obra, di­remos que cada uno de los sectores de la bóveda posee 19 hileras, con 4 cabezas cada una. Las 9 de una vertiente se orientan en el sentido ver­tical que permite su lógica visión, lo mismo que las otras 9 de la vertiente contraria. Tan sólo en las cuatro caras de las hileras centrales, de la clave, se permite el artista una orientación distinta, pero meditada y equilibrada, como corresponde el estilo arquitec­tónico, riguroso y sistemático, en que se construye el conjunto. Damos aquí esta distribución como aportación al estudio completo de esta bóveda.

Se orientan las caras de estos me­dallones claves con arreglo a un eje que va desde la ventana al rosetón (E.‑O.); y, adoptando por parte exter­na de la sala la correspondiente a Le­vante, tenernos que en el primer sec­tor de la bóveda las tres caras exter­nas miran hacia dentro las dos in­ternas lo hacen hacia fuera. En el segundo sector, las dos caras externas miran hacia dentro, y las dos internas lo hacen hacia fuera. En, el tercer sec­tor, la primera y tercera miran hacia el  interior, y la segunda, y cuarta es orientan hacia la ventana. En el cuar­to sector, el más interno, la cara externa mira hacia dentro, y las tres siguientes lo hacen hacía fuera. De esta manera, sin que en ningún sector es vea el mismo orden, guardan todos ellos un equilibrio perfecto.

Pasando ahora al estudio iconográ­fico de estos 304 medallones, hemos de decir que en ellos aparecen los más diversos tipos que la imaginación puede concebir. Contemplar tal cantidad de gestos, de actitudes, de penas y alegrías conjuntadas, de pobrezas y dignidades confundidas, originan una tormenta anímica de la que uno se recupera ya difícilmente. Creemos que, en parte solamente, es esto techo una galería de retratos. Aparecen, si, diversos bustos de obispos, canónigos, religiosos, bachilleres, dignidades civiles, etc., ataviados a la usanza, de mitad del siglo XVI, que podrían muy bien ser personajes contemporáneos del artista que trazara y tallara sus rostros. En una gran mayoría de ellos, sin embargó, no se ha pretendido más que el efecto estético del poder y la fuerza que emanan de la plumilla y la plumilla del escultor.

En el primer sector (el más externo) aparecen, entre otros, los rostros de un cónsul romano, un viejo con casco, un monje joven, varios efebos y mu­chos viejos de alborotadas barbas, como el que se ve en la fotografía adjunta. También aparecen algunas jóvenes. En el segundo sector aparecen cuatro figuras totalmente deterioradas por las filtraciones de la bóveda en su pared sur, y otra a medio deteriorar. Son también clérigos (uno muy gracioso, con dos formidables orejas, signo evidente de ser retrato de algún canónigo de la época), profetas, algún moro, etc. También se ve a un hombre, ya viejo, con gorro de similares características al que el Emperador Carlos V llevaba en sus últimos días. Una mujer de suaves facciones y tocado muy concordante pudiera representar a la emperatriz Isabel, su mujer. Téngase en cuenta que estas caras se tallan en los últimos años del reinado de Carlos. En el tercer sector hay una figura totalmente estropeada y, otras cinco en las que la humedad ha dejado, su huella destructora. Aparecen, entre otros, un monje con el capuchón puesto, varias figuras femeninas (una de ellas coronada), un viejo franciscano, tres obispos, un rey joven, (¿el príncipe Felipe?), varios clérigos, árabes, esclavos, etc. En el cuarto sector merece destacar la presencia de un pontífice con su tiara, varios clérigos, un guerrero con prolijo casco renacentista, un padre de la Iglesia con su sombrero de anchísimas alas, viejos melenudos, etc.

Como dato, final, descriptivo, cabe añadir la presencia del escudo del Cabildo (el jarrón de azucenas), sostenido por dos­ angelillos que lo coronan con laurel, sobre el ventanal por don de penetra la luz en la sala. Y una pila y una puerta a cada lado de dicha ventana, coronadas con el escudo del obispo, Fr. García de Loaysa, promotor de la obra.

Quede para otra ocasión por venir el estudio de la obra en madera que el arte del siglo XVI nos dejó en esta Sacristía; cajonerías, puertas, contraventanas, etc., y la reja de acceso a la Capilla de las reliquias, ésta en hierro forjado, obra magna del artista conquense Hernando de Arenas.

Hoy hemos abusado en exceso de la amable acogida de estas páginas.