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febrero, 1971:

La muralla de Guadalajara

 

I

Lector, ponte un traje gris, coge una trompeta, deja la puerta, de tu casa abierta, y sígueme. Vas a hacer una excursión por encima de un cadáver, tratando de encontrar la abierta mirada de su antiguo rostro sonriente. Ya me dirás si te parece macabra, divertida o qué.

Guadalajara, como le ocurre a todas las ciudades, tiene varias corporeidades, y varias existencias: una de ellas es la de su emplazamiento. Su concreta presencia tomando forma y ropaje. Y todo este ballet, con su correspondiente historia.

Naturalmente, hoy nos encontramos con una Guadalajara de kilométricas raíces, de anclados dedos en el magma doliente de su suelo. Todo nuestro hacer y decir en torno a su cuerpo está ya irremediablemente condicionado por su situación, por el múltiple avatar que la ha fundido al redondo y danzarín mundo nuestro, como clavo del que sólo se ve la cabeza.

Pero hubo una época en que aquí, bajo nuestros pies, no había nada hecho: piedras, tomillo, alborotado declive hacia el río. Nada más. Y fue preciso comenzar a levantar. Antiguos dichos de iberos o romanos abren el telón de esta historia. Un pequeño núcleo de primitivos agricultores aborígenes, aquí desplazados desde el otro lado del río en la llanura. Un reducido destacamento de romanos más tarde, guardando el paso sobre el Henares, desde Complutum a Cesar Augusta, desde Mérida a Roma.

Casi nada, en realidad. Tiene que llegar la Edad Media. Tiene que llegar la época del alborotado luchar de espadas y puños; tiene que llegar, en fin, el múltiple cla­mor guerrero de los árabes, para que esta arcillosa y empinguruchada orilla del Henares cobre un nuevo valor y alce su bandera de juez en las riñas ancestrales de los hombres.

A un lado, el derecho, del pedregoso río, la más o menos estremecida llana por donde caballos y soldados pueden correr y llegar a cualquiera de sus partes sin más dificultades. Al otro, alta pared, cenceño y vertical muro que impide el paso hacia las altas mesetas alcarreñas. Y aún más: entre dos profundos cortes del terreno, a fuerza de siglos labrados por sendos arroyos, un orgulloso pedazo de vivir inaccesible: ese será el lugar para Guadalajara. Su cuna, su casa, su tumba. Y si fueron ellos, los del moreno rostro, los que primero decidieron poner ahí un dilatado lugar de residencia, justo es, por tanto, que para siempre lleve el nombre que ellos le pusieron. Repetidlo una y otra vez. Sin usar los dientes apenas. Con lengua, labios y garganta. No es necesario usar el mineral; basta con el aire y la carne. La suavidad justa para su nombre: Wad­Hayara.

Para llegar hasta su puerta es necesario cruzar el río. Hoy poseemos dos lugares por donde salvar esta dificultad. Pero durante siglos y siglos sólo ha habido un paso sobre la masa o alborotada sábana verde y húmeda. “El puente del río” por antonomasia, del que en otra ocasión trazaremos la biografía con la amplitud y detalle que merece. Ahora vamos a ir concretándonos a algo que, aunque hoy un poco en el etéreo país del recuerdo y otro poco entre el polvo de viejos libros, durante muchos siglos fue la garantía de una continuidad y una permanencia para los ciudadanos de este nuestro multisecular solar. La muralla. Las murallas. El cascarón de piedra en el que se ha incubado gran parte de nuestra historia.

Sin embargo, hablar de las murallas de Guadalajara será, para tantos de vosotros, como hablar del viaje al centro de la tierra de Julio. Verne. Poco más o menos una calenturienta fábula. Algo que yo, y otros cuantos que antes de mí se han dedicado a hacer hablar a lo que de perdido fantasma tiene nuestra ciudad, nos inventamos por pura presunción o esnobismo. Nada de eso, lector amigo. Tienes aquí, ahora, la gran oportunidad de poner en acción ese otro par de ojos que te han sido concedidos, tan apropiados para estas ocasiones en que se trata de hacer extrañas excursiones al pasado. De la nada surge un mundo medieval, acabado, completo. Hoy más que nunca, de ti depende que Guadalajara no desfallezca en esta hora de lanzamiento hacia delante. Porque se tiene que apoyar en algo: en ese pasado que ha de vivir en ti, en mí, en todos los que la hacemos y la catapultamos hacia su decidido futuro. Es completamente necesario ese entronque entre el ayer fastuoso, pintoresco y rudo de nuestra ciudad, y el mañana que la estamos preparando. La historia de sus antiguas murallas cumple hoy este cometido: pocas palabras serán necesarias, ya verás, para dejar trazado el boceto de lo que fue durante siglos nuestro redondo escudo.

No cabe la menor duda que fueron árabes sus constructores. Los cristianos, que desde el Norte avanzaban cada vez más firmemente, amenazaban la seguridad de la islámica sociedad alcarreña. No cupo otra alternativa que construir la muralla en torno al núcleo de la población. Fuera quedó el arrabal cercano al río y la judería, partes que poco a poco iban perdiendo su importancia. Sus materiales innobles (tapial y ladrillo) suplieron la falta de buena y abundante piedra por estas tierras. Las muchas brechas que el tiempo hizo en ella, y el múltiple afán de los cristianos que, a finales del siglo XI la arrebataron definitivamente a los árabes, llevó a la construcción de una nueva y más sólida muralla. Alfonso VII, en el año 1133, hizo un «presupuesto» para los gastos de material y mano de obra de construcción de algunas puertas y muros. Durante el resto del siglo XII y aún parte del XIII, muy probablemente a  instancias de Alfonso VIII, vio de nuevo Guadalajara redondeado su perímetro y defendido su corazón de hipotéticos peligros.

Pasó el tiempo y la gente (como es lógico, hasta cierto punto; ¡cosas peores se han visto!) fue cogiendo piedras de la muralla para hacerse nuevas casas, levantar corrales tapar agujeros en las tapias. Nadie se quejaba de ello… ¡pues adelante! Así llegamos al siglo XVI, en el que ya poco quedaba de las medievales defensas de nuestra ciudad. El tiempo acabó con ellas. Bueno, mejor será decir que fue el tiempo… y los hombres, tan buenos aliados suyos, los que acabaron con su recia existencia. Aún en el siglo XIX quedaba algo de ellas, lo suficiente para que piquetas públicas y privadas se lanzaran, a la limón, al entretenido deporte del derribo de cosas viejas. Aún hoy quedan alguna que otra puerta y algún que otro trecho de muro. Pero no digo dónde, no sea que alguien se entere y las derribe. Mejor olvidadas que muertas.

II

Después de conocer un poco de las vicisitudes históricas por las que pasó el cinturón amurallado de nuestra ciudad, vamos a dar hoy otro paseo que espero no sea demasiado pesado ni aburrido. Dar la vuelta a las murallas de Guadalajara nos va a costar vaciar un poco el saco de nuestra nostalgia, gastar algo de zapatos, y en cualquier caso compenetrarnos un poco más con nuestra ciudad, que quedará ceñida por nuestro recuerdo en la misma dimensión que hace siglos lo estuvo por pétreo y almenada torrería.

Varias eran las puertas por donde entrar al recinto, pero me parece más lógico empezar por la que primero se encontraban los que, abordo de corcel, pollino o alpargata, cruzaban el puente sobre el Henares y quedaban asombrados ante la desafiante quilla almenada que coronaba el cerrillo de la Alcallería. A este barrio, que aún conserva su nombre medieval, aunque traducido del árabe (Alcallería) al castellano (Cacharrerías) se entraba por la puerta del puente, pequeña y sin grandes posibilidades de defensa, como tampoco las tenía la más valla que muralla que, de manera simbólica, cercaba este barrio extremo de la ciudad. Muchas modificaciones ha sufrido, especialmente en los últimos años, toda esa zona: primero la cuesta del Hospital, y recientemente los desmontes de las Avenidas del Polígono, han volatilizado la dificultad que realmente suponía el entrar a Guadalajara desde el puente, teniendo que bordear para ello un agrio mazacote de terreno, hoy, como digo, desaparecido.

Una vez atravesado este barrio, se llegaba ante la verdadera puerta de la ciudad, la de la Alcallería, comenzaba la muralla. También llamaron de Bramante a esta puerta, en recuerdo de un moro muy atado a leyendas. A la izquierda de la puerta se alzaba el colosal Alcázar, sede del gobernador moro (hoy del viento y la desidia). A la derecha corría la muralla bordeando el extremo norte de lo que con el tiempo llegaría a ser convento de los Remedios y hoy escuela Normal del Magisterio. Un fuerte torreón esquinero guardaba el fuerte viraje que daba la muralla sobre el barranco de San Antonio. Bordeando éste, la siguiente abertura era la Puerta de la Feria, por la que, según la leyenda, en estrellada y bucólica noche de San Juan pasara Alvar Fáñez y su mesnada al interior de Guadalajara, a dar por acabado el reinado de la Media Luna entre sus muros. De ahí que hoy se al conozca más familiarmente con el nombre del supuesto conquistador. Sin embargo, el primitivo nombre de Puerta de la Feria era el que más le cuadraba por tener lugar, desde el siglo XIII, la feria de ganado que para San Lucas se celebraba en el llano de enfrente, por donde hoy nos sorprende el oscuro lagrimeo del cementerio y el gris cintaje del Polígono, y que por entonces era «castil de judíos», judería a secas.

Esta de la Feria era la puerta más cercana y de más directa arribada desde el exterior al Palacio del Infantado. Pero hay que reconocer que su emplazamiento, tan bruscamente pegada al barranco, era malo y molesto para sus usuarios. Por eso fue tapada y abierta otra más arriba: la puerta de San Antonio, de la que nada queda. Un poco más arriba de ella, junto a la iglesia de Santo Tomé (hoy la Antigua) había otro cubo esquinero, que ayudaba a la muralla a dar otro pequeño giro y la empujaba a elevarse hacia la parte alta de la ciudad, pasando por detrás de lo que hoy es mercado, escaleras y, calle del Matadero, convento del Carmen y travesía de Santo Domingo, hasta llegar a la plaza de este nombre, donde se abría la Puerta del Mercado, más robusta que sus otras compañeras por el hecho de estar emplazada el lugar llano y difícilmente defendible. En la gran plaza que se formaba en esta parte, la más alta, de la población, bien defendida por la alta muralla que aquí doblaba, se celebraba de ordinario el Mercado. Cuando los Dominicos levantaron su convento, la que hoy es Parroquia de San Ginés, lo hicieron ya fuera del recinto amurallado.

En su recto camino hacia el Norte, la muralla seguía fielmente lo que hoy es calle de la Mina, hasta llegar al barranco del Alamín. El nombre, tan antiguo y desconcertante, de esta calle, se debe a que muy probablemente existía, todo a lo largo de este flanco de la muralla, y comunicando la puerta del Mercado con la de Bejanque, una galería subterránea, jueguecito al que tan dados eran los sesudos estrategas de la Edad Media. Donde hoy queda el nombre solamente (la costumbre es madre de la Tradición) antaño estuvo otra de las entradas a Guadalajara: sólo quedó el nombre moro de lo que fue un curioso ejemplar de la arquitectura cívico-militar medieval, desde que fue derruida en 1884.

Seguía la muralla en dirección al barranco del Alamín por lo que hoy son unas huertas y unos modernos bloques de viviendas. Daba un giro defendido por fuerte torreón y continuada en dirección al Henares bordeando el barranco, que ya de por sí constituía una defensa natural. Detrás de la Mezquita, la actual Con‑Catedral de Santa María, se abría la puerta del Alamín, que fue reconstruida a fines del siglo XIII, así como el puente que daba acceso a ella desde la otra orilla del barranco, y fue de nuevo bautizada con el nombre de las Infantas, pues fueron las hijas de Sancho el Bravo, Isabel y Beatriz, las que patrocinaron esta obra, y aun construyeron un torreón adyacente (que todavía yergue su planta, noble y maciza) para protección de la puerta, también llamada del Postigo siglos más tarde. Sin otra particularidad seguía la muralla, cada vez menos útil por ir haciéndose la pendiente del barranco paulatinamente más dura, hasta el Alcázar, donde se cerraba el mágico collar de nuestra ciudad un caballero vestido de armadura inexpugnable a todo, excepto al viento y los mosquitos.

Naturalmente que no sólo lo de dentro de la muralla constituía la ciudad de Guadalajara. Hoy es, aunque el centro neurálgico, una pequeña porción de nuestra comunidad. En tiempos medievales hubo zonas y barrios extramuros que, con el andar del tiempo, fueron creciendo y borrando una estructura que, a fuer de pétrea, parecía ser eterna. Ya vemos que no ha sido así.

Al otro lado del Henares de siempre hortelanos y agricultores viviendo en casas aisladas, cubriendo el campo entre Guadalajara y los pueblos de Fontanar, Marchamalo y Cabanillas. En cuanto a barrios más próximos se refiere, estaban además del ya citado de la Alcallería (hoy Cacharrerías) los del Alamín, donde se dice, sin ningún fundamento, que quedaron a vivir los mudéjares después de la Reconquista. El barrio de Santa Ana ocupaba lo que hoy es el del Agua, San Roque y Concordia, llegando casi hasta la calle del Amparo, donde se encontraba, a ambos lados de la misma, el arrabal de Santa Catalina, y que, naturalmente, con el correr de los años se juntaron.

Pero ya que nos hemos acostumbrado a andar, vamos a acabar la excursión de esta tarde recorriendo las calles que, desde que nuestra ciudad existe como tal, han sido las principales vías de su vivir.

La calle Mayor, de ininterrumpida cuesta, sinuosa y recta a un tiempo, inmensamente larga, con su carga de nombres diversos a lo largo de los siglos, arrancaba del Alcázar, en la puerta de la Alcallería, y terminaba en la altura de la puerta del Mercado. Eterna calle Mayor, que no necesita un cantar, porque ya lo tiene en el corazón de los miles de alcarreños que por ella, sube y baja desgasta zapatos y fachadas, han aprendido a amar Guadalajara.

Otra calle tenía la misma salida y llegada que la anterior, pero hacía su recorrido de subida, desde el Alcázar al Mercado, bordeando el barranco de San Antonio. Por fin, la llamada calle del Adarve, hoy Ingeniero Mariño y Ramón y Cajal, avanzaba desde la calle Mayor, frente a la iglesia de los Remedios, y, bordeando el barranco del Alamín, terminaba en la puerta de Bejanque.

Siempre gusta ser un poco albañil del recuerdo y pintor de evocaciones. Ya que nuestra ciudad se traga, día a día más aprisa, como poseída de un genio febril y devorador las piedras que la unían al pasado, se tú, lector, el que en la intimidad de tu imaginación reconstruyas, con los materiales que hoy te brindé, el antiguo aspecto de esta Guadalajara que fue, ¡quién lo diría! Otra Ávila junto al Henares.