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Nobles casas de Guadalajara

 

De noble presencia, de nobles balcones, de nobles escalinatas, a cuyo final se abre una noble, puerta y se ve, sobra una noble butaca, a un noble caballero sentado, rumiando sus nobles sueños sobre la golilla almidonada. No sabemos su nombre, pero es noble Y de alta alcurnia. No recordamos la calle donde esa la casa, pero es antigua, oscura, y  huele a cal húmeda. No cabe en nuestra memoria su larga vida de estudios clásicos y ardientes batallas africanas, pero en ella cupo un amor de mujer, unos hijos y unos claros días azules y profundos por los que las limpias navajas del viento moldearon campos y sierras.

Desde que los Mendoza fijaron sus ojos en Guadalajara, allá por el siglo XV en sus comienzos, y más tarde se decidieron a levantar la gótica mole de su Palacio, nuestra ciudad fue convirtiéndose lentamente, a lo largo de ese siglo, en una pequeña Corte, donde los reyes eran López, Hurtados y González de Mendoza. Y, como cortesanos en miniatura que al fin eran, se dedicaron, a esas tareas, que siempre son según parecen, de educar a los hijos de los grandes señores, de escribir versos para ellos, de formar como capitanes en las filas de los ejércitos que mandaban, o simplemente de hacer bulto en sus largos cortejos por, las ciudades y países donde el gran señor debía mostrar su magnificencia.

Así pues, en el siglo, XVI Guadalajara contaba ya con un buen número de nobles, personas que elevaban el rango de nuestra ciudad por obra y gracia de sus limpias sangres. Construyeron pronto sus mansiones. A lo grande, para que no se pudiera hablar de ellos en términos mezquinos.

Quedó el siglo XVI rematado de galas y suntuosidades. De sabios y poetas, de clérigos, de guerreros y cardenales y cortesanos colmado. Guadalajara como un palacio toda ella, y en su elevada cornisa el coro de sus nombres y sus casi reales haceres. Guadalajara ennoblecida para siempre por sus, hijos.

Las caras que estos personajes fueron levantando por el casco antiguo, amurallado de la ciudad pertenecían netamente al estilo castellano, con una sencilla portada blasonada, un gran balcón, pocas ventanas, y patio central rodeado por dos pisos de estancias. Fueron tantas las que surgieron, que la columna de sus patios decidió correr su propia aventura y se hizo alcarreña, inconfundible. De blanca piedra, el fuste bien redondeado, su corona ea capital formado de dos gruesas molduras paralelas entra las que corre un faja, más o menos ancha, de estrías verticales, o, más frecuentemente inclinadas en forma de sigmoide. Sobre el capitel, siempre una­ zapata de madera. Tan popular se hizo, que el estilo salió a la calle. En nuestra actual Plaza Mayor aún campea ese alcarreñismo labrado en piedra retorcida de capitel.

Así eran, entre otras, la gran mansión de don Pedro Carrillo de Mendoza, conde de Priego, luego reformada para Convento de Carmelitas (las de arriba) y Colegio de­ Vírgenes, que poseía un magnífico patio renacentista de calados antepechos como el del Instituto, desgraciadamente desaparecido en el bombardeo de diciembre de1936, la casa del Mayorazgo, junto a la del Conde de Priego, que sirvió, de vivienda, en el siglo XVII, al regidor de Guadalajara don Luís de Guzmán; el gran palacio de don Antonio de Mendoza, (hoy Instituto de Enseñanza, Media) que pasó a ser más tarde Convento de la Piedad, fundado por su sobrina doña Brianda de Mendoza, cuyo patio es hoy por hoy, y teniendo en cuenta el ruinoso estado del Infantado, lo mejor de Guadalajara; la casa de los marqueses de Cogolludo, que estaba en la cuesta dé San Miguel también destruida en la guerra; el claustro nuevo del Convento de Santa Clara, del que ya no queda nada, pues en su solar se ha instalado, la nueva sede de la Caja de Ahorros, de Aragón, etc.; la casa de los La Bastida, con su pequeño patio central, hoy cubierto de cristales, y ocupado por la Delegación Provincial de Juventudes; la casa de los Condes de Medina, hoy ocupada por la Sección Femenina; la casa de los Medrano, también con su correspondiente escudo, en la cuestuda plaza de Dávalos; la de los Carriego de Guzmán, frente a Sección Femenina; y por fin, y sin agotar la larga lista de casonas señoriales, la casa de los Avalos, en un callejón que sale de esta plaza. Esta casa o palacio fue, reedificada en el siglo. XVI, sobre el antiguo palacio de los Condes de Mélito. Don Hernando de Avalos Carrión, fue quien reconstruyó el edificio. Andando el tiempo, esta familia se unió a los Zúñigas, Torres, Butrón, y, Contreras, siendo de las más acaudaladas y poderosas de Guadalajara. Al primer Avalos que la ocupó se debe el gran patio, que también sufrió desperfectos en la guarra, y hoy transformado en casa particular y taller de carpintería. La portada, medianamente conservada, la construyó Hernando Dávalos Sotomayor, reinando Felipe II: dos caballeros medievales hacen escolta, dentro de un triangular frontón, al escudo de los marqueses de Peñaflorida, que habitaron posteriormente la casa, en el, siglo XVIII­

El tiempo y los hombres; sus guerras y sus máquinas; sus extrañas ideas y su absoluto desprecio por el pasado, han dejado en cuadro a la larga lista de nobles mansiones de Guadalajara: durante los primeros años del siglo XVIII, en la guerra de Sucesión, cayeron algunas. Un siglo después, en nuestra guerra, de la Independencia vinieron otras a dar en el suelo. Nuevos dueños con ideas de reforma, programas de mejora urbanística y la revalorización del terreno, han venido a  dar al traste con otras cuantas, o a dejarlas mutiladas y desconocidas. Y su larga desventura aún no ha acabado. El noble señor, sobre la noble silla, en la noble estancia de la casona noble, sigue dormitando en alguna parte recóndita. Sobre la almidonada golilla, su noble calavera da cabezadas

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