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noviembre, 1973:

Simbología románica en Beleña

 

No es necesario que aquí, de nuevo, hagamos alabanza del mérito artístico e histórico que la portada románica de la iglesia de Beleña del Sorbe tiene para nosotros y todos cuantos aprecian el arte medieval. Su representación, ingenua y sorprendentemente bella, de los doce meses del año tal como se personificaban entre las gentes sencillas del siglo XIII, sorprende siempre al valiente viajero que se aventura a llegar hasta este pueblo, casi abandonado, de nuestra serranía. En próxima ocasión pensamos hacer el estudio amplio de su simbología, aún sin tocar por nadie, y tratar de la solución que cabe dar para la conservación de esta valiosa joya artística. Pero hoy queremos fijar nuestra atención en un tema muy concreto de su menologio, que el Dr. Layna Serrano, a pesar de su exhaustiva pormenorización de detalles de esta pieza románica, dejó totalmente en el aire (1). Se trata de la representación tallada del mes de mayo, que el Dr. Layna describe literalmente así: «Sobre panzudo jaco de desmedrada cabeza cabalga un hidalgo, llevando en la mano izquierda extendida encaperuzado halcón; en el agro no hay tarea, el sol aún no quema, y como el campo está hermoso, convida a visitarlo para enterarse de cómo va la cosecha, ejercitándose de paso en el noble arte de la cetrería». En 1935, cuando don Francisco hizo esta descripción, el «panzudo jaco» estaba ya, tal como hoy se ve, descabezado. Y el halcón, suponemos, más que problemáticamente encaperuzado, pues sólo con las alas de la fantasía podríamos hoy asegurar que lo estuviera.

Layna parte de una base falsa al analizar el menologio de Beleña: piensa que la representación de los meses en sus archivoltas son reflejo autóctono de la vida en esa comarca, elaboradas sus escenas por alguien del mismo pueblo o que conoce íntimamente la vida de esas gentes. En absoluto. A Beleña llega, sencillamente, el influjo directo y palpable, tal vez el más sureño que se conoce, de una tradición iconográfica del más puro arraigo pagano. Tanto en el estilo de la talla como en la materialización de sus símbolos podemos identificar claramente una corriente cultural que tiene su origen en remotos tiempos y apartados lugares.

Limitándonos ahora al mes de mayo, diremos (lo mismo que de cualquiera de los otros, meses cabría decir) su rechoncho y cuadrangular aspecto, tanto en el rostro del personaje como en el de la figura en conjunto, que nos hacen pensar en los capiteles románicos del claustro de San Juan de la Peña, de San Pedro el Viejo de Huesca, de la Catedral de Tudela, en los que se abusa como aquí en Beleña, del plegado de los ropajes, signo evidente de un románico avanzado, finales del XII o comienzos del XIII, aunque en el enclave alcarreño interpretado por un artista algo tosco.

El papel de un caballero cazador en medio de la representación de otros meses por concretas escenas de vida rural y doméstica aldeana, no deja de ser sorprendente. En Campisábalos, en esta misma provincia, aparece también un maltratado menologio en el que se incluye parecida representación caballeresca. El Dr. Layna (2) arguye como razón explicativa «la convivencia y fraternidad entre señores y vasallos, productores éstos gracias a su trabajo, y el notable protector de los villanos mediante su bravura y poderío». No. El simbolismo románico circula por más recónditos y ancestrales caminos, ajeno casi totalmente a una realidad social que le resbala en lo más íntimo, aunque externamente no lo parezca. ¿Por qué, repito, un caballero cazador, unos guerreros, entre el sencillo discurrir agrícola y ganadero del año?

Ni siquiera el conocido etnólogo don Julio Caro Baroja, en un estudio que hizo al respecto, trató de profundizar en el tema. Fue Henri Stern quien, finalmente, llegó a la raíz arqueológica de este asunto, dando las líneas generales para su interpretación (3). Antes de él, el austriaco Riegl sentó las bases comparativas de las representaciones de los meses en la antigüedad clásica y en el Medievo europeo, proviniendo de sus estudios las bases por las que nos hemos guiado para el análisis de la representación de mayo en el menologio de Beleña (4).

