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junio 27th, 1970:

La Cirugía cuando Andrés Alcázar

 

Fue éste un señor que nació en Guadalajara. Esta es una tierra más o menos parecida a las demás, con sus valles y montañas, sus días y sus noches, sus señores y sus señoras bajando y subiendo, intentando siempre burlarse de la muerte, para acabar tomándosela en serio cuando las cosas se ponen feas. Y, como en todas partes, señores que se han dedicado a hacerle el quite a la muerte de la mejor manera posible, lo que se llaman hoy médicos, antes físicos, y otras cosas peores. Uno de estos fue Andrés Alcázar, que, como digo, nació aquí, en esta ciudad de nuestros pecados.

Esto ocurrió en el siglo XVI, de ello hace ya unos cuantos años, la gente tenía dolores de barriga, de cabeza, de dedos del pie, esto pocos; a veces sangraban, por diversas causas, y, generalmente, se morían, esto todos sin excepción.

Andrés Alcázar, después de nacer y juguetear un poco por esas calles, la sangre mira que es pegajosa y caliente, parece baba de caracol, pero en caliente, puré de lentejas, pero en pegajoso, se dedicó a adentrarse en los intrincados caminos de la curación de enfermedades, le llevaba la mano y la atención un tal Antonio, a quien Andrés luego llamarle maestro, maestro Antonio; aún más tarde le diría suegro y maestro Antonio, no por insultarle, sino queriendo decir que había casado con la hija de este señor.

Andrés era hombre alegre, capaz de digerir a un tiempo las enseñanzas de medicina y filosofía que por entonces, repito, siglo XVI en su mitad, se repartían en Salamanca, bigote, valor y estómago se le suponen, pues continuó vivo después de este trago. Se fue por tierras de Ávila y Segovia a poner parches a las heridas de las gentes, a dar consuelo al quejoso del riñón y algunas hierbas o sangría al azulado fatigoso y bonachón viejecillo que luego le contaba historias de moros en Granada y la Santa Hermandad por Guadarrama. ¡Qué jaleos, Señor, los de aquellos tiempos! Andrés Alcázar se fue de catedrático a Salamanca; no era avaro de su sabiduría. Enseñando cirugía a los muchachos se pasó el tiempo que va desde 1573 a 1578, el alto soto de torres despedía olor a humanidad, gritos de vendedores de amuletos, frases larguísimas o demasiado oscuras para el anciano que iba ya en busca de la luz; a determinada edad sólo se necesita eso, saber que hay algo claro y transparente en que poder mirar la imagen limpia de lo que podríamos haber sido y no nos atrevimos. Eso buscaba Andrés Alcázar; no estaba en Salamanca y él lo encontró en Guadalajara, como muchos otros antes y después que él. Y aquí murió, poniendo cruz y estrella a su biografía de buen hombre con ganas de aliviar los dolores de otros seres que chillaban o estaban más quietos de lo normal.

Tú eres, ante todo, un cirujano. Lo que aprendiste con Antonio, lo que viste y oíste, oliste, saboreaste y tocaste has asimilado y hasta enseñado a otros. Tú quieres poner coto a esa masiva infección del aire que parece que acabará con todos en cualquier momento. Está bien: acabas de escribir un libro sobre enfermedades; ojalá no se olviden de ello los de Guadalajara, tan dados a olvidar, tus paisanos, aunque esto va por todos, tú eres de aquí y lo pones al frente del libro para que los demás se enteren hasta te llamas Andreae Alcazaris, y dices ser Médici, añadiendo que «ac Chirugi Guadaíaxarensis in amplissima Salmantinensi Academia Chirurgiae facultatis primi Professoris Chirurgiae Libri Sex». Primero tratas de «vulneribus capitis», esto lo aprendiste de Luis Debourges, el cirujano francés que vino con Francisco I cuando Carlos Emperador le trajo prisionero a Madrid. A ti te gusta hacer la trepanación, no lo niegues. Hipócrates ya la hacía muy elegantemente. Celso y demás no la aconsejan, pero parece que ahora se ha puesto de moda otra vez. Tú has leído el Tratado sobre la fractura del cráneo, que escribió Berengario de Carpi en 1518; vaya figuras bonitas que trae; lástima que aquí no tengamos todavía esos aparatos tan modernos. ¿Y qué me dices de Cirugía, que acaba de publicar, 1573, Giovanni Andrea della Croce? Confórmate con esos cuatro escoplos y que Dios te ilumine. ¡Ah!, y no te rías de lo que hace Tagliacozzi, eso de pegar la piel del brazo al que le han arrancado la nariz de un tajo de espada puede parecer ridículo, pero, créeme, va por buen camino. Tagliacozzi enseña la Cirugía en Bolonia; dentro de poco publicará un libro que se titula «Sobre la rinoplastia». Te enseñará mucho; no te lo pierdas. Si Falopio y Paré se ríen de él, tú no lo hagas. Malpighi y von Hilden le alaban; eso es más razonable. Luego tratas en tu libro de «Vulneribus thoracis», aquí te puedo llamar tío grande, ese aparato que describes es de tu invención para extraer el pus de la cavidad torácica. Se adelanta en tres siglos a esos otros que dirán ser ellos sus auténticos creadores. Pues no; porque aunque tú seas un modesto cirujano, y hayas nacido en Guadalajara, si has inventado el aparato ideal para extraer el pus del tórax es que lo has inventado. Y aquí no hay más que hablar; faltaría más. ¡Ah!, y no te creas lo que dice Botallo en su tratado sobre la cura de las heridas de escopeta, de que están todas envenenadas y demás; ya sabrás y si no te lo digo yo, que Paré, ahí es nada, ha echado por tierra esas falsas teorías. Ponte al día; luego tratas de vulneribus ventris inferioribus regionis abdominis, cuanta palabra para el dolor de tripas, de morbo Gallio, perdón por la palabra, y de valetudine tuenda tempore pestis, ac de curandis pestilentibus inflamationibus. Muy bien, Andrés; ya sabes: tú, tranquilo, que tus paisanos no te olvidan. Andrés Alcázar, con su libro bajo el brazo.