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agosto 19th, 1972:

San Pedro de Hontoba (II)

 

Y ahora vamos a describir lo que hay en Hontoba. La  vieja presencia arquitectónica de su iglesia, que durante ocho siglos ha permanecido callada, querida por los vecinos del pueblo, y desconocida para la inmensa mayoría de los mortales. No se puede comparar, todo hay que decirlo, a las grandes cumbres francesas del románico, ni siquiera a las españolas. Incluso en la provincia de Guadalajara hay bastantes piezas que la superan. Ella lo sabe y baja los ojos. Pero nosotros queremos levantarla de su humildad, darla a conocer, pasearla por las letras impresas de los periódicos. Airearla. Promocionarla. Redescubrirla.

El pueblecito de Hontoba, en plena Alcarria anclado desde el final de la reconquista, fue tal vez el resultado de la traslación de un puesto de vigilancia, exclusivamente guerrero, que tanto árabes como cristianos poseyeron en lo alto del cerro que domina el vallecillo, donde luego, al quedar despoblado, se pondría la fe en forma de ermita de Nuestra Señora de los Llanos. Decían los viejos papeles que Hontoba está en «un sitio en un hondo en una vega angosta, la entrada y salida hacia Oriente. El poniente es llano. Lo demás del término son cuestas ásperas y no montuosas, pero que no pueden labrar por ser la mayor parte de ellas blancares y peñascos de yeso; que es tierra fría, y algo templada en las enfermedades».

El valle del Hontoba fue defendido, en su cruce y unión con el del Tajuña, por un puesto que también hemos investigado, llamado «el Castillejo» por las gentes de los pueblos lindantes, y situado, en el término de Loranca. En este «Castillejo» del que hoy sólo quedan los restos de unas edificaciones muy deficientes, un dolmen muy curioso y bastantes restos de cerámica de varias civilizaciones, han tenido su asiento todos los habitantes de nuestra península: desde el hombre primitivo al castellano de la Reconquista, pasando por romanos, visigodos y árabes.

Al amparo de este «Castillejo» se creó Hontoba Cuando el mahometano corría la cuesta a bajo de su retirada, y los reyes castellanos pasaban su caballo y sus mantos sobre los campos y valles fundando pequeñas poblaciones que fueran el germen de una nación grande.

Así ocurrió con nuestro pueblo. Y desde entonces, en el siglo XI muy en sus finales, hombres y mujeres han ido pasando en el tejer y destejer de vidas y de historias. En medio del pueblo, completamente aislada del resto de sus edificaciones, y ante la ancha plaza en la que se alzó hasta hace 37 años el rollo o picota, está feliz la iglesia románica de San Pedro.

Esta iglesia demuestra estar construida por etapas. Los dineros andarían escasos para tan abultada obra, y la cosa anduvo despacio como se va a ver. De finales del siglo XII o principios del XIII data lo románico que queda. Ello es el presbiterio, el ábside y la espadaña. Formando un conjunto armónico y muy homogéneo, conservado con gran pulcritud y esmero.

La espadaña forma, por sí sola, una prueba irrefutable y un símbolo total de la baja Edad Media castellana. Se trata de una enorme espadaña, que abarca todo el ancho dé la nave mayor o presbiterio, y que está colocada, curiosamente, justo encima de dicho presbiterio, cosa no vista hasta ahora en ninguna iglesia románica de nuestra provincia en donde siempre aparece, situada la espadaña sobre el pie de la iglesia o nave principal. Sus dimensiones, por tanto, son bastante grandes, y, posee cuatro arcos para albergar campanas, de desigual tamaño entre sí, más amplios los dos derechos que los izquierdos. Sólo otra iglesia románica de Guadalajara, la parroquial de Pinilla de jadraque, tiene una espadaña con cuatro arcos. En el caso de Hontoba está hecha a base de sillares gris – ­rojizos, y culminada el triángulo superior por mampostería compacta de gruesas piedras más toscamente talladas. La corona una simple y antigua cruz de hierro.

