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Noticia de un hallazgo

 

Con motivo de las obras que se están realizando, desde hace ya algunos meses, en la parroquia de San Nicolás de nuestra ciudad, se ha producido en estos días un im­portantísimo hallazgo arqueológi­co, que viene a depararnos el fe­liz rescate de la memoria de una de las más caracterizadas familias arriacenses del siglo XVI: los La­sarte y Obregón, fundadores, del Colegio de Jesuitas de Guadala­jara. Su culto párroco, don Juan José Villamayor, arcipreste de la ciudad, ha cuidado en todo momen­to de la meticulosa extracción, lim­pieza y guarda de estas laudas sepulturas, tres de las cuáles están en perfectas condiciones de conser­vación, y una de ellas rota en su mitad desde hace ya muchos años. Se encontraban en el subsuelo de la capilla del bautismo de esta pa­rroquia, a donde fueron traídas el siglo pasado desde la antigua iglesia de San Nicolás, que ocupa­ba el solar donde hoy se alza el Banco de España. Derribado, ese templo por imperativos urbanísti­cos, y vacío ya el de los jesuitas de la Trinidad, a éste fueron tras­ladados todos los objetos que se creyeron de interés artístico y me­recedores de conservación, dando así un buen ejemplo nuestros an­tepasados de lo que debe ser una razonada liquidación del pasado: fue colocada en oscura capilla la estatua yacente, magnífica en to­dos los sentidos, del Comendador de Santiago don Rodrigo de Cam­puzano, merecedora de un lugar más visible e iluminado del que ahora ocupa. Fue traída, también una pila bautismal grande y lisa, descubierta igualmente el mes pa­sado, y que debe ser conservada, si no en la iglesia, en la que ya no cumple su misión sacramental, sí en algún lugar de nuestros par­ques ciudadanos, donde al tiempo que prolonga su multisecular vi­da, colabore en el ornato de los jardines. Por fin, estas cuatro lá­pidas pertenecientes a una misma capilla, de las que ahora tratare­mos cumplidamente.

Sería conveniente recordar, como introducción, lo que Núñez de Castro nos dice de la antigua iglesia de San Nicolás (1): era una «Iglesia muy capaz, y hermosa, en lo más alto de la ciudad, y en su torre está la campana del Cabildo: ha tenido siempre muy buenos parroquianos, particularmente Los Condes de Coruña», familia de los Mendoza, y poseedores de un gran palacio, subsistente en parte, en lo que hoy es la manzana anexa a la actual parroquia de San Nicolás. Los Condes de Coruña poseían una capilla dotada en esta iglesia, con “un gran pedaço del Lignum. Crucis” en su altar (2). Otras capillas importantes eran las de los Campuzano; los Peñas, que fundó doña Mariana Osorio de la Peña y Contreras, y en la que, bajo sendos epitafios, estaban enterrados sus hermanos don Juan y don Diego, valerosos caballeros sanjuanistas, fallecidos, respectivamente, en 1628 y 1624; la de don Luís de Villegas y Lauri, y la que, a mediados del siglo XVII, regentaba como patrón don Francisco de la Cerda y Ciudad ­Real, caballero de Santiago y regidor de la Ciudad, en la que estaban las lápidas nuevamente rescatadas, y que D. Manuel Pérez Villamil (3) daba por perdidas entre los escombros. En el friso de sus paredes aparecía pintada al fresco una leyenda en latín, que traducida decía así: «Doña María de Encinas y Lasarte, hija de Sancho de Lasarte y de Marina Rodríguez de Coronado, mujer fértil, e insigne en la piedad, mandó construir a sus espensas este pequeño san­tuario, dotándolo ampliamente y asignándole perpetuamente a los presbíteros dedicados a los sagrados ministerios, instituyendo re­cuerdo religioso en muchas otras obras pías: de cuya memoria instituyó como Patrono a Sancho de Lasarte y Obrejón, primo herma­no suyo. Así comenzada esta obra, es acabada por don Antonio de la Cerda y doña Mayor de Lasarte y Obregón, hija del dicho Sancho y patronos de su recuerdo. Año del Señor de 1603.»

