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abril, 1971:

Ideas para una Casa de la Cultura

 

Esos dos escudos, esas dos ban­deras de piedra que hoy aparecen en la portada de este periódico, ¿ten­drán la oportunidad de presidir de nuevo la puerta de nuestra cultu­ra?

Hace diecinueve meses  justamente en septiembre de 1969, y con motivo de haber sido proclamada su hija Reina de nuestras Ferias y Fiestas de Otoño, el Ministro de Educación y Ciencia, señor Villar Palasí concedió un presupuesto de casi 50 millones de pesetas para la total restauración del Palacio del Infantado, tantos años en ruinas, y su rehabilitación como centro cultural de primer orden para nuestra ciudad y provincia. La noticia, anchamente difundida por toda la nación, alborozadamente recogida por toda la provincia, añadía, junto a la generosa cifra de millones presupuestados, el tope de 18 meses para su total terminación. Los dichos 18 meses se cumplieron el mes pasado. Algo, pues, ha fallado. Porque las obras del Palacio y Centro Cultural, distan todavía un tanto de su completa terminación. Claro que, bien mirado el asunto, mejor es tarde que nunca. Uno llega a forjarse cierta filosofía de la espera y la paciencia.

Aprovechando, pues, que todavía no se ha trazado el perfil de lo que será el noble y cultural destino del Palacio del Infantado voy a jugar a las suposiciones, a los proyectos, a las esperanzas. Se me podrá decir que quien soy yo para tomarme esta libertad. Yo, en efecto, no soy nada, no soy nadie. Calo gafas, peino bigote y, por si fuera poco, estoy cumpliendo él servicio militar en el Ejército de África, lo que significa un total ale­jamiento (físico, claro, está) de, Gua­dalajara y sus problemas. Hablo co­mo, un ciudadano más, eso es todo. Y si hubiera otros muchos ciudadanos que hablaran sobre este tema, mi contento y satisfacción serían inmensos. También se me podrá espetar que por qué me meto en esto. Por­que tengo la obligación de meterme, esa es mi respuesta, como la tenéis todos vosotros. Una ineludible obli­gación de preocupación por los pro­blemas de vuestra ciudad, de vues­tra provincia, de la, nación entera. Es nuestro amor a esta tierra que se llama Guadalajara, que se llama España, lo que nos mueve a meter­nos en este asunto. Los que se callan son los  peores enemigos.

Se pensó, en un principio, que una vez restaurado el Palacio del Infan­tado sería destinado a Archivo de no se qué cosa. Proyecto que, afor­tunadamente, fue poco después desestimado. Cuando hace diecinueve meses se concedió el ya comentado presupuesto se decidió instalar en su interior la «Casa de la Cultura», que ya existe en muchas ciudades de España. La Casa de la Cultura es una Institución importada de Francia, donde ha alcanzado una perfección digna de todo elogio. En el ­vecino país, las Casas de la Cultura, dependen totalmente de los de las localidades en que están situadas, lo que implica un cierta irregularidad en sus rumbos culturales, a tenor siempre de los vientos políticos que soplen en cada Ayuntamiento. En España, sin embargo, las Casas de la Cultura dependen, en unos casos, de las Cajas de Ahorros, en otros del Ministerio de Educación y. Ciencia de las Diputaciones o Ayuntamientos en otras ocasiones. Total: que existe un total desconcierto y desperdigamiento de iniciativas a la hora de organizar una especie de «Federación de Casas de la Cultura» de toda España, que sería el mejor derrotero para que estas instituciones cumplieran a la perfección la alta misión que en teoría les está encomendada. Su dependencia del Ministerio de Educación y Ciencia sería lo más lógico. En el caso de Guadalajara, el paso ya está dado, pues es a este Ministerio al que de momento pertenece el Palacio del Infantado.

