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Los templarios en Guadalajara

 

Es una lástima que la historia haya sido tan parca en las noticias referentes al Paso de los Caballeros del Temple por la provincia de Guadalajara, pues de lo que indudablemente fue vibrarte y guerrera realidad, hoy sólo nos quedan deshilachadas sombras que apresar en lo que es su definitiva huída.

Hubiera sido verdaderamente hermoso poder traer a este Glosario de los alcarreñismos, el dato cierto y la razón segura de aquellos hombres, fuertes y santos, que con su ancha vestimenta blanca recorrían las dilatadas geografías de la Alcarria, protegiendo al peregrino débil, machacando al árabe enemigo.

Perdonará el lector, pues, que aparezca este trabajo tan falto de rigor histórico, de hechos y fechas cabales donde anclar las recordanzas. Pero la tentación de evocar a estos hombres, a sus ritos y escondidos fines, sobre las pardas ondulaciones de este pedazo de Castilla ha vencido en nosotros. Y así los compañeros de Hugo de Payns y Godofredo de Saint‑Omer se hacen otra vez vivos a nuestro lado.

Los que en un principio se llamaron “pobres soldados de Jesucristo” reunidos en 1118 al amparo del Patriarca de Jerusalém, hicieron votos de pobreza, castidad y obediencia, comprometiéndose a defender los peregrinos y velar por la seguridad de caminos y fronteras. Una misión, en principio, muy similar a la de los Canónigos regulares de San Agustín. Pero éstos nuevos tomaron a su cargo otra función, la defensa del Templo de Salomón, en Jerusalém (y de ahí les viene el más común apelativo), en la que el orden religioso se mezclaría, como quieren algunos historiadores de este movimiento, con otro esotérico y misterioso fin de búsqueda de la Total Sabiduría, materializada en ese Santo Grial que buscaron y defendieron durante los dos siglos de su existencia.

Su labor en España fue importante y, a veces, crucial. Ya adoptada la regla que en 1128, en el Concilio de Troyes, San Bernardo mismo redactó para ellos, arribaron a nuestro país a instancias de este santo fundador, muy relacionado con el rey Alfonso de Aragón, que entre 1129 y 1132 les concedió el primer bastión en Monreal.

Recibiendo múltiples donaciones de los monarcas castellanos, leoneses aragoneses y lusitanos, su forma de actuar era la de entrar en la primera línea de batalla contra el árabe invasor, sosteniendo luego castillos y santuarios en los lugares de mayor fricción guerrera entre las dos culturas que a lo largo de la Edad Media se repartieron España.

De entre la maraña de tradiciones que en Guadalajara existen respecto a la estancia de los Templarios en varios lugares, sólo en uno consta documentalmente su veraz presencia. Es en Torija, donde en el altozano frontero al castillo actual, tuvieron estos caballeros el convento de San Benito muy probablemente heredero de que en el siglo VIII fundara el arzobispo toledano Félix para morada de monjes benedictinos. Este cenobio, como posesión concrete del Temple, es nombrado junto a otros cuatro de la diócesis de Osma, en una Bula del Papa Alejandro III. Nada queda de él si no el recuerdo. El castillo de Torija, hoy convertido en bonito escaparate de nuestro medievo ante el fácilmente asombrable turista extranjero, no tiene absolutamente nada que ver con los caballeros de la octopuntada cruz.

