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Portugal en Pastrana

 

I

 Por muchos vientos ha sido traído Portugal hasta Pastrana. El más fuerte, sin duda, fue el que la familia Silva hizo soplar, desde su materno solar portugués, hasta estos vericuetos alcarreños de Cifuentes y Pastrana, fundando aquí ilustres familias que con el transcurrir de los años iban a convertirse en firmes baluartes de españolismo. Pero sin desprenderse jamás de su carga portuguesa; quedando al desnudo tan sólo el hueso de la «saudade».

En Pastrana está, no hace falta repetirlo de nuevo, uno de los más hermosos documentos de la grandiosidad portuguesa del siglo XV. Arte e historia de Portugal, fundidos maravillosamente en los seis tapices que, desde hace siglos, guardan celosamente las paredes de la colegiata del pueblo alcarreño. Es mi intención dedicar dos breves trabajos a estos dos aspectos, el Arte y la Historia, que hacen de Portugal algo más que un simple deleite de los ojos de quien contempla esos tapices: traen a nosotros la magnífica realidad de una cultura, que aún tan cercana a la nuestra en situación y calidad, no deja por eso de ser menos desconocida de lo que en realidad es. Tal vez se deba a un atávico espíritu de rencilla y competencia, cuando no de odio declarado, entre los dos reinos de la Península Ibérica, esta ignorancia casi general de lo que ha sido el legado cultural y artístico de Portugal. Las buenas relaciones que desde hace bastantes años mantenemos mutuamente, unido al auge del turismo español hacia el vecino país, harán desaparecer, espero que en breve tiempo, esa indefinible barrera que nos separa, tanto más absurda cuanto más cercanos estamos en la geografía. Portugal es un pequeño país, creador de una gran cultura, al que el mundo debe mucho más de lo que piensa.

Los tapices de Pastrana son el siglo XV portugués. Todo ha cabido en ellos. Desde la flor más sencilla a la última conquista de la técnica. Desde los juegos populares a las modas de señores y vasallos. Y por encima de todo, la guerra, “leit‑motiv» del último siglo medieval portugués. Y este milagro (porque milagro es el único nombre que cuadra armónicamente con lo que de las paredes de la Colegiata de Pastrana cuelga) se debe a la máxima figura artística de ese siglo en Portugal: Nuño Gonçalves. ¿Quién de vosotros no ha oído hablar alguna vez de Ven der Weyden, de Memling, de Bellini, de Berruguete? Son las máximas figuras de la pintura del Cuatroccento. Y de Nuño Gonçalves, ¿cuántas veces habéis oído hablar de él? En cualquier caso, el portugués anda siempre en condiciones de inferioridad respecto a sus colegas europeos. Situación a todas luces injusta. Porque Gonçalves es una figura colosal en el firmamento del arte.

Dice Berteaux de él que es «uno de los mayores retratistas de todos los tiempos». Su estilo es flamenco. Ha visto obras de Van Eyck, de Van der Weyden, del maestro de Flemall, de Memling… es el estilo de la época. El más aceptado. El más a propósito con el modo de vivir y de mirar en el siglo XV, un siglo que, a pesar de todos los esfuerzos realizados por sus habitantes, aún no llega a ser terrestre. Siempre queda fuera de nosotros, de nuestra latitud y longitud (sin saber en definitiva si su lugar es por encima o por debajo del nuestro). En España trabajan en esa época, y muy bien por cierto, Berruguete, Huguet, Reixach, Inglés, Dalmau, Bermejo, nuestro Antonio del Rincón… Sin embargo, y aunque no quiero que esto suene a escándalo, Nuño Gonçalves los supera, los arrolla, los apaga. Es el más grande pintor peninsular del siglo XV. Fuera de los Pirineos, sólo Van Eyck es superior. Dos o tres flamencos más le igualan. Gonçalves debe recuperar el auténtico puesto que merece. El aislamiento que durante los últimos siglos ha vivido su país es una causa de su pequeña popularidad, tan desacorde con su valía. Otra causa de este hecho es su calidad de genio. Y esto se puede decir, aunque parezca paradójico, por no haber tenido ni maestro ni discípulos. La figura de Gonçalves brilla única, aislada, vagando sobre varios siglos de arte portugués huérfano. Y por fin, y como descargo a críticos y entendidos, queda el hecho de que su obra permaneció durante largo tiempo ignorada y escondida. Fue en el siglo pasado cuando el gran intelectual portugués José de Figueiredo descubrió la obra cumbre de Gonçalves: el político de San Vicente. Posteriormente se dedujo además la paternidad de Gonçalves para con los tapices de Pastrana. Surgió entonces la fama en su país y se extendió a Europa y al mundo entero.