Las múltiples Casas de la Cultura que han ido surgiendo paulatinamen­te por todo nuestro territorio nacio­nal han naufragado en su objetivo desde el primer momento. Han que­dado, en la mayor parte de los ca­sos, como meras bibliotecas locales, donde, de vez en cuando, se da alguna conferencia o se exhibe alguna exposición de pintura. Si, como que­da bien claro, somos incapaces de mejorar lo que han hecho los fran­ceses, vamos por lo menos a imitar­los, sacando y poniendo en marcha todas las conclusiones aprovechables que de su experiencia han derivado. Basándome en lo que las Casas de la Cultura son en Francia, y aun añadiendo alguna idea nueva, la nues­tra, la de Guadalajara, podría ama­necer la más moderna, la más per­fecta de España, con esta estruc­tura:

La Biblioteca Provincial sería ins­talada en ella, abandonando definiti­vamente el semirruinoso local que ahora ocupa en el Instituto, de Enseñanza Media, y que impide su normal funcionamiento.

Además de la Biblioteca, se ins­talaría una Discoteca Provincial (en el sentido etimológico de la palabra, no en el que bárbaramente ahora se utiliza por la juventud «in» o como se quieran llamar), que sería un ser­vicio de préstamos de discos a todos los afiliados y socios, exactamente igual que una Biblioteca presta li­bros.

Dentro de unos cuantos, años, cuando el español tenga algo más evolucionado su sentido cívico, se podrá añadir un nuevo servicio de présta­mos: la Pinacoteca Pública, en la que los socios podrían tomar en prés­tamo durante unos cuantos días, pin­turas, esculturas y otras nuevas obras de arte, que harían de su hogar un perenne y novísimo museo. No hay por qué extrañarse de esta idea. Den­tro de nada estaremos inmersos en el siglo XXI, y por alguna parte hemos de empezar a demostrar que pertenecemos a él.

Un amplio salón de relaciones so­ciales sería el lugar de partida para el resto de las estancias más espe­cíficamente culturales. Este salón, am­plio y acogedor, vendría a ser, que duda cabe, el clásico casino, en el que, eso sí, no estaría permitido otro juego que el ajedrez.

Desde este salón se pasaría al sa­lón de actos, corazón y médula de la Casa de la Cultura. Al mismo tiem­po, que sala de conferencias, sería cine, teatro, y lugar donde los más atrevidos dieran a conocer sus ideas artísticas y culturales. Todos los sá­bados y domingos tendrían los socios asegurada una magnífica velada. Las películas alternarían con las obras de teatro, las conferencias con los conciertos, los recitales de poesía con la actuación de los cantantes de última hora, en una variedad intermi­nable.

Desde el anteriormente esbozado salón de relaciones sociales se pasaría también a la sala de Exposiciones, en la que, a lo largo de todos los días del año se podrían contemplarlas más variadas manifestaciones de la cultura nacional y universal, exposiciones de pintura, escultura, fotografía, colecciones de sellos y mo­nedas; los más variados etcéteras ca­ben en esta sala de Exposiciones. Es más, en los intervalos entre una y otra exposición notable, los artistas de la provincia tendrían la oportuni­dad de colocar, ellos mismos, las obras que consideraran dignas de ser contempladas por los demás. Que to­das las ilusiones y todos los limpios afanes de cultura tuvieran libre, ca­bida en el recinto de ésta Casa gran­de, que sería de todos.

En el resto del edificio iríanse si­tuando los domicilios sociales de to­das las asociaciones y agrupaciones culturales, recreativas y deportivas que actualmente existen y que en el futuro se vayan constituyendo. De esta manera, todas estas entidades, tanto particulares como estatales, po­drían utilizar los locales (sala de exposiciones y salón de actos) de da Casa de la Cultura. De una manera automática, y previo reajuste de cuo­tas, todos los pertenecientes a este tipo de asociaciones (Educación y Descanso, Antorcha, Sección Femeni­na, OJE, los socios de la Biblioteca Provincial, los del Casino, todos los pertenecientes a las Federaciones De­portivas, etc. etc.) pasarían a ser socios de la Casa de la Cultura, pu­diendo disfrutar de sus mil y una posibilidades. El pagar una cuota para este disfrute es algo totalmente obli­gado, incuestionable. Porque son los socios los que han de mantener, ayu­dados por alguna que otra subven­ción estatal, su Casa de la Cultura.