Las lápidas ahora recuperadas, como ya he dicho en perfecto es­tado de conservación, correspon­den a la fundadora de la capilla y otros familiares suyos, siendo esto lo que hemos podido leer en ellas grabado: en la primera pone «Aquí está sepultada doña María de Encinas y Lasarte fundadora desta Capilla y de las memorias que en ella están donadas fallecio a cinco días del mes de noviembre de 1583 años» (adorno). Debajo aparece escudo nobiliario de sus apellidos, coronado de yelmo em­plumado que mira a la derecha. En la segunda se lee: «Aquí están sepultados el señor licenciado Juan Calderón de Mena y doña Juana de Baldes y de Lasarte su mujer suegros de Sancho y Obregón Pa­tron desta Capilla y un hijo y tres hijas suyas Murió El a 20 de ju­nio de 1585 años y ella a 3 de junio de 1579”. Debajo está mag­níficamente labrado su escudo no­biliario, con emplumado yelmo que mira a la izquierda. En la última leernos: «Aquí está sepultada doña María Uzedo y Calderón mujer que fue de don Sancho de Lasarte y Obregon Patrón de esta Capilla y doña María de Lasarte su hija. Murió a 17 de octubre de 1597 años». En el centro de la lauda, igual que en las anteriores, otro escudo nobiliaria coronado de yel­mo que mira a la derecha. Aun queda otra lauda, rota por la mi­tad, bastante corroída su piedra, y, todavía sin limpiar. Esperamos poder dar en breve noticia de su texto.

La importancia suma de este hallazgo se basa en haber recobrado el recuerdo fidedigno, y los blasones nobiliarios, de tan lignificada familia arriacense, cuajada toda ella de valerosos militares, caballeros, santiaguistas y sanjuanistas, de monjas clarisas, frailes bernardos y jerónimos…

Llegaron los Lasarte a Guadalajara en 1407, acompañando a la reina doña Catalina, mujer de Enrique III de Castilla, cuando se celebraron Cortes en nuestra ciudad. Lope Sánchez de Lasarte era doncel del cortejo del rey. Casó con Inés de Torres, camarera de la reina (4). Un hijo de ellos, don Pedro de Lasarte, casó aquí con Mencía Hernández de Mendoza, y de ese matrimonio nació López Sánchez de Lasarte, «uno de los más valerosos hombres de su tiempo», famoso por su rara fecundidad, pues de sus tres matrimonios procreó 34 hijos varones y 2 hembras, llegando a sentar 24 a su mesa, todos ellos ciñendo espada. Y además tuvo hijos naturales. Así puede suponerse lo extendido que estuvo este apellido, en el siglo XVI alcarreño. Don Diego de Lasarte y Molina, y su esposa doña Mencía de Lasarte, descendientes suyos, fundaron el, Colegio de la Compañía de Jesús en Guadalajara.

Tras el detenido estudio de la nobleza arriacense, que Núñez dé Castro hace un tanto deslavazadamente en su obra, hemos llegado a establecer las relaciones familia­res de las personas cuyas laudas se han hallado. Ha sido preciso consultar los árboles genealógicos de otras familias, como los Calderón, también muy numerosos en Guadalajara, y ampliamente emparentados con los Pecha y los Dávila. También los Mena, proce­dentes de la Montaña de Burgos, estuvieron emparentados con ellos.

Así vemos que del matrimonio entre Pedro Fernández de Mena, alcalde que fue de Mandayona, con María Uzedo del Águila, nació Don Juan Calderón de Mena (2ª lau­da), quien, a su vez casó con doña Juana de Valdés y Lasarte (segun­da lauda), naciendo de este ma­trimonio doña María Uzedo Cal­derón. (3ª lauda). Casada esta se­ñora con don Sancho Lasarte y Obregón, primer patrón de la ca­pilla, tuvieron dos hijas, una de, ellas, María de Lasarte (3ª lau­da), enterrada junto a su madre; otra, doña Mayor de Lasarte y Obregón, casó con don Antonio de la Cerda, poniendo en 1603 el recuerdo escrito de la fundación y patronato de la capilla, tal como más arriba hemos traducido. Finalmente, doña María de Encinas y Lasarte (1ª lauda), al parecer soltera, hija de Sancho de Lasarte (tío del otro Sancho de Lasar­te y Obregón, primer patrón de la capilla) y de Marina Rodríguez Coronado.

Esperamos del recto juicio de don Juan José Villamayor, párro­co de San Nicolás y descubridor material de estos pétreos documentos de nuestra historia ciudadana, cuide al máximo su colocación vi­sible y digna en la iglesia que re­para, para que la memoria eterna de estos hombres y mujeres que­de en el lugar que les correspon­de.

NOTAS:

(1) Alonso Núñez de Castro, en su «Historia eclesiástica y seglar de la muy noble y muy leal ciudad de Guadalaxara», Madrid 1653, pp. 66 y ss.

(2) Refiere también Núñez de Castro la costumbre que había en Guadalajara de trasladar en procesión esta, reliquia hasta la ermita de Nuestra Señora de Afuera, situada al otro lado del Henares, todos los domingos de Lázaro. Al cruzar la procesión sobre el puente del río, los sacerdotes introducían la reliquia en el agua, «para con este medio, el río en aquel año no saliesse de sus limites», y no hubiera inundaciones.

(3)    En los, Aumentos a la Relación de Guadalajara, enviada por la ciudad a Felipe II en el siglo XVI, tomo XLVI del Memorial Histórico Español, pág. 133.

(4)    Núñez de Castro, op. cit., li­bro 5.21 pág. 349‑351.

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