El presbiterio, reducido y simplísimo como corresponde a una iglesia rural, está formado por los muros que marcan la separación entre nave mayor y ábside. En el lado de la nave mayor, hay adosadas una columna a cada lado, de grueso fuste y amplio capitel decorado sencillamente con elementos vegetales, en el sentido de mayor simplismo y primitivismo del arte románico castellano. De este capitel arranca el arco, posterior ya, que se une a los de la nave mayor. Todavía en el presbiterio, y ahora en la parte de muro que forma propiamente el presbiterio, se enfrentan, adosadas al mismo, otro par de columnas también de liso fuste, la izquierda coronada por otro capitel de formas vegetales, y que sirven de apoyo al arco triunfal, majestuoso en el caso de Hontoba, con cuatro dovelas de tallados sillares formando un arco ligeramente apuntado. Todo ello da una sensación de potencia y fuerza, necesaria, en todo caso, para sostener la enorme espadaña que está justamente encima. Entre una y otra columna, aparece la esquina del muro del presbiterio. En el lado derecho, una obra posterior se encargó de estropear el bello conjunto, al horadar el muro derecho del presbiterio, desmontar la mitad superior de la columna encargada de soportar él arco, así como su correspondiente capitel, y, colocar un púlpito mostrenco y antiestético.

Queda, por fin, el ábside, modelo de sencillez que pregonó el arte románico durante los, siglos de su existencia, al menos en nuestra península. De una perfecta semicircunferencia, tres ventanales se abren en él, ligeramente asimétricos, con una suave declinación y derrame hacia el interior, y que muestra el grosor del muro. Todo con el mismo material pétreo de sillería descubierta que le confiera un aire de pureza y solemnidad desusado en las iglesias rurales, Una cornisa recorre la semicircunferencia del ábside, sobre las ventanas, y éste se cubre con una bóveda semiesférica perfecta.

En el lado izquierdo, se, abre una pequeña puertecilla de donde arranca la escalera de caracol que sube hasta la espadaña. También esto se sale de lo normal, pues sólo la iglesia de San Bartolomé, en Atienza dispone de espadaña con escalera propia. Supone una vivencia inolvidable el subir por la escalera, perfectamente conservada, y cerrada por una pequeñísima cúpula reforzada por cuatro brazos en cruz.

En el lado derecho del presbiterio, ya en el muro del ábside, fue abierta una puerta para pasar a la sacristía, que es obra muy posterior, ya que ninguna iglesia románica se construía con esta dependencia.

Al exterior, el ábside no puede ser más sencillo, más elegante y más demostrativo de su categoría. Una cornisa vulgar sustenta el tejado. Todo su muro está dividido en cinco espacios iguales por cuatro haces de columnas adosadas, con tres columnas (una central gruesa y dos laterales delgadas) por haz. Las tres ventanas de que hablábamos en el interior se corresponden al exterior, estando situadas en el espacio central y extremos laterales, sin otra decoración que una cenefa sencilla, semicircular, ligeramente separada del vano de la ventana, que está formado exclusivamente por una abertura lineal, muy alargada, flanqueada por una dovela de arista viva, sin columnillas ni capiteles. Solamente en el haz más izquierdo de columnas que refuerzan el ábside al exterior hay capiteles, muy toscos y gastados, de decoración vegetal. En los otros han desaparecido, así como los sillares semicirculares correspondientes a la parte más inferior de estos haces de semicolumnas. Efecto de la erosión atmosférica y «vecinal».

Marcas de cantería se ven en las piedras de la espadaña: aspas, triángulos y una uve. En el muro norte se ve una cruz sobre basa triangular.