Por otra parte, también podrían ser socios todos cuantos de los pue­blos de la provincia lo desearan. Se organizarían expediciones en autobu­ses para que los socios de los pue­blos pudieran presenciar, los actos artísticos, las exposiciones instaladas, etc., preferentemente los domingos, día en que la Biblioteca y Discoteca tendrían un horario, más reducido del normal, para que estos socios lejanos pudieran cambiar sus discos y libros.

La llama de la cultura, esa figurita tan traída y llevada, tan poco dinámica hasta ahora, debe de aumentar tiene la gran oportunidad. El marco es único, las posibilidades inmensas. Estas que he expuesto aquí ‑son unas ideas particulares al respecto, que pueden ser mejoradas con otras que deis vosotros. Nuestra ciudad, nuestra Guadalajara, que empieza con ilusión la década de los años 70, ha de proyectarse más adelante todavía, mirar ya al siglo XXI en el que esta Casa de la Cultura será un elemento primordial de rango y nobleza para nuestro antiguo, nombre.

Un artista seguntino: Martín de Vandoma

 

Uno de los muchos de la historia de Sigüenza, donde el arte se ha hecho ciudad. O, mejor dicho, donde los artistas han hecho, a golpes de cincel, de cálculos aritméticos y de fina sensibilidad, una brotada laguna soñolienta y un marfileño, cofre para la historia.

Pero Martín de Vandoma, sobresale del numeroso grupo de estos artistas con un empuje y una categoría que le apoyan sólidamente en su vida y le mantienen inolvidable más allá de su muerte: de él se conocen más datos que de cualquier otro artista de su misma época.

Aunque la catedral de Sigüenza, una de las más viejas de España, se empezara a construir en el siglo XII, las obras de su construcción (o reconstrucción) han llegado hasta nuestros días. Pero fué en el siglo XV, cuando don Pedro González de Mendoza se sentó en la silla episcopal, y en el siglo XVI, cuando el ritmo de obras en la catedral seguntina fué constante y apresurado, adquiriendo en aquella época todo su posterior carácter.

Y es en el siglo XVI, ciudad donde vive el Renacimiento, cuando nace Martín de Vandoma. En Sigüenza precisamente. Nada sabemos de sus antepasados, ni siquiera de los más directos. ¿Era su familia oriunda de la región? ¿O habían llegado unos años antes ante la fama que la ciudad cobró entre los artistas? ¿No os parece que ese apellido, Vandoma, tiene muy poco de castellano, y si mucho de francés (Vandomme…) o de holandés Van Domme? Pero no hay que desilusionarse por ello. Martín nació en Sigüenza y allí se educó. Su formación artística, incluso, la hizo íntegramente en su ciudad natal. En Sigüenza vivían y trabajaban por entonces una pléyade de artistas que, si no originales, ni de alto rango, sí sabían bien su oficio y se lo enseñaron a Vandoma. Covarrubias andaba también por allí, pero demasiado esporádicamente. Otros asuntos le llamaban en Toledo, y su cooperación en la catedral seguntina, aunque de un gran mérito (esas decenas de extasiadas cabezas pétreas de la Sacristía) no fue abundante. ¿Conoció tal vez Martín Vandoma al artista que dio sonrisa eterna y triste a don Martín Vázquez de Arce? El autor de la estatua yacente del Doncel, cuyo nombre e identidad se nos han escapado para siempre, debió estar en Sigüenza alguna época, a comienzos del siglo XVI, por lo menos a colocar su obra, si es que no la hizo allí.