De la vida de Gonçalves se sabe muy poco. Su muerte acaeció en 1475. Las primeras noticias suyas son de 1450, año en que fue nombrado pintor de cámara del rey Alfonso V de Portugal. La mayor parte de su vida artística está centrada en la creación de las obras que le elevan de categoría: el político de San Vicente, encargado por el rey para conmemorar la victoria de Alcazarquivir, acaecida poco después de 1460, y los tapices de Pastrana, también encargo del rey Alfonso en memoria de la toma de Arcila y Tánger, ocurrida en 1471.

San Vicente, mártir portugués muerto a manos de la morisma infiel en Marruecos, es el patrón de Portugal y de Lisboa. Los seis grandes paneles que pintó Gonçalves en su honor, para colocarlos en la catedral de Lisboa, están hoy reunidos en una sola pieza, grande como un mundo, vasta como un siglo, en el Museo de Arte Antiguo de la capital de Portugal. El espectáculo es inenarrable. Decenas y decenas de figuras, todas de tamaño natural, se elevan y descienden en una atmósfera irreal, de sueño. Todo el Portugal del siglo XV, el Portugal de las conquistas africanas y las fabulosas aventuras marítimas, el Portugal gótico que espera alborozado la inminente llegada del Renacimiento. Pintados los rostros con un detalle, una expresión y una maestría inigualables, aparecen, rodeando al joven mártir, el rey Alfonso V y su hijo Joao, el que para siempre sería llamado Príncipe; Enrique el Navegante, con todas las olas del mar‑océano en su rostro, pocos meses antes de su muerte; damas reales, educadores, caballeros con corazas y brigantinas, capitanes y navegantes, nobles con sus trajes cortesanos, historiadores, pescadores envueltos en sus redes, judíos, caballeros moros, labradores, un obispo y todo su capítulo, los blancos monjes cistercienses de Alcobaça, médicos, letrados, peregrinos… y en un rincón, en el último rincón del inmenso escenario, aparece el autorretrato de Gonçalves. No es un mundo de cosas, de objetos. Es un mundo de seres humanos, exclusivamente. Por tanto, un mundo cargado de sentimientos de ansias, de saberes, de sacrificios, de hazañas, de tesones con los que poco a poco, en un silencioso laborar conjunto, el Portugal de los Aviz se preparaba a realizar su máximo papel ante la historia.

Este es el hombre y ésta es su obra. Pastrana guarda, si no lo mejor, sí una parte de su gran hazaña artística. Por él, por el callado y genial Gonçalves, Portugal está en Pastrana, y Pastrana está en el mundo entero.

II

Y ahora llega la Historia; la Historia de Portugal. De la mano de Nuño Gonçalves retratada imperecederamente. Los seis tapices góticos que hacen de la Colegiata de Pastrana un Museo sin par en el mundo cuentan, claman, vociferan, el gran momento de la nación vecina bajo el mando firme de su rey Alfonso. De la dinastía de Aviz, instaurada en 1383 en la persona de Joao I, es Alfonso V uno de los más altos jalonas, preparador de las más altas cumbres portuguesas, ocupadas por sus descendientes Manuel y Joao II Hoy nos dedicamos con exclusividad a Alfonso por ser él el protagonista de esos seis maravillosos tapices que, entre colores y sones de trompeta, unen Portugal a Pastrana sin deserción posible.