Desde el apogeo de la cultura helénica, posteriormente adoptada por el imperio romano, fueron los meses del año y sus estaciones motivo suficiente para que el arte de la poesía, de la pintura y la escultura hicieran con ellos todo tipo de manipulaciones. En esa base pagana se centra la posterior evolución de sus representaciones europeas: tamizadas, lógicamente, por el cristianismo triunfante en dos frentes: el oriental bizantino y el occidental carolingio. Es en la corte del gran Carlomagno donde gira el concepto de estas representaciones: aparece un nuevo tono bárbaro, galo, agrícola, olvidando las elaboradas escenas latinas.

Pero vamos al caballero, a ese que con un halcón en la, mano se pasea en mayo por los campos de Beleña. Se remonta a la antigua Grecia la costumbre de emprender las campañas guerreras al término del invierno. Cuando los rigurosos fríos han pasado y la lluvia va abandonando los horizontes, el guerrero heleno y romano se prepara a la batalla. Los generales romanos realizaban en esta fecha la revista militar de sus tropas; era el «campus Martius», la revista de Marte, dios de la guerra. De ahí derivó el nombre del mes: marzo. Es la época del año en que renace la naturaleza junto al espíritu guerrero. Late, pues, un doble motivo ancestral en el corazón de los hombres: primavera y batalla, conjuntadas. Los poetas latinos también aúnan sus palabras en el cántico de ambos aconteceres (5). Pero es a partir del año 755, en Francia, cuando Pepino el Breve cambia tan antigua tradición, y decide comenzar sus anuales campañas guerreras en el mes ed mayo. Los caballos necesitan abundante alimentación vegetal, y ésta no aparece bien cuajada hasta el mes de mayo: es en él cuando realiza su «campus Maiius», o «Campus Madius», la revista preliminar de sus campañas. Será, pues, en este mes, cuando a partir de entonces se aparejará el sentimiento primaveral con el renacer guerrero. La literatura y el arte carolingio así lo adoptan, y de él se extenderá la costumbre al resto del mundo románico occidental. En unas miniaturas carolingias (conocidas con el nombre de «miniaturas de Salzburgo») que se dibujaron en dicha ciudad austriaca a comienzos del siglo IX, siguiendo modelos de Saint Amand o de Corbie, y que hoy se conservan en la Biblioteca Nacional de Viena, se representa mayo con un hombre que lleva flores e hierbas en sus manos. En un poema latino de mediados del siglo IX, atribuido a un monje de la abadía de Fleury‑Sur‑Loire (6), se dice del mes de mayo: «Maius hine gliscens herbis generat nigra bella» (7). Aquí radica, pues, la costumbre románica occidental de representar el mes de mayo con un guerrero o caballero cazador (ésta última es imagen degenerada de la primera). Sin salir de España, vemos cómo en la cripta de San Isidoro, en León, el mes de mayo se representa, en un menologio de pinturas de esta sala, por un caballero que, a pie en el suelo, deja pacer al animal hierbas muy altas ¿qué mejor representación plástica del poema carolingio? En el castillo de Alcañiz queda otro menologio mural: mayo se representa por un rey que caza a, caballo con un halcón en la mano. En la bóveda de la catedral de Pamplona existe también un extraordinario mensario, de circulares medallones tallados en bajorrelieve, en el que correspondiendo a mayo aparece un hombre a caballo con un ave de presa en la mano.

Compromiso con el pasado

 

Hoy quisiera, amigo lector, parar un instante mi semanal rueda de la investigación y divulgación de nuestro pasado provincial, para tratar de un tema que, no por enojoso, deja de ser insoslayable. Es él de la conservación, hasta su más ínfima manifestación, del patrimonio histórico-artístico de Guadalajara. Del que durante años llevo ocupándome semana tras semana, y por cuya conservación íntegra prometo luchar hasta las últimas consecuencias. Aunque, como siempre ocurre en estos quijotescos lances, salga con más de una descalabradura, que, de todos modos, luciré con orgullo como fruto de una pelea por esta causa noble. Otras personas, antes que yo, han sabido ya de las amarguras de esta tarea incesante que conlleva el título de Cronista oficial de la provincia: del afán generoso de investigar cosas nuevas, de divulgar sin descanso lo ya conocido, y de señalar tropelías y atentados contra el pasado común de nuestra tierra: en este compromiso, el único que reconozco, son más las frases agrias recibidas, que el agradecimiento de los bien nacidos. No por eso voy a parar.

