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abril, 1972:

Réquiem por un folklore

Una ronda en la plaza de un pueblo de la Alcarria

En un par de días estallará el mundo. Como desde hace miles de años estalla al empezar mayo. Con luz y gozo y canciones y caras alegres de muchachas. Con flores y campos verdes. Con el éxito total de la vida, de todas las resurrecciones, del mirar claro y sencillo. Empezará mayo, y todos estaremos otra vez convencidos de que nuestro planeta es el mejor, que nosotros somos unos tíos grandes, y qué da lástima morirse, aunque en esto se piense poco, y que si vamos de ronda, subimos al monte o bailamos la jota. Empezará mayo, como siempre. Con la eterna revolución de la Naturaleza. Y todos los ritos antiquísimos, de los que nadie sabe cuándo empezaron ni de dónde salieron volverán a cruzar con ruido y luz la ancha faz de nuestra tierra. Se hon­rará a la primavera y al sol, a las flores y a la alegría. Seremos otra vez paganos, nuestra propia raíz recuperada, y nos alegraremos, sencillamente, de que haya pasado un año, pues mayo ha vuelto, ha vuelto con  nosotros…

Ha venido mayo,

bienvenido sea,

para que galanes

cumplan con doncellas.

La Fiesta de los Mayos resucitará en muchos lugares de nuestra provincia. Los corazones tiernos de las jóvenes latirán con más fuerza. Y ellos preparan el gran golpe, la gran’ machada de gastarse un buen montón de dinero por ganar la chica que les gusta.

Mes de mayo, mes de abril,

cuando las recias calores,

cuando las cebadas granan

y los trigos echan flores;

cuando los enamorados

regalan a sus amores:

unas les regalan cintas

y otros les regalan flores.

El alma del pueblo se desborda. El íntimo poder que bulle en la sangre de la juventud sencilla y ancestral, salta al aire. Se pone en medio de la plaza el árbol más alto del término. Si se roba a los del pueblo vecino, mejor que mejor. Y arriba del todo, recortado contra el azul intenso del cielo castellano, las cintas de colores como penacho de un gran sombrero. El rojo, el azul, el amarillo, el morado, el verde y el naranja. Y frutas rodeándolo, y cajas con bombones o caramelos. Un par de medias o una muñeca. Y risas también, colgando, flotando sobre el pueblo. Una brisa mueve cintas y campanillas. Los viejos recuerdan, los que pusieron ellos. Los chicos miran y alguno intenta trepar el palo. Y la luz se hace cegadora. Los ojos lloran de tanto sol y tanta alegría.

Abril, galanes, prometiendo mayo,

con verdes pimpollos, blancos y

encarnados.

En la ermita se harán las pujas. Los hombres siempre tan contundentes. Se ven a rifar entre ellos a las mozas del pueblo. La Pili y la Manoli, la Lucía y la Tere sacan su precio y son graciosamente subastadas. Pero ellas no están allí. En su casa les late el corazón algo más que deprisa. Esperan en sus balcones, en sus ventanas, bajo los duros dinteles de los portalones, a que su hombre se pare delante y les cante las coplas. A que le diga que ha ganado y serán compañeros de baile y de paseo durante un mes. ¡Durante el mes de mayo nada menos!

Pinceles son plumas

y una me has de dar,

de tus alas blancas,

águila imperial.

Es el, sí. Ha ganado. Entonces me quiere. Y toda la fantasía y toda la esperanza se suelta en los ojos limpios de la moza. ¡Ya tiene mayo, y es el que ella quería! Es el mayo que siempre la ha mirado más lentamente. ¿Se estaría fijando ben para luego cantarla?

Copiosos y rubios

tus cabellos son,

tu cabeza es ala de la discreción.

Pero a veces llega otro. Otro que ha ido sólo a fastidiar, a fastidiar unas relaciones que empezaban. El que tiene, más dinero ha vencido en la lid de las apuestas, y ha conseguido ser mayo de una chica que no le va a hacer el menor caso, pero… ¡quién sabe! Ella, por de pronto, le hace notar su disgusto.

Niña, si no estás contenta

con el mayo que te he echado,

vuelve el mandil del revés,

que pronto se te pasa un año.

Pero generalmente la fiesta sigue con su curso alegre. Hay gran comida y convite en casa de ella. Cordero y truchas, ensaladas y tortas dulces. Y un regalo de él. Casi siempre flores. Ella, sin embargo, le da algo mejor: sonrisas, silencios, sumisiones. Y un gran pastel.

