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En el quinto centenario de los jerónimos en Tendilla

 

Hoy es un día importante para el alcarreño lugar de Tendilla. Tal vez allí no se hayan dado cuenta, pero en cada torrentera, en cada boscal, en cada pequeño arroyo que baja de la montaña, suena la canción de la alegría. Porque hoy hace exactamente cinco siglos que el primer conde de Tendilla, don Iñigo López de Mendoza, fundó de una manera oficial y pública el monasterio jerónimo de Santa Ana de la Peña. Y no podía pasar esta fecha sin que, al menos en este Glosario de lo recóndito y lo olvidado, apareciera su nombre, su latido, su brevísima recapitulación.

Es éste el año jerónimo por excelencia. En el mes de octubre conmemoraremos los seiscientos años de la fundación de la Orden en España, por el arriacense don Pedro Fernández Pecha, y, al mismo tiempo, de su primer cenobio en Lupiana, al todavía existente de San Bartolomé. La historia del de Tendilla es muy otra, pero también interesante. Ahora pues, en esta de los aniversarios, la presencia del pasado nos llega revestida como para una fiesta, con todos sus libros abiertos, sus medallas relucientes, y el dorado de sus piedras dando gritos. Reavivar el pasado es hermosa y obligada tarea, que aumenta cuando queda tan cuadriculada como en esta ocasión.

En une prominencia que a Levante del pueblo se estira, junto al Pinar y algo más abajo de la ‑ Cruz, hubo desde hace muchos siglos ermita dedicada a Santa Ana. Don Iñigo López de Mendoza, hijo del marqués de Santillana de igual nombre, y primero en ostentar el título cande de Tendilla, consiguió del Papa un «Jubileo plenísimo» para ella, con lo que la afluencia de peregrinos desde los más variados puntos de España fue muy abundante. Con las limosnas recogidas se comenzó a levantar casa que el conde quería fuese para comunidad de religiosos. Según se construía el edificio, fueron padre e hijo (el segundo de ellos, don Diego Hurtado de Mendoza, ya a la sazón, obispo de Palencia) al Capítulo General que los Jerónimos habían de celebrar, como era su costumbre, en el monasterio de San Bartolomé de Lupiana. Era el año 1472. Más no se alcanzó el deseado acuerdo entre los aristócratas y los monjes, por lo que el camino para la instalación de comunidad jerónima en Tendilla parecía cerrado.

La tenacidad especial de don Diego supuso un nuevo viaje con su padre el conde, esta vez a Sevilla, donde fr. Lope de Olmedo capitaneaba una secta disidente dentro de la orden jerónima. Fr. Lope había sido Prior de Lupiana y General de la orden, pero por sus ideas reformistas extrañas al parecer general del Capítulo, fue relegado del cargo y destinado como prior a San Isidro de Sevilla, en donde puso en práctica su eremítica comunidad. Las proposiciones de don Iñigo fueron aceptadas por fr. Lope, y de esta manera se acordó que el ya concluido monasterio de Santa Ana de Tendilla fuera poblado de monjes “isidros» venidos de Sevilla (1). Tomaba posesión de la casa fr. Juan Melgarejo, vicario del convento andaluz, y suscribían ante Juan Páez, de Peñalver, notario público, la carta fundacional los señores condes don Iñigo López de Mendoza y doña Elvira de Quiñones. Era el 25 de agosto de 1473 (2). Hoy hace 500 años.

Comenzaba el nuevo monasterio su andadura con importantes donaciones de los aristócratas tendillanos: 43.100 maravedies en dinero junto a molinos, cabezas de ganado, huertas, etc., y una buena porción de ornamentos sagrados para la iglesia: una cruz de plata, custodias, un cáliz con su patena, dalmáticas, incensarios y un órgano. A cambio de tanta generosidad, los condes adquirían la perpetuidad, para ellos y sus descendientes, el patronato de la capilla mayor, donde dejaban dispuesto su enterramiento, tanto ellos como sus familiares hasta la segundo línea del parentesco.

En 1477 murió don Iñigo, para quien fue construido un magnífico mausoleo en estilo gótico isabelino, en el cual aparecía su imagen echada acompañada a los pies de un paje. Igualmente se hizo con su esposa, doña Elvira. A ambos lados de la capilla mayor permanecieron durante siglos, hasta que, poco después de decretada la exclaustración ‑ de las órdenes monásticas, y abandonada esta casa de Tendilla, fueron trasladados ambos monumentos funerarios a Guadalajara, siendo colocados en los brazos del crucero de la Iglesia conventual del también vacío convento de los dominicos, hoy iglesia parroquial de San Ginés, donde pueden admirarse los restos que la turbulenta pasión destructora de julio, de 1936 dejó de ellos.

Muchas otras personas ayudaron el monasterio jerónimo, siendo las más principales los condes de Tendilla, marqueses de Mondéjar desde el hijo del fundador del cenobio. El primero de ellos, también llamado don Iñigo López, que fue capitán general de la frontera andaluza y pieza clave en la reconquista de Granada, junto a su hermano el obispo de Palencia don, Diego Hurtado de Mendoza, dejaron Importantes donativos.

Sería interminable reseñar las figuras importantes de la religión jerónima que por Tendilla pasaron; las obras de arte que atesoraba su templo, las donaciones y regalos que de todas partes recibía (3). De tan larga y aquilatada grandeza, quedan hoy tan sólo cuatro paredes desbaratadas, tocadas del ala negra de los olvidos. Un alto paredón sujeto por anchos contrafuertes, y amado por ligeras arquerías adosadas en su cara meridional, es cuanto de artístico queda de aquel templo que, sin trabajo imaginamos gótico del último periodo, pues en los finales del siglo XV o comienzos del XVI sería construido. Y poco más queda de todo ello.

En esta jornada de cordial e íntima recordación no queda lugar para el lamento por lo perdido, sino, más bien para el contento gozar de haber tenido tan importante institución religiosa.

NOTAS

(1)    fr. José de Sigüenza, «Historia de la Orden de San Jerónimo», 2. ª parte, tomo 1, pág. 403 y siguientes.

(2)    Marqués de Mondéjar, «Historia de la Casa de Mondéjar», tomo II, pág. 56 y siguientes, manuscrito en la Real Academia de la Historia.

(3)    Fue uno de sus más importantes protectores el, licenciado López Medel, oidor de S. M. en la Cancillería de Granada, quien estando en la ciudad de Santiago de Guatemala, instituyó en 1556 una capellanía para este convento, disponiendo ser enterrado en él a su muerte, y haciendo importantes donaciones en dinero y obras de arte. En documento conservado en el Archivo Histórico, Nacional, sección de Clero, carpeta 584, número 1, se conserva la aceptación que de ello hace, en 1574, la comunidad monacal alcarreña.

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