La provincia de Guadalajara, inmersa en una región por la que han pasado todas las civilizaciones que, a lo largo de los siglos, han formado día a día el ser de España, ha ido almacenando también sus huellas sublimes en forma de obras de arte. La mayoría de ellas, por las circunstancias socio­religiosas atravesadas en su evolución, han estado ligadas y relacionadas con el cristianismo. Aunque también, por supuesto, de otras tendencias politico‑religiosas nos han quedado señales.

Después de catástrofes naturales, guerras y revoluciones, han llegado a nuestros días un cierto número de obras de arte que, pienso, no debemos ya perder por ningún motivo. Y en esa defensa contra la desaparición de nuestro patrimonio artístico estamos todos comprometidos. Porque todos somos sus poseedores. Aunque temporalmente haya personas o instituciones que exhiban y acrediten su dominio: la simbiosis obra de arte‑comunidad asegura su perfecto destino y correspondiente de­fensa.

No es ésta la hora de señalar casos particulares. Podría ponerlos a centenares. En mi continuo viajar por la provincia en busca del conocimiento y estudio de las huellas de nuestro pasado, he dado en multitud de ocasiones con situaciones en verdad anómalas: cruces parroquiales divididas en tres fragmentos y guardados cada uno en una casa del pueblo; altares y cuadros desaparecidos sin saber cuándo ni dónde; excavaciones arqueológicas hechas por espontáneos catadores de lo antiguo, sin orden ni metodología ninguna; archivos parroquiales, municipales, etc. estérilmente guardados en perdidas aldeas sin posibilidad de su estudio detenido y concienzudo; cajitas de plata y virgencitas de marfil incontroladamente custodiadas por personas particulares… y, por supuesto, monumentos declarados Histórico‑Artisticos, oficial y teóricamente protegidos por el Estado, que están a punto de desaparecer por ruina y abandono; monasterios y palacios, que no se sabe ni de quién son, diarias presas de los ladrones de obras de arte; murallas, pórticos, conjuntos de calles y plazas, en los que hasta ­ahora se ha mantenido puro el espíritu medieval de nuestra tierra, destrozados y afeados por ese malentendido progreso que como una carcoma superficial ha invadido nuestros pueblos.

Esta es la situación actual de nuestro patrimonio histórico‑artístico. Ni que decir tiene que existen muchos y buenos ejemplos, de los que a su tiempo he dado cumplida noticia, de acciones oficiales, eclesiásticas, y aun particulares en defensa de esta herencia común: las restauraciones que la Dirección General de Bellas Artes ha llevado a cabo en nuestro suelo y monumentos desde que acabó la contienda civil, levantando castillos, reconstruyendo iglesias y catedrales, alentando un nuevo y perdido sabor a plazas, calles y palacios… la creación de un Museo Provincial en el remozado Palacio del Infantado; ese gran Museo de Arte Antiguo Diocesano que el continuo y callado laborar de nuestro señor Obispo, doctor Castán, gran defensor de nuestras obras de arte, ha conseguido en Sigüenza… esos otros Museos de Pastrana (Colegiata y Convento franciscano), esa llamada continua de Buenafuente para ser conocido en su integridad… hay, sí, muchos ejemplos que me impiden ser pesimista. Pero que no dificultan, apenas para poder catalogar de desastrosa la situación actual de nuestro patrimonio.

¿Soluciones? Dificultades, arduas, agotadoras incluso. Porque necesitan, en primer lugar, vencer la secular indolencia y caciquismo de nuestro país en estas cuestiones. Hay gentes, por fortuna cada día más, preocupadas seriamente en lograr, la solución de este problema y acometer la defensa del arte provincial. Pero, ni trabajan unidas, ni con sólo palabras se remedian las cosas. Hace falta actuar.

La solución por la que Europa ha votado (muy especialmente Alemania) es la de creación de grandes Museos, creadores de entornos históricos, auténticas vasijas vitales de una época, incluso en forma de pequeños pueblos o recintos que recrean un siglo o momento socio‑cultural, en los que guardar, clasificar, proteger y dar a conocer al mayor número de personas todos los objetos histórico-artísticos que corren peligro de perderse. Es éste, en mi modo de ver, la mejor solución, También, qué lástima, la mas cara.