Así quedó la iglesia de San Pedro durante cierto tiempo: presbiterio, ábside y espadaña flamantemente construida, pero de momento, sin posible utilización. Andando el tiempo se continuó con la iglesia, ya en el siglo XIV y aun el XV, en que se terminó de construir el cuerpo propiamente dicho, con las tres naves y los pies del, templo. La nave central es más ancha y más alta que las dos laterales, simétricas. Seis columnas en total, tres a cada lado, contribuyen a su sostenimiento. De base y fuste octogon­ales, son macizas y sencillas. Los capiteles son muy simples, dejando lisos cuatro de los bordes del fuste, y ocupando los otros cuatro alternos unas esquemáticas molduras que, preludian ya el Renacimiento. De ellas arrancan los arcos semicirculares, que en número de otros tres a cada lado no rompen, a pesar de su notoria modernidad con respecto a la obra primitiva, el bello orden y emoción románica que nos causa de primera impresión este templo.

Las naves son más altas de lo que acostumbran en el románico, y la puerta, hoy tapiada, que clásicamente se ponía al Mediodía, nos dice de su indudable construcción en el siglo XV ya muy en sus finales, dándonos a entender que nunca hubo una típica portada románica. Incluso me inclino a pensar que tampoco ha tenido atrio esta iglesia de Hontoba, pues la capilla que se abre en la cabecera de la nave de la Epístola, y que hace resalte en el exterior­es de construcción más moderna, al igual que la sacristía, por lo que en el siglo XII‑XIII no pudo servir de arranque a un atrio que, si bien podría haber sido proyectado, nunca se llegó a levantar. En el muro de poniente, donde hoy se encuentra la entrada principal, resaltan dos gruesos estribos o contrafuertes, que, en caso de ser primitivos, confirmaría la inexistencia del atrio.  Pero tampoco lo son. Ya, digo que auténticamente románico, con una, antigüedad de ocho siglos, hay en Hontoba, solamente la cabecera de la iglesia: presbiterio, ábside o capilla mayor, espadaña y escalera que sube a ella. Poca pero tan elegante, tan autentico, tan fielmente conservado, que es una verdadera joya de la arquitectura medieval que merecería ser más ampliamente conocida.

Como último detalle a resaltar de la parroquial de Hontoba, citaremos el artesonado de oscura madera y restos de pintura, que cubre completamente las tres naves del templo, en muy buen estado de conservación, y que es obra indudable de artistas mudéjares, muy probablemente del siglo XVI. Un añadido al templo ya terminado que tuvo que costar también su buen puñado de dineros.

Y nada más; los comentarios huelgan. El hecho de redescubrir una valiosa obra del arte románico provincial nos parece ya suficiente motivo de gozo para todos, los buenos amantes del peregrinaje alcarreño.

San Pedro de Hontoba (I) (Historia de un redescubrimiento)

 

Vaya en primer lugar, delante de toda esta procesión (un tanto triste y aburrida para el no introducido, lo comprendo, pero sabrosa e interesante, espero yo, para los buenos catadores del arte antiguo) una explicación breve de lo que este «redescubrimiento» del subtítulo significa.

Recientemente ha aparecido, editada gracias al Patronato Provincial de Cultura, la segunda edición de una .de las mejores y más solicitadas obras del doctor Layna Serrano, «La arquitectura románica en la provincia de Guadalajara», buscada por eruditos españoles y extranjeros, que se velan en la imposibilidad de poder consultarla o aún leerla por estar agotada desde casi su misma aparición en el año 1935. El buen proceder de la Sección de Publicaciones del Patronato Provincial de Cultura, como parte del homenaje que se pensaba tributar a nuestro gran Cronista Provincial, y que, como casi siempre pasa llegó tarde, decidió lanzar una nueva edición de la obra.

Todos los buenos aficionados a la historia y al arte de nuestra provincia, nos apresuramos a conseguir un ejemplar de este libro. Muchos conocíamos ya por completo la obra, por haberla leído en alguna biblioteca. Otros la han podido leer y saborear ahora por primera vez, y se habrán convertido en entusiastas admiradores del arte románico rural en Guadalajara.

