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octubre, 1971:

El Greco en Sigüenza

La Anunciación de María, por El Greco, en el Museo Catedralicio de Sigüenza, formó parte de un retablo en su catedral.

 

Si considerado en su conjunto, el Museo ­Diocesano de Sigüenza es una joya, resalta en su seno una obra que se erige en “estrella” frente a todas las demás, gracias a un favor gratuito del público, aunque dicha obra no es la mejor, por lo menos para mi gusto, del Museo. Pero ya que está allí, en lugar preeminente, y es señuelo primordial de muchos de los que acuden al recinto, voy a ocuparme hoy de esta obra y su autor. Se trata de la “Anunciación a María”, óleo de Doméniko Theotocópulos, el Greco.

La obra es de la última época del pintor greco-­toledano. Todo el Renacentismo aprendido en Italia se ha olvidado con el tiempo, el genio del Greco ha ido asombrando paulatinamente al mundo, y por fin llega él, último período, en el que todas las características esenciales de su pintura se adueñan con desesperación de cada cuadro. En esta Anunciación aparecen los tres colores preferidos del griego: rojo, azul y amarillo, sin concesiones a la mezcla ni a la media tinta. Sobre un inquietante fondo de pesadilla inconcreta aparecen María y Gabriel. Un extraño vaho pardo verdusco conmueve el alma del espectador que encuentra en un alivio en ese triángulo luminoso del que emerge la Paloma Espiritual, rodeada de dos grupos de aladas cabecillas anhelantes. El Arcángel San Gabriel sostenido por una nube que es, sin duda, lo peor del, cuadro, pone sus manos sobre el pecho dando el saludo de Quien, le envía. “Ave María, llena eres de gracia, el Señor es contigo”. Frente a él, María, al parecer arrodillada, con una mano sobre el libro piadoso que leía, y la otra en señal de humilde aceptación: “Hágase en mí según tu Palabra». Junto a ella un jarro con tres azucenas, símbolo de la pureza, y delante un cestillo con labor y unas tijeras.

Lo que Ortega y Gasset, criticaba del Greco está aquí presente como una firma total sobre el lienzo. El desmesurado sentido de acrobacia y descoyuntamiento de sus figuras, se transmite en esta ocasión al cuadro todo. Pero Marañón, aun sin desmentir este hecho indudable le defiende, y recogiendo la idea, le lanza aún más alto a su pintor preferido. Ahí está, según Marañón, la raíz de toda obra intelectual, y, con mayor razón, de toda obra artística. Es ese deseo de elevación, de salirse del cauce común, de alejarse de lo ya, hecho y aceptado, de romper con lo establecido, de crear una nueva forma de expresión que todos acepten también como válida, aunque sea mucho tiempo después, de ser más uno minino, de vivir más intensamente su propio arte y su propia vida. El Greco es un místico. Está impregnado del arrebatador sentimiento religioso y supramundano de, la      España del siglo XVI. Y eso que ese desmadejamiento y ese descoyuntarse las figuras y las escenas es  más acusado en sus pinturas religiosas donde quiere desbaratar todas las leyes de la Naturaleza para que solo haya en ellos Cielo y Santos y Oraciones. El Greco se lanzó por su arriscado camino, de imperfección y, consiguió lo que en estos casos se suele conseguir: crear obras de arte. Cm. su rota geometría de seres y paisajes que hacían exclamar a Alberti:

“Una gloria con trenos ictericia, un biliar canto derramado”

………….

etérea cueva de misteriosos bellos feos, de horribles hermosísimos.

Hablando ahora de otra cosa, hay un detalle de la pintura del Greco que siempre ha llamado la atención de sus admiradores y dado mucho que hablar a todos los que contemplan sus cuadros, incluso los defensores acérrimos del arte original de Doméniko. Se trata de ese «alargamiento de figuras» que tan en desacuerdo está con la realidad.