En Guadalajara cabe otra posibilidad. Es, por lo menos, la que cumple a nuestro tiempo, la que se requiere en este instante: la catalogación rápida, completa, exhaustiva, meticulosa, de todo nuestro patrimonio histórico‑artístico. Del que pertenezca a moros y cristianos, como se suele decir: no sólo de lo que hay en museos, catedrales iglesias y ayuntamientos: también de lo que para en manos particulares. Porque al fin pertenece al acervo provincial, nacional, universal del arte. Existen disposiciones oficiales que dictan normas para la elaboración de estos Catálogos; nuestra Institución Provincial de Cultura «Marqués de Santillana» lo tiene como uno de sus propósitos primordiales; muchas personas y autoridades, a nivel provincial, desean fervientemente que se acometa. ¿A qué estamos esperando?

Habrá, todavía, gentes que se molesten con estas palabras. Y que lo harán constar públicamente. Habrá, también, quien esté de acuerdo con todo lo dicho hasta aquí. Y que se lo callará con prudencia. Yo lo digo porque me creo moralmente obligado a ello; porque deseo que se salve para siempre lo que nos ha sido legado por nuestros mayores; y porque no me importa que, como los galeotes a D. Quijote, me abran la cabeza por defender lo que es patrimonio común de la provincia de Guadalajara.

El claustro de Lupiana

 

Como colofón de la serie de trabajos que en semanas pasadas hemos ido presentando, con el objeto de dejar constancia pública del sexto centenario de la orden jerónima en nuestra provincia, damos hoy una breve reseña acerca de la obra de arte que dio gloria a esta Orden religiosa entre nosotros, siendo al mismo tiempo una de las más importantes joyas artísticas que Guadalajara actualmente atesora: nos estamos refiriendo al claustro del convento de San Bartolomé, en Lupiana, que bien puede considerarse como blanco y preciosista corazón de este movimiento religioso durante varios siglos, sobrepasando, si no en importancia artística, si en calor humano y aún preeminencia histórica, a las piedras venerables del Escorial, de Guadalupe, de San Jerónimo en Granada, de Yuste y tantos otros monasterios hijos suyos.

Sobre la historia, autores e importancia artística de este claustro, van trazadas las siguientes líneas, con la brevedad que nos imponen las circunstancias de estas páginas. Lupiana tuvo claustro desde el mismo año de su fundación: don Gómez Manrique, arzobispo toledano, lo construyó a sus expensas. Un segundo patio monasterial levantó, en 1463, el también arzobispo de Toledo don Alfonso Carrillo, siendo prior del monasterio fr. Alonso de Oropesa (1). Según el padre Sigüenza que lo vio, era «de piedra dura y fuerte que tira a color de pizarra», con una estructura y ornamentación «heredada de godos» (2). Pero por amenazar ruina en la siguiente centuria, el padre fr. Pedro de Liaño, general de la Orden, mandó hacer uno nuevo, de acuerdo con el estilo ornamental de la época, y que es el que hasta nuestros días ha llegado. Existe el contrato para la realización de esta gran obra (3), entre fr. Pedro de Briviesca, prior del monasterio de San Bartolomé, y Alonso de Covarrubias, «maestro de obras», suscrito en Guadalajara a 21 de junio de 1535. Fue este gran arquitecto del plateresco español quien dio la traza para este magno recinto, señalando en el contrato, de muy pormenorizada manera, cómo se han de hacer «con sus buenas molduras romanas… sus pilares y basas y capiteles y zapatas y antepechos de balaustres y basas y pasamanos de piedra», quedando encargado de la talla Hernando de la Sierra, «cantero abitante en el dicho monasterio», por precio de 157.500 maravedises, y a dejar terminado para San Juan del año siguiente, esto es, doce meses después.

La piedra para los pasamanos fue traída de Tamajón, y el resto de la cercana cantera «de la Muela», en el camino de Lupiana a Horche.