En este ambiente de limpia emulación entre los artistas creció Martín Vandoma y fué adquiriendo dominio sobre el cincel y la piedra. Cuando se paseaba con sus maestros por las naves catedralicias, se encontraban en plena ejecución las Capillas de Santa Librada y del Obispo de Canarias, entre otras.

La primera noticia que nos llega de 61 data del año 1554, en que, por fallecimiento del maestro Durango, que dirigía la obra de la Sacristía, el Cabildo nombró a Vandoma para ejercer los cargos de maestro mayor de la iglesia y entallador principal de la obra de la Sacristía. Esto nos quiere decir que ya en esa época debía de estar ocupando algún puesto de ayudante muy principal en las obras de la catedral, cuando se acudió directamente a 61 para ocupar dos puestos tan importantes.

El renombre del artista fué creciendo en la ciudad, y haciendo sentir su peso a la hora de elegir personas para cargos de relieve e importancia. Fué por eso que en 1556, el Cardenal Pacheco pensó en Vandoma para ocupar un puesto de diputado del Ayuntamiento, que habla quedado vacante.

En 1561 dio fin a las obras de cantería de la Sacristía comenzando entonces las obras de ornamentación. Ayudado de sus, ya por entonces, numerosos discípulos, ejecutó la puerta y la cajonería de la misma, con un estilo que ha ido haciendo suyo con el paso del tiempo. Es un estilo plateresco en su raíz aprendido de Covarrubias, que dejó amplia estela de admiración y entusiasmo tras sí en los artistas seguntinos. Pero Vandoma lo hace suyo y lo transforma. Y crea una escuela de carácter propio. Porque al plateresco español le mezcla ese aire más sereno y clasicista del Renacimiento italiano. Surge un arte que podemos llamar con satisfacción, seguntino. Característico de su catedral. Con personalidad. Y se lo debemos al genio de Martín de Vandoma.

Según consta en las actas capitulares, Martín solicitó la función de director de la construcción del Trascoro, que por entonces se iba a acometer después de instalado el Coro en la nave central. Pero, por razones desconocidas, el Cabildo confió esta tarea al arquitecto Juan Vélez. No olvidó, sin embargo, el Cabildo a nuestro artista, y le encargó la ejecución de un nuevo púlpito, el del lado del Evangelio, pues ya tenían colocado el incomparable del lado de la Epístola. Vandoma trabajó en su púlpito desde 5 de mayo de 1572 a 19 de octubre de 1573, logrando con ello, dar remate a su obra más significativa y peculiar. En este púlpito desarrolló al máximo su depurada técnica y su inspiración de buen renacentista, logrando plasmar en el claro mármol de Cogolludo un retablo completo y dramático de la Pasión del Señor. Más tarde, en 1574, le fueron encargadas cuatro sillas del coro, que, aunque se salía de su concepción del arte, realizó en traza gótica para no desentonar con las que ya estaban colocadas, y que forman uno de los mejores conjuntos de «arte abstracto» que se pueden admirar en las catedrales de España (ver NUEVA ALCARRIA de 29­ Nov. 69).

Pero el arte de Vandoma no quedó confinado entre las muchas paredes de la catedral seguntina: por toda la diócesis han quedado diseminadas sus obras y su estilo de marcado renacentismo. Hoy no queda nada prácticamente de sus obras rurales. El incendio de 1936 se lo llevó todo por enmedio.

Y al fin queda Martín de Vandoma prendido en su rítmico galopar del hierro sobre la piedra, diluido en el agua que moja la obra recién hecha, en la satisfacción de ver cómo encajan unas con otras las piedras, haciendo que, por la gracia del hombre gobernando sus breves músculos, la ruta naturaleza se troque en afiligranada labor artística. Un artista seguntino que sus paisanos, y la provincia entera, no quieren, no deben, olvidar.