Sin embargo, y aun con ser una obra de ingente dedicación, trabajo y amor desplegados, ciertas lagunas se hacían sentir en ella. Faltaba la descripción y aún la cita de bastantes edificios religiosos de este estilo que podríamos imputar al difícil acceso que, en los años de la República, tenían bastantes de nuestros pueblos. Cuando se anunció esta segunda edición, muchos pensamos que estas lagunas serían rellenadas por el doctor Layna, que en sus continuos peregrinajes por pueblos y archivos, habría dado con los monumentos que faltaban en su primera colección. Nuestra desilusión ‑ha sido grande. Como don Francisco dice en el prólogo a esta edición, el temor suyo a que esta obra quedara «casi desconocida, sin la naturalidad y frescura de la prosa original», lo ha inducido a no añadir las fotografías y largas notas histórico – descriptivas referentes a ocho o diez templos románicos más», con lo que nos ha dejado con un buen bocado delante de la boca, y una prosa antigua a la que no lo hubiera venido nada mal algún retoque de más o menos. Una reedición, a fin de cuentas, que ha dejado en «casi perfecta» una obra que hace poco más de treinta años era perfecta.

Una de esas lagunas de la obra del doctor Layna Serrano ha sido Hontoba: la iglesia románica de San Pedro en Hontoba. Hace tiempo que conocía su existencia, pero las diarias ocupaciones me habían impedido lle­gar hasta este escondido pueblo re­costado en un vallecillo afluente del Tajuña, hasta fecha reciente en que nuestro grupo de trabajo, que forma­mos José Ramón López de los Mozos, Emilio Herranz Cercenado y yo, nos acercamos a este lugar con objeto de mirar de arriba abajo todo lo que en él hubie­ra de interés, y dar así a la luz pú­blica, noticia cumplida de sus tesoros, pequeños o grandes, eso ya es según desde la altura que se mire, pero con la conciencia tranquila de estar cumpliendo con un deber hacia nuestra provincia y nuestros paisanos.

De una mañana de abril han bro­tado estos trabajos. El de presenta­ción del pueblo; el reportaje gráfico, magnetofónico y documental de la iglesia románica de San Pedro, de sus calles, plazas y casonas, de sus costumbres, sus tradiciones, sus cán­ticos y sus leyendas; y el regusto nos­tálgico de su medieval y cristalina presencia. Hontoba redescubierta, hoy para todos vosotros.

Redescubrimiento lo llamo, y ahora se verá por qué. En las horas en que nuestro reducido grupo estuvo en Hontoba, fuimos atendidos cordialísimamente, si bien con cierto recelo al principio (dimanado, supongo yo, de alguna que otra barba larga, rostros juveniles o exceso de aparatos, cables y luminarias) por los suegros del señor alcalde, algunas ancianitas surgidas de cualquier cuento invernal, y un grupo de viejos mozos entre los que destacó con su rotundo decir Eugenio Ambite y faltó, para pesar nuestro y de todos, el Rogelio, que no pudo venir.

El tiempo que estuvimos en la iglesia tomando datos, midiendo, fotografiando y husmeando todo, se dejó sentir la presencia de don Francisco Layna. Porque no tengo la menor duda de que estuvo allí, hace pocos años, haciendo lo mismo que nosotros. Pero las buenas mujeres no supieron decirnos el nombre de ese’, señor «delgadito él, con gafas redondas, ya mayor, desde luego, bastante mayor, con dificultad al hablar, que dijo que era el Presidente de los Monumentos, y que la iglesia era de mucho valor, que era románica, muy antigua, y que venía con otros dos señores que hicieron fotos también, y también tomaron medidas, como ustedes». Don Francisco estuvo en San Pedro de Hontoba, estudió la iglesia, se maravilló de ella, seguro. Pero se murió sin publicar absolutamente nada de esto. Por eso ahora nosotros, jóvenes sin experiencia, pero con el mismo encendido afán que él puso en estas cosas, queremos dar a conocer lo que no merece permanecer por más tiempo en el olvido. Y lo hacemos con un poco de miedo, pero con alegría.