Así, todo el mes. Bailes, paseos, rondas, cantares, fiestas, mayos, árboles, cintas, soles, guitarras, coplillas, y al final, casi siempre, noviazgo, y luego boda. Es el sistema casamentero más rústico y a la vez más seguro que se ha inventado. Popular, como siempre. Salido del mismo agujero de donde salen los chopos y las margaritas, los arroyos y el musgo blando. De la primigenia cuna terrestre.

Cuando vamos, por los pueblos y hablamos de estas cosas, de «estas viejas cosas», con los hombres y las mujeres mayores, se les atropellan las palabras, se agolpan los recuerdos y caen, brincan, estallen todos los­ colores de los antiguos mayos. Aún laten los corazones de las viejecillas cuando recuerdan el momento en que llegó su mayo a la puerta, cantando, anunciando amor, pregonando sentimientos:

Por tu discreción brillan

tus finos pendientes,

formando Cupido

flores en tu frente.

Era la antigua savia del mundo, de un celtiberismo simple y rudo, pero, sentimental y grande, la que cabalgaba levantando polvo por los llanos de la Alcarria, los vallecillos y cuestarrones serranos, las huertas y campos húmedos de la Campiña. Un tic‑tac eterno que sonaba y movía a los seres. ¿Dónde está ahora todo eso? ¿En qué perdido umbral ha muerto el folklore nuestro? Tal vez podamos contestar que en el poyete patibulario de un siglo XX consumista y nivelador de cerebros. En las grandes avenidas, plagadas de luces, en las salas de fiestas apestantes la tabaco y sudor, en los mesones ultramodernos de arrabal ciudadano. Esas son las sepulturas de un alma antigua, de un lejano candor y de una fuerza primigenia que podía con todo. Con todo, menos con el traidor engaño consumista que la ha vencido.

La provincia del silencio

Aliagas frente al embalse de Almoguera

Lo que darían, en una grandiosa colecta, todos los ciudadanos de Nueva York, Londres, Paris, Berlín, Madrid, Chicago, Bilbao y miles y miles de estruendosas ciudades más dispersas por la Tierra, por poseer el silencio que posee nuestra provincia: eso es lo que vale Guadalajara. ¿Seremos tan tontos de tirar todo ese caudal inmenso por la ventana?

Cada provincia española se ha dispuesto a luchar con las armas que sabe más efectivas en este combate del turismo nacional. ¿Vamos a competir nosotros en Arte, en monasterios, en playas o en benignos climas? Sería tontería. Pues si en nuestro anterior examen de conciencia vimos que prácticamente carecemos de todo ello, sí sacamos a relucir, en cambio, nuestro silencio. Tal vez en ello seamos campeones. Cojámosle entre nuestras manos, y sembrémosle al mundo. Pero en nuestro propio suelo.

El turista leerá los carteles de las carreteras, lo sabrá ya de haberlo visto en la televisión, leído en los periódicos, oído en la radio y en las conversaciones. Nacerán las futuras generaciones con este concepto nuestro. Y habrá muchos que busquen exclusivamente esto: el silencio transcurrir del tiempo.

(Yo se que esto puede parecer, hoy por hoy, un poco exagerado y cursi, pero no me equivocaría al afirmar que dentro de 30, de 40 años, cuando nuestro siglo XX sea algo ajado y para leído en los libros de Historia, sea este nuestro ingrávido producto no sólo un slogan, sino una auténtica medicina que los médicos recetarán, igual que hoy se envía a un paciente artrítico a un balneario, o a un asmático a un clima sano de montaña, los psiquiatras del siglo XXI, entonces divos del ejercicio médico, recetarán «un mes de silencio en Guadalajara» contra neurosis y desarreglos psíquicos de toda índole. Es con una amplia visión de futuro con lo que digo esto. Pero que hay que comenzar ahora a trabajarlo).

