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Las cerrajas de Alocén

 

«Alocén, muchos le ven y pocos entran en él». Este refrán, que ya es indicador de la situación del pueblo, alta y descarnada, fue dejado en mal lugar por el viajero, que un domingo del pasado otoño se encaramó, desde el pantano de Entrepeñas, al alto sitio donde él antiguo «alfoz» mantiene erguida su hidalguía. Y no quedó defraudado de su experiencia. Desde el calicanto (hoy inexpresiva barandilla de hierro) que antecede a la iglesia parroquial, se divisa una panorámica difícil de olvidar ni confundir con cualquier otra. El lago, como una serpiente, núbil huidizo y temeroso, tirita y se explaya. Los montes verdes, los montes azules, los montes cárdenos de la Alcarria, se alzan por los cuatro horizontes como cabezas de caballos mitológicos. Unos lejanos cirros ponen elegancia al cielo. El mundo se hace, desde esta altura, juguete y enjundia.

En Alocén hay una iglesia grande y hermosa. Dentro caben sus altas columnas macizas, sus techumbres pobladas de nervios pétreos y sus dorados altares barrocos. Pero ha habido, algo que ha sorprendido especialmente al viajero. Algo que le ha hecho olvidarse por unos momentos de las altas cumbres arquitectónicas, de los repletos museos, de las arrebatadas esculturas y las pinturas exquisitas. Algo pequeño, sencillo, olvidado de todos. Pero cargado de sabor, de paciencia, de buen hacer artesano: los juegos de cerrajas de sus puertas principales.

El viajero ha considerado que el tema de la forja artística en nuestra provincia aún no ha recibido la atención que se merece, y ha decidido ocuparse de esta notable representación del grupo de los «juegos de cerrajas».

Son éstos unos sistemas de cierre destinados a las grandes puertas de iglesias y palacios. En los edificios religiosos proliferé más su arte y desarrollo, llegando a fabricarse verdaderas piezas artísticas a partir del siglo XVI hasta bien mediado el XVIII. A continuación se hace la descripción y comentario de las cerrajas de Alocén, y queda para un futuro trabajo la sistematización y evolución de estos artificios en la artesanía española,

Como ocurre en casi todos los templos, que los tienen, en la iglesia de Alocén hay dos juegos de cerrajas: en la parte interior del portón de fuera, y en la parte exterior de la puerta interna. Ambos denotan ser de la misma mano, aunque con variaciones en la decoración de las diversas piezas.

No es frecuente que el juego de la puerta exterior sea, mejor que el compañero. Esta puerta exterior lleva más uso, está más cercana a la intemperie, y ello es causa de que muchas veces su juego de cerraja se halle incompleto o falte totalmente. En Alocén ocurre al contrario. Es el mejor éste de la puerta exterior. De estructura sencilla, sólo utiliza un vástago como sistema de cierre: sobre la barra de la puerta fija, oscila una falleba que cae en el sosteniente de la puerta movible. Sirviendo de alfombra o apoyo a estas estructuras, unas elegantes armellas despliegan su ornamentada fisonomía. La barra fija de esta puerta muestra una variada gama de labores de repujado, en las que predominan cruces y esquemáticas flores, con gran lujo de detalle y variaciones sobre el mismo tema. Dicha barra acaba en su polo inferior por un balaustre muy ornamentado, en el que destacan tres minúsculas cabezas de irónica expresión, y que ponen la nota humana en el trabajo artesano. El vástago o pieza de condenar es aquí gruesa y abultada hacia fuera, con un rombo pseudo vegetal en su centro, y un rallado elemental y bien estudiado en el resto de su superficie. El mango del vástago está también muy trabajado. Al otro lado, el sosteniente es bastante sencillo. Debajo de él, una armella estilizada, bastante grande y de muy estudiada simetría. Si no fuera por el aspecto general de la obra, esta armella nos serviría para fechar la cerraja en la primera mitad del siglo XVII.

El juego de la puerta interior es, igualmente, soberbio en su trazado y repujado. La barra fija, exornada con flores esquemáticas, acaba en un balaustre muy torneado, sobre el que aquí se apunta un esbozo de macolla ribeteada con dientes finos. El extremo giratorio de la falleba está mucho más decorado que en la cerraja anterior, y el cuerpo de dicha pieza va rallado en dos direcciones, acabando en abultado mango. La placa del sosteniente, cuadrangular, tiene también labor de repujado con ribete lineal, y se acaba por abajo con una delgada y elegante barrita en la que alternan los motivos vegetales con los torneados. Debajo aparece, al igual que en la puerta fija, una armella de sección más abultada que la de enfrente, pero con unos motivos ornamentales que van camino del barroquismo. Se completa la cerraja de esta puerta interior del templo de Alocén con un curioso sistema de condenador que ha de ser maniobrado desde dentro mediante un sencillo pasador, con lo que sirve de hermética cerradura sin necesidad de utilizar llave.

Es, en fin de cuentas, una doble muestra de lo que el arte de la forja ha sido capaz de dar, emulando a las otras artes mayores, en el devenir artístico‑cultural de nuestra nación. Aquí, en Guadalajara, tenemos cosas muy buenas. Muy escondidas también. La de Alocén es un ejemplo palpable. Sólo nos queda, pues,  ir descubriéndolas.

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