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Comerse el toro

 

Mañana domingo se va a celebrar en el cercano pueblo de Lupiana uno de los festejos más antiguos y a ‑la vez más entroncados con el primigenio latido de los humanos. La admiración del hombre primitivo por los animales, por la Naturaleza y todas las fuerzas brutales y magníficas que le rodeaban, se encarnó en rituales, en mitos y simbologías de las que aún no hemos salido. Ni saldremos nunca, si hemos de creer a Jung, el discípulo de Freud creador del concepto de «subconsciente colectivo», y que, aunque pueda parecer a primera vista una fantástica y rebuscada idea, es muchas veces la clave que explica algunas enfermedades y muchas situaciones sociales.

Este sonar bronco de la tierra cuajará en la «Fiesta de los huesos» de Lupiana. Son fiestas en honor de San Bartolomé. El día 23 se han cantado las «rondas» a las chicas del pueblo y a las forasteras que han venido a pasar estos días. El 24, día del Santo, se celebra la fiesta religiosa. El 25 se corren los toros por el pueblo, los mismos que se lidiarán al día siguiente y que después, el 27, harán fuertes y eternos a los que coman sus «huesos». En este festejo final participan todos los asistentes. Se «cuecen en caldereta» los restos de uno de los toros, y al estilo cuartel, al son de la música, y con pan y vino que regala el Ayuntamiento, se da buena cuenta de la carne del astado.

El culto al toro es tan antiguo como la humanidad. Se constituye en totem (ser del que desciende la tribu, y a la cual protege) en primitivas capas, del hombre prehistórico. Tal vez la pintura de Altamira sea la representación del Gran Padre, del ser que ha dado la vida a los hombres. Luego, se le asimila el culto lunar, por su cornamenta que recuerda a la luna en sus evoluciones celestes. El dios Sin, deidad lunar de los mesopotámicos, se representaba frecuentemente en forma de toro. También el toro Apis de los egipcios, animal sagrado, ha representado a veces a Osiris, que era el dios lunar. Pero el culto al Sol vence a la pálida diosa de la noche, y entonces el toro vuelve a encarnarse en diversas culturas como representación máxima del poder celeste: el Sürga de los vedas es un toro solar. Para los asirios, el toro es un hijo del Sol. Según Mircea Eliade, el auténtico origen del culto taurino proviene de su mugido, que como tormenta puebla los campos y atruena los caseríos: las desatadas fuerzas de la Naturaleza le reconocerán como su productor. El dios Hadad (Baal), representado en forma de toro, lleva el signo del rayo sobre su cuerpo. Min, un dios egipcio, calificado ­de «gran toro», sostiene como uno de sus atributos el rayo, y se le invoca cuando su fuerza poderosa rasga la nube de lluvia.

Pero estas asimilaciones del toro a las fuerzas naturales concretas  como son la luna, el sol, el rayo y las tormentas, quedan superadas finalmente por la deidad que, originada en los pueblos nómadas asiáticos, se fue extendiendo hasta llegar a conocidos tiempos históricos: es el papel de gran fecundador, el creador de la fuerza genésica y de la violencia, energías que aseguran la fertilidad biocósmica. La India, el Irán, la raza aria, son los mantenedores de esta creencia y sublimación de las fuerzas creadoras del Universo en la forma del toro. Ese culto nos llega a través de los celtas, de los cretenses y de los fenicios. Y aun lo mantenemos y paseamos por el mundo como una de nuestras características, hasta el punto de haber recibido el apelativo de «fiesta nacional».

Pero es ahora la de Lupiana, la «fiesta de los huesos>, la que nos polariza la atención. Porque hay en ella algo más que ese simple jugar con el toro, algo más que ese complicado matar el toro de las corridas. Está ese comerse el toro que se erige en protagonista de la algazara, en raíz, en cuajarón desangre y antiguo bramido negrón, por el que un pueblo de la Alcarria, en el último tercio del siglo XX, está manteniendo viva su fidelidad al limpio nombre de los hombres: a la rudeza simple y clarísima de sus humanos latidos. Es Salonion Reínach el que nos recuerda la  cos­tumbre de antiguos pueblos de reu­nirse en ágapes comunales para consumir la carne de su animal totem. Los semitas se congregaban a comer periódicamente, la carne de un camello sacrificado. En Creta, en Grecia y en el Próximo Oriente, después de la muerte del toro, todo el pueblo comía de él. En la obra de Eurípides «Los cretenses», el coro relata, dirigiéndose a Minos, que «su participación en los festines de carne cruda les hizo arribar a la tierra sagrada».

La muerte ritual del rey, del dios, del ser fuerte y dominador, se observa en muchas culturas primitivas ¿Por qué matar al toro, si es el que da vida al Universo, el que engendra todo lo creado? El toro, ha de morir para que el hombre viva. Esa es la última razón de muchas costumbres sumerias, egipcias, anatólicas y siríacas. Pero esa muerte del ser potente no sirve para casi nada, si no va seguida del festín de sus restos: la potencia viril del toro, su reinado celeste y terrestre, su gran calidad de fuerza genésica, son transferidas al hombre, a sus campos y a sus rebaños. Es, si, un ritual mágico. Perdió el sentido, se moja con vino y se entretiene con música. Se hace por llenar una tarde más de fiesta. Nadie sabe, en Lupiana, que están realizando un sacrificio, un festival pleno de fuerza mitológica y de valor humano. Que están protagonizando uno de los festejos profanos más paganos de nuestro país.

Ojalá sigan todavía muchos años las gentes de Lupiana comiéndose, en esa su “fiesta de los huesos” la gran raíz que les hará más fuertes, más sabios y más fructíferos.

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