El turista nos llegará desde Madrid, desde Zaragoza, desde Cuenca, desde Levante. Pasará por los centros comarcales que ahora llamamos cabeza de partido; allí, se proveerá de lo necesario para, una, dos, cuatro semanas, y finalmente se instalará, con su tienda de campaña, o con su caravaning, en alguno de los miles de agrestes y solitarios parajes nuestros. Y allí vivirá sus días, con los suyos, rodeados de silencio. O bien alquilará uno de los muchos bungalows o apartamentos que, a la orilla de ríos y pantanos, habrán ido surgiendo con este fin: el de alojar en ellos a hombres, mujeres y niños neurotizados por el ruido de once meses de trabajo en una gran ciudad. O bien abrirá la puerta de su propio chalet de la casa de pueblo antiguo y pedregoso que aún subsiste con este único fin de dar cobijo a los “buscadores del Silencio”.

(No. No es nada teatral ni cómico. Es algo que, si nos paramos detenidamente a pensar en ello, se nos aparece perfectamente realizable y lógico. Lo único que ocurrirá será que de día y de noche estará en funcionamiento un sistema de alarma para indicar a una central encargada de ello, el lugar donde se produzca una anormal elevación del sonido).

Porque, naturalmente, por muchos años y aún siglos que pasen, tanto nosotros, los españoles, como el resto de europeos y extranjeros que nos visiten, no llegarán a ser unos angelitos. Y habrá quien, aposta o sin darse cuenta, estropeará la sana y durmiente conseguida armonía silenciosa de nuestra provincia. Como, a lo largo de los siglos, se ha comprobado que el único lenguaje que entendemos es el del palo, o, en su defecto, el de la estaca, no habrá más remedio que crear (y aplicar, claro) fuertes sanciones contra los transgresores de las normas establecidas.

Tendría la provincia dos clases de territorios: aquellos en los que estaría permitido cierta clase de ruido ambiente, como serían carreteras y centros comarcales, en los que, lógicamente, existiría un mayor movimiento comercial e industrial, y otro segundo tipo de territorio en el que no se permitiría ninguna clase de sonidos. Tanto para uno como para otro, serían los propios residentes, que hasta allí habían llegado en busca de la tranquilidad sonora, los que oficialmente se quejaran, de la trasgresión observada y, en la segunda zona de silencio absoluto, un sistema de pequeños radares bien distribuidos informarían a uno o varios cuarteles provinciales del lugar y calidad de la alteración (dentro de 30‑40 años eso será como instalar una emisora local de radio).

Es, como todo lo anteriormente expuesto, y lo que sigue, una idea más, un proyecto que ayude a la provincia de Guadalajara a crearse un renombre y una fama entre todos los que quieran hacer un turismo auténtico: el que sirve de distracción, y a la vez de reconfortante medicina para la baqueteada alma del hombre de nuestros días.

¿”Guadalajara, provincia del silencio”, puede ir sirviendo para esto?

Sobre la sinceridad en turismo

 

En primer lugar debemos saber qué tenemos y para quién lo tenemos. Para qué sirve el turismo, y a quién le interesa que crezca.

Guadalajara es una parte de España con las ventajas y desventajas, las grandezas y miserias que, en general, posee el país. 12.190 Km.2, con unos 150.000 habitantes que viven, en su inmensa mayoría, de esos Kilómetros cuadrados que anteceden. Una especie de cerrado mundo que poco a poco se ha ido abriendo al exterior y hoy lo ha conseguido casi completamente. En este territorio hay, por tanto, hombres y mujeres, pueblos en los que viven, campos en los que trabajan, bosques de los que se aprovechan, un clima al que sobreviven, un reducido acervo de costumbres y obras artísticas que han ido elaborando a lo largo de los siglos. Y un alma ibera, española, que lo impregna todo y le da un sentido de conjunto. Solo así tomada, como un todo homogéneo y presidido por el espíritu reciamente castellano, se alza Guadalajara como un ser con vida propia a la par que in­teresante.

Todo esto, naturalmente, ha sido durante siglos para el trabajo y la posesión de sus únicos dueños, de los que la han trabajado y alzado. Nunca ha habido, salvo en las variadas guerras nacionales, quien haya intentado modificar este estado de cosas. La tierra para los que la poseen o trabajan; las cosas para el que las paga o construye. Guadalajara ha sido, por tanto, y durante muchos siglos, exclusivamente para los alcarreños. Pero en este siglo se ha acentuado la costumbre que comenzó en el pasado de que nuestras cosas interesaran a otras personas, de fuera de nuestras fronteras nacionales y aun internacionales. Eran, y son, esos seres extraños llamados turistas.