No es necesario volver la figura de Alonso de Covarrubias, conocida de todos, pero sí puede ser interesante situar el claustro de Lupiana, trazado en 1535, dentro del contexto de su obra, siempre en evolución. Lo primero que hace Covarrubias está en la provincia de Guadalajara: de 1515 a 1517 trabaja en la catedral de Sigüenza, quizás en el altar de Santa Librada, que se está haciendo en esos años. En 1526 levanta la iglesia del convento de la Piedad, junto al palacio de doña Brianda de Mendoza, y hacia 1529 sabemos trabajaba, personalmente tallando grutescos y capiteles ‑Covarrubias comenzó propiamente como tallista en la magnífica portada de este templo arriacense. En 1529 talla el púlpito de la parroquial de Tamajón, ya destruida y en 1530 traza la capilla de los Zúñiga, en el convento de Santa Clara de Guadalajara. De 1532 es el proyecto de la Sacristía mayor, «de las cabezas», de la catedral de Sigüenza, cima del plateresco español, que luego sería continuada por Nicolás de Durango. En 1534 talla el sepulcro de doña Brianda en Guadalajara, y acaba la capilla de los Reyes Nuevos de la catedral de Toledo. Es entonces nombrado «maestro mayor» de las obras del templo primado, comienza a levantar el inigualable y ya desaparecido Palacio arzobispal de Alcalá de Henares, y traza este claustro de Lupiana que ahora recordamos. Después vendrían el Alcázar toledano, el Hospital Tavera, la galería alta de Santa María de Huerta… con un aire cercano ya a lo trentino de Herrera.

Sería muy largo de explicar minuciosamente lo que en Lupiana es necesario, ante todo, contemplar personalmente. El cristalino silencio que resbala por la pálida prestancia de las galerías, deja muda la voz y quieta la mano, dispuesto el espíritu al goce de la belleza. Una galería baja dé arcos de medio punto, sostenidos por magníficos capiteles tallados por el mismo Covarrubias, y con simbólicos medallones en las enjutas, da paso a la galería alta, de arcos mixtilíneos, con calado norte, donde se revela la huella personalísima del gran arquitecto en multitud de detalles, posee aún una tercera superior, arquitrabada y rematando sus columnas en labradas zapatas de piedra.

Si la traza general del claustro es arrebatadamente bella, plena de aciertos estructurales en la distribución de alturas, distancias, arcos y estilos, la decoración resalta con fuerza propia, independizándose como sólo sabe hacerlo la estética del plateresco español, en la que la ornamentación, con la fuerza de sus multiplicados grutescos, se enseñorea del conjunto arquitectónico. No ocurre esto totalmente en Lupiana, pero sí aparece esta fuerza mitológica y pagana en ciertos detalles, como son los capiteles, tanto de la, galería exterior como de la sustentación 1 e los arcos internos, en el costado norte del claustro. Ese alucinante mundo de grutescos, que aquí cuaja en feroces presencias de caneros, aladas bichas, impúberes atlantes, cabezas de angelillos, rientes calaveras, lazos, victorias y un sin fin de prolijas vegetaciones dignas de figurar en el dorado mango de una cruz procesional. En las enjutas de algunos arcos externos, aparecen, alternando con florones, el simbólico león que representa a San Jerónimo y su Orden. En las enjutas de los arcos interiores de esta misma galería norte, aparecen todavía, perfectamente conservados, diversos, medallones con efigies de evangelistas, otro con la Virgen, y otro con el fundador primero de la Orden Jerónima.

La visita a este monumento, pues, se impone. Más aún en estas fechas en que todavía resuenan por España los ecos de esta conmemoración, que sólo aquí, en el solar donde nació hace seiscientos años este movimiento religioso de profunda raíz hispánica, se ha rememorado con el silencio.

Notas

1) José María Cuadrado, «España, sus monumentos y artes», tomo II, Castilla la Nueva; Barcelona 1886, pág. 89.

(2) Fr. José de Sigüenza, «Historia de la Orden de S. Gerónimo», 1600.

(3) Archivo Histórico Provincial de Guadalajara, protocolo número 12, fol. 408 v. Es hallazgo de la Bibliotecaria Provincial, doña Juana Quilez, quien lo publicó en el número 3 de «Investigación», diciembre 1969, pp. 70‑74.