Es esta cruz, con sus cuatro ramas partidas en dos, la que ha dado pie para pensar en el asentamiento del Temple en Albendiego y sus alrededores. En las caladas tracerías de las ventanas absidiales, que la maravillosa iglesia románica de Santa Coloma en Albendiego luce desde finales del siglo XII, aparece cuatro veces esculpida esta cruz característica. La tradición popular, en ocasiones apoyada por historiadores locales, ha querido ver en ese detalle la innegable presencia de los Templarlos en las altas tierras de la región atencina, ya por entonces muy libre de la amenaza mora. Incluso se ha dicho, y se sigue diciendo, que estos caballeros tuvieron una casa en lo más alto del monte que en, la región llaman Santo Alto Rey, y que por su aspecto y disposición goza de la devoción de todos los habitantes de la zona. La cumbre del Alto Rey, a más de 1800 metros de altura, y con un perfil de neta «montaña sagrada» sobre los hundidos valles del Bornoba y el Sorbe, que le escoltan, no pudo ser lugar habitado ni tan siquiera por estos sufridos gue­rreros religiosos. Durante varios meses del año, una constante ventisca y unas temperaturas de muchos grados bajo cero la hacen inhóspita de todo punto. Queda, eso sí, una ermita recia y sublime donde a la primavera se reúnen en romería los aldeanos de las vertientes. Pero es construcción muy moderna, de fines del siglo XVIII, y nada se puede colegir de ella respecto a su auténtica relación con la orden del Temple.

En Albares también dicen que hubo templarios. Los sitúa la tradición en la ermita de Santa Ana, de la que hoy sólo quedan cuatro paredes de pobre mampostería con revestimiento de yeso al interior. Su situación, en un cerrete frente al pueblo, era estratégica, y, por tanto, no podemos decir que sí ni que no a todo ello.

Lo que si es harto improbable es la instauración de la Orden Templaria en Ocentejo, en la garganta que el río Tajo forma en la zona del Hundido de Armallones, donde, además de no existir ni rastro de los «árboles y arbustos exóticos» que según ingenuas leyendas trajeron hijos del pueblo cuando volvieron de América, tampoco queda la menor huella, ni siquiera en forma de inexpresiva ruina, de los caballeros templarios, quienes mal podrían en aquel agujero del planeta, (retirado y hermoso lugar donde la naturaleza se despachó a su gusto) defender peregrinos y contener invasiones.

En Albalate de Zorita pervive aún, hoy remozado con acierto, uno que pudo ser importante bastión del Temple en la baja Alcarria: se trata de la ermita de Cubillas, a mitad de camino entre el pueblo y el río Tajo, que en varios detalles arquitectónicos y esculturales se deja ver pertenece al siglo XII en sus finales. Una puerta de arco apuntado, con sencillas archivoltas rodeándola; unos canecillos rudos y simpáticos en el alero del mediodía; unos ábsides bastardeados pero con la herencia neta de ese siglo… y otra vez el subterráneo decir del pueblo, asignándoles a aquellas paredes la protección de los templarios. Documentalmente se sabe que dicho lugar de Albalate, con todas sus posesiones, pertenecieron a la orden de Calatrava durante varios siglos. Teniendo en cuenta que ésta, con otras órdenes caballerescas y religioso‑militares, fueron herederas de los bienes del Temple, cuando en 1312 el Papa Clemente V la suprimió de un plumazo, es probable que también en el caso de Albalate, los de Calatrava heredaran de los templarios. Y a estos quepa atribuir la erección de tan interesante y simpático monumento como es la dicha ermita de Cubillas, hoy cementerio del pueblo.

En Peñalver dicen los viejos papeles que tuvo el Temple posesiones, centrando su actividad religiosa en la iglesia de Nuestra Señora de la Zarza. Nada queda documentalmente, y sí sólo un mínimo recuerdo de dicha iglesia, que fue romántica por lo que su casi irreconocible ábside deja ver. Un almacén de materiales de construcción, con metálica portada por un lado y magnífico frontón por el otro es lo que queda del pasado. (Que pudo ser glorioso. Eso nunca se sabe).

No mayores probabilidades de certeza tiene la noticia que antiguos historiadores nos legaron, de haber sido donado a los templarios, por la reina doña Berenguela de Castilla, el altozano extramuros de la ciudad de Guadalajara donde posteriormente, y a raíz de su disolución y exterminio, vendrían a vivir los franciscanos. Si hubo o no casa del Temple en lo que hoy es Fuerte de San Francisco, queda para las interrogantes del soñador y el erudito. Nosotros aquí sólo podemos dar el dato que la tradición y buenas costumbres han guardado entrevelado. De aquellos tenaces, santos y rufos varones, no ha quedado en esta tierra más que el diluido recuerdo. Quizás haya sido para bien.

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