El turista es, por tanto, el foráneo que llega a una tierra sin afán da conquistarla, de trabajarla o poseerla. Solo de conocerla y disfrutarla. A raíz de este nacimiento ha surgido la cultura del turismo, que hoy es materia de estudio, trabajo y preocupación para muchas personas.

Nosotros podemos decir que tenemos tres clases de turistas: el provincial, el nacional y el extranjero. Cada uno con, sus particularidades y características propias. Con unas necesidades distintas que conviene a grosso modo, conocer. Para después brindarle lo más acorde con sus deseos. El turista provincial suele ser el deportista que practica la caza, la pesca, el excursionismo, etc. en las zonas de la provincia que ya de antiguo conoce o de las que ha recibido interesantes informes de sus amistades. Puede, por otra parte, y en escasísimo número, dedicarse a la contemplación y aun al estudio de la historia, el arte, la arqueología, etc. de Guadalajara, satisfaciendo así unas «elevadas inquietudes personales que, al igual que el primer tipo de turista, solo persigue la liberación de la tensión emotiva, a la que su trabajo cotidiano, generalmente en la capital, le provoca. Es éste un tipo de turista que sólo extiende sus actividades al día festivo, o, como máximo, al fin de semana. Requiere alojamientos en una proporción escasa.

El turista nacional es el que llega a Guadalajara procedente de otras provincias. Puede llegar de paso, por la capital o pueblos principales, a través de una ruta nacional que se ha trazado, o bien llega a disfrutar unas vacaciones más prolongadas, al reclamo del clima y las condiciones naturales del lugar que ha escogido. Cuando este turista no posee casa en el pueblo al que va de vacaciones, se ve obligado a procurársela, surgiendo uno de sus más interesantes problemas a resolver.

En último lugar aparece el consabido extranjero, que, en el caso de caer en la esfera de nuestro turismo alcarreño, ya se desprende automáticamente del sambenito de amante de los toros, el flamenco y las playas. El que llega a Guadalajara y se interesa por ella es un ser al que hay que conceder la mayor atención, pues generalmente es una persona muy enterada en introducida en el ambiente español, y está tratando de conocer los lugares recónditos y perdidos de nuestra geografía. Para él serán las informaciones claras y abundantes, los mapas precisos, inclusive los guías documen­tados.

Después de conocer lo que es el turismo, y quienes lo practican, conviene tener una idea clara de para qué sirve y qué beneficios, particulares o generales, acarrea.

Individual y personalmente, el turismo sirve para liberar al hombre de una enclaustración sistemática a la que el trabajo y la vida moderna la somete. Toma contacto con otros ambientes y sobre todo con otros paisajes y espacios abiertos que hacen derramar su espíritu y purificarlo. Es, por tanto, algo no ya natural, sino inclusive saludable y muy beneficioso corporal y psíquicamente, para el que lo practica.

Para la comunidad que lo recibe es también muy interesante, en varios aspectos. El primero de ellos, y casi me atrevería decir que, a mi gusto, el más importante, es el de saberse conocidos, el de saberse admirados y queridos. Todo lo que suponga un mejor y más detallado conocimiento de nuestra provincia, contribuye a hacerla más grande en el tiempo y el espacio, pues se extiende por todas latitudes en las voces, en las fotografías, en los escritos y recuerdos de sus visitantes.

Por otra parte, y en el plano económico, también es muy interesante. A nivel nacional, ni que decir tiene que ha sido exclusivamente el turismo el que en estos 5 últimos años ha mantenido a flote al país. En el plano provincial, supone una serie de ventajas para toda la población gracias a los diversos impuestos indirectos que abona el visitante, y, por otra parte, hace proliferar los negocios y empresas dedicadas a la explotación y servicio de este turismo, con el consiguiente aumento de puestos de trabajo y elevación del nivel de vida.

La Sinceridad aquí la hemos de usar únicamente para reconocer nuestras auténticas posibilidades, nuestras escasas posibilidades. Que no suene esto a anatema, a traición, a sabotaje o cualquier cosa parecida, pues solo el reconocimiento sincero de lo que se posee y de lo que se carece, puede llegar a aumentar lo primero y disminuir lo segundo. El juego del avestruz solo sirve para estrellarse y matarse. Siempre, para hacer el ridículo.

Adoptar la postura justa y razonada conducirá, no cabe duda, a un mayor aprovechamiento de las disponibilidades y a quedar elegantemente, delante de las demás regiones. Ser espejo y no historieta. Ese es nuestro objetivo.

Ser razonable. ¿Se puede pedir algo más razonable que: eso?

Si, por una parte, hemos visto quienes son o pueden ser nuestros turistas, ahora vamos a analizar lo que nosotros podemos ofrecerles. La tierra y el hombre, asociados durante siglos, han ido tallando una configuración, un aire, un estilo que nos caracteriza. Son ellos, por tanto, los creadores de nuestra riqueza turística.

La tierra nos ha dotado de paisajes y lugares que, en general, no tienen gran aceptación entre lo que hoy «se lleva». No hay playas ni hay montañas. No hay temperaturas suaves. Solo páramos, desnudas mesetas, sierras paladas, ­fríos altozanos… tenemos, sin embargo, los suficientes sucedáneos de todo lo que se estila. No hay inmensas playas de fina arena, ni acantilados, ni recónditos pueblos pescadores, ni altivos panoramas donde el sol tiña de oro las aguas cada amanecer. Pero somos la provincia que más kilómetros de costa posee. Una costa pobre y desangelada, pero que, como sucedáneo, es lo mejor que se ha inventado: los embalses artificiales. Tampoco nos salen las montañas de los bolsillos, ni la nieve es fácilmente accesible, ni se prestan a la escalada o planos fotográficos las que tenemos. Pero sí existen regiones de bosque o montaña, pequeños y aislados lugares de salvaje y agreste belleza natural, y aún pequeños valles y rincones que son capaces de hacer las delicias de las personas mas exquisitas en cuanto a gustar de paces y soledades interiores.

Y son esas cosas las que tenemos que aprovechar. Levantar aún más el turismo en los embalses: Entrepeñas y Buendía, sobre todo. De Bolarque, reservado hoy en día solo para unos pocos que tienen el suficiente dinero, es mejor no hablar todavía. Pero su hora llegará. Por otro lado, todo el Tajo a su paso por nuestra provincia es susceptible de aprovechamiento turístico, y a ello, se ha de  ir. No el alto ni el bajo: todo el Tajo, desde Almoguera a Peralejos, ha de ser perfectamente accesible al amante de los grandiosos espectáculos. ¿Y la montaña? El Parque Nacional, tan traído y llevado últimamente, con destino a reserva zoológica, tendría su lugar idóneo en las solitarias sierras que rodean al Ocejón en el polígono formado por Galve, Cantalojas, Majaelrayo, Valverde y Aldeanueva de Atienza. La nieve, con su recién catapultado esquí, se ofrece en grandes cantidades en esta misma zona, donde no sería descabellado pensarla como descongestiva de Navacerrada y Somosierra, haciéndola una entrada desde la Nacional I por El Cardoso, Campillo y Majaelrayo. Aprovechar como hasta ahora los tradicionales lugares de interés geográfico como el barranco de la Hoz, y decir adiós sin melancolías al Sorbe y al Bornova, por Beleña y el Congosto, respectivamente, sabiendo que su martirio es en beneficio del adelanto material de esas zonas. Bosques molineses, valles del Mesa, del Badiel, del Tajuña, del Henares, del Jarama y tantos otros donde la paz está para el que la busca auténtica.

Y poner árboles. Ponerle un sombrero verde a la provincia.

El hombre, por su parte, ha ido dejando cosas y hazañas. Para la vista y el recuerdo. También andamos escasos en Guadalajara de monumentos y de historia. Muy escasos. No tanto por culpa de la apatía de nuestros antepasados, que no las hicieran, sino por la nuestra propia, que ha permitido se vinieran abajo esos vestigios del ayer que siempre vimos como ruinas inservibles. Castillos, iglesias, monasterios, ermitas, pinturas, todo el pasado que aún se puede ver y tocar, aunque poco, hay que salvar en su totalidad, íntegramente. Sin ninguna excepción. El futuro nos pedirá cuentas de lo que en este aspecto hagamos. Pueblos enteros han de salvarse. Y danzas, y festejos, y romerías y canciones y costumbres. Restaurar, recuperar. No hay otro remedio.

Con sinceridad hemos pasado sobre lo que es y puede ser nuestro turismo. Quién viene y quién puede venir a visitarnos. Qué les ofrecemos y qué les podemos ofrecer. Paisaje, naturaleza, arte e historia. Como un programa de mano en cada puerta de nuestra ópera y concierto.