Algunos críticos de Arte, desconocedores en absoluto de la Medicina, crearon la teoría del astigmatismo miópico del Greco, que ha caído por su base apenas nacida, aunque siempre, ha sido comentada. Si el Greco, por efecto de una supuesta alteración visual, recibía las imágenes del mundo que le rodeaba en sentido alargado, al pintarlas alargadas, las vería con ese defecto aún mucho más acusado. Para verlas con el alargamiento al que estaría acostumbrado tendría que pintar las figuras normales. La realidad es que ese alargamiento es voluntario, preconcebido. No son deformaciones morfológicas de los santos, sino que se trata de un expresionismo voluntario y de carácter completamente espiritual. No es un mero alargamiento estético de las figuras como si fueran el reflejo de un espejo de feria: se trata de una auténtica postura intelectual, que Marañón califica de “pintura ascensional”.

Otra hipótesis que se dio para explicar, este alargamiento que a tantos extraña, fue de la locura. Algunos de buena fe y otros poseídos de un misterioso odio contra el artista, han creído en el desquiciamiento mental del Greco para justificar su pintura volátil y mística. El portugués R. Jorge llegó a calificar al Greco de paranoico, inadaptado, extravagante, excéntrico, megalómano y otros piropos por el estilo. El hecho casi cierto de su constante convivencia con los internados en el manicomio de Toledo, de donde sacaba los modelos para sus cuadros, han servido para que todos estos autores hayan creído ver confirmada su teoría del alienamiento de Doméniko Theotocópulos. Muy poco se han ocupado los psicólogos del artista de Creta, aun cuando todo su ser encierra un inagotable caudal de sugerencias psicoanalíticas.

Claro que el Greco no era normal. Como no lo es ningún artista. Todos tiene un algo que les hace, no superiores ni inferiores al resto de la Humanidad, sino sencillamente, distintos. El vulgo gris tacha de loco al que escapa de su manada; le vocifera por la calle, se burla de él, quisiera verle volatilizarse. Es molesto, incordia, lo mejor es hacerle desaparecer. El Greco fue en su época, y aún mucho después, un loco. Hoy es un genio. Así es la vida y así somos los hombres. No hay que empeñarse en cambiarnos.

Si todas estas cosas se me han ocurrido al contemplar el cuadro de la «Anunciación» que hay en el Museo de Sigüenza, puedo asegurarte, lector amigo, que con ellas «in mente» puedes pasar unos momentos agradables de pequeña elucubración particular ante esta obra, cuando vayas a visitarla en la Ciudad Mitrada. Estoy seguro que será muy pronto.

Inglaterra en Atienza

El ábside gótico del convento de San Francisco de Atienza.

 

Cuando el caminante sube la cuesta para entrar en el pueblo de Atienza, aún impresionado por el magnífico aspecto que desde la lejanía le viene ofreciendo la población, coronada por su castillo, queda sorprendido al ver a la derecha de la carretera, fuera del pueblo, la primera muestra de todo el repertorio artístico e histórico que la ciudad le ha prometido. Se trata de unas ruinas. ¿Qué más necesita el que viene en busca del pasado? El hombre es capaz de recobrar el tiempo fugitivo. Los siglos no significan nada cuando la imaginación es viva y el deseo ardiente. Unas ruinas silenciosas, brillantes, altivas, son capaces de transportarnos a los días en que aquello era ­una realidad palpable.

Lo que el viajero ha encontrado ahora son las ruinas del convento de San Francisco. A mediados del siglo XIII, hacia el año 1266, se establecieron en la villa unos cuantos padres, franciscanos, y en ella se mantuvieron a pesar de la declarada enemistad que el Cabildo de Clérigos les dedicó desde el primer día de su llegada. Pero, los humildes religiosos callaron, no respondieron a las provocaciones, y allí establecieron su convento pequeño y resignado.

Nada queda ya de aquel primitivo convento, y lo poco que hoy todavía eleva al cielo su sólida presencia, es obra posterior, pero sumamente curiosa y bella. Para comprender mejor su significado, hagamos antes un poco de historia.

España. Corre el siglo XIV. Los Trastamara están definitivamente instalados en el trono de Castilla, herederos de aquella fraticida pelea en que Enrique mata a su hermano Pedro. La hija de ­éste. Constanza, aún se, cree con derecho al trono usurpado por su tío. Y alienta a su esposo inglés, Juan de Lancaster, hijo del rey de Inglaterra, a que le mueva guerra a Juan de Castilla, su primo. Pero, ni uno ni otro deben tener muchos deseos de pelea, porque enseguida se llega a un acuerdo: casarán Enrique, el futuro rey de Castilla, con la hija de Lancaster, Catalina, nieta de Pedro el Cruel. De esta manera quedarán unidas las dos ramas y zanjada definitivamente la cuestión que podría haber dado al país una lastimosa herencia de sangre. La boda, se celebra en Palencia, en el año de 1388. Enrique tiene nueve años. Catalina, once. De esta manera, las criaturas, sin que nada imaginaran lo que significaba todo aquél festejo del que ellos parecían ser los personajes centrales, quedaban atados para siempre. Que se entendieran o no en el futuro, que la felicidad del matrimonio hiciera asiento en ellos, era ya cosa que sólo de ellos dependía. Los padres ya habían cumplido su misión de hacer política a costa de los niños.

En 1393, a los catorce años de edad, Enrique III ya es rey de Castilla. Catalina es, además de reina, señora de Soria, Almazán, Molina, Deza y Atienza. ¿Cómo era esta inglesa que tuvo a su cargo, entre otras villas, la por entonces próspera y floreciente Atienza? Fernán; Pérez de Guzmán nos traza un retrato de la dama, breve y elocuente como todos los suyos: “alta de cuerpo e muy gruesa, blanca e, colorada e rubia». Con sólo unas palabras ha quedado impresa la imagen de la reina, tal como si acabara de pasar ante nosotros. Inglesa de los pies a la cabeza, chocaría notablemente su traza entre los espa­ñoles. Añade Pérez de Guzmán que «en el talle e meneo del cuerpo, tanto parecía hombre como mujer». Grande, hombruna, colorada y, rubia. No le faltaba, más que pertenecer al Ejército de Salvación y ser sufragista. Era además «muy honesta e guardada en su persona e fama, liberal y mag­nífica”.

Esa liberalidad fué la que la llevó a costear en Atienza el nuevo convento que necesitaban los franciscanos. El cielo azul y brillante de la región, los punzantes hielos del invierno y los agobiadores rayos del sol veraniegos, eran para ella elementos que le hacían recordar con más intensidad el verde suave de los prados y el gris tendido y, melancólico del cielo de su patria. La joven reina se, ahogaba en el páramo serrano y añoraba las brumas dulces y las temperaturas suaves de los campos ingleses que le vieron nacer.

Por eso, como un paliativo de sus añoranzas, decidió que el convento de los franciscanos, que iba a costear como señora de Atienza, se construyera en todo parecido a los que en su verde patria lejana había visto. Se comenzó a edificar el ábside, que todavía hoy permanece después de casi seis siglos, en el estilo gótico inglés más puro, sin tener en cuenta para nada el gusto imperante por entonces en las construcciones de otras catedrales castellanas , como era la de Burgos. Catalina de Lancaster necesitaba ver esos ventanales altísimos, estrechos y esbeltos, que desde el mismo suelo se elevaban hasta la cúpula de la iglesia, terminando en su suspiro puntiagudo y elegante, no dejando entre los ventanales más que el espacio necesario para situar columnas y contrafuertes.

De ahí no pasó la construcción. La pronta muerte de su regio esposo, en 1406, la llevó lejos de Atienza. Si añadimos el hecho que, nos refiere Pérez de Guzmán de que «tuvo una gran dolencia de perlesía, de la cual no quedó bien suelta de la lengua ni libre del cuerpo». Comprenderemos que la reina olvidó pronto a los franciscanos de Atienza, y las obras quedaron paralizadas. Murió en Valladolid, en 1418, a los 40 años de edad, siempre con la melancolía que su lejano país hacía brotar de su alma.

Pero nosotros todavía poseemos ese magnífico ejemplar de gótico inglés, tan distinto del español y tan escaso en nuestra patria. No es grande su belleza, pero mantiene aún el espíritu de la luz con el que fue hecho y, sobre todo, nos, habla de tiempos lejanos y de seres que pusieron en él sus sentimientos y sus añoranzas. ¿Verdad que no es difícil capturar el tiempo y las edades fugitivas? Haz una prueba, lector. Ve a Atienza, párate ante las ruinas del convento; de los franciscanos, ante ese ábside de claros y ojivos ventanales, altos y rubios de puro ingleses, y, recuerda esta que has leído.