Pueblo de labradores, con una Reconquista terminada y una nueva y voluntariosa dinastía en el trono, ha hallado un nuevo sentido para su existir con la conquista de Ceuta en 1415. Portugal está destinado, así lo piensan todos sus hijos al comenzar el siglo XV a gobernar el mundo,

En 1432 nace Alfonso V y, a los .seis años de edad, es nombrado rey por la muerte de su padre, don Duarte. Se hace cargo de la regencia un hombre magnífico, sabio y honrado: el infante don Pedro, que en todo momento trató de dar una esmerada educación a su sobrino, a quien casó con su hija Isabel.

Para conocer mejor el carácter de Alfonso V habría que detenerse más ampliamente en la figura del regente don Pedro, que forjó su carácter. Pero no hay espacio para ello. Baste citar aquí su obra «Virtuosa Benefeitoria”, una de las cumbres de la literatura y filosofía medievales. Es un profundo tratado de ética cristiana, basado en el espíritu clásico de Aristóteles, Plutarco, Cicerón y Séneca, e infundido de le católica en el finalismo y el juicio de los valores. El Infante don Pedro es el Renacimiento entrevisto. No se comprende el resto del siglo XV portugués sin su presencia en estos años de regencia.

Cuando Alfonso V se hace cargo efectivo del mando de la nación, llega la angustiosa noticia de la toma de Constantinopla por los turcos. La seguridad de Europa amenazada; las bases del cristianismo en peligro. El Papa Calixto III manda su grito de ayuda a todos los monarcas cristianos de Europa. Pero sólo es Alfonso, el portugués, quien responde inmediatamente, enviando a Italia y fondeando en Civita‑Vecchia una poderosa flota (la más potente del mundo en aquellos momentos). Nadie más presta su colaboración, y Alfonso, solitario en su ímpetu de contener al turco, desiste de la idea y se lanza a hacer la guerra al Islam por su cuenta. La fuerza toda de esa escuadra sin destino fijo, vagando por el Mediterráneo en busca del enemigo, atraviesa el estrecho de Gibraltar rumbo al Océano y la vuelca Alfonso contra la ciudad de Alcazarquivir,

La victoria es aplastante. Es el momento en que el rey encarga a su pintor Gonçalves el políptico de San Vicente, en recuerdo del mártir portugués ejecutado en esas tierras marroquíes. Es el momento también que quedará cristalizado, años más tarde, en los tapices de Juan Anés (Cerco y Entrada en Alcazarquivir) que hoy contemplamos en Pastrana.

La figura de Alfonso V, de pálido y huesudo semblante, no se nos hace nunca antipática, a pesar de lo que a fines de su reinado ocurrió entre él y nuestros Católicos Reyes, Isabel y Fernando. Es el hombre que abre las puertas de su país al Renacimiento; el que implanta un nuevo sistema centralizado de gobierno y personifica (¿por qué no Alfonso de Portugal en vez de Fernando de Aragón, como se repite siempre, casi por inercia?) a «El Príncipe», de Maquiavelo. Entre la brutalidad medieval y el refinamiento renacentista, Alfonso encarna con nitidez el espíritu, travieso y cínico a la vez, del siglo XV. Es un político mesurado y hondo, pero conserva a lo largo de toda su vida el loco fuego juvenil que hace de él un gran rey, intrépido a la par que calculador.

Siendo ya rey, cuando contaba 27 años de edad, conoció la predicción que corría de boca en boca, y que prometía el imperio del mundo a quien se apoderara de una espada escondida bajo los cimientos de una torre de la ciudad marroquí de Fez. Entusiasmado, funda una Orden de Caballería, compuesta por veintisiete miembros, a la qué da el nombre de Orden de la Torre y de la Espada. Su parte de culpa tuvo éste, que casi es juego de chiquillos en la universal expansión marítima y territorial del Portugal de sus nietos.

Tras quedar viudo, viajar a Gibraltar para pedir a Enrique IV de Castilla la mano de su hermana, la princesa Isabel, enterarse de que ésta ya se ha casado en secreto con Fernando, príncipe de Aragón, toda la fuerza defraudada de Alfonso se dirige de nuevo contra África. Y a continuación escribe Alfonso V de Portugal una de las más bellas páginas de la historia de su país; páginas que serían, poco después, pintadas por Gonçalves y tejidas en Tournai por Pascual Granier, para acabar parando y admirando el mundo en la Colegiata de Pastrana: año de 1471 (cinco siglos han pasado).

Arzlla, gran ciudad marroquí sobre la costa atlántica, al sur de Tánger, es atacada por más de 30.000 portugueses a bordo de 477 barcos. Toda la gran fuerza de Portugal se descarga en el día de San Bartolomé. Des­embarco, cerco y asalto de la ciudad (perpetuados, respectivamente, en tres, de los grandes tapices) ven la muerte de 2.000 árabes y la prisión de otros 5.000. Al fin del terrible día de combate, el heredero del trono, el joven don Joao, de sólo dieciséis años de edad, que había combatido bravamente, es armado caballero en la Mezquita por su padre, tremendamente emocionado al ver la gloria alcanzada y el cadáver de su fiel vasallo, el conde de Marialva, que ha sido decapitado por los moros en el transcurso de la lucha.

A consecuencia de esta victoria, Tánger se rinde sin combate. Es el cuarto tapiz de Gonçalves.

Es éste el momento cumbre en que Alfonso V aparece, en los tapices de Pastrana, envuelto con el multicolor ropaje de su valiente y corajudo pueblo. Alfonso el Africano, Alfonso rey de Portugal, rey de los Algarves, a un lado y otro del mar.

A Alfonso le va a perder, sin embargo, su excesiva ambición. Aprovechando las rencillas internas de sus vecinos castellanos, maquina su plan para llegar a ser rey de Castilla (¿había encontrado, acaso, la espada de Fez?). Se casa con Juana la Beltraneja, hija (en teoría) de Enrique IV de Castilla, que la ha reconocido heredera. Isabel y Fernando, puestos en el trono de la nueva España unificada, acabarán con todos los anhelos del portugués, al derrotarle estrepitosamente en Toro el 1 de marzo de 1476. Por muy poco no es capturado Alfonso en esta batalla; sólo le salvó la oportuna llegada de su hijo Joao. Fernando el Católico, que vivió muy de cerca el momento, exclamaría más tarde: «Si no llega a venir el pollo, cogemos al gallo».

El caso es que en aquel lugar y fecha se apagó la estrella del portugués. Poco después, en 1481, muere en la ciudad de Sintra, en la misma habitación en que había nacido. Toda una vida de batallas, de conquistas “al otro lado del mar», de poco remunerables viajes de exploración hacia remotos océanos, agotó al todavía incipiente Portugal, que apenas contaba con una población de un millón de habitantes. Dio, sin embargo, la medida de que Portugal era e iba a ser capaz de hacer grandes cosas. Su hijo Joao, el Príncipe, no pudo exclamar otra cose al sucederle en el trono: «Mi padre no me deja de Portugal nada más que los caminos,». Pero su padre le había dejado, además, otra cosa muy importante: la firme conciencia de que Portugal era un pueblo adulto capaz de grandes hazañas. Con ese ánimo, y con sólo los caminos. Joao II tuvo suficiente para lanzarse, a lo grande, por todas las rutas del mundo, olvidando su pequeño solar peninsular.

De poco te valdrá, lector amigo, la lectura de estos dos artículos sobre el Arte y la historia de Portugal si no vas a Pastrana y te hundes en ese mundo fantástico y evocador de los tapices. Esto que has leído son cuatro palabras de introducción, un par de frases tan sólo para centrar un poco la policroma y exuberante maravilla que se guarda en la Colegiata de Pastrana. Acude a su llamada, que se hará recuerdo